Bondad y corrupción humanas

BONDAD Y CORRUPCIÓN HUMANAS

20180817

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

 

Me refiero a la vida pública, y en cuanto a ella, algunos, si no muchos, nos sentimos desanimados de ver las mentiras, las estrategias dialécticas verbales de unos contra otros, la corrupción, el egoísmo, el oportunismo, el abuso del momento mediático, el uso y el abuso de la justicia con intención de sustituir a la política, el que se entienda o se cacaree que unas mayorías no tienen legitimidad por ser unión de varios partidos o ideologías y un sinfín de cosas más que sería prolijo enumerar.

Estoy harto de ver la falta de colaboración de unos con otros, cada uno arrimando el ascua a su sardina. Criticando destempladamente lo que hacen otros o lo que hicieron, cuando los que ahora critican, han estado haciendo, o lo hacen, igual o casi igual de mal, o de bien.

La política no debería ser una riña constante de palabras. Y digo riña de palabras, porque casi siempre sólo se usan argumentos, pocos datos, menos ciencia y nada de espíritu de colaboración. Y eso ¿por qué? En realidad, sois servidores públicos o al menos, tenéis ese nombre, pero, probablemente, demasiados pensáis como aquel, que dijo que estaba en la política para forrarse. ¿Es esa la razón? ¡Qué desgracia si estoy en lo cierto!

El momento es desaforado. Se necesita espíritu de concordia, espíritu de, poner a disposición de los demás nuestras capacidades y talentos para que las cosas, en la política, se hagan de la mejor manera posible. Y sí, voy a recuperar la palabra, se necesita espíritu de consenso.

¿Acaso alguno cree que los demás son mucho peor que nosotros? En realidad, son poco más o menos igual de malos; y lo he enfocado por lo negativo, porque no quería preguntar si alguien se cree superior a nosotros, porque todos somos buenos y malos, altruistas y egoístas, colaboradores y antagonistas.

Y todo esto es así porque, de acuerdo con las pruebas científicas obtenidas los últimos treinta años, somos fundamentalmente buenos, pero estamos sujetos a la corrupción de las fuerzas del mal, o lo que es lo mismo, somos esencialmente malos, pecadores, pero susceptibles de ser redimidos por las fuerzas del bien. Estamos hechos para dar la vida en favor de un grupo o al contrario, anteponernos a nosotros y a nuestras familias por encima de todo. Y de nuevo, esto es así porque la selección multinivel, en este caso la conducta social hereditaria, mejora la capacidad competitiva, no sólo de los individuos dentro del grupo, sino además de los grupos en su conjunto.

Un rasgo que nos identifica a los humanos es que somos obsesivamente curiosos, queremos saber lo que hacen otros. Somos genios o nos lo creemos a la hora de interpretar las acciones de los otros, y así, evaluamos, difundimos, intimamos, cooperamos, cotilleamos y controlamos, en lo posible a los demás. Y de ahí los comportamientos de los que me he quejado en párrafos anteriores.

Otro rasgo, es el abrumador deseo instintivo de pertenecer a un grupo, que define nuestra identidad y que nos concede a todos un complejo de superioridad (no solo a los criticados por ser nacionalistas).

Es un hecho probado científicamente que deseamos y preferimos, estar con gente de aspecto parecido al nuestro, que hable el mismo idioma o incluso, el mismo dialecto; con quien compartamos creencias (no me refiero a religiosas sólo). Y la amplificación de esta tendencia, desemboca fácilmente en racismo o en intolerancia religiosa: es decir, los buenos, pueden actuar con maldad.

Y además, está el problema del conflicto dentro del grupo. Los egoístas, los tramposos, si no se les pilla y excluye, se imponen a los altruistas, a los colaboradores y a los que reciprocan. Pero los grupos formados por altruistas se imponen a los compuestos por egoístas; dicho de otro modo, la selección individual fomenta el pecado, la selección grupal fomenta la virtud. Es el eterno conflicto, que no es una prueba de Dios ni una maquinación de Satanás, sino que es así como se resolvieron las cosas en nuestra evolución como especie. De modo que pudiera ser, lo mismo que es en la ciencia, que el conflicto sea la única manera a través de la cual pueda evolucionar la organización y la inteligencia humana. Tendremos que vivir con este caos congénito que, en realidad, como dice Wilson es la principal fuente de nuestra creatividad.

Entonces ¿por qué me quejo?, porque no estoy seguro de que estemos aprovechando bien a nivel de grupo la cooperación, la reciprocidad, el altruismo; mientras que sí estoy seguro de que, a nivel de individuos, muchos, casi todos ellos políticos, están aprovechando muy bien su egoísmo contra el grupo, sus trampas y sus mentiras. Por eso es necesario expulsarlos de la vida pública, extrañarlos, que se ganen la vida trabajando, no en la política.

Es necesario que las instituciones docentes estén más allá de la política y por encima de ella. La universidad no debería estar tan politizada, no deberían crearse universidades, como se ha hecho, para compensar la politización de otras; la docencia, y no me refiero sólo a la reglada, debería ser la tutora de las nuevas generaciones hacia el interés civil por la polis, por la política; debería ser el germen de las preguntas, del conflicto, de las ofertas de diálogo, de las tesis contrapuestas, de las síntesis a las que se llegara, quedándose este debate, de momento, en el ámbito estudiantil y docente universitario para que, posteriormente, trascendiendo más allá de este ámbito, las ideas se asienten en la sociedad civil, que es la que debería estar más politizada.

Y mi discurso ¿para qué sirve? Para poner en valor la importancia de nuestras decisiones a nivel individual y grupal. Hay que aprovechar el conflicto para cambiar las cosas: los políticos, los partidos, la universidad, la política. Se acercan momentos en los que disfrutaremos de derechos que permitirán conformar tanto el marco de decisiones grupales como las propias políticas comunitarias, estatales, autonómicas o locales. ¿Tenemos claros los conflictos de intereses? ¿Tenemos claros los pasos para resolverlos? El marco en el que debatir ideas y aclarar esos pasos, esas propuestas, debería empezar ya, entre la sociedad civil, y debería estar también más allá de las instituciones y partidos, en la propia calle, en los medios de comunicación, en las redes sociales. Ahora todos tenemos la oportunidad de hacernos oír, no es necesario otros 15 Ms; el debate debería empezar ya. Eso de “no nos representan”, no es para decirlo, sino para evitarlo; echémosles fuera, quitémosles la oportunidad.

No permitamos que los viajes para dejarse fotografiar, los seminarios de fin de semana, los congresos de los partidos, en los que se pontifican sus propuestas e ideologías para salir en los medios de comunicación, donde no hay ni debate ni ciencia, sustituyan a la sociedad civil. No consintamos nuestro servilismo.

No hay superioridad moral de nadie sobre otros. Todos somos, o debemos ser, igualmente actores de nuestro presente para mejorar nuestro futuro y el de nuestro grupo y de las nuevas generaciones, que no debe consistir en una lucha de todos contra todos, sino de todos para favorecer el grupo o grupos concéntricos en los que convivimos: local, y hacia arriba, autonómico, estatal y europeo.

Un gobierno formado por los mejores

UN GOBIERNO FORMADO POR LOS MEJORES

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20180716

“Sólo la sabiduría radicada en la comprensión de nosotros mismos, y no la piedad, nos salvará. No habrá ninguna redención ni tampoco se nos concederá una segunda oportunidad. Este es el único planeta que tenemos para vivir; y éste el único enigma que debemos descifrar.”

Así de taxativo se expresa Edward O. Wilson en su libro “El sentido de la existencia humana” y ese sentido es al que alude como único enigma a resolver.

Las especies eusociales, dice, aparecieron en una etapa muy tardía de la historia de la vida, en cambio, han tenido un gran éxito ecológico, aunque hayan sido pocas las especies que han llegado a la eusociabilidad y especialmente la humana ha sobresalido por su capacidad cerebral, mental, que ha llevado al grandísimo avance de las capacidades sociales.

De hecho, la gente, estamos muy interesados en el comportamiento de los demás, somos cotillas desde el nacimiento y con el tiempo esa capacidad se desarrolla; eso nos hace humanos, nos permite identificarnos con un grupo u otro y construimos nuestra identidad personal como integrantes de ese grupo. Además, somos una especie muy esclarecida; la ciencia y las humanidades nos han hecho llegar muy lejos, y todavía llegaremos más. Pero el orgullo podría hacernos pensar que somos los reyes de la “creación”, como las religiones nos han tratado de hacer pensar, a la imagen de dios, de un dios que, más bien, ha sido una entelequia creada por los humanos a la imagen de nosotros mismos, como nos indicó Yuval Harari en “Homo Deus”.

“Por eso es un disparate pensar que este planeta podría ser una estación de paso hacia un mundo mejor” afirma Wilson, porque en realidad somos parte de la flora y fauna de la tierra, a la que estamos sujetos por nuestra emoción, nuestra psicología y nuestra historia.

Wilson señala que “no estamos predestinados a nada, y la vida no es un misterio indescifrable” y no es cierto que dioses y demonios luchen por nuestra lealtad, sino que somos artífices de nuestro propio éxito o fracaso, aunque hay que reconocer que somos una especie frágil y estamos solos para comprendernos a nosotros mismos. Nuestra supervivencia a largo plazo radica en ello y en que logremos una independencia de pensamiento más significativa de la que se tolera hoy en día, incluso, en las sociedades democráticas más avanzadas.

Si todo lo anterior es cierto y los científicos dicen que lo es, parece que estamos solos y, además, estamos perdiendo el tiempo. Es perentorio que hagamos de nuestro planeta un lugar en donde todos vivamos con todas nuestras necesidades cubiertas y todos podamos desarrollar nuestras capacidades; que cuidemos el entorno en el que vivimos con la intención de legarlo a nuestros descendientes en condiciones, para que ellos, a su vez, también puedan vivir una vida plena.

Somos eusociales y a pesar del éxito que representa haber llegado a esta capacidad, nuestras sociedades actuales no están dirigidas por los mejores individuos, sino por algunos que están pensando en sí mismos en lugar de pensar en el grupo, en la sociedad, en la especie humana; que, además, son incompetentes, algunos disléxicos a pesar de ser presidentes. Llegan al poder haciendo trampas y se perpetúan lo máximo posible en él haciendo también trampas. No me refiero sólo a los casos de España, que… también (partidos que se financian ilegalmente; miembros, la casi mayoría, que entran y se mantienen en la política para “forrarse” o para vivir de ella), sino a casos tan conspicuos como el de la presidencia de los EEUU o de las potencias que sueñan y trabajan para hacer sombra a EEUU. Países y gobiernos en donde se niega el cambio climático, científicamente demostrado (da risa, pero eso hace la administración Trump); o simplemente se ignora el daño que hacen, pensando que, si otros han contaminado, ellos también tienen derecho a hacerlo hasta que hayan alcanzado un desarrollo muchísimo mayor (China y otros grandes contaminadores).

Tenemos que repensar el funcionamiento de la actividad política y de la gobernanza de las naciones. Los humanos no somos malvados por naturaleza; somos lo suficientemente inteligentes, generosos y bondadosos para hacer de la Tierra y de la biosfera que nos dio a luz un lugar semejante a un paraíso. El problema es que el homo sapiens es un producto, es una especie disfuncional, a la que se llegó después de adaptaciones genéticas producidas durante millones de años para producir una especie cazadora recolectora, como máximo aldeana; adaptaciones que cada vez estorban más en una sociedad organizada globalmente, mayormente urbana y claramente técnica y científica, que es incapaz de estabilizar las políticas económicas y cualquier forma de gobernación que esté por encima del nivel de una aldea. Eso dice Wilson.

La idea que traigo en la mente para proponer es la de que a la docencia y a la política tienen que ir los mejores. Que la retribución que deben recibir debe ser suficientemente alta como para que no tengan necesidad de corromperse o de salirse de la actividad.

¿Tendrán nuestros legisladores la valentía de afrontar con sinceridad el problema de la financiación de los partidos políticos y de la retribución de los que ocupan cargos públicos? ¿Tendrán la sensatez de plantearse el control estricto, como en el caso de una empresa privada, del uso de fondos y la asignación de estos de modo no clientelar o corrupto?

Además, en el caso de la política, deberían estar aquellos que han demostrado sus capacidades de gestión, sus conocimientos y que nadie va a poder corromperlos ya, por haber alcanzado reconocimiento social entre sus pares, por haber conseguido estabilidad económica, y tener experiencia vital por su madurez y por haber alcanzado tres cuartas partes de la esperanza promedio de vida.

Sí, estoy sugiriendo que a la política tienen que ir personas que tengan más de 50 años de edad. No es bueno para nuestras sociedades que individuos que lo único que han hecho durante años es ser coristas del “sí” en el partido, por suerte, nepotismo, artimañas, o por llegarles el turno, vayan escalando posiciones para después llegar a gestionar lo público, incapaces de haber gestionado lo privado por falta de capacidad, o por el débil esfuerzo que ponen en su profesión o en su trabajo en la empresa privada.

Es disfuncional que en los partidos no haya democracia interna y que se prime el seguidismo. Es disfuncional que los votantes no puedan elegir sus representantes de entre listas abiertas. Es disfuncional que los votos no valgan lo mismo en todas las circunscripciones y que minorías bloqueen o sean la clave para tomar decisiones (salvando la necesaria utilidad de la inclusión de las indicadas minorías, para que tengan la capacidad de hacer oír su voz y defender sus propios intereses). También es disfuncional que la solidaridad interterritorial no tenga más límites que la voluntad de los gobernantes, que la usan para generar voto cautivo, que es una trampa, un populismo, una compra, para llegar al poder, y que produce injusticias que descohesionan la población y los territorios. Se nos puede llenar la boca de pronunciar la sacrosanta palabra de la “unidad” de España, pero se hace poco para mantenerla.

Es perentorio que hagamos algo, que cambiemos las cosas presentes, que no tengamos miedo de tomar decisiones, pues si no lo hacemos perderemos la oportunidad de hacer de nuestro planeta, de nuestra querida España, de nuestra queridas Comunidades Autónomas, en nuestro caso Comunitat Valenciana, un lugar en donde vivamos con necesidades cubiertas y podamos desarrollar nuestras capacidades en beneficio de la “res pública”; y de cuidar del entorno en el que vivimos con la intención de legarlo a nuestros descendientes en condiciones adecuadas, para que ellos, a su vez, también puedan vivir una vida plena.

¿Haréis algo, formularéis propuestas? Si no lo hacéis, no obstante, yo no me cansaré de denunciarlo.

El tribalismo es un rasgo humano fundamental

EL TRIBALISMO ES UN RASGO HUMANO FUNDAMENTAL

20180408

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en el Periódico Mediterráneo de 08.04.2018

 

“La llamada de la tribu” es el nuevo libro de Mario Vargas Llosa el cual no he leído todavía pero que probablemente lo haré. El que sí he leído es “La conquista social de la tierra” de E. O. Wilson, premio Pulitzer y muchos otros más.

Edward Osborne Wilson es un entomólogo y biólogo estadounidense conocido por su trabajo en evolución biológica y sociobiología, inventor del término biodiversidad, que sostiene que la capacidad humana de consciencia se asienta y desarrolla a través de la sociobiología, y que una identidad social ayuda al desarrollo de las identidades personales.

En efecto, la tendencia a formar grupos y después a favorecer a los miembros del grupo del que formas parte es una característica muy nuestra, de los humanos, que según Wilson tiene el distintivo del instinto.

Dice que la afiliación al grupo está condicionada por un adiestramiento temprano que se inicia, obviamente, con la afiliación con los miembros de la familia y con los juegos con los niños del vecindario o de la escuela. Dice que es un aprendizaje preparado, en el sentido de que se viene al mundo con el cableado mental preparado para desarrollarlo, es decir para tender a formar grupos, tribus.

Otros ejemplos de aprendizaje preparado en el caso de los humanos incluyen el lenguaje, la evitación del incesto y la adquisición de fobias.

Así es pues los niños en edad preescolar tienden a seleccionar como amigos a hablantes en su lengua nativa, cosa que parece lógica (aunque no tanto) y necesaria. Esas preferencias empiezan antes de la comprensión del significado del habla, pero de la que ya, supuestamente, captan su tono o música y, según Wilson se muestra la preferencia, incluso cuando se comprende perfectamente el habla, por acentos diferentes.

Wilson afirma que las personas propenden al etnocentrismo. Y dice que “es un hecho incómodo que, incluso cuando se les ofrece una elección sin remordimientos, los individuos prefieren la compañía de otros de la misma raza, nación, clan y religión. Confían más en ellos, se relajan mejor con ellos en los acontecimientos comerciales y sociales, y los prefieren con más frecuencia como pareja con la que casarse. Son más rápidos a la hora de indignarse ante la evidencia de que alguien de fuera del grupo se comporta injustamente o recibe recompensas inmerecidas. Y se comportan de manera hostil ante cualquier miembro de otro grupo que se introduzca en el territorio de su grupo o utilice sus recursos.”

Aduce ejemplos de la literatura y la historia que dice que abundan como el del pasaje de la Biblia del libro de Jueces 12:5-6 respecto de los galaaditas que se apoderaron de los vados del Jordán enfrente de la tribu de Efraím, que fueron degollados al ser identificados por su acento.

Menciona que en experimentos, en los que se observaba la amígdala cerebral, cuando a americanos negros y blancos se les proyectaban imágenes de personas de la otra raza, su amígdala, que es el centro cerebral del miedo y la cólera, se activaba tan rápida y sutilmente que los centros conscientes del cerebro no se daban cuenta de la respuesta y el sujeto, efectivamente, no podía evitarlos. Por el contrario, cuando se añadían contextos tales como cuando el que se acercaba era un médico negro y el blanco su paciente, la corteza cingulada y la corteza dorsolateral preferente (lugares cerebrales integrados con los centros de aprendizaje superior), se activaban y silenciaban la entrada procedente de la amígdala (de miedo y cólera).

Lo que quiere decir que partes diferentes del cerebro han evolucionada mediante selección de grupo para crear la propensión a formar grupos.

La pregunta es ¿alguien lo ha tenido en cuenta con relación a la realidad de nuestra querida España? Cosa que era y es especialmente necesaria en estos tiempos difíciles.

¿Se ha llegado tarde para que, aunque adultos, seamos capaces de aprender a ser muchísimo más inclusivos? El ser inclusivo no significa dejar, o forzar, que los otros sean como uno, sino aceptar que otros sean algo diferentes, pero, a pesar de ello, considerarlos iguales, y que nuestra amígdala cerebral no delate la diferencia de grupo o de tribu.

No parece que expresiones como “a por ellos” o “Espanya ens roba” puedan ayudar a ese fin.

Puesto que tenemos que convivir con nuestro propio tribalismo es imprescindible que cooperemos y nos esforcemos para que sea un tribalismo incluyente, adoptando mutuamente rasgos del que nos parece fuera del grupo.

Y está claro, probado científicamente, que la cooperación paga mucho más que la competición, que, aunque seamos egoístas a nivel individual no lo somos a nivel de grupo. A nivel de grupo somos altruistas y mejor será que los seamos en un grupo más amplio y lo suficientemente inclusivo para aceptar como propias, de todos, las lenguas españolas y las diversas formas de ser de cada territorio que en conjunto forman España, pues esa cooperación nos llevará a mayores tasas de bienestar material, social y mental.

Esa es la dirección que marca la flecha del tiempo, la inclusión. La formación del grupo, de la tribu, permitió tener éxito a la especie humana, la sociabilidad permitió el desarrollo mental, intelectual. Somos una especie social. La meta, pues, debe ser formar una tribu más grande, grupos grandes como España, o como Europa. Hay que luchar contra el tribalismo innato excluyente que nos llevaría a quedarnos solos con nuestra propia familia, si acaso.

Lo dicho queda bien. Pero los que gobiernan el estado y sus territorios autónomos ¿reconsiderarán su tribalismo uniformista y excluyente, así como el de los otros? ¿lo tendrán en cuenta para tomar decisiones que no perjudiquen la convivencia, tanto en la distribución de la riqueza, las inversiones, como para autoidentificarse con las lenguas, los territorios, la diversidad de idiosincrasias, que en realidad son una riqueza?

No son los demás los que lo hacen mal, somos todos los que lo hacemos mal porque el tribalismo es un rasgo humano fundamental: hagamos el esfuerzo de integrarnos en una tribu lo más grande posible, para nuestro beneficio.

Hablaremos de otros rasgos en el futuro.

 

Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política

Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política.

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

En un mural de cerámica del almacén de la Cooperativa Agrícola San Isidro de Castellón se lee “Unos por otros y Dios por todos”. Entre mis amigos, en nuestra juventud (hace 50 años), corría de boca en boca la frase contraria, que identificaba la realidad en la sociedad: “Cadascú per a d’ell i fot a qui pugues” (Cada uno para sí mismo y fastidia a quien puedas).

Cooperamos. Sí, pero en un difícil equilibrio entre nuestra propia utilidad y el valor de favorecer a otros. Y aquí entra la reciprocidad e incluso la moral.

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa que frecuentemente cooperan. La razón que él da, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

 

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) y señaló que la principal condición que se requiere para su funcionamiento es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así, aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno y puede perder o ganar una batalla, pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4]perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Por lo tanto, es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos, que se puede aplicar perfectamente a partidos políticos, a sus líderes y a sus miembros. Todo ello nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ninguna defección antes, para poderles engañar. Tengámoslo en cuenta. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.

 

Que quien haya leído esto, haga un esfuerzo de reciprocidad y cooperación actuando en consecuencia, por ejemplo, en la próxima investidura de gobierno en España. Haciéndolo tanto en la vida privada como, sobre todo, en la pública estará aplicando una estrategia de éxito.

[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

 

EL CONCEPTO DE LO APROPIADO EN EL PENSAMIENTO ÉTICO

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

El concepto de lo apropiado en el pensamiento ético (Actualización para publicar en prensa Diario Levante EMV del 14.06.2015)

 

En un mundo en el que se piensa que todo está corrompido y que en un movimiento de respuesta compensatoria casi todo se judicializa, contando con que los magistrados y jueces están sumamente sensibles a comportamientos que en otros tiempos se hubiesen pasado por alto, es oportuno repasar unas cuantas reflexiones que nos ayudan a cada uno a hacer lo apropiado.

Se dice que cuando se toman decisiones más allá del contexto usual del pensamiento ético, el mejor criterio para decidir si algo es éticamente apropiado es tener un profundo entendimiento de la tradición a la que uno pertenece y donde uno vive; porque no hay aquí ningún derecho absoluto, según Nancy Holland[1], basado en Dios o en la Razón Universal, ningún relativismo nihilístico, sino, más bien, la esperanza de mejorar las acciones, de hacerlas más apropiadas, porque estén basadas en un profundo conocimiento de la existencia humana en los contextos sociales e históricos particulares. Nada más ni nada menos.

Hacer lo apropiado es hacer lo justo, ser un acto apropiado es ser un acto justo, actuar apropiadamente es actuar justamente.

Hurgando en la etimología de lo “propio”, en castellano, vemos que apropiado es aquello que se hace propio, que se apropia, que pasa a ser propiedad de uno. El concepto latino, “proprias” significaría… para el primero, para el antiguo o por antaño. Uno acepta y hace propios los comportamientos y las costumbres de los antiguos, de antaño. Y de la relación entre nuestro comportamiento y el acostumbrado, concluimos lo apropiado o inapropiado del nuestro.

Si vamos a la etimología de algunas palabras de la lengua inglesa o francesa con raíces latinas, vemos que “proper” significa justo, correcto, decente; y “propre” limpio; porque lo de antaño, es lo justo y lo correcto, y seguir las costumbres es lo decente, incluso lo limpio. “Appropriateness” es “rightness’ que es justicia.

 

Y lo propio, lo que es de uno, lo es por apropiación, por expropiación de otros, o por regalo. Aquí ha entrado en juego incluso la economía. Por su parte Derrida está, indudablemente, en lo correcto cuando[2] indica que desde un tiempo no anterior a la época de la filosofía latina hay un encadenamiento que sigue del concepto latino “proprius”, a través de “propre”[3] hasta lo apropiado, que es lo decente, lo que está conforme con lo antiguo, con lo primero[4].

Las costumbres, que son lo apropiado, lo correcto[5], se han impuesto a individuos y pueblos mediante la conquista y la colonización, mediante la expropiación económica y lo peor del universalismo colonial pudiera haber sido evitado por los europeos si no hubiésemos tomado nuestras propias costumbres[6]para forzarlas en otros, no sólo como tales costumbres, sino como verdades morales[7] vitales.

 

Tanto Platón como Stuart Mill pueden conducirnos a la vida buena y nos pueden aclarar las normas respecto cómo conseguirla, pues ambos tienen una idea clara (la suya) de lo que es la vida buena. Esta idea, para Platón, es que lo esencial de nuestra existencia es ser almas capaces de aspirar a Dios, lo cual limita severamente el papel del placer en la vida humana, propiamente vivida como humanos; para Mill, somos principalmente motivados por placeres como animales que somos, sin acceso a ninguna realidad trascendente externa, la cual pueda examinar, críticamente, si nuestro placer es bueno. La certeza de Mill no es tal certeza puesto que no solamente hay déficit de certezas metafísicas sino también de cualquier clase, incluso, biológicas, científicas o materiales, lo que nos deja sin poder determinar el fin último de la vida humana, y finalmente sólo podemos asirnos, de acuerdo con Holland[9] de un concepto racionalizado más o menos de lo que es una acción apropiada por los límites de nuestras creencias o ideologías, que conforman nuestra moral[10] colectiva o personal.

 

Podemos, no obstante, argüir que el placer[11] ha quedado condicionado en el caso de los humanos por la consciencia. Queremos placer, pero nos retenemos de él, en el presente, para disfrutar de él, en el futuro, en mayor medida o para beneficiar nuestros intereses personales o genéticos. Pero, si podemos preguntarnos en cuanto a si la racionalidad es la naturaleza esencial del hombre o más bien el fin último de la vida humana, ¿por qué no preguntarnos si lo es el placer?

O, quizá, el fin último del hombre, como ser vivo, es seguir manteniendo la vida, seguir viviendo y reproduciéndose. Parece que lo apropiado gira entorno a esto; es tributario de estos fines. Es, además, lo lógico. En un estado de enfermedad y ante el desánimo que produce un futuro oscuro en cuanto a salud[12]nos dicen y nos decimos “hay que seguir adelante y tratar de vivir más tiempo y del mejor modo posible”.

Por otra parte, si el concepto de lo apropiado parece que sea, también, aquello que lleva a la solidaridad y a la reducción de la crueldad entre los humanos, no estamos diciendo más que el egoísmo triunfa mediante el altruismo y cómo haciendo el bien a otro me estoy haciendo el bien a mí mismo. Si lo ético es aquello que decido mediante un proceso centrado en el deber, ese deber ha sido puesto por la comunidad mediante las prácticas repetitivas que llevan a costumbres.

De modo que lo justo, lo apropiado, es aquello que hacemos cuando estamos persuadidos que precisamente en este momento, en este lugar[13], para esta clase de gente[14], nuestra acción aparece como moralmente correcta, incluso como moralmente necesaria, aunque no podamos dar ninguna otra justificación. Así, lo justo aparece como éticamente apropiado en un momento dado, para una gente dada y en un lugar dado; y no tiene por qué ser así para otros, en otros lugares o en otros tiempos. Es como decir que tenemos normas morales, aplicables en presente, pero no principios morales, bases, aplicables en todo tiempo para la generación de normas, pues estamos aquí y ahora.

 

Puede adquirir el libro “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” en el que el autor basa este artículo en http://www.tirant.com/editorial/libro/9788498766639

 

[1] Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, xxxi.

[2] Derrida, Jacques. Writing and Difference, translation Alan Bass, Chicago University Press, p. 183.

[3] Limpio, propio, justo, decente.

[4] Holland, Nancy J.,  The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 19.

[5] Lo recto junto con otros, lo co – recto.

[6] Que en el siglo XV estaban evidentemente condicionadas por la religión cristiana.

[7] Verdades morales, verdades reveladas, absolutas, indicadas por Dios.

[8] Mill, John Stuart. Utilitarianism, p 34, según la cita en Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 31.

Mill, John Stuart. Utilitarianism, chapter  five, last paragraf, http://www.utilitarianism.com/mill1.htm

[9] Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 33.

[10] Llámese, aquí también, costumbre.

[11] El sentirse bien, disfrutar, gozar.

[12] Cuando, por ejemplo, nos comunican que padecemos una enfermedad grave o incurable.

[13] Coordenadas espacio-temporales, momento y lugar en donde unas determinadas costumbres se practican.

[14] Gente con un lastre histórico, con una cultura, dentro de una determinada civilización, con unas costumbres.

 

El trasfondo económico de todos los derechos

El estado del bienestar y los recortes de derechos

El trasfondo económico de todos los derechos

Federico M. Rivas García. Doctor en Derecho. 06.05.2012

Dentro de esta serie de artículos respecto del Estado del Bienestar y los recortes de derechos que los gobiernos, especialmente europeos, están en proceso de realizar y más allá de la conceptualización ideológica de los mismos como consecuciones históricas a las que no se puede renunciar, ha llegado el momento de tratar el trasfondo económico.

Alguien recordará lo que se dice que la Economía es la ciencia de la gestión de los bienes escasos. Bienes que en algún momento se consideraban abundantes (agua, aire, incluso suelo) llega el momento de que, por su acaparamiento, contaminación o consunción ya no abundan: por lo tanto se regulan derechos entorno a ellos, como un modo de evitar confrontaciones y una justa distribución.

Por otra parte, inicialmente podríamos pensar que los derechos son una cuestión, un tema, que más bien es una cuestión de principios, de filosofía de vida en común, que no tiene nada que ver con la economía; pero rápidamente nos damos cuenta de nuestro error.

Aunque efectivamente los mismos se fueran estableciendo, a lo largo de la historia, mediante el reconocimiento por parte del grupo (tribu, sociedad), como unas costumbres que permitían el éxito como grupos e individualmente, especialmente en cuanto a continuar con vida y dejar descendientes aptos para la vida, no hay duda de que algo costaba a ese grupo, su mantenimiento y el conseguir que se respetaran.

Ciertamente los sistemas de imposición de la voluntad colectiva frente a la singular, minoritaria o privada, cuestan un esfuerzo a la sociedad: bien sea a través de la institución de tribunales o de la fuerza coercitiva exclusiva en manos del Estado; ambas instituciones precisan de personas que temporal o completamente dediquen sus servicios para que no se impida a ningún individuo el ejercicio de sus derechos. Lo fue también así en el principio, bien cuando los tribunales de ancianos se sentaban en las puertas de las ciudades para dictar justicia, o cuando el líder del grupo decidía respecto de las controversias entre los miembros del mismo, imponiendo su autoridad basada en su mayor fortaleza y edad(1).

¿Podemos decir, entonces, que las cuestiones respecto de los derechos, se pueden tratar completamente separadas de su coste económico?

No quiero hablar de la conceptualización de los derechos, respecto de la cual puedo aceptar que no se haya llevado a cabo teniendo presente el trasfondo económico de la misma. Pero quiero indicar que los derechos se han venido conceptualizando, aceptando, instituyendo y poniendo los medios para su respecto a medida que las sociedades han tenido los medios económicos para ello.

Cuando el hombre se planteó la distribución o reparto de la caza de piezas grandes, que no podía consumir él solo sin que antes se corrompiera la carne, comenzó la carrera para conseguir mayor éxito en dejar descendientes y permitir el pasaje evolutivo de la especie y de los grupos. La carne que le sobraba al cazador se repartía a la hembra o hembras a las que podía mantener, las cuales, a su vez, contribuían con la recolección de frutos y raíces, haciendo la dieta más exitosa y, sobre todo, con el cuidado de los hijos, a los que les tenían que dedicar mucho tiempo hasta tanto eran autosuficientes.

La justicia(2) respecto de la distribución, de por sí, tiene un único y exclusivo componente económico: el reparto de bienes económicos, inicialmente de alimento.

El conseguir que lo distribuido se mantenga en poder de los receptores (hembras e hijos), comporta mantener un sistema de control de las conductas de terceros para evitar que roben a la hembra, menos fuerte y muy ocupada con los hijos. Es una cuestión de propiedad: la justicia respecto de la propiedad es absolutamente económica.

Los derechos se comenzaron a poner por escrito en códigos, más o menos mitológicos o religiosos, cuando la sociedad tuvo los medios de mantener a individuos que inventaron la escritura y a escribas que la conocían, en lugar de que éstos tuvieran que conseguirse por sí mismos los medios para la subsistencia.

Aunque los conceptos fueran, poco a poco, surgiendo en las mentes y consciencias, esto no se pudo haber iniciado antes de la distribución del alimento, obtenido mayormente con la caza. Llegó el momento de la eclosión de esta conceptualización con la revolución de la agricultura. El superávit de alimentos, el almacenamiento y el sedentarismo fueron los motores(3).

No es el momento, aquí, para hablar de los Derechos Humanos, pero ha sido en siglos recientes cuando las sociedades culturalmente maduras (no todas ellas lo están, todavía(4)) se han planteado poner por escrito un Código o listado de derechos que se consideran consustanciales con denominarse los individuos para quienes se postulan, humanos.

Finalmente decir que aunque haya derechos respecto de los cuales no aparece fácilmente el trasfondo económico (derecho a la vida, por ejemplo), sólo es cuestión de ponerse a pensar un poco más profundamente para detectar que hay un trasfondo económico en todos los derechos.

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(1) Recuérdese que los ancianos, en los primeros tiempos, eran personas que estaban en su apogeo físico, alrededor de los 30 años, pues vivían poco más, dado que la esperanza de vida era de unos 35 años.

(2) Distributiva.

(3) Los motores no sólo de la conceptualización de derechos y obligaciones, que son lo mismo visto desde la óptica del tercero, del otro individuo, sino de toda la revolución cultural que se inició con ello.

(4) Las sociedades con cultura musulmana están muy reacias a aceptarlos. Consideran que se han redactado desde un punto de vista judeo cristiano y occidental que no tiene en cuenta sus componentes culturales; a pesar de que las culturas orientales no tienen ningún problema en identificarse con ellos.

El Reino Unido dice Sí, pero No, a Europa.

31.12.2011

A pesar del consejo bíblico de que “vuestro sí signifique sí y vuestro no, no”, ciertamente el gobierno del Reino Unido hace honor al título de este artículo, es decir, Sí en Europa, pero No del todo.

En mi tierra se dice que quiere nadar y guardar la ropa, estar en misa y repicando, cosas diferentes e, incluso, contradictorias a la vez. Pero no sé por qué me extraño.

¿Quién es el que no querría participar en la toma de decisiones pero no cargar con el esfuerzo económico que representan las mismas? Todos los egoístas querrían eso. En cambio los altruistas, los generosos, estarían dispuestos, al contrario, a participar en la toma de decisiones y a cargar con el esfuerzo de las mismas aunque estas sean para beneficiar a otros.

No se me malinterprete mal, pero Alemania durante los últimos 50 años ha sido de estos últimos. Los Fondos de cohesión, los estructurales, los…., los…

No sé si Alemania le quedó grabada la ayuda, en buen grado altruista, del Plan Marshall para la Europa de la posguerra y aprendió que mejor es cooperar que luchar.

Que nadie me diga que USA fue egoísta con su Plan Marshall, por supuesto, del que en alguna medida también se beneficio el Reino Unido, pero “prima facie” beneficiaba a la maltrecha Europa y ayudaba a la su propia economía.

Al contrario, el Reino Unido, ahora ya digo Reino Unido y no ‘gobierno del Reino Unido’ como al principio, porque ha sido una constante de todos los gobiernos del citado Reino (laboristas o conservadores) el egoísmo respecto a Europa. Que si el cheque de devolución a lo largo de los años, para no participar en las cargas de hacer despegar económicamente, de hacer crecer, a otros países. Que si entrar en el Euro no, porque no quieren ceder soberanía a instituciones comunes. Que si de dinero se habla no, porque no quieren participar en su aportación el FMI para paliar la crisis mediante los créditos de este último.

Pero eso sí, del euro también tienen que hablar y decidir ellos, o impedir que se decida mediante su veto.

Queridos “medio socios europeos”: así no. La Stirling Pound no existiría si la City no existiera, y dado que la City cabalga las finanzas del continente, si os descuidáis, y vuestras actitudes no cambian, os vais a quedar sin jumento que cabalgar. Queriendo favorecer la City, la vais a perjudicar: ese es el resultado de cuidar solamente de los propios intereses y olvidarse de los de tus amigos.

Siempre es mejor cooperar para que todos tengan más, que enfrentarse para conseguir uno mismo más.

El castillo del inglés es su casa, el castillo del Reino Unido es su isla, su City y su forma de ser. Home sweet home. Mr. Bean los representa bien con su Johnny English. Todo, contradicción.

Confiemos que, como en la biología y en la evolución de las especies, el Reino Unido capte el beneficio de la reciprocidad, del tit for tat, ojo por ojo, esto por aquello, incluso con expectativa pospuesta en el futuro, porque eso es lo que nos identifica como especie humana, social y capaz de hacer proyecciones de futuro; en este caso de Europa, de la que, aunque como isla, forma parte.

La consciencia, el cerebro y la cultura

Mientras sigo leyendo “Y el cerebro creó al hombre” de Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, recuerdo las conversaciones que tenía yo con mi cuñado, el hermano de mi esposa, José María Renau Vallés, Doctor en Psicología Clínica, ya fallecido. Eran debates, tertulias y enfrentamientos cuasi científicos en los que ambos, después de discutir (en el sentido francés del término) llegábamos a encuentros y acuerdos. Algunas veces se plasmaban en escritos que nos enviábamos. He aquí uno de ellos, enviado por el querido Doctor Renau, en el que resume el previo debate sobre la cultura, la genética y otras cosas. Los cambios nunca se adentran en la cultura.

Se reflectan en su propia superficie. Incluso en los momentos álgidos e ilusionantes de los cambios. Podrán darnos el apercibimiento, enmarcado por destellos fugaces, de mil colores lanzados al universo abierto de la esperanza. Pero al desvanecerse, porque nada dura cien años, nos mostrará la realidad de la cultura idéntica a si misma, invariable, monolítica.

No se entiende de otra manera porque la cultura no admite cambios ni desviaciones. La cultura, encerrada en sí misma como código sagrado de verdades de salvación, no admite opiniones si estas opiniones la delimitan o la vacían de lo que ella quiere ser. Referente único. Verdad base.

Cierto es que, para cada pueblo, su cultura es la razón que da sentido a su existencia. Es el camino que les permite sobrevivir a la idea de la muerte, ayudándoles a continuar viviendo sin hundirse en el lodo de la angustia paralizante. Tan cierto es que se convierte en intocable. La cultura es. La cultura define los rasgos estructurales de una etnia. Los define, los enmarca y los impone. ¡I-m-p-o-n-e!. No es un bufé ricamente surtido del que cada uno a su manera se irá sirviendo según sus circunstancias y sus necesidades. Es plato único. Necesario y obligatorio. Los recursos encuadrados dentro de la cultura pueden formularse de formas variadas. Pueden ser creencias, usos, costumbres, verdades, normas o silencios. Los silencios o lo no dicho tienen la misma fuerza que puede encontrarse emanando de las creencias o de las verdades. Implican y estructuran. Marcan. Estructuran porque cohesionan los distintos estamentos de la sociedad. Nada se deja al azar. Todo tiene su lugar y cada lugar queda bien definido dentro del todo. Así cada cual sabe dónde se encuentra y a qué atenerse. No sólo dibujan el amplio espectro social sino que lo puntualiza en su pirámide intocable de la jerarquización. Porque la cultura está al servicio de unos valores. Y los valores, siempre, al servicio de unas personas. Y esas personas enmarcan, puntualizan, y defienden con la propia vida de los demás, sus innombrables prebendas acordadas. Son los peldaños necesarios e imprescindibles para poder alcanzar el reconocimiento de prócer y seguir con su disfrute en cuanto tal. E implican con las garantías del sentido y de la aceptación. La cultura funciona como las mareas. La alta y la baja. Si avanza luego se retira. Y si se retira, de nuevo, avanza. Así permanece idéntica a sí misma a lo largo de los siglos.

La cultura, cualquier cultura, se mueve como los bailarines al ritmo de la Yenka: Un paso adelante, uno atrás y… un-dos-tres. Volviendo a empezar. Permaneciendo siempre en el mismo sitio. La banda de Moebius, cinta alargada, a la que se le da una media vuelta en alguna parte y se une por ambos extremos, nos enseña el movimiento permanente sin que nada cambie. Eterno movimiento siempre el mismo, donde el exterior se convierte en interior para instantes después convertirse en exterior de nuevo y reconducirse otra vez en interior.

Es la eternidad para unas verdades que se reinventan a ellas mismas en un movimiento constante que les garantiza la inamovilidad. Por eso la cultura no cambia. Cuando desaparece lo hace de golpe. Derrumbándose y arrastrando a los que en ella se encumbraron. Etruscos…egipcios…romanos…mayas son testigos mudos del derrumbe completo. Del final de unas civilizaciones.

Frente a esa cultura impositiva, inamovible, idéntica a sí misma en el oleaje de costumbres y necesidades, se levanta el permanente deseo, de todo aquel que se inserta en el lenguaje, de quererla cambiar, modificar, mejorar. Y decimos que no hay vida si no existe este deseo enraizado en la actitud renovada del que busca su sentido en la misma vida. De todos los esfuerzos de cambio contra la impasible cultura, siempre sale ella victoriosa. La razón es obvia. Nuestro despertar a la vida es siempre individual. Y la constante de cambiarla siempre es un esfuerzo individual. Si todos uniésemos nuestro esfuerzo no se modificaría. Se caería. Como la estaca de Lluis Llach. Alcanzaría el final de sus tiempos. Pero a fuer de ser sinceros tendremos que reconocer que ni siquiera así. Los cataclismos tienen un plus añadido. No basta la voluntad conjuntada y activa de todos. A esta necesidad se le añade otra: Unas circunstancias extraordinarias. Para que una cultura se tambalee, resquebraje y desaparezca, se necesita un cataclismo. Es el plus añadido.

Tenemos en nuestra historia reciente un buen detalle. En la Iglesia católica hubo un concilio Vaticano. Varios siglos después de una lucha obstinada y cerril contra la reforma de Lutero. Siglos que dejaron anquilosados los goznes de la movilidad. El Vaticano intentó introducir el tres-en-uno para recuperar si no su elasticidad, sí, al menos, su movilidad. Y fracasó. Con todo el empuje del Espíritu Santo. Una enorme mayoría de creyentes se ilusionó y lo creyó tanto que hicieron de su apertura el estandarte de sus vidas. Y los que no lo aplicaron en sus vidas, lo aceptaron racionalmente. No era mala para nadie una apertura. Era un soplo de libertad. Sólo un reducido grupo, en clara minoría, se opuso frontalmente. Tanto que a su cabecilla, el cardenal francés Leffebre, fue excomulgado. Se le extrajo, como tumor, del cuerpo eclesial. Y esa condena en la nomenclatura eclesial significa la privación definitiva del derecho a tener una trascendencia dichosa ya que “extra ecclesia nula salus”. Parecía que el Vaticano iba a conseguir lo inaudito. Que la cultura eclesial no sólo se moviera sino que incluso avanzara. Tan maravilloso resultaba que a su iniciador e instigador, el papa Roncalli, lo pusieron en el monte parnaso de los santos. Bajo la advocación de San Juan XXIII. Y para que nadie dudara de su maravillosa gesta se estableció como día para celebrar su festividad el mismo día que años atrás empezó el Concilio.

Por fin la cultura eclesial, la que se había enrocado desde varios siglos en la más caótica represión, había sido vencida por el esfuerzo y la ilusión de cambio de la inmensa mayoría. Día de fiesta. Y desde todos los púlpitos clericales y afines se cantaron las alabanzas al Dios que había hecho posible semejante cambio. Nadie dudaba que era la obra del Espíritu Santo capaz de inflamar las mentes y los corazones de los hombres. Por eso a Leffebre y sus secuaces (lejos quedaban las referencias al Eminentísimo Sr. Cardenal y sus feligreses) se les había apartado de la común-unión.

Eran los años sesenta. También década del empuje estudiantil en Francia. Esta sí que fue una década prodigiosa. Se podía respirar. Se podía enganchar quien quisiera, en la búsqueda de una nueva libertad. Se podían iniciar cábalas ilusionantes para reconstruir la sociedad. Por fin el cometa perdido muchos siglos antes reaparecía iluminando el firmamento de la esperanza con la luz que esparcía su cola. Podíamos de nuevo buscar sentido a nuestras vidas más allá de los moldes que nos habían preparado. Podíamos experimentar la maravilla de avanzar por caminos nuevos, con nuestra responsabilidad. ¿Se había cambiado? ¿Ya no era la cultura machacona, inamovible e impositiva? ¿Se había conseguido doblegar su permanencia estática?

Ha pasado el tiempo. Lejos quedan los 60. Y con la perspectiva que nos otorgan los 45 años transcurridos nos damos cuenta que todo ha sido ilusionante pero vano. Que nada ha cambiado. Los gritos despiadados de aquel cardenal proscrito que no quería que nada cambiase y por lo que fue condenado, junto a las palabras entusiasmadas del nuevo Santo que alentaban y hacían soñar en el cambio, se perdieron en la última reverberación del eco. Ya no llegaron a nuestros días. Todo lo que el Santo abrió, se volvió a cerrar, anulándolo. Y todo lo que aquel díscolo cardenal quería, por lo que sufrió condena, ha vuelto a restablecerse con el beneplácito y la bendición de los mismos que, entre loas al Altísimo, clausuraron el Concilio Vaticano II.

Otro tanto ha sucedido con el espíritu del Mayo del 68. Los pavés dejaron de acompañar las palabras de libertad para ser enterrados de nuevo en las mismas calles parisinas, ésta vez, bajo una capa de asfalto. “Izquierda, izquierda… derecha, derecha… adelante, atrás… y un-dos-tres” Más allá de este movimiento.

Por encima de los deseos, expectativas, ilusiones de los que nos enganchamos al inseguro carro de la vida, la cultura permanece dando sentido pero, para ello, imponiéndose machacona y sin moverse. Da sentido a pesar tuyo. Sin darte opciones ni permitírtelas. Eres como pre-determinado-en-el-único-sentido que te han designado. Podríamos seguir cuestionando esa cultura, necesaria, pero impositiva.

Como ya empezamos a cuestionarnos ayer. Pero ¿qué tiene que ver la cultura con la genética?. Te dejo unas pautas para que, si quieres sigamos hablando más tarde. La genética es “un potencial predeterminado capaz de responder a unos estímulos”. Unos estímulos que al “obtener respuestas y respuestas reiterativas van desarrollando la capacidad de respuesta, creando las redes neuronales”. No todo está “previsto”. No todo es válido. El recién nacido, del género humano, es indefenso. Incapaz de subsistir por si mismo. Incapaz de dar respuesta adecuada a sus necesidades más elementales. Si llega a desarrollarse es por la dedicación que otros le dan y los cuidados que le aportan. Por qué se dedican a cuidarlos? Por qué existe un consenso de tenerlo que hacer? Por genética? Por beneficio personal? Por imposición cultural? (Como ves prefiero ceñirme más a un campo de ir por casa que a la tesis que discutíamos ayer sobre la política). Si el consenso cultural, a la larga puede colorear o modificar las mismas características genéticas –de lo contrario nunca habría posibilidad de avances- ¿puede ser más amplio, que la genética? ¿Puede la cultura darnos unos matices de libertad que no estén, al menos en esbozo, en la genética? ¿Qué es entonces la persona humana? ¿La que cumple las perspectivas pre-dibujadas por la genética, respondiendo a los sucesivos estímulos, cada vez más complejos y con respuestas más elaboradas? ¿La que se adapta a las características culturales, asumiéndolas y desarrollándolas? ¿O el resultado confuso de la interacción de lo genético- lo cultural- y de la trascendencia de estar marcados por el lenguaje?

Bueno, Fede, ya hablaremos. Posiblemente en el sótano de tu casa, rodeados de estímulos alcohólicos y de juegos, a los que no les daremos una respuesta inmediata. Eso sí, saboreando al mismo tiempo, un carajillo de tu especialidad. Ben cremadet. Buenas noches.

1 de diciembre.2008

La costumbre como repetición de actos y comportamientos; la justicia como sanción a los comportamientos o actos desviados de la costumbre del grupo social

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

En lugar de algo espiritual, la moral es la costumbre en su acepción más amplia, que ha llegado a formar parte del patrimonio de la mente humana, del patrimonio cultural humano (pues eso es lo que significa cultura, la información, el conocimiento, que es capaz de pasarse por diversos medios de una generación a otra).

Lo práctico, como es el repetir los movimientos corporales, en realidad las acciones, los comportamientos humanos, establecían, en los albores de la humanidad, sobre los individuos emparejados, posteriormente sobre los diversos grupúsculos y, finalmente, sobre los grupos mayores, pueblos y etnias, una superestructura que condicionaba la realización de nuevos movimientos, acciones y comportamientos, y era, finalmente, asimilada culturalmente como costumbre.

Esa superestructura, con el avance, a lo largo del tiempo, de la capacidad humana, con el aumento de su masa cerebral, de su posibilidad de generar muchas más conexiones sinápticas entre las dendritas de sus neuronas, por tanto de recordar; con el aumento de su capacidad desarrollada[1], no solo para recolectar, sino también para cazar, vivir en grupo, y posteriormente para cultivar; condicionó completamente el desarrollo de los individuos.

La capacidad cerebral de los individuos en aumento, planteaba dudas, preguntas, en cuanto a lo útil de obedecer las costumbres anteriores a la aparición de los propios individuos. Nuevos individuos más brillantes, más poderosos físicamente, más capaces de transmitir sus genes o de conseguir más abundante suministro de alimento y de distribuirlo entre las hembras, se iban presentando a medida que los niños se convertían en adultos.

Las razones, de estos nuevos individuos más brillantes que iban apareciendo, para obedecer las costumbres a las que habían llegado los antepasados, tuvieron que contar con un elemento psicológico. No era suficiente la aceptación sin más del conformismo innato; no era suficiente el poder paternal; ni el poder del macho dominante o jefe tribal. La necesidad de “bajar del burro” precisaba de alguna contrapartida; no puedo aceptar lo que me repugna, pero puedo encontrar alguna razón por la que, para un bien futuro, soporte los ascos actuales. Como parte de una humanidad cerebralizada la puedo encontrar para mí mismo, o para otros a quienes enseño, a fin de que continúen sometidos.

El Número Uno fue esa razón, tanto, particularmente, para el individuo como para el grupo dominante. El individuo llegaba a aceptar la sumisión al Número Uno, a un individuo que era “verdaderamente”[2] superior, no a un igual, con más poder accidentalmente; por otra parte se ahorraba el luchar continuamente contra el más poderoso, el cual le aventajaba y dominaba por la fuerza, con consecuencias adicionales para la integridad física. El que estaba en el poder esgrimía la misma razón del Número Uno, para no tener que imponer, en todo momento, por la fuerza, su propio criterio o sus deseos.

Las costumbres que devinieron de dos tipos: externas e internas, cambiaron y condicionaron el desarrollo humano.

Las costumbres externas son las visibles, las que implican movimientos, cuya adición resulta en acciones, cuya adición se convierte en técnicas o en comportamientos. No puedo pensar en otro tipo de costumbres para la época inicial del hombre, para los albores de los pueblos. Las costumbres externas tenían que ver con las necesidades básicas de la célula familiar, o del grupo tribal. No había tiempo, quizás ni capacidad todavía, para desarrollar sistemáticamente una línea de razonamiento o pensamiento, pues el individuo y el grupo dedicaban la mayor parte, la casi totalidad de su tiempo, a conseguir el alimento necesario para sobrevivir.

Es verdad que, desde muy temprano se observan evidencias arqueológicas y restos culturales artísticos. No sé si la razón para la dedicación a actividades culturales, en definitiva, intelectuales, (en ese momento el grado de cerebralización ya lo permitía) era la imposibilidad de realizar otras actividades más prácticas, cazar y recolectar, porque el tiempo, el clima, las glaciaciones, no lo permitían en toda época del año; pero se sostiene que la búsqueda de abrigos naturales permitió el desarrollo de la cultura, especialmente la pintura.

Con todo, las necesidades prioritarias eran de tipo físico. Las costumbres, por tanto, tuvieron que ser de tipo físico, externo, en definitiva costumbres que principalmente estaban relacionadas con el comportamiento.

El comportarse de acuerdo con esas costumbres era el comportamiento justo, el que estaba ajustado, sin ninguna fisura ni rendija, era el comportamiento recto, que iba directamente a lo que interesaba al grupo. Era correcto (co – recto) hacerlo, junto con otros que también hacía lo recto; era lo apropiado hacerlo, porque es lo que se había aprehendido, tomado profundamente, hecho propio.

Con el paso del tiempo, con la mayor cerebralización, con la capacidad intelectual aumentada, con la consecución de tiempo libre, al derivar parte del dedicado a la consecución de alimentos a otras actividades más intelectuales, las culturales; con el aumento de la complejidad de las explicaciones dadas por uno a sí mismo[3], y por el grupo o individuo dominante a todos; con la llegada de expertos (sacerdotes, profetas, escribas) en el Número Uno, al que éstos no sólo conocían mejor, sino del que también eran sus representantes e, incluso, hablaban y escribían en su nombre; con todo esto algunas de las costumbres se fueron internalizando y apareció lo que hoy denominamos Moral.

Esa internalización era, solamente, el conjunto de explicaciones racionales, psicológicamente aceptadas, de las razones para tener unas u otras costumbres externas, o para hacerlas cambiar.

Esto nos lleva a la consideración de la moral como un fenómeno cultural, acumulativo que, ayudó a la preservación de la especie, pues el hombre moderno es el descendiente de aquellos primeros Homo sapiens sapiens que fueron capaces de hacer este ejercicio. Estas costumbres, esta moral, los tabúes que incluyen y las exigencias que comportan han ayudado a la supervivencia, a la evolución de la especie dominadora de la Tierra. No es, por tanto, algo que no tenga su importancia.

Hemos sido capaces de llegar a donde estamos porque tuvimos suerte (azar) y porque nuestros antecesores fueron capaces de actuar, acostumbrarse, pensar y crear abstracciones, como efectivamente lo hicieron; y también porque sus creaciones fueron buenas para su supervivencia.

Pero siendo críticos tenemos que admitir que el que algo haya sido bueno, o lo continúe siendo, para la supervivencia, no implica que sea exacto o que sea la verdad. A menudo la ignorancia puede llevar a acciones arriesgadas que permitan la supervivencia. Lo que dice Jacques Monod[4] es que hay tanto de azar como de necesidad.

El hecho de que los grupos difieran de moral es una prueba contundente[5] en cuanto a que, la misma, está condicionada por la costumbre y por el Derecho. Si tuviésemos una moral intraconstruida en nuestra propia mente mediante el poder superior, no habría varias vías ‘buenas’ de vivir la vida. No habría los varios caminos que han permitido éxito evolutivo hasta hoy, puesto que el bueno, el mejor, sería el que habría diseñado el Número Uno.

No me vale que se me conteste que el sistema propio (occidental judeocristiano, musulmán u oriental) es el bueno y el otro sistema sólo lo consiente el Número Uno para demostrar que el suyo es el óptimo. El que lo diga dice una tautología, hace un ejercicio de presunción, asume por anticipado que lo que dice es exacto y verdad, lo que le impide investigar un punto de vista diferente, el que planteo en esta tesis.

Aunque reconozco que también es cierto que hay conceptos morales que, parece, coinciden en todas partes. Esta objeción puede ser contestada con el hecho de que en todas partes los humanos, por el hecho de ser humanos, han tenido unas necesidades semejantes y que, en el fondo, han sido satisfechas de modo parecido. La necesidad de alimentación, la familia, los hijos, el grupo, la tribu, la complejidad de mantener la cohesión y la cooperación frente al individualismo y el egoísmo, llevan a ensayar modos parecidos de enfrentarse a los problemas. La comunicación o la incomunicación hacen el resto, tanto en cuanto a semejanza como en cuanto a disparidad.

El establecerse en nuevos entornos, con circunstancias climáticas distintas, hacía cambiar las costumbres en el vestido y en la formación de tabúes respecto de alimentos, animales o cosas. La mayor o menor posibilidad de suministro y conservación de los alimentos, de una u otra característica, la diferencia de animales que cazar o de productos vegetales que recolectar, hicieron variar las costumbres dietéticas. Las conquistas de nuevas tierras, las migraciones, la integración de los llegados o la integración de los conquistados por los conquistadores hacían variar casi todas las costumbres, incluso hasta la lengua.

Hay que hacer un énfasis especial en este asunto. El lenguaje, el conjunto de sonidos con los que nos comunicamos, y posteriormente el conjunto de signos con los que representamos los sonidos con los que formamos palabras, frases, oraciones y conversaciones, es primordial para definir el esquema de pensamiento de los humanos. La lengua materna es básica para el desarrollo intelectual y nuestra capacidad de comunicación; la adquisición de nuevas capacidades de comunicación, el aprender y mantener en uso otro idioma (además del propio) aumenta las posibilidades de éxito individual y de grupo.

Pues bien, idiomas, se perdieron con el desuso, nuevos se aceptaron con el uso, y todos los idiomas variaron a lo largo del tiempo, con el avance de la tecnología y con la necesidad de comunicación respecto de la misma. La especialización continuó haciendo necesario el aumento en la capacidad de comunicación.

Las grandes posibilidades de comunicarse, que fueron aumentando con el paso del tiempo, comunicación verbal primero, por escrito después, y físicamente mediante los viajes, así como el exterminio de pueblos, o el cambio de lenguaje, hicieron, sin ninguna duda, su mejor papel en favorecer el cambio de costumbres, tanto externas (comportamiento) como internas (moral).


[1] Mediante la técnica, la fabricación de herramientas, la agricultura y la ganadería.

[2] Así funcionaba su psique. Véase Goleman, Daniel. El punto ciego. Psicología del autoengaño. Plaza Janés. Barcelona, 2ª edición, 1997.

[3] Con el hacerse consciente, ver y entender su propio yo.

[4] Monod, Jacques. El azar y la necesidad, Orbis, Barcelona, 1985.

[5] Habrá quien no lo aceptará así, respeto otro punto de vista, pero esta es mi tesis.

¿Hay necesidad de un principio regulador de los comportamientos?

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

La respuesta, obviamente, desde mi punto de vista es positiva: lo precisamos porque somos seres sociales. Precisamos de tal principio regulador y la prueba de ello son las costumbres y también lo es la justicia que, aunque no haya sido recibida desde arriba, ha sido necesaria para la vida de los humanos desde el momento que se hacen conscientes frente a terceros humanos. Hay necesidad de tal principio porque convivimos en grupos, somos sociales y sociables, y para serlo con mayor éxito nos imponemos unos límites a nuestros comportamientos y tenemos necesidad también de valorar la desviación de algunos miembros de esos límites.

El Derecho no es más que control social. De una parte, la importancia que se le ha dado siempre, el alto interés social en la seguridad general, entendida como orden y paz en la vida social, dictó el inicio del Derecho, que ha conducido a los hombres a buscar algún tipo de bases fijas para la consecución de un cierto orden en las acciones humanas que permita alcanzar un orden social estable. De otra parte, la presión de intereses sociales menos inmediatos, quizás individuales, y la necesidad de reconciliarlos con las exigencias de la seguridad general y de la realización de continuos nuevos compromisos a causa de los repetidos cambios en la sociedad, han demandado siempre el reajuste de, al menos, algunos detalles del orden social[1].

La justicia hace referencia a la conducta, la moral de la que depende hace referencia a la conducta, la costumbre es conducta repetida y exigida. Está claro que se intenta controlar la conducta, pero ¿es necesario controlar la conducta? Me refiero a la conducta de otros, porque controlar la propia entra dentro de la esfera de libertad de selección del género humano. Ciertamente queremos libertad para nosotros mismos pero exigimos, por necesidad de pervivencia de grupo, controlar la conducta de otros.

Estamos pues siempre intentando con normas (costumbres, religión o derecho) o con la fuerza (que permiten usar dichas normas) controlar la conducta ajena para hacerla digna, para hacerla soportable a otros, para impedir que genere problemas de relación social. Es necesario, pues, considerar el hecho de que hay necesidad de controlar la conducta.

Esto nos lleva a pensar en el libre albedrío y a reflexionar que si la conducta no es aleatoria y, por tanto, tiene causa, entonces la conducta no es libre. ¿Hay aquí una paradoja? Efectivamente parece que esto sea un problema insoluble. Pero a lo largo de los diversos post en este Blog se ha mostrado que aunque los genes puedan determinar una parte de la conducta, por tanto de la costumbre y de la justicia, el entorno, otros, nuestros iguales, nos afectan tanto o más que los propios genes, de modo que somos completamente permeables a las influencias externas, lo que proporciona una tranquilidad suficiente frente a controles insalvables. Según cita Ridley[2] el filósofo Henrik Walter explica que un animal está determinado por sus genes en un 99 % y en un 1 % por su propia decisión o medios, y aún así es mucho más libre que otro que esté determinado en un 1 % por sus genes y un 99 % por el entorno. De los genes se puede escapar, se pueden condicionar, se pueden activar por más o menos tiempo con resultados distintos; del entorno, prácticamente, no se puede escapar.

El libre albedrío era un problema indescifrable al que muchos dedicaron tiempo y no se hubiese podido resolver sólo con el pensamiento. Únicamente se puede plantear una solución desde la investigación científica: la selección natural nos ha otorgado una mente con capacidad de detectar intencionalidad en otros, lo que sirve para predecir actos y tomar la decisión de realizar los nuestros, y la decisión de hacer algo, con la información que capta nuestro sistema límbico, la tomamos sin que seamos conscientes de ello, porque la volición (que es un sistema inconsciente) posteriormente será testeada por la capacidad de revisión de nuestras propias decisiones, llámese reflexión o raciocinio. No hay una causalidad lineal, sino circular, que “deriva de los circuitos de retroalimentación del cerebro, en los que los resultados de un proceso se convierten en las condiciones para el comienzo de los siguientes. Las neuronas del cerebro escuchan al receptor incluso antes de haber terminado de enviar mensajes. La respuesta altera el mensaje enviado, que a su vez altera la respuesta, y así sucesivamente”[3]. Esto es un nuevo enfoque de la teoría de la consciencia. El libre albedrío es como una suma de efectos circulares de redes de neuronas que varían constantemente, que producen efectos inherentes a la relación circular que existe entre los genes, una situación cambiante de estados cerebrales que dependen de nuestras emociones, instintos, experiencias e influencias de otros, incluso del azar.

Si una respuesta, es cambiada por la propia respuesta, que cambia asimismo por el propio cambio, esto es un círculo. No me atrevo a decir si virtuoso o vicioso. Lo que está claro es que la información llega incluso antes de hacernos la pregunta consciente. ¿Se podrá, pues, dar respuesta racional a la causa de la conducta social, y con ello a la razón de las normas, costumbres, justicia y derecho? ¿Tenemos necesidad de un control de la conducta?

Al menos, por utilidad, predecir los efectos de la conducta grupal es interesante, proporciona información, permite el desarrollo de nuevas ciencias y de estudios. Da la razón de una gran parte de la construcción cultural del ser humano. Es por eso que, por su parte, Fukuyama señala[4] que las ciencias sociales han soñado con convertir el estudio de la conducta humana en una verdadera ciencia, y pasar de la mera descripción a modelos formales de causalidad con un valor de predicción sustancial basado en una rigurosa observación empírica. Pero es entendible el hecho que este propósito es más fácil de conseguir en unas esferas del comportamiento que en otras como, por ejemplo, en los mercados: el análisis de mercados ha hecho de la economía la reina de las ciencias sociales. Cuando se habla, no obstante, de individuos y de grupos de individuos u organizaciones la cosa es mucho más difícil puesto que en los grupos las normas, costumbres, tradiciones o vínculos sociales influyen en mucha mayor medida que en los mercados.

Hay, por ejemplo, necesidad de controlar al contestatario que trastoca el orden, el statu quo. Lo que nos lleva al control de la conducta. La justicia tiene la tendencia a controlar la conducta; las costumbres tratan de controlar la conducta; las normas morales o éticas pretenden controlar las conductas; los padres tratan de dirigir las conductas de sus hijos; los ‘poderes’ establecidos tratan de controlar a sus subordinados. Sí, es connatural que debe haber un principio regulador de los comportamientos y para regularlos hay que controlar las conductas que no se adaptan a los comportamientos aceptados por el grupo, pero, atención, estamos pisando un terreno intelectual tremendamente peligroso por los excesos que se han cometido.

Se han hecho muchos experimentos de control de conductas y ya se ha indagado bastante en cuanto a los métodos de control de la conducta humana[5] y el análisis del comportamiento, así como sus aplicaciones a los problemas sociales de nuestro tiempo, y a pesar de las respuestas dadas a preguntas como ¿por qué la gente se comporta de la forma que lo hace?, ¿cómo podría una persona anticipar y, por tanto, prepararse para lo que otra persona fuera a hacer?, o ¿cómo se podría inducir a una persona a comportarse de una cierta manera?, lo cierto es que el problema de la explicación de las conductas, persiste. Y la discusión sobre el mentalismo y el conductismo ha llevado, a veces, a soluciones prácticas abusivamente expeditivas. Aunque hayan definiciones que explican que el control de la conducta humana es simplemente la manipulación de las condiciones ambientales en las que está inmerso un organismo a fin de lograr una modificación definida de su conducta, obteniendo un comportamiento nuevo, una reafirmación o un cambio en la tendencia del organismo a conducirse de manera estándar, quizá, mediante la eliminación de patrones de conducta adquiridos en el pasado[6], lo cierto es que decir que la conducta de un organismo puede ser controlada mediante la manipulación de las condiciones ambientales es, en el mejor de los casos, una generalización oscurecedora, y en el peor de ellos, un modo de revestir el control de la conducta con el ropaje de lo beneficioso y de lo científico. El peligro reside en que son siempre invariablemente los mismos, o un grupo sobre otro, el que ostenta el control de las manifestaciones en cuestión, y éstas, precisamente, se dan casi siempre en un contexto social, y que su propósito es regular la conducta de otros seres humanos.

Precisamente en razón de que los esfuerzos por controlar la conducta humana se dan necesariamente en un contexto social, es imprescindible que los consideremos como algo más que simplemente la manipulación de ciertas condiciones materiales a fin de lograr una modificación definida de la conducta.

Es un grave riesgo basarse única y exclusivamente en las propias ideas, las moralmente correctas, las leyes o normas establecidas, o las científicamente en boga, sobre la naturaleza humana. Por otra parte, si algunas determinadas ideas sobre la naturaleza humana pueden conformar la realidad social, merecen obviamente ser consideradas, por derecho propio, poderosos instrumentos de control social, por lo tanto hay que cuidar mucho de que incluso la ciencia no refleje y refuerce intereses y objetivos de grupos sociales dominantes en su afán de control.

¿Qué determina el que una idea dada, sobre la naturaleza humana constituya, o no, la base de la racionalización de un determinado objetivo de política social o justifique o no una forma concreta de control de conducta? Contestando dicha cuestión en su obra citada[7] S. L. Chorover dice, “que las teorías y métodos psicotecnológicos tienden a reflejarse y a reforzar los intereses y objetivos de los grupos sociales dominantes”.

Es sumamente interesante la línea argumental de Chorover respecto del cual concretamente interesa señalar el relato de unos hechos ocurridos, que manifiestan la dificultad de que sean unas ideas, que no se pueden o no han sido suficientemente criticadas, que no han sido suficiente y científicamente contrastadas, aquello en lo que debieramos basar nuestra idea de lo justo, de la justicia, de lo debido, en su más amplio sentido. Siguiendo el hilo de su relato, leamos sus palabras.

“En circunstancias extremas, las cuestiones concernientes al control de la conducta en la sociedad humana pueden ser (y han sido) literalmente cuestiones de vida o muerte. Imagínese, por ejemplo, que forma usted parte del personal médico de un gran hospital psiquiátrico emplazado en las afueras de una ciudad importante. La institución es un destacado centro docente con una larga y honorable tradición médica en el que el adiestramiento clínico impartido a los estudiantes ha sido siempre de gran calidad y, donde los pacientes han recibido, por lo general, los mejores tratamientos posibles a manos de expertos en neurología y psiquiatría, humanos y capaces.”

“Imagínese, además, que acompañado por otras personas como usted -clínicos, investigadores, directivos- un dignatario que visita el centro está cumpliendo la obligada visita de inspección. El visitante, llegado de la capital de la nación, es un afamado experto en el diagnóstico, clasificación y tratamiento de los trastornos nerviosos y mentales, así como el autor de numerosos e influyentes trabajos sobre temas tales como alcoholismo, estrés, epilepsia, traumatismo cefálico e inflamación cerebral.  Sus credenciales administrativas son igualmente impresionantes: Es profesor de psiquiatría en una de las principales facultades de medicina del país y dirige una clínica mundialmente famosa. Durante los últimos tiempos se ha encargado de organizar un programa psicotecnológico masivo. Todos los informes, pasados y presentes, de cada paciente internado en todos y cada uno de los hospitales mentales del país han sido revisados por juntas de expertos, que han decidido la inclusión de un buen número de pacientes en un grupo de tratamiento especial.  Este proceso de selección era producto de una reunión, celebrada aproximadamente un año antes, en la que un grupo de psiquiatras expertos y de altos funcionarios habían decidido la puesta a punto de centros de tratamiento especial en diversos hospitales diseminados por el país.  Dado que el correspondiente a la institución a la que usted pertenece ha sido uno de los primeros en completarse, el visitante ha venido a observar cómo se realiza la fase terapéutica del proyecto.”

“La visita oficial de inspección está a punto de finalizar. Todo el grupo, incluidos usted mismo y el visitante distinguido, contempla a través de una pequeña ventana cómo unos veinte pacientes mentales, escoltados por celadores del hospital, entran en el área de tratamiento, limpia y brillantemente iluminada. Los pacientes permanecen tranquilos mientras los celadores abandonan la sala, cerrando la puerta tras ellos.  A la señal de uno de sus colegas, un miembro del personal oprime un determinado interruptor.  Nada ocurre en los primeros segundos: los pacientes continúan tranquilamente de pie.  Entonces, repentinamente, comienzan a dar muestras de agitación, jadean, tosen, gimen, intentan inhalar desesperadamente.  Uno por uno van desplomándose.  El tratamiento ha terminado.  La manipulación del entorno ha producido una modificación de la conducta bien definida: los veinte pacientes están muertos”.

“Aunque lo he presentado – dice Chorover – como un ejemplo hipotético, este episodio ocurrió realmente. Fue parte de un proyecto cuyo deliberado propósito era el exterminio administrativo masivo de pacientes psiquiátricos, proyecto concebido, organizado y realizado en la Alemania nazi. Su designación oficial era ‘Destrucción de vidas sin valor’, y fue planeado detalladamente durante una conferencia celebrada en Berlín en julio de 1939, a la que asistieron primeras figuras en la psiquiatría académica y altos funcionarios públicos.”

“Uno de los presentes era el doctor Max de Crinis, profesor de psiquiatría del Charité Hospital y afamado experto en diversos temas neuropsiquiátricos.  Como miembro de la junta de médicos supervisores responsables del proyecto desde sus inicios, el doctor De Crinis hizo una visita oficial al hospital mental del estado de Sonnenstein, cerca de Dresde, donde, en las circunstancias más arriba descritas, fue testigo de la muerte de, al menos, veinte pacientes varones, por asfixia aguda consecuencia de la inhalación de monóxido de carbono. Aunque se le citó en los protocolos del tribunal de Nüremberg – encargado de juzgar los crímenes de guerra – por su participación en el proyecto, el doctor De Crinis nunca fue juzgado porque se suicidó en 1945, durante el asedio soviético a Berlín, utilizando un cápsula de cianuro de las que el gobierno suministraba.”

“¿Es posible entender, lo que aquel día, en Sonnenstein, se trasuntaba?  Es en principio tentador decir que el episodio no requiere mayores explicaciones dado que ocurrió en Alemania durante la era del Reich nazi y fue una de las muchas atrocidades grotescas e inexplicables que salpicaron Europa durante el período citado: tal planteamiento, en lugar de mejorar la comprensión del episodio, lo enmascara por completo.  Lo que realmente continúa exigiendo una explicación es el hecho mismo de que lo ocurrido en Sonnenstein no fue un suceso aislado. A mediados de 1940, escenas idénticas se producían habitualmente en los psiquiátricos de toda Alemania y, en pocos años, el proyecto creado por el doctor De Crinis y sus colegas profesionales se cobraría unas 275.000 vidas de pacientes psiquiátricos, internos de cárceles y personas mentalmente retrasadas. ‘La destrucción de vidas sin valor’, que era la denominación oficial del proyecto nazi cuyo propósito era el exterminio masivo de millones de judíos,  eslavos y miembros de otros grupos, siguió en tiempo, técnica y justificación al mencionado ‘plan terapéutico’, que pretendía ser un ejercicio de psicotecnología científicamente objetivo y moral y éticamente neutro.”

Chorover dice, después de citar a Walter Lipman, con quien no concuerda, que “la explicación del holocausto se debe buscar en la fatiga de la mente humana, que llega a recostarse o sentarse procurándose una visión de la existencia parcial y simplificada, en que no es la debilidad de la mente humana la causa, sino, más bien, la pujante fortaleza de ciertas preconcepciones sociales. La razón – explica – una vez que hace acto de presencia, intenta comprender mediante los métodos de la observación cuidadosa, el análisis y otras formas de comportamiento inteligente, pero incluso aquellos que se disponen a seguirla fielmente pueden ser dirigidos o tentados a aceptar conclusiones sobre el mundo que de otro modo rechazarían como irracionales.”

Quizá la conclusión de lo que allí ocurrió sea el afirmar que la existencia de algunos teóricos es menos arriesgada y la vida profesional les es más segura, cuando aceptan la ‘visión de la existencia parcial y simplificada’, de la que depende el ordenado funcionamiento de ciertas instituciones sociales poderosas, instituciones que a veces recurren a la violencia[8] como medio de imponer su particular visión de la existencia.

En tales ocasiones, a los pensadores que siguiendo el hilo de la razón buscan nuevos caminos, les podría ocurrir, y de hecho les está ocurriendo, que choquen con los burócratas que cumplen órdenes en defensa de las instituciones existentes. Los enfrentamientos entre quienes pretenden construir nuevos significados y los defensores burocráticos del poder pueden ser incluso fatales, pero, al menos, cuando no son fatales, ni siquiera violentos, sus efectos indirectos pueden ser con frecuencia razonablemente calificados como asuntos de vida o muerte.

Hay cantidad de pruebas que coinciden en señalar la importancia de unos pocos conceptos claves de especial significación en la atmósfera del movimiento nacionalsocialista que emergía. De sumo interés es el conjunto de ideas sociobiológicas relativas a la desigualdad humana, así como una clase específica de inferencias políticas derivadas del darwinismo, cuyo epítome vendría dado por frases-eslogan tales como ‘la lucha por la existencia’ y ‘la supervivencia del más apto’; o las ideas de Friedrich Nietzsche, especialmente, la del ‘superhombre’.

Bajo la presión de determinadas circunstancias materiales – militares, políticas y económicas – todos los niveles de la sociedad alemana, dieron en otorgar a estas frases y a otras como ellas, el valor de leyes universales de la naturaleza, cuyas implicaciones respecto de la política pública eran obvias lógicamente, justificables científicamente y moralmente obligatorias. Las interpretaciones que de la naturaleza humana hacían autoridades inglesas y americanas (y también alemanas) de la época, reflejaron y ayudaron simultáneamente a crear, en fondo y forma, la monstruosa realidad del genocidio nazi: esto es lo mismo que decir que el genocidio nazi no fue un síntoma aberrante de psicosis nacional, sino una campaña fríamente calculada de control de la conducta, claro reflejo de la interrelación entre significado y poder en una época y un lugar dados.

Esto demuestra la relación entre costumbre, moral y sentido de justicia, con la conducta que se considera apropiada y el propio control de la misma. ¿Habrá que llegar a un sistema de control de la conducta como el referido, o será mejor un sistema de control de la conducta a base de una autoimposición de normas de conducta por aceptación de las normas del Número Uno, a una aceptación de la religión[9]? O, dicho más sencillamente ¿debemos dejarnos llevar por otros?

Quizás la repuesta sea la auto programación, la repetición de actos, de conceptos, a nivel individual, a nivel social como grupo o como nación, o como grupos de naciones que comparten elementos comunes, o a nivel de culturas; la inculcación de los valores culturales sobre lo que hemos tratado: justicia, cooperación, altruismo (aun con el egoísmo que ello comporta) y bondad. Pero ¿habrá choque de culturas? No necesariamente, cuando la autoprogramación comporta el respeto a la diversidad y dar valor a lo distinto.


[1] Pound, Roscoe. An Introduction to Philosophy of Law. Yale University Press, Chelsea, Michigan, USA 1982, p 2, 3.

[2] Ridley, Matt., Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 303.

[3] Ridley, Matt., Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 307.

[4] Fukuyama, Francis. La construcción del Estado, traducción de María Alonso, primera edición, Ediciones B, Barcelona, 2004, p 136.

[5] Véase Eysenck, H. J., Experimentos en terapia de la conducta, Orbis, Barcelona, 1985; Chorover, Stephan L. Del Génesis al genocidio (La sociobiología en cuestión), Orbis, Barcelona, 1985; Skinner, B. F.  Sobre el conductismo. Orbis, Barcelona, 1985.

[6] Véase Ulrich, R., Stachnik, T. y Mabry, J., Control of Human Behavior, Scott – Foresman, Glenview, IL, 1966.

[7] Chorover, Stephan L. Del Génesis al genocidio (La sociobiología en cuestión), Orbis, Barcelona, 1985, p 16 y siguientes.

 [8] Como son los sistemas legales y judiciales de los países.

 [9] Que ata, que liga. De la propia etimología de religión = religare.