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Bondad y corrupción humanas

BONDAD Y CORRUPCIÓN HUMANAS

20180817

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

 

Me refiero a la vida pública, y en cuanto a ella, algunos, si no muchos, nos sentimos desanimados de ver las mentiras, las estrategias dialécticas verbales de unos contra otros, la corrupción, el egoísmo, el oportunismo, el abuso del momento mediático, el uso y el abuso de la justicia con intención de sustituir a la política, el que se entienda o se cacaree que unas mayorías no tienen legitimidad por ser unión de varios partidos o ideologías y un sinfín de cosas más que sería prolijo enumerar.

Estoy harto de ver la falta de colaboración de unos con otros, cada uno arrimando el ascua a su sardina. Criticando destempladamente lo que hacen otros o lo que hicieron, cuando los que ahora critican, han estado haciendo, o lo hacen, igual o casi igual de mal, o de bien.

La política no debería ser una riña constante de palabras. Y digo riña de palabras, porque casi siempre sólo se usan argumentos, pocos datos, menos ciencia y nada de espíritu de colaboración. Y eso ¿por qué? En realidad, sois servidores públicos o al menos, tenéis ese nombre, pero, probablemente, demasiados pensáis como aquel, que dijo que estaba en la política para forrarse. ¿Es esa la razón? ¡Qué desgracia si estoy en lo cierto!

El momento es desaforado. Se necesita espíritu de concordia, espíritu de, poner a disposición de los demás nuestras capacidades y talentos para que las cosas, en la política, se hagan de la mejor manera posible. Y sí, voy a recuperar la palabra, se necesita espíritu de consenso.

¿Acaso alguno cree que los demás son mucho peor que nosotros? En realidad, son poco más o menos igual de malos; y lo he enfocado por lo negativo, porque no quería preguntar si alguien se cree superior a nosotros, porque todos somos buenos y malos, altruistas y egoístas, colaboradores y antagonistas.

Y todo esto es así porque, de acuerdo con las pruebas científicas obtenidas los últimos treinta años, somos fundamentalmente buenos, pero estamos sujetos a la corrupción de las fuerzas del mal, o lo que es lo mismo, somos esencialmente malos, pecadores, pero susceptibles de ser redimidos por las fuerzas del bien. Estamos hechos para dar la vida en favor de un grupo o al contrario, anteponernos a nosotros y a nuestras familias por encima de todo. Y de nuevo, esto es así porque la selección multinivel, en este caso la conducta social hereditaria, mejora la capacidad competitiva, no sólo de los individuos dentro del grupo, sino además de los grupos en su conjunto.

Un rasgo que nos identifica a los humanos es que somos obsesivamente curiosos, queremos saber lo que hacen otros. Somos genios o nos lo creemos a la hora de interpretar las acciones de los otros, y así, evaluamos, difundimos, intimamos, cooperamos, cotilleamos y controlamos, en lo posible a los demás. Y de ahí los comportamientos de los que me he quejado en párrafos anteriores.

Otro rasgo, es el abrumador deseo instintivo de pertenecer a un grupo, que define nuestra identidad y que nos concede a todos un complejo de superioridad (no solo a los criticados por ser nacionalistas).

Es un hecho probado científicamente que deseamos y preferimos, estar con gente de aspecto parecido al nuestro, que hable el mismo idioma o incluso, el mismo dialecto; con quien compartamos creencias (no me refiero a religiosas sólo). Y la amplificación de esta tendencia, desemboca fácilmente en racismo o en intolerancia religiosa: es decir, los buenos, pueden actuar con maldad.

Y además, está el problema del conflicto dentro del grupo. Los egoístas, los tramposos, si no se les pilla y excluye, se imponen a los altruistas, a los colaboradores y a los que reciprocan. Pero los grupos formados por altruistas se imponen a los compuestos por egoístas; dicho de otro modo, la selección individual fomenta el pecado, la selección grupal fomenta la virtud. Es el eterno conflicto, que no es una prueba de Dios ni una maquinación de Satanás, sino que es así como se resolvieron las cosas en nuestra evolución como especie. De modo que pudiera ser, lo mismo que es en la ciencia, que el conflicto sea la única manera a través de la cual pueda evolucionar la organización y la inteligencia humana. Tendremos que vivir con este caos congénito que, en realidad, como dice Wilson es la principal fuente de nuestra creatividad.

Entonces ¿por qué me quejo?, porque no estoy seguro de que estemos aprovechando bien a nivel de grupo la cooperación, la reciprocidad, el altruismo; mientras que sí estoy seguro de que, a nivel de individuos, muchos, casi todos ellos políticos, están aprovechando muy bien su egoísmo contra el grupo, sus trampas y sus mentiras. Por eso es necesario expulsarlos de la vida pública, extrañarlos, que se ganen la vida trabajando, no en la política.

Es necesario que las instituciones docentes estén más allá de la política y por encima de ella. La universidad no debería estar tan politizada, no deberían crearse universidades, como se ha hecho, para compensar la politización de otras; la docencia, y no me refiero sólo a la reglada, debería ser la tutora de las nuevas generaciones hacia el interés civil por la polis, por la política; debería ser el germen de las preguntas, del conflicto, de las ofertas de diálogo, de las tesis contrapuestas, de las síntesis a las que se llegara, quedándose este debate, de momento, en el ámbito estudiantil y docente universitario para que, posteriormente, trascendiendo más allá de este ámbito, las ideas se asienten en la sociedad civil, que es la que debería estar más politizada.

Y mi discurso ¿para qué sirve? Para poner en valor la importancia de nuestras decisiones a nivel individual y grupal. Hay que aprovechar el conflicto para cambiar las cosas: los políticos, los partidos, la universidad, la política. Se acercan momentos en los que disfrutaremos de derechos que permitirán conformar tanto el marco de decisiones grupales como las propias políticas comunitarias, estatales, autonómicas o locales. ¿Tenemos claros los conflictos de intereses? ¿Tenemos claros los pasos para resolverlos? El marco en el que debatir ideas y aclarar esos pasos, esas propuestas, debería empezar ya, entre la sociedad civil, y debería estar también más allá de las instituciones y partidos, en la propia calle, en los medios de comunicación, en las redes sociales. Ahora todos tenemos la oportunidad de hacernos oír, no es necesario otros 15 Ms; el debate debería empezar ya. Eso de “no nos representan”, no es para decirlo, sino para evitarlo; echémosles fuera, quitémosles la oportunidad.

No permitamos que los viajes para dejarse fotografiar, los seminarios de fin de semana, los congresos de los partidos, en los que se pontifican sus propuestas e ideologías para salir en los medios de comunicación, donde no hay ni debate ni ciencia, sustituyan a la sociedad civil. No consintamos nuestro servilismo.

No hay superioridad moral de nadie sobre otros. Todos somos, o debemos ser, igualmente actores de nuestro presente para mejorar nuestro futuro y el de nuestro grupo y de las nuevas generaciones, que no debe consistir en una lucha de todos contra todos, sino de todos para favorecer el grupo o grupos concéntricos en los que convivimos: local, y hacia arriba, autonómico, estatal y europeo.

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Un gobierno formado por los mejores

UN GOBIERNO FORMADO POR LOS MEJORES

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20180716

“Sólo la sabiduría radicada en la comprensión de nosotros mismos, y no la piedad, nos salvará. No habrá ninguna redención ni tampoco se nos concederá una segunda oportunidad. Este es el único planeta que tenemos para vivir; y éste el único enigma que debemos descifrar.”

Así de taxativo se expresa Edward O. Wilson en su libro “El sentido de la existencia humana” y ese sentido es al que alude como único enigma a resolver.

Las especies eusociales, dice, aparecieron en una etapa muy tardía de la historia de la vida, en cambio, han tenido un gran éxito ecológico, aunque hayan sido pocas las especies que han llegado a la eusociabilidad y especialmente la humana ha sobresalido por su capacidad cerebral, mental, que ha llevado al grandísimo avance de las capacidades sociales.

De hecho, la gente, estamos muy interesados en el comportamiento de los demás, somos cotillas desde el nacimiento y con el tiempo esa capacidad se desarrolla; eso nos hace humanos, nos permite identificarnos con un grupo u otro y construimos nuestra identidad personal como integrantes de ese grupo. Además, somos una especie muy esclarecida; la ciencia y las humanidades nos han hecho llegar muy lejos, y todavía llegaremos más. Pero el orgullo podría hacernos pensar que somos los reyes de la “creación”, como las religiones nos han tratado de hacer pensar, a la imagen de dios, de un dios que, más bien, ha sido una entelequia creada por los humanos a la imagen de nosotros mismos, como nos indicó Yuval Harari en “Homo Deus”.

“Por eso es un disparate pensar que este planeta podría ser una estación de paso hacia un mundo mejor” afirma Wilson, porque en realidad somos parte de la flora y fauna de la tierra, a la que estamos sujetos por nuestra emoción, nuestra psicología y nuestra historia.

Wilson señala que “no estamos predestinados a nada, y la vida no es un misterio indescifrable” y no es cierto que dioses y demonios luchen por nuestra lealtad, sino que somos artífices de nuestro propio éxito o fracaso, aunque hay que reconocer que somos una especie frágil y estamos solos para comprendernos a nosotros mismos. Nuestra supervivencia a largo plazo radica en ello y en que logremos una independencia de pensamiento más significativa de la que se tolera hoy en día, incluso, en las sociedades democráticas más avanzadas.

Si todo lo anterior es cierto y los científicos dicen que lo es, parece que estamos solos y, además, estamos perdiendo el tiempo. Es perentorio que hagamos de nuestro planeta un lugar en donde todos vivamos con todas nuestras necesidades cubiertas y todos podamos desarrollar nuestras capacidades; que cuidemos el entorno en el que vivimos con la intención de legarlo a nuestros descendientes en condiciones, para que ellos, a su vez, también puedan vivir una vida plena.

Somos eusociales y a pesar del éxito que representa haber llegado a esta capacidad, nuestras sociedades actuales no están dirigidas por los mejores individuos, sino por algunos que están pensando en sí mismos en lugar de pensar en el grupo, en la sociedad, en la especie humana; que, además, son incompetentes, algunos disléxicos a pesar de ser presidentes. Llegan al poder haciendo trampas y se perpetúan lo máximo posible en él haciendo también trampas. No me refiero sólo a los casos de España, que… también (partidos que se financian ilegalmente; miembros, la casi mayoría, que entran y se mantienen en la política para “forrarse” o para vivir de ella), sino a casos tan conspicuos como el de la presidencia de los EEUU o de las potencias que sueñan y trabajan para hacer sombra a EEUU. Países y gobiernos en donde se niega el cambio climático, científicamente demostrado (da risa, pero eso hace la administración Trump); o simplemente se ignora el daño que hacen, pensando que, si otros han contaminado, ellos también tienen derecho a hacerlo hasta que hayan alcanzado un desarrollo muchísimo mayor (China y otros grandes contaminadores).

Tenemos que repensar el funcionamiento de la actividad política y de la gobernanza de las naciones. Los humanos no somos malvados por naturaleza; somos lo suficientemente inteligentes, generosos y bondadosos para hacer de la Tierra y de la biosfera que nos dio a luz un lugar semejante a un paraíso. El problema es que el homo sapiens es un producto, es una especie disfuncional, a la que se llegó después de adaptaciones genéticas producidas durante millones de años para producir una especie cazadora recolectora, como máximo aldeana; adaptaciones que cada vez estorban más en una sociedad organizada globalmente, mayormente urbana y claramente técnica y científica, que es incapaz de estabilizar las políticas económicas y cualquier forma de gobernación que esté por encima del nivel de una aldea. Eso dice Wilson.

La idea que traigo en la mente para proponer es la de que a la docencia y a la política tienen que ir los mejores. Que la retribución que deben recibir debe ser suficientemente alta como para que no tengan necesidad de corromperse o de salirse de la actividad.

¿Tendrán nuestros legisladores la valentía de afrontar con sinceridad el problema de la financiación de los partidos políticos y de la retribución de los que ocupan cargos públicos? ¿Tendrán la sensatez de plantearse el control estricto, como en el caso de una empresa privada, del uso de fondos y la asignación de estos de modo no clientelar o corrupto?

Además, en el caso de la política, deberían estar aquellos que han demostrado sus capacidades de gestión, sus conocimientos y que nadie va a poder corromperlos ya, por haber alcanzado reconocimiento social entre sus pares, por haber conseguido estabilidad económica, y tener experiencia vital por su madurez y por haber alcanzado tres cuartas partes de la esperanza promedio de vida.

Sí, estoy sugiriendo que a la política tienen que ir personas que tengan más de 50 años de edad. No es bueno para nuestras sociedades que individuos que lo único que han hecho durante años es ser coristas del “sí” en el partido, por suerte, nepotismo, artimañas, o por llegarles el turno, vayan escalando posiciones para después llegar a gestionar lo público, incapaces de haber gestionado lo privado por falta de capacidad, o por el débil esfuerzo que ponen en su profesión o en su trabajo en la empresa privada.

Es disfuncional que en los partidos no haya democracia interna y que se prime el seguidismo. Es disfuncional que los votantes no puedan elegir sus representantes de entre listas abiertas. Es disfuncional que los votos no valgan lo mismo en todas las circunscripciones y que minorías bloqueen o sean la clave para tomar decisiones (salvando la necesaria utilidad de la inclusión de las indicadas minorías, para que tengan la capacidad de hacer oír su voz y defender sus propios intereses). También es disfuncional que la solidaridad interterritorial no tenga más límites que la voluntad de los gobernantes, que la usan para generar voto cautivo, que es una trampa, un populismo, una compra, para llegar al poder, y que produce injusticias que descohesionan la población y los territorios. Se nos puede llenar la boca de pronunciar la sacrosanta palabra de la “unidad” de España, pero se hace poco para mantenerla.

Es perentorio que hagamos algo, que cambiemos las cosas presentes, que no tengamos miedo de tomar decisiones, pues si no lo hacemos perderemos la oportunidad de hacer de nuestro planeta, de nuestra querida España, de nuestra queridas Comunidades Autónomas, en nuestro caso Comunitat Valenciana, un lugar en donde vivamos con necesidades cubiertas y podamos desarrollar nuestras capacidades en beneficio de la “res pública”; y de cuidar del entorno en el que vivimos con la intención de legarlo a nuestros descendientes en condiciones adecuadas, para que ellos, a su vez, también puedan vivir una vida plena.

¿Haréis algo, formularéis propuestas? Si no lo hacéis, no obstante, yo no me cansaré de denunciarlo.

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El tribalismo es un rasgo humano fundamental

EL TRIBALISMO ES UN RASGO HUMANO FUNDAMENTAL

20180408

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en el Periódico Mediterráneo de 08.04.2018

 

“La llamada de la tribu” es el nuevo libro de Mario Vargas Llosa el cual no he leído todavía pero que probablemente lo haré. El que sí he leído es “La conquista social de la tierra” de E. O. Wilson, premio Pulitzer y muchos otros más.

Edward Osborne Wilson es un entomólogo y biólogo estadounidense conocido por su trabajo en evolución biológica y sociobiología, inventor del término biodiversidad, que sostiene que la capacidad humana de consciencia se asienta y desarrolla a través de la sociobiología, y que una identidad social ayuda al desarrollo de las identidades personales.

En efecto, la tendencia a formar grupos y después a favorecer a los miembros del grupo del que formas parte es una característica muy nuestra, de los humanos, que según Wilson tiene el distintivo del instinto.

Dice que la afiliación al grupo está condicionada por un adiestramiento temprano que se inicia, obviamente, con la afiliación con los miembros de la familia y con los juegos con los niños del vecindario o de la escuela. Dice que es un aprendizaje preparado, en el sentido de que se viene al mundo con el cableado mental preparado para desarrollarlo, es decir para tender a formar grupos, tribus.

Otros ejemplos de aprendizaje preparado en el caso de los humanos incluyen el lenguaje, la evitación del incesto y la adquisición de fobias.

Así es pues los niños en edad preescolar tienden a seleccionar como amigos a hablantes en su lengua nativa, cosa que parece lógica (aunque no tanto) y necesaria. Esas preferencias empiezan antes de la comprensión del significado del habla, pero de la que ya, supuestamente, captan su tono o música y, según Wilson se muestra la preferencia, incluso cuando se comprende perfectamente el habla, por acentos diferentes.

Wilson afirma que las personas propenden al etnocentrismo. Y dice que “es un hecho incómodo que, incluso cuando se les ofrece una elección sin remordimientos, los individuos prefieren la compañía de otros de la misma raza, nación, clan y religión. Confían más en ellos, se relajan mejor con ellos en los acontecimientos comerciales y sociales, y los prefieren con más frecuencia como pareja con la que casarse. Son más rápidos a la hora de indignarse ante la evidencia de que alguien de fuera del grupo se comporta injustamente o recibe recompensas inmerecidas. Y se comportan de manera hostil ante cualquier miembro de otro grupo que se introduzca en el territorio de su grupo o utilice sus recursos.”

Aduce ejemplos de la literatura y la historia que dice que abundan como el del pasaje de la Biblia del libro de Jueces 12:5-6 respecto de los galaaditas que se apoderaron de los vados del Jordán enfrente de la tribu de Efraím, que fueron degollados al ser identificados por su acento.

Menciona que en experimentos, en los que se observaba la amígdala cerebral, cuando a americanos negros y blancos se les proyectaban imágenes de personas de la otra raza, su amígdala, que es el centro cerebral del miedo y la cólera, se activaba tan rápida y sutilmente que los centros conscientes del cerebro no se daban cuenta de la respuesta y el sujeto, efectivamente, no podía evitarlos. Por el contrario, cuando se añadían contextos tales como cuando el que se acercaba era un médico negro y el blanco su paciente, la corteza cingulada y la corteza dorsolateral preferente (lugares cerebrales integrados con los centros de aprendizaje superior), se activaban y silenciaban la entrada procedente de la amígdala (de miedo y cólera).

Lo que quiere decir que partes diferentes del cerebro han evolucionada mediante selección de grupo para crear la propensión a formar grupos.

La pregunta es ¿alguien lo ha tenido en cuenta con relación a la realidad de nuestra querida España? Cosa que era y es especialmente necesaria en estos tiempos difíciles.

¿Se ha llegado tarde para que, aunque adultos, seamos capaces de aprender a ser muchísimo más inclusivos? El ser inclusivo no significa dejar, o forzar, que los otros sean como uno, sino aceptar que otros sean algo diferentes, pero, a pesar de ello, considerarlos iguales, y que nuestra amígdala cerebral no delate la diferencia de grupo o de tribu.

No parece que expresiones como “a por ellos” o “Espanya ens roba” puedan ayudar a ese fin.

Puesto que tenemos que convivir con nuestro propio tribalismo es imprescindible que cooperemos y nos esforcemos para que sea un tribalismo incluyente, adoptando mutuamente rasgos del que nos parece fuera del grupo.

Y está claro, probado científicamente, que la cooperación paga mucho más que la competición, que, aunque seamos egoístas a nivel individual no lo somos a nivel de grupo. A nivel de grupo somos altruistas y mejor será que los seamos en un grupo más amplio y lo suficientemente inclusivo para aceptar como propias, de todos, las lenguas españolas y las diversas formas de ser de cada territorio que en conjunto forman España, pues esa cooperación nos llevará a mayores tasas de bienestar material, social y mental.

Esa es la dirección que marca la flecha del tiempo, la inclusión. La formación del grupo, de la tribu, permitió tener éxito a la especie humana, la sociabilidad permitió el desarrollo mental, intelectual. Somos una especie social. La meta, pues, debe ser formar una tribu más grande, grupos grandes como España, o como Europa. Hay que luchar contra el tribalismo innato excluyente que nos llevaría a quedarnos solos con nuestra propia familia, si acaso.

Lo dicho queda bien. Pero los que gobiernan el estado y sus territorios autónomos ¿reconsiderarán su tribalismo uniformista y excluyente, así como el de los otros? ¿lo tendrán en cuenta para tomar decisiones que no perjudiquen la convivencia, tanto en la distribución de la riqueza, las inversiones, como para autoidentificarse con las lenguas, los territorios, la diversidad de idiosincrasias, que en realidad son una riqueza?

No son los demás los que lo hacen mal, somos todos los que lo hacemos mal porque el tribalismo es un rasgo humano fundamental: hagamos el esfuerzo de integrarnos en una tribu lo más grande posible, para nuestro beneficio.

Hablaremos de otros rasgos en el futuro.

 

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Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política

Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política.

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

En un mural de cerámica del almacén de la Cooperativa Agrícola San Isidro de Castellón se lee “Unos por otros y Dios por todos”. Entre mis amigos, en nuestra juventud (hace 50 años), corría de boca en boca la frase contraria, que identificaba la realidad en la sociedad: “Cadascú per a d’ell i fot a qui pugues” (Cada uno para sí mismo y fastidia a quien puedas).

Cooperamos. Sí, pero en un difícil equilibrio entre nuestra propia utilidad y el valor de favorecer a otros. Y aquí entra la reciprocidad e incluso la moral.

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa que frecuentemente cooperan. La razón que él da, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

 

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) y señaló que la principal condición que se requiere para su funcionamiento es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así, aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno y puede perder o ganar una batalla, pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4]perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Por lo tanto, es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos, que se puede aplicar perfectamente a partidos políticos, a sus líderes y a sus miembros. Todo ello nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ninguna defección antes, para poderles engañar. Tengámoslo en cuenta. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.

 

Que quien haya leído esto, haga un esfuerzo de reciprocidad y cooperación actuando en consecuencia, por ejemplo, en la próxima investidura de gobierno en España. Haciéndolo tanto en la vida privada como, sobre todo, en la pública estará aplicando una estrategia de éxito.

[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

 

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EL CONCEPTO DE LO APROPIADO EN EL PENSAMIENTO ÉTICO

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

El concepto de lo apropiado en el pensamiento ético (Actualización para publicar en prensa Diario Levante EMV del 14.06.2015)

 

En un mundo en el que se piensa que todo está corrompido y que en un movimiento de respuesta compensatoria casi todo se judicializa, contando con que los magistrados y jueces están sumamente sensibles a comportamientos que en otros tiempos se hubiesen pasado por alto, es oportuno repasar unas cuantas reflexiones que nos ayudan a cada uno a hacer lo apropiado.

Se dice que cuando se toman decisiones más allá del contexto usual del pensamiento ético, el mejor criterio para decidir si algo es éticamente apropiado es tener un profundo entendimiento de la tradición a la que uno pertenece y donde uno vive; porque no hay aquí ningún derecho absoluto, según Nancy Holland[1], basado en Dios o en la Razón Universal, ningún relativismo nihilístico, sino, más bien, la esperanza de mejorar las acciones, de hacerlas más apropiadas, porque estén basadas en un profundo conocimiento de la existencia humana en los contextos sociales e históricos particulares. Nada más ni nada menos.

Hacer lo apropiado es hacer lo justo, ser un acto apropiado es ser un acto justo, actuar apropiadamente es actuar justamente.

Hurgando en la etimología de lo “propio”, en castellano, vemos que apropiado es aquello que se hace propio, que se apropia, que pasa a ser propiedad de uno. El concepto latino, “proprias” significaría… para el primero, para el antiguo o por antaño. Uno acepta y hace propios los comportamientos y las costumbres de los antiguos, de antaño. Y de la relación entre nuestro comportamiento y el acostumbrado, concluimos lo apropiado o inapropiado del nuestro.

Si vamos a la etimología de algunas palabras de la lengua inglesa o francesa con raíces latinas, vemos que “proper” significa justo, correcto, decente; y “propre” limpio; porque lo de antaño, es lo justo y lo correcto, y seguir las costumbres es lo decente, incluso lo limpio. “Appropriateness” es “rightness’ que es justicia.

 

Y lo propio, lo que es de uno, lo es por apropiación, por expropiación de otros, o por regalo. Aquí ha entrado en juego incluso la economía. Por su parte Derrida está, indudablemente, en lo correcto cuando[2] indica que desde un tiempo no anterior a la época de la filosofía latina hay un encadenamiento que sigue del concepto latino “proprius”, a través de “propre”[3] hasta lo apropiado, que es lo decente, lo que está conforme con lo antiguo, con lo primero[4].

Las costumbres, que son lo apropiado, lo correcto[5], se han impuesto a individuos y pueblos mediante la conquista y la colonización, mediante la expropiación económica y lo peor del universalismo colonial pudiera haber sido evitado por los europeos si no hubiésemos tomado nuestras propias costumbres[6]para forzarlas en otros, no sólo como tales costumbres, sino como verdades morales[7] vitales.

 

Tanto Platón como Stuart Mill pueden conducirnos a la vida buena y nos pueden aclarar las normas respecto cómo conseguirla, pues ambos tienen una idea clara (la suya) de lo que es la vida buena. Esta idea, para Platón, es que lo esencial de nuestra existencia es ser almas capaces de aspirar a Dios, lo cual limita severamente el papel del placer en la vida humana, propiamente vivida como humanos; para Mill, somos principalmente motivados por placeres como animales que somos, sin acceso a ninguna realidad trascendente externa, la cual pueda examinar, críticamente, si nuestro placer es bueno. La certeza de Mill no es tal certeza puesto que no solamente hay déficit de certezas metafísicas sino también de cualquier clase, incluso, biológicas, científicas o materiales, lo que nos deja sin poder determinar el fin último de la vida humana, y finalmente sólo podemos asirnos, de acuerdo con Holland[9] de un concepto racionalizado más o menos de lo que es una acción apropiada por los límites de nuestras creencias o ideologías, que conforman nuestra moral[10] colectiva o personal.

 

Podemos, no obstante, argüir que el placer[11] ha quedado condicionado en el caso de los humanos por la consciencia. Queremos placer, pero nos retenemos de él, en el presente, para disfrutar de él, en el futuro, en mayor medida o para beneficiar nuestros intereses personales o genéticos. Pero, si podemos preguntarnos en cuanto a si la racionalidad es la naturaleza esencial del hombre o más bien el fin último de la vida humana, ¿por qué no preguntarnos si lo es el placer?

O, quizá, el fin último del hombre, como ser vivo, es seguir manteniendo la vida, seguir viviendo y reproduciéndose. Parece que lo apropiado gira entorno a esto; es tributario de estos fines. Es, además, lo lógico. En un estado de enfermedad y ante el desánimo que produce un futuro oscuro en cuanto a salud[12]nos dicen y nos decimos “hay que seguir adelante y tratar de vivir más tiempo y del mejor modo posible”.

Por otra parte, si el concepto de lo apropiado parece que sea, también, aquello que lleva a la solidaridad y a la reducción de la crueldad entre los humanos, no estamos diciendo más que el egoísmo triunfa mediante el altruismo y cómo haciendo el bien a otro me estoy haciendo el bien a mí mismo. Si lo ético es aquello que decido mediante un proceso centrado en el deber, ese deber ha sido puesto por la comunidad mediante las prácticas repetitivas que llevan a costumbres.

De modo que lo justo, lo apropiado, es aquello que hacemos cuando estamos persuadidos que precisamente en este momento, en este lugar[13], para esta clase de gente[14], nuestra acción aparece como moralmente correcta, incluso como moralmente necesaria, aunque no podamos dar ninguna otra justificación. Así, lo justo aparece como éticamente apropiado en un momento dado, para una gente dada y en un lugar dado; y no tiene por qué ser así para otros, en otros lugares o en otros tiempos. Es como decir que tenemos normas morales, aplicables en presente, pero no principios morales, bases, aplicables en todo tiempo para la generación de normas, pues estamos aquí y ahora.

 

Puede adquirir el libro “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” en el que el autor basa este artículo en http://www.tirant.com/editorial/libro/9788498766639

 

[1] Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, xxxi.

[2] Derrida, Jacques. Writing and Difference, translation Alan Bass, Chicago University Press, p. 183.

[3] Limpio, propio, justo, decente.

[4] Holland, Nancy J.,  The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 19.

[5] Lo recto junto con otros, lo co – recto.

[6] Que en el siglo XV estaban evidentemente condicionadas por la religión cristiana.

[7] Verdades morales, verdades reveladas, absolutas, indicadas por Dios.

[8] Mill, John Stuart. Utilitarianism, p 34, según la cita en Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 31.

Mill, John Stuart. Utilitarianism, chapter  five, last paragraf, http://www.utilitarianism.com/mill1.htm

[9] Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 33.

[10] Llámese, aquí también, costumbre.

[11] El sentirse bien, disfrutar, gozar.

[12] Cuando, por ejemplo, nos comunican que padecemos una enfermedad grave o incurable.

[13] Coordenadas espacio-temporales, momento y lugar en donde unas determinadas costumbres se practican.

[14] Gente con un lastre histórico, con una cultura, dentro de una determinada civilización, con unas costumbres.

 

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El trasfondo económico de todos los derechos

El estado del bienestar y los recortes de derechos

El trasfondo económico de todos los derechos

Federico M. Rivas García. Doctor en Derecho. 06.05.2012

Dentro de esta serie de artículos respecto del Estado del Bienestar y los recortes de derechos que los gobiernos, especialmente europeos, están en proceso de realizar y más allá de la conceptualización ideológica de los mismos como consecuciones históricas a las que no se puede renunciar, ha llegado el momento de tratar el trasfondo económico.

Alguien recordará lo que se dice que la Economía es la ciencia de la gestión de los bienes escasos. Bienes que en algún momento se consideraban abundantes (agua, aire, incluso suelo) llega el momento de que, por su acaparamiento, contaminación o consunción ya no abundan: por lo tanto se regulan derechos entorno a ellos, como un modo de evitar confrontaciones y una justa distribución.

Por otra parte, inicialmente podríamos pensar que los derechos son una cuestión, un tema, que más bien es una cuestión de principios, de filosofía de vida en común, que no tiene nada que ver con la economía; pero rápidamente nos damos cuenta de nuestro error.

Aunque efectivamente los mismos se fueran estableciendo, a lo largo de la historia, mediante el reconocimiento por parte del grupo (tribu, sociedad), como unas costumbres que permitían el éxito como grupos e individualmente, especialmente en cuanto a continuar con vida y dejar descendientes aptos para la vida, no hay duda de que algo costaba a ese grupo, su mantenimiento y el conseguir que se respetaran.

Ciertamente los sistemas de imposición de la voluntad colectiva frente a la singular, minoritaria o privada, cuestan un esfuerzo a la sociedad: bien sea a través de la institución de tribunales o de la fuerza coercitiva exclusiva en manos del Estado; ambas instituciones precisan de personas que temporal o completamente dediquen sus servicios para que no se impida a ningún individuo el ejercicio de sus derechos. Lo fue también así en el principio, bien cuando los tribunales de ancianos se sentaban en las puertas de las ciudades para dictar justicia, o cuando el líder del grupo decidía respecto de las controversias entre los miembros del mismo, imponiendo su autoridad basada en su mayor fortaleza y edad(1).

¿Podemos decir, entonces, que las cuestiones respecto de los derechos, se pueden tratar completamente separadas de su coste económico?

No quiero hablar de la conceptualización de los derechos, respecto de la cual puedo aceptar que no se haya llevado a cabo teniendo presente el trasfondo económico de la misma. Pero quiero indicar que los derechos se han venido conceptualizando, aceptando, instituyendo y poniendo los medios para su respecto a medida que las sociedades han tenido los medios económicos para ello.

Cuando el hombre se planteó la distribución o reparto de la caza de piezas grandes, que no podía consumir él solo sin que antes se corrompiera la carne, comenzó la carrera para conseguir mayor éxito en dejar descendientes y permitir el pasaje evolutivo de la especie y de los grupos. La carne que le sobraba al cazador se repartía a la hembra o hembras a las que podía mantener, las cuales, a su vez, contribuían con la recolección de frutos y raíces, haciendo la dieta más exitosa y, sobre todo, con el cuidado de los hijos, a los que les tenían que dedicar mucho tiempo hasta tanto eran autosuficientes.

La justicia(2) respecto de la distribución, de por sí, tiene un único y exclusivo componente económico: el reparto de bienes económicos, inicialmente de alimento.

El conseguir que lo distribuido se mantenga en poder de los receptores (hembras e hijos), comporta mantener un sistema de control de las conductas de terceros para evitar que roben a la hembra, menos fuerte y muy ocupada con los hijos. Es una cuestión de propiedad: la justicia respecto de la propiedad es absolutamente económica.

Los derechos se comenzaron a poner por escrito en códigos, más o menos mitológicos o religiosos, cuando la sociedad tuvo los medios de mantener a individuos que inventaron la escritura y a escribas que la conocían, en lugar de que éstos tuvieran que conseguirse por sí mismos los medios para la subsistencia.

Aunque los conceptos fueran, poco a poco, surgiendo en las mentes y consciencias, esto no se pudo haber iniciado antes de la distribución del alimento, obtenido mayormente con la caza. Llegó el momento de la eclosión de esta conceptualización con la revolución de la agricultura. El superávit de alimentos, el almacenamiento y el sedentarismo fueron los motores(3).

No es el momento, aquí, para hablar de los Derechos Humanos, pero ha sido en siglos recientes cuando las sociedades culturalmente maduras (no todas ellas lo están, todavía(4)) se han planteado poner por escrito un Código o listado de derechos que se consideran consustanciales con denominarse los individuos para quienes se postulan, humanos.

Finalmente decir que aunque haya derechos respecto de los cuales no aparece fácilmente el trasfondo económico (derecho a la vida, por ejemplo), sólo es cuestión de ponerse a pensar un poco más profundamente para detectar que hay un trasfondo económico en todos los derechos.

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(1) Recuérdese que los ancianos, en los primeros tiempos, eran personas que estaban en su apogeo físico, alrededor de los 30 años, pues vivían poco más, dado que la esperanza de vida era de unos 35 años.

(2) Distributiva.

(3) Los motores no sólo de la conceptualización de derechos y obligaciones, que son lo mismo visto desde la óptica del tercero, del otro individuo, sino de toda la revolución cultural que se inició con ello.

(4) Las sociedades con cultura musulmana están muy reacias a aceptarlos. Consideran que se han redactado desde un punto de vista judeo cristiano y occidental que no tiene en cuenta sus componentes culturales; a pesar de que las culturas orientales no tienen ningún problema en identificarse con ellos.

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El Reino Unido dice Sí, pero No, a Europa.

31.12.2011

A pesar del consejo bíblico de que “vuestro sí signifique sí y vuestro no, no”, ciertamente el gobierno del Reino Unido hace honor al título de este artículo, es decir, Sí en Europa, pero No del todo.

En mi tierra se dice que quiere nadar y guardar la ropa, estar en misa y repicando, cosas diferentes e, incluso, contradictorias a la vez. Pero no sé por qué me extraño.

¿Quién es el que no querría participar en la toma de decisiones pero no cargar con el esfuerzo económico que representan las mismas? Todos los egoístas querrían eso. En cambio los altruistas, los generosos, estarían dispuestos, al contrario, a participar en la toma de decisiones y a cargar con el esfuerzo de las mismas aunque estas sean para beneficiar a otros.

No se me malinterprete mal, pero Alemania durante los últimos 50 años ha sido de estos últimos. Los Fondos de cohesión, los estructurales, los…., los…

No sé si Alemania le quedó grabada la ayuda, en buen grado altruista, del Plan Marshall para la Europa de la posguerra y aprendió que mejor es cooperar que luchar.

Que nadie me diga que USA fue egoísta con su Plan Marshall, por supuesto, del que en alguna medida también se beneficio el Reino Unido, pero “prima facie” beneficiaba a la maltrecha Europa y ayudaba a la su propia economía.

Al contrario, el Reino Unido, ahora ya digo Reino Unido y no ‘gobierno del Reino Unido’ como al principio, porque ha sido una constante de todos los gobiernos del citado Reino (laboristas o conservadores) el egoísmo respecto a Europa. Que si el cheque de devolución a lo largo de los años, para no participar en las cargas de hacer despegar económicamente, de hacer crecer, a otros países. Que si entrar en el Euro no, porque no quieren ceder soberanía a instituciones comunes. Que si de dinero se habla no, porque no quieren participar en su aportación el FMI para paliar la crisis mediante los créditos de este último.

Pero eso sí, del euro también tienen que hablar y decidir ellos, o impedir que se decida mediante su veto.

Queridos “medio socios europeos”: así no. La Stirling Pound no existiría si la City no existiera, y dado que la City cabalga las finanzas del continente, si os descuidáis, y vuestras actitudes no cambian, os vais a quedar sin jumento que cabalgar. Queriendo favorecer la City, la vais a perjudicar: ese es el resultado de cuidar solamente de los propios intereses y olvidarse de los de tus amigos.

Siempre es mejor cooperar para que todos tengan más, que enfrentarse para conseguir uno mismo más.

El castillo del inglés es su casa, el castillo del Reino Unido es su isla, su City y su forma de ser. Home sweet home. Mr. Bean los representa bien con su Johnny English. Todo, contradicción.

Confiemos que, como en la biología y en la evolución de las especies, el Reino Unido capte el beneficio de la reciprocidad, del tit for tat, ojo por ojo, esto por aquello, incluso con expectativa pospuesta en el futuro, porque eso es lo que nos identifica como especie humana, social y capaz de hacer proyecciones de futuro; en este caso de Europa, de la que, aunque como isla, forma parte.

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