El trabajo en el futuro y el trasfondo económico de los derechos

El trabajo en el futuro y el trasfondo económico de los derechos

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho.

Publicado en el Periódico Mediterráneo el 20171217

Cuando hablamos del Estado del Bienestar, en general, nos referimos a una serie de derechos que permiten a los ciudadanos obtener algún tipo de educación gratuita, de atención médica sanitaria y del disfrute de unos suministros adecuados de agua potable, energía y comunicaciones, así como de redes de transporte de personas y mercancías, seguridad personal y jurídica, etc. Para ello los gobiernos han tenido que invertir en las infraestructuras básicas que permiten todas estas cosas.

Por su parte los activistas y partidos políticos, sindicatos y pensadores, conceptualizan ideológicamente dichos derechos como consecuciones históricas a las que no se puede renunciar. Pero lo cierto es que las cosas están cambiando, las circunstancias, los hechos van a forzar cambios que ni siquiera imaginamos.

Sea por el envejecimiento de la población, el crecimiento vegetativo (más bien negativo), la inmigración o por la sexta revolución industrial tecnológica digital, el trabajo y los servicios (derechos) económicos incluidos en el Estado del Bienestar van a tener que cambiar, pues este “estado” no se puede continuar sosteniendo.

Alguien recordará lo que se dice de que la Economía es la ciencia de la gestión de los bienes escasos. Bienes que en algún momento se consideraban abundantes (agua, aire, incluso suelo) llega el momento en que, por su acaparamiento, contaminación o consunción ya no abundan: por lo tanto, se regulan derechos entorno a ellos, como un modo de evitar confrontaciones y una justa distribución.

Por otra parte, inicialmente podemos confundirnos pensando que los “derechos” son una cuestión de principios, de filosofía de vida en común, que no tienen nada que ver con la economía; pero rápidamente nos damos cuenta de nuestro error.

Aunque efectivamente los mismos se fueran estableciendo, a lo largo de la historia, mediante el reconocimiento por parte del grupo (tribu, sociedad), como unas costumbres que permitían el éxito como grupos y como individuos, especialmente en cuanto a continuar con vida y dejar descendientes aptos para la vida, no hay duda de que algo costaba a ese grupo, su mantenimiento y el conseguir que se respetaran.

Ciertamente los sistemas de imposición de la voluntad colectiva frente a la singular, minoritaria o privada, cuestan un esfuerzo a la sociedad: bien sea a través de la institución de tribunales o de la fuerza coercitiva exclusiva en manos del Estado; ambas instituciones precisan de personas que temporal o completamente dediquen sus servicios para que no se impida a ningún individuo el ejercicio de sus derechos. Lo fue también así en el principio, bien cuando los tribunales de ancianos se sentaban en las puertas de las ciudades para dictar justicia, o cuando el líder del grupo decidía respecto de las controversias entre los miembros del mismo, imponiendo su autoridad basada en su mayor fortaleza y edad (recuérdese que los ancianos, en los primeros tiempos, eran personas que estaban en su apogeo físico, alrededor de los 30 años, pues vivían poco más, dado que la esperanza de vida era de unos 35 años).

¿Podemos decir, entonces, que las cuestiones respecto de los derechos se pueden tratar completamente separadas de su coste económico?

Puedo aceptar que la conceptualización de los derechos se ha llevado a cabo no teniendo presente el trasfondo económico de la misma. Pero quiero indicar que los derechos se han venido conceptualizando, aceptando, instituyendo y poniendo los medios para su respecto, a medida que las sociedades han tenido los medios económicos para ello.

Cuando el hombre se planteó la distribución o reparto de la caza de piezas grandes, que no podía consumir él solo sin que antes se corrompiera la carne, comenzó la carrera para conseguir mayor éxito en dejar descendientes y permitir el pasaje evolutivo de la especie y de los grupos. La carne que le sobraba al cazador se repartía a la hembra o hembras a las que podía mantener (también a otros miembros del grupo con la consiguiente deuda del favor), las cuales, a su vez, contribuían con la recolección de frutos y raíces, haciendo la dieta más exitosa y, sobre todo, con el cuidado de los hijos, a los que les tenían que dedicar mucho tiempo hasta tanto eran autosuficientes.

La justicia respecto de la distribución, de por sí, tiene un único y exclusivo componente económico: el reparto de bienes económicos, inicialmente de alimento.

El conseguir que lo distribuido se mantenga en poder de los receptores (hembras e hijos), comporta mantener un sistema de control de las conductas de terceros para evitar que roben a la hembra, menos fuerte y muy ocupada con los hijos. Es una cuestión de propiedad: la justicia respecto de la propiedad es absolutamente económica.

Los derechos se comenzaron a poner por escrito en códigos, más o menos mitológicos o religiosos, cuando la sociedad tuvo los medios de mantener a individuos que inventaron la escritura y a escribas que la conocían, en lugar de que éstos tuvieran que conseguirse por sí mismos los medios para la subsistencia.

Aunque los conceptos fueran, poco a poco, surgiendo en las mentes y consciencias, esto no se pudo haber iniciado antes de la distribución del alimento, obtenido mayormente con la caza. Llegó el momento de la eclosión de esta conceptualización con la revolución de la agricultura. El superávit de alimentos, el almacenamiento y el sedentarismo fueron los motores. En ese momento comienza una revolución cultural.

No es el momento, aquí, para hablar de los Derechos Humanos, pero ha sido en siglos recientes cuando las sociedades culturalmente maduras (no todas ellas lo están todavía), se han planteado poner por escrito un Código o listado de derechos que se consideran consustanciales con denominarse los individuos para quienes se postulan, humanos. Otras sociedades están reacias a aceptarlos porque consideran que se han redactado desde un punto de vista judeo cristiano y occidental que no tiene en cuenta sus componentes culturales; no obstante culturas orientales no tienen ningún problema en identificarse con ellos.

Hay que decir también que, aunque haya derechos respecto de los cuales no aparece fácilmente el trasfondo económico (derecho a la vida, por ejemplo), sólo es cuestión de ponerse a pensar un poco más profundamente para detectar que sí hubo y hay un trasfondo económico en todos los derechos, incluido ese (costo del sostenimiento de ancianos que no se pueden valer, etc.).

Pero en el título de este artículo he indicado que hablaría del trabajo en el futuro que, en efecto, está íntimamente unido a los derechos, como hemos visto. El trabajo es actividad económica que nos permite subsistir o, incluso, ahorrar. Pues bien, ese trabajo, el modo de hacer las cosas, está hoy siendo completamente transformado por la tecnología digital, alterando las formas de hacer, quién las hace y cuánto se obtiene por hacerlas.

El trabajo actualmente es menos regular, menos seguro, los trabajadores se ven obligados a aprender, a continuar desarrollando nuevas habilidades y mantenerse al día con los progresos del desarrollo profesional; cada 3 o 4 años el panorama profesional ha cambiado radicalmente. Cada vez habrá menos cosas que hacer dado que las harán las máquinas, los robots que previa la inversión, son mucho más exactos, eficaces, rápidos y con costos infinitamente menores que los humanos. Parece que grandes cantidades de humanos quedarán desplazados del mercado laboral o tendrán que aceptar salarios ínfimos (en competencia con las máquinas) que nos los van a permitir sostenerse económicamente. Si esto es así habrá que replantearse lo que debe ser una economía y a este respecto aconsejo la lectura de “La riqueza de los humanos. El trabajo en el siglo XXI” de Ryan Avent.

Habrá que pensar seriamente que la grandísima brecha en la distribución de la riqueza debe ser reducida mediante la redistribución de la renta y de la riqueza, a través de políticas de rentas, no sólo inclusivas, sino básicas completas, que permitan la vida con suficiente comodidad de los que queriendo trabajar no pueden porque la nueva economía, que no precisa tanta mano de obra, no lo permite.

Las empresas que ganan desorbitadas cantidades porque han tenido la suerte (sí la suerte, no el conocimiento, que es una cosa social, compartida por todo el equipo de empleados y trabajadores) de tomar la iniciativa descubriendo nuevas formas de hacer cosas, que tienen éxito en la economía de la globalización, y los individuos que tienen el control de las mismas, deberán estar dispuestas a sostener mediante la redistribución de las rentas (a través de políticas fiscales de proporciones actualmente desconocidas) a esa masa de ciudadanos y todo, porque no habrá trabajo para todos y el derecho primordial de poder vivir con dignidad debemos forzar, si es el caso, que esté disponible para todos.

El futuro de la economía

EL FUTURO DE LA ECONOMÍA

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

27.09.2015

 

En España, el año 2013 los ingresos medios anuales declarados por los asalariados fueron de 9.012 euros, por los autónomos de 18.787€ y hubo 533.083 contribuyentes que declararon entre 60.000 y 150.000€; por su parte 58.571 contribuyentes declararon entre 150.000 y 600.000 euros anuales y finalmente 4.553 declararon que percibían rentas superiores a 600.000 euros anuales.

 

Efectivamente el IRPF se ha quedado sin ricos, o mejor dicho, sin que los que, siéndolo, ya no se declaran como ricos, debido a que usan ingeniería fiscal que les permite una mejor eficiencia en la disminución de la tributación. A mayor crisis y pobreza, a mayor necesidad de ingresos tributarios, más pocos tributan más. ¿Acaso será que también la crisis les ha afectado? Aunque según los datos parece que es lo contrario, que los ricos cada vez son más ricos y la brecha con los pobres y con la clase media se hace, cada vez, más amplia. Un menor porcentaje de población cada vez posee un mayor porcentaje de la riqueza total.

 

Ciertamente que corrupción, guerras y crisis migratoria no dejan tranquilos a gobernantes y a instituciones tener tiempo para dedicarlo a la resolución de la absolutamente injusta distribución de la riqueza. Pero, ¿creen ustedes que habrá algún momento adecuado para estudiar, debatir y consensuar una política de mejor distribución de la riqueza?

 

Parece que pocos han leído a Piketty y los que lo han hecho se han olvidado de sus propuestas que recordemos que son:

 

Un impuesto sobre los ingresos mucho más progresivo, más tramos altos y con tipos más elevados, especialmente los marginales.

Ello implica más redistribución y más progresividad fiscal, y no es una cuestión técnica sino eminentemente política y filosófica, sin duda, la primera entre todas. El objetivo es repensar la tasa marginal superior del impuesto progresivo sobre los ingresos, de modo que sea más progresivo, tasa o tipo marginal, que según Piketty debería ser superior al 80 % en los países desarrollados, para ser aplicado a las rentas observadas a nivel del 1 % o del 0,5 % de las personas con ingresos más elevados. Es decir, aplicado a niveles de 500.000 dólares o 1 millón de dólares de remuneración anual. Aunque con poca recaudación, cumpliría su objetivo de limitar drásticamente las remuneraciones tan elevadas. También habría que aplicar, según Piketty, tipos del orden del 50 – 60 % en remuneración por encima de 200.000 dólares anuales.

 

Un impuesto progresivo mundial sobre el capital.

Para que la democracia pueda retomar el control del capitalismo financiero globalizado de este nuevo siglo, hace falta inventar una herramienta: ésta. Y aun reconociendo que hoy todavía es una utopía, es bueno tenerla  en mente a fin de evaluar mejor lo que permiten o no otras soluciones alternativas, por lo que es necesario profundizar a nivel mundial en la transparencia financiera, y la transmisión de información es inseparable de la reflexión sobre el impuesto ideal sobre el capital.

Para fijar ideas sobre las que debatir, Piketty sugiere varios baremos:

  • Una tasa del 0% para patrimonios inferiores a 1 millón de euros; 1% entre 1 y 5 millones; y el 2% para patrimonios superiores a 5 millones de euros.
  • O mucho más progresivo, con el 5 o del 10 % para fortunas más allá de 1.000 millones de euros.
  • O se pueden encontrar ventajas de tener una tasa mínima sobre los patrimonios modestos y medios, por ejemplo del 0,1 % por debajo de 200.000 euros y el 0,5 % entre 200.000 y 1.000.000 de euros.

 

La deuda pública.

Algunos países desarrollados tienen deudas públicas muy elevadas, las cuales es conveniente reducir, y no hay modo de hacerlo más allá de implementar políticas que combinen sabiamente la inflación, la austeridad y el impuesto sobre el capital. En efecto un impuesto excepcional sobre el capital junto con la inflación pueden jugar un papel útil; de hecho, ha sido de este último modo como se han reabsorbido la mayor parte de las deudas públicas más importantes. En cambio, una cura prolongada de austeridad es para Piketty, tanto en términos de justicia como de eficacia la peor solución. Entonces, ¿qué hacer para reducir la deuda pública a cero? El impuesto extraordinario sobre el capital privado es la solución más justa y más eficaz, según Piketty. Un impuesto proporcional del 15 % sobre todos los patrimonios privados aportaría casi un año de ingresos nacionales (o PIB) y permitiría el reembolso inmediato de todas las deudas públicas, y el Estado quedaría con todos sus activos pero con una deuda cero. Cada uno contribuye al esfuerzo solicitado y se evitan las quiebras bancarias. Además no es necesario reducir la deuda pública totalmente de golpe, sino en sucesivas ocasiones.

Pero también la inflación podría tener su papel. Una inflación del 5 % anual (en lugar del 2 % de meta actual) en 5 años reduciría el valor de la deuda pública en un 15 % del PIB. Esta es una solución tentadora que ha sido usada a lo largo de la historia. No obstante, la inflación no es más que un sustitutivo muy imperfecto del impuesto progresivo sobre el capital y puede comportar un cierto número de efectos secundarioz poco atractivos, entre ellos, el descontrol de la tasa, es decir que la inflación se “embale”.

 

Es necesario debate supranacional.

No parece que a las instituciones financieras supranacionales les hayan hecho mucho efecto las conclusiones de Piketty, ni han planteado debate alguno sobre ello. Esto de dar la callada por respuesta, no es ni científico, ni profesional, ni transparente. Hace falta debate.

No se ha debatido ni sobre las ideas de Piketty ni sobre las ideas de Jeremy Rifkin con sus estudios sobre la sociedad de coste marginal cero, el Internet de las cosas (IdC), el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo tal como lo conocemos. De nuevo hace falta debate. Pero los políticos, probablemente, ni se enteran de las nuevas ideas de la ciencia económica, o no son competentes para debatirlas. No se trata de escoger entre Keynes y Hayek, sino de usar de los medios que las nuevas tecnologías nos permiten con su mercado mundial y con los actuales prosumidores.

 

He usado dos términos procomún y prosumidores que quizás no tengan un uso demasiado extendido, por lo que hace falta aclararlos. Rifkin nos explica que la convergencia del Internet de las comunicaciones, el Internet de la energía y el Internet de la logística ha dado lugar al Internet de las cosas, el IdC, un espacio en el que la productividad se incrementa hasta tal punto que el coste marginal de producción de muchos bienes y servicios es prácticamente nulo, permitiendo que se puedan ofrecer de manera casi gratuita y que dejen de estar sometidos a las fuerzas del mercado. Esto está dando lugar a una economía híbrida, casi de intercambio, en la que millones de prosumidores producen y consumen conectados a Internet compartiendo su información, su esparcimiento, su energía limpia y sus productos impresos en 3D con un coste marginal casi nulo. Casi todo es para todos a un mínimo coste, como con en el sistema económico de procomún de la antigüedad. Pero tenemos que hablar más de estas cosas.

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXV. Las desigualdades mundiales en el siglo XXI

XXV.- Las desigualdades mundiales en el siglo XXI

17.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

¿Hay alguien en las instituciones europeas o americanas que hable de ellas, de las desigualdades? Si los hay, su voz no se oye suficientemente fuerte porque se ahoga entre otros murmullos militares, políticos o económicos. Sólo en las Universidades se oyen algunas voces.

Desigualdades en los rendimientos del capital a causa de la mejor colocación en términos de tipos de rendimiento de las grandes fortunas (del orden del 6 – 7 % anual) frente a los capitales de los pequeños ahorradores (del orden del 4 % anual y hoy, mucho menos). No obstante en tanto que el crecimiento económico (que envuelve tanto el crecimiento del PIB como de la población) sea elevado, la desigualdad r > g (tipo de rendimiento mayor que crecimiento) se verá controlada y el crecimiento de los grandes patrimonios permanecerá relativamente moderado en términos relativos.

Desde los años 1980 los patrimonios a nivel mundial han progresado de media un poco más rápido que los ingresos y los patrimonios más elevados han progresado mucho más rápido que la media de los patrimonios como se ve en la tabla siguiente 12.1. En efecto los patrimonios de los más ricos han progresado del 6 al 7 % anual, contra el 2,1 % anual para el patrimonio medio mundial y el 1,4 % anual para los ingresos medios mundiales (datos netos de inflación calculada al 2,3 % anual de 1987 a 2013).

2015.05.17 Piketty T12.1

 

Traducción:

Tabla 12.1. La tasa de crecimiento de los patrimonios mundiales más elevados, 1987-2013

Tasa de crecimiento real medio anual (después de la deducción de la inflación). Período 1987-2013

Los cien millonésimos más ricos (alrededor de 30 personas adultas sobre 3 millardos en los años 1980, 45 personas sobre 4,5 millardos en los años 2010)

Los veinte millonésimos más ricos (alrededor de 150 personas adultas sobre 3 millardos en los años 1980, 225 personas sobre 4,5 millardos en los años 2010)

Patrimonio medio mundial por habitante adulto

Ingresos medios mundiales por habitante adulto

Población adulta mundial

PIB mundial

 

Nada hay que discutir del argumento en favor de una sociedad de emprendedores con sus innovaciones e invenciones que hacen fortuna. El problema es que la desigualdad r > g incrementada con la desigualdad de los rendimientos en función de la talla del capital inicial y las economías de escala, conduce a menudo a una concentración excesiva y perenne del patrimonio: aunque las fortunas estén justificadas al inicio, se multiplican y se perpetúan, quizás, más allá de todo límite y de toda justificación racional posible en términos de utilidad social y puede conducir, potencialmente, a una dinámica mundial de acumulación y reparto de los patrimonios hacia trayectorias explosivas y espirales desigualitarias fuera de todo control.

Y de esto hablamos en relación al rendimiento de los fondos soberanos en los que se mezcla el capital y la política, que nos hacen formularnos la pregunta si acaso los fondos del petróleo, o los fondos soberanos como el de la China, van a llegar a poseer el mundo. Piketty afirma que la renta petrolera puede, efectivamente, en cierta medida, permitir comprar el resto del planeta y vivir seguidamente de las rentas del capital correspondiente; lo mismo que si la China continúa su tasa de ahorro del 20 % de sus ingresos nacionales hasta 2100 mientras que Europa y América sólo ahorran el 10 %, una parte importante del Viejo Continente y del Nuevo mundo será poseída por los fondos chinos.

Las desigualdades sobre las que estamos reflexionando quedan, en parte, suavizadas por el Estado social o el Estado del Bienestar. La crisis de 2008 cuya causa, en parte, está en la desregulación, en la falta de Estado, está siendo controlada gracias a políticas pragmáticas que, no obstante, no proveen una respuesta duradera a los problemas estructurales que la han causado.

El retorno del Estado que se predica es proceder a la modernización y evitar el desmantelamiento del Estado del Bienestar. La redistribución moderna no consiste, según Piketty, en transferir riquezas de los ricos hacia los pobres o, al menos, no hacerlo de modo tan explícito; más bien consiste en financiar los servicios públicos y conseguir fuentes de ingresos más o menos iguales para todos, especialmente en las áreas de la educación, la sanidad y las pensiones de jubilación. En este último caso, el principio de igualdad se expresa por una casi proporcionalidad al salario obtenido durante la vida activa. En los otros casos se expresa en un verdadero igualitario acceso.

De modo que Piketty señala que hay que modernizar el Estado social, y no desmantelarlo. Si el acceso a las instituciones educativas, por el costo para los padres, es dificultoso, no se permite la movilidad social. De hecho la correlación intergeneracional de los diplomas y de los ingresos del trabajo no va a la baja, sino que se mantiene. La desigualdad de acceso también parece que se repite con relación a la cumbre de la jerarquía económica, especialmente en Estados Unidos y con respecto de las afamadas universidades privadas.

En cuanto al futuro de las pensiones de jubilación hay que tener presente que actualmente se basan sobre el principio de reparto: las cotizaciones sobre los salarios son inmediatamente utilizadas para pagar las pensiones de los jubilados. Ninguna suma es invertida, sino que todo es inmediatamente utilizado, a diferencia de los sistemas de capitalización. En estos sistemas de reparto que se fundan sobre el principio de solidaridad entre las generaciones la tasa de rendimiento es, por definición, igual a la tasa de crecimiento de la economía. Así todas las generaciones están atadas las unas a las otras, la presente a la próxima.

Cuando se pensó en este sistema, las circunstancias eran las ideales, crecimiento demográfico, crecimiento económico, pero la reducción de la tasa de crecimiento en torno al 1,5 % nos hace pensar que este sistema debe ser reemplazado lo más rápidamente posible por sistemas fundados sobre el principio de capitalización, de modo que las cotizaciones deben invertirse y no revertirse hasta la jubilación del que las ha originado.

Pero ¿cómo hacer el cambio? ¿Cómo financiar entre tanto las necesidades sociales que son la razón de ser del Estado?

Finalizaremos esta serie de artículos económicos con el próximo en el que vamos a dejar que Piketty plantee sus propuestas sobre el impuesto progresivo sobre los ingresos repensando el tipo marginal superior así como sobre un impuesto mundial sobre el capital y una posible solución al exagerado nivel de la deuda pública.

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXIV. Herencia y mérito visto a largo plazo

XXIV.- Herencia y mérito vistos a largo plazo

10.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

Aunque como hemos visto en artículos anteriores la importancia global del capital actualmente no es muy diferente de lo que lo fue en el siglo XVIII y solamente ha cambiado su forma, pues el capital en terreno rústico ha cambiado a capital inmobiliario, industrial y financiero; aunque sabemos, igualmente, que la concentración de los patrimonios es sensiblemente menos extrema que hace un siglo y que en el curso de siglos pasados, ciertamente permanece muy fuerte, pues la mitad más pobre no posee nada, aunque haya una clase media patrimonial que posee entre un cuarto y un tercio del total de los patrimonios.

Por otra parte los movimientos comparados del rendimiento del capital (r) y de la tasa de crecimiento (g), según Piketty, así como el distanciamiento entre “r” y “g”, permiten entender una parte importante de las evoluciones y, en particular, la lógica acumulativa que explica las muy fuertes concentraciones patrimoniales observadas en la historia.

Pero lo que mejor explica esta lógica acumulativa es el estudio de la evolución a largo plazo de la importancia relativa de la herencia y del ahorro en la formación de los patrimonios, que nos lleva a la conclusión de que, dado que la tasa de rendimiento del capital es fuertemente y durablemente más elevada que la tasa de crecimiento de la economía, es casi inevitable que la herencia, es decir los patrimonios que vienen del pasado, dominen el ahorro, es decir, sean los que más ahorro generan y se conviertan también en los mayores patrimonios que salen del presente. La desigualdad r > g significa, de algún modo, que el pasado tiende a devorar el futuro; las riquezas que vienen del pasado progresan mecánicamente más rápidas, sin trabajar, que las riquezas producidas por el trabajo (a partir de las cuales es posible el ahorro).

¿A dónde lleva la evolución del flujo sucesorio a largo plazo? Piketty señala que dicho flujo representó para Francia en el siglo XIX del 20 al 25 % de los ingresos nacionales hasta que a partir de 1914 fue bajando y llegó al 5 % en 1950, remontando al 15 % en 2010. ¿Cómo evolucionará el flujo sucesorio en el siglo XXI? Piketty contesta que el punto esencial es que, para una estructura dada de comportamientos de ahorro, este proceso acumulativo es tanto más rápido y desigualitario como la tasa de rendimiento del capital es elevada y la tasa de crecimiento es débil.

De hecho, el crecimiento tan fuerte de los años 1950-1970 explica la relativa lentitud de la remontada de la relación M (= valor de la riqueza media a la muerte (partido entre) / valor de la riqueza media de los vivos). Al contrario la reducción del crecimiento explica el envejecimiento de los patrimonios y el retorno de la importancia de la herencia observados desde los años 1980. Intuitivamente, dice Piketty, cuando el crecimiento es fuerte, por ejemplo cuando los salarios aumentan un 5 % anual es más fácil a las generaciones jóvenes acumular patrimonios y competir con los más mayores, pero cuando el crecimiento salarial se reduce hasta un 1 – 2 % anual, los jóvenes activos están casi que inevitablemente dominados por los de más edad cuyo patrimonio progresa al ritmo del rendimiento del capital.

El problema es siempre la tasa de crecimiento, pues para cualquier tipo de comportamiento de ahorro, con un crecimiento económico débil (comparado con el rendimiento del capital), la elevación de la relación M equilibra casi exactamente la baja tendencial de la tasa de mortalidad “m”, tanto que el producto M x m, no depende de la esperanza de vida, sino, más bien, está determinado por la duración de una generación. El resultado es que en una sociedad que envejece, se hereda más tarde, pero se heredan montantes más elevados (al menos para los que heredan), tanto, que la importancia global de la herencia permanece sin cambio.

Es necesario hablar también del hecho de que las creencias meritocráticas más vivas son las que a menudo se ponen delante para justificar las muy fuertes desigualdades salariales, y tanto más fuertes sean, aparecen tanto más justificadas que las desigualdades que se originan de la herencia. Pero la justificación de las desigualdades se fundamenta, según Piketty, en varios malentendidos.

Aunque es evidente que un título académico juega un papel más importante hoy que en el siglo XVIII, eso no implica, necesariamente, que la sociedad haya devenido más meritocrática. En particular esto no implica que la parte de los ingresos nacionales que va al trabajo haya aumentado verdaderamente y, evidentemente, tampoco que cada uno haya tenido acceso a las mismas oportunidades para alcanzar los diferentes niveles de cualificación. De hecho Piketty afirma que la transmisión de un capital humano es siempre menos automática y mecánica que la de un capital inmobiliario o financiero, a pesar de que se pensaba que con el capital humano (la cualificación, la educación académica) se hubiese llegado al fin de la herencia y a la emergencia de una sociedad un poco más justa.

La gráfica 11.11 nos muestra qué proporción de una generación recibe en herencia el equivalente de una vida de trabajo. En los próximos años casi un sexto de la población, cada año, recibirá en herencia un valor mayor que lo que la mitad de la población gana con su trabajo a lo largo de toda una vida, lo que no impedirá a esa sexta parte de la población estudiar, adquirir diplomas y títulos y trabajar para ganar todavía más con su trabajo que será mejor pagado que lo es el de la mitad de la población.

Es perturbador, porque esta forma de desigualdad tiene y va a tener una amplitud inédita en la historia y es difícil de explicar con palabras y más difícil todavía de corregir políticamente, pues se trata de una desigualdad ordinaria, que opondrá a grandes segmentos de la población y a  una élite, con el resto de la población.

 

2015.05.10 Piketty G11.11

Traducción

Título: ¿Qué proporción de una generación recibe en herencia el equivalente de una vida de trabajo?

Eje vertical: Fracción de cada generación implicada

Cuadro: Parte de cada generación que recibe en herencia, al menos, el equivalente de los ingresos del trabajo recibidos en el curso de una vida por los 50 % de los empleos peor pagados (en función del año de nacimiento)

Lectura: En el seno de las generaciones nacidas hacia 1970-1980, 12 – 14% de las personas reciben en herencia el equivalente de los ingresos del trabajo recibidos en el curso de toda su vida por los 50 % menos bien pagados. Fuentes y series: ver Piketty.

 

A la vista de la tabla entendemos que en el seno de las generaciones nacidas hacia 1970-1980, 12 – 14% de las personas reciben en herencia el equivalente de los ingresos del trabajo recibidos en el curso de toda su vida por los 50 % peor pagados, y afirmamos, que lo cierto es, que el fin de la herencia no ha tenido lugar, aunque, eso sí, el reparto del capital heredado ha cambiado. Esto es lo que ha llegado a ser diferente. Hemos pasado, según los datos que Piketty aporta, de una sociedad con un pequeño número de grandes rentistas a una sociedad con un número mucho más grande de rentistas más pequeños: una sociedad de pequeños rentistas.

Pero Piketty afirma que el rentista es enemigo de la democracia cuando señala que nada garantiza que el modo en que van a continuar estando repartidas las herencias, es decir el reparto del capital heredado, no alcanzará los niveles desigualitarios del pasado y razona que nuestras sociedades democráticas se apoyan sobre un visión meritocrática del mundo, una creencia en una sociedad en la que las desigualdades estarían más fundadas sobre el mérito y el trabajo que sobre la filiación y la herencia, creencia y esperanza que juegan un papel central en la sociedad moderna.

Las desigualdades deberían ser justas y útiles a todos, según el artículo primero de la Declaración de 1789. La igualdad proclamada de los derechos del ciudadano contrasta con la desigualdad bien real de las condiciones de vida y para salir de esta contradicción es vital hacer de modo que las desigualdades sociales  se deriven de principios racionales y universales y no de contingencias arbitrarias.

Sin duda, el retorno de la importancia de la herencia va a ser un fenómeno europeo y después mundial. ¿Cómo nos enfrentaremos a lo que significa? Veremos qué sugiere Piketty, la semana que viene.

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXIII.- Desigualdades en los ingresos del trabajo y en la propiedad del capital

XXIII.- Desigualdades en los ingresos del trabajo  y en la propiedad del capital

03.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Piketty se pregunta si las desigualdades de los ingresos salariales del trabajo de los empleados es una carrera entre la educación y la tecnología. Y se lo pregunta porque duda que así sea, pues esta teoría no permite explicarlo todo.

La teoría se basa sobre dos hipótesis. La primera es que el salario de un asalariado dado es igual a su productividad marginal, es decir, a su contribución individual a la producción de la empresa o administración en la cual trabaja. La segunda es que esta productividad depende, ante todo de su cualificación y de la situación de la oferta y de la demanda de cualificaciones en la sociedad considerada.

Aunque a Piketty esta teoría le parece pueril dice que tiene el mérito de poner el acento sobre dos fuerzas que juegan de hecho un papel fundamental en la determinación de las desigualdades de los salarios, incluso en el marco de las teorías más sofisticadas y menos pueriles: la oferta y la demanda de cualificaciones. En la práctica la oferta de las cualificaciones depende del estado del sistema educativo: cuántas personas han podido  tener acceso a una o a otra carrera, cuál es la calidad de estas formaciones, en qué medida han sido completadas por experiencias profesionales adecuadas.

Obviamente vemos que la respuesta a estas preguntas depende de múltiples fuerzas. El sistema educativo depende de las políticas públicas que se hayan seguido, de criterios de selección, del modo de financiación del sistema y del costo de los estudios para los alumnos y sus familias. O más todavía. De las posibilidades de formación a lo largo de la vida profesional, pues las nuevas tecnologías y su progreso dependen del ritmo de las invenciones, de su puesta en marcha y de una renovación permanente del conocimiento.

En Occidente muy apegados al papel central de la escuela y de la formación en el proceso de promoción social, el discurso teórico sobre estas cuestiones y sobre la meritocracia contrasta con la realidad de los orígenes sociales que permiten, o no, acceder a los canales de formación más prestigiosos, por ello este modelo teórico tiene unos límites muy claros y el papel de las instituciones es básico. Se ha visto que el crecimiento moderno ha estado caracterizado por un desarrollo considerable de la parte de las actividades educativas, culturales y médicas en las riquezas producidas y en la estructura del empleo. Por depender de todos los factores indicados, las desigualdades continúan y para evitarlas se han tratado de imponer tablas salariales y salarios mínimos.

A la vista de la historia de los últimos cincuenta años se confirma que invertir en la formación y las cualificaciones es la mejor forma de aumentar los salarios y de reducir las desigualdades salariales: en efecto, la educación y la tecnología son las fuerzas determinantes. Pero, ¿y la explosión extraordinaria de las desigualdades americanas? Piketty afirma que la subida de los “súper cuadros dirigentes” es un fenómeno anglosajón y especialmente se ha dado en el sector financiero: esa es la explicación de la progresión de las desigualdades en los últimos decenios.

También afirma Piketty que las desigualdades en los países emergentes son más débiles y que la idea de la productividad marginal para la fijación de las retribuciones es una ilusión, sobre todo al compararla con el aumento desorbitado de las retribuciones de los cuadros dirigentes (especialmente americanos) cuya base de productividad objetiva es, en modo alguno, imposible de explicar y se convierte en un argumento pueril. Son ellos mismos, mayoritariamente, los que se fijan las retribuciones; son ellos los que tienen funciones no duplicables, que puedan estar en el mercado.

En cuanto a la desigualdad de la propiedad del capital, más bien de la híper concentración patrimonial, hay que decir que los hechos quedan patentes en la gráfica 10.6 en la que se ve que en el año 2010 el decil superior (el 10 % superior) posee en Estados Unidos el 70 % y en Europa poco más del 60 % del patrimonio total, y el percentil superior (1 % superior) posee en Estados Unidos poco más del 30 % y en Europa poco más del 20 %. Ciertamente el punto álgido que marca la máxima desigualdad patrimonial está en el año 1910, y se corrige hacia abajo después de la I y II Guerra mundial, retomándose la senda de la desigualdad.

2015.05.03 Piketty G10.6

Traducción:

La desigualdad patrimonial: Europa y Estados Unidos, 1810-2010

Eje vertical: parte del decil o percentil superior en el patrimonio total.

Cuadro: Parte del decil superior: Europa

Parte del decil superior: Estados Unidos

Parte del percentil superior: Europa

Parte del percentil superior: Estados Unidos

Lectura: Hasta mediados del siglo XX, las desigualdades patrimoniales eran más fuerte en Europa que en los Estados Unidos.

Fuentes y series: Ver Piketty.

 

La mecánica de la divergencia patrimonial se explica por la tasa de interés y el crecimiento a lo largo de la historia. Interés que ha estado entre poco más del 6 % y poco menos del 3 % anual, y crecimiento que ha oscilado en torno a poco más del 1 % anual. De aquí se desprende que la tasa de rendimiento es y ha sido históricamente superior a la tasa de crecimiento, no tanto como una necesidad lógica absoluta sino como una realidad histórica incontestable. No obstante alguien encontrará como explicación la cuestión de la preferencia por el presente.

A estas grandes diferencias trataron de poner coto tanto el “Code civil” francés como la ilusión de la Revolución francesa, la continuidad de las desigualdades se explicó por Pareto en los años 1890-1910, a quien los fascistas le dieron mucha atención.

Si las cosas parece que sean así, ¿cómo es que todavía no se han reconstituido las grandes desigualdades de la “belle époque”? Parece que los elementos de la explicación son el tiempo, los cambios en la estructura impositiva y el crecimiento. Pero Piketty advierte que existe un fuerte riesgo de resurgimiento de las desigualdades patrimoniales por lo que hay que estudiar más directamente la dinámica de la herencia, y después la dinámica mundial en los patrimonios. Pero una conclusión le parece ya clara: Sería ilusorio imaginar que exista en la estructura de crecimiento moderna, o en las leyes de la economía de mercado, fuerzas de convergencia que guíen naturalmente a una reducción de las desigualdades patrimonial o a una armoniosa estabilización.

 

 

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXII. Desigualdades y concentración

XXII.- Desigualdades y concentración

26.04.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

En nuestro artículo anterior finalizamos con una tabla que daba la desigualdad total (conjunta) de los ingresos (trabajo y capital) en el tiempo y el espacio que, probablemente sorprendería a muchos. Más sorprenderá conocer la distribución de dichas desigualdades entre cada una de sus componentes: la desigualdad de los ingresos del trabajo y la desigualdad de la propiedad del capital.

Para que entendamos la comparación, si se tratara de una igualdad perfecta, cada grupo percentil tendría que recibir el equivalente a su parte en la población, es decir, en cuanto a la retribución del trabajo, los 10 % que ahora son los mejor pagados, deberían recibir exactamente el 10 % de los ingresos, cuando según la columna de la tabla 7.1 “desigualdad media” correspondiente a Europa de los años 2010 perciben el 25 %; y los 50 % que ahora son los peor pagados, deberían recibir el 50 %, cuando en la realidad perciben el 30 %. Lo mismo se podría decir de la tabla 7.2 respecto a la propiedad del capital, aunque aquí el 10 % más rico, en la Europa del año 2010 posee el 60 % y el 50 % más pobre sólo posee el 5 % del capital.

A la vista de esto podemos imaginar en qué dirección va a ir la acumulación. Pero veamos las tablas y reflexionemos sobre ellas pensando en términos de lucha entre percentiles, en lugar de lucha de clases, y en la extrema desigualdad que existe en la propiedad del capital; hechos éstos que el velo púdico de las publicaciones oficiales, como las de la OCDE no puede evitar que descubramos. Piketty dice que las relaciones inter-deciles o ratios, como el ratio P90/P10, que usa la OCDE, es la relación de suelo de ingresos correspondiente al 90º percentil de la distribución y el suelo correspondiente al 10º percentil, de modo que si hace falta pasar de 5000 euros mensuales para formar parte del grupo de los 10 % más ricos y estar debajo del suelo de 1000 euros mensuales para entrar en el grupo del 10 % más pobre, entonces se dirá que la relación inter-decil P90/P10 es igual a 5 que, aunque pueda ser útil, olvida totalmente tener en cuenta la parte del total que se lleva cada uno de los deciles.

2015.04.26 Piketty T 7.1

Traducción: Tabla 7.1 La desigualdad total de los ingresos del trabajo en el tiempo y el espacio

Parte de los diferentes grupos en el total de los ingresos del trabajo; Desigualdad débil (=países escandinavos, años 1970-180); Desigualdad media (=Europa 2010); desigualdad fuerte (=Estados Unidos 2010); desigualdad muy fuerte (=Estados Unidos 2030?)

Los 10 % más ricos “clases superiores”

De los cuales: el 1 % más rico (“clases dominantes”)

De los cuales: el 9 % siguiente (“clases acomodadas”)

El 40 % del medio “clases medias”

El 50 % más pobre “clases populares”

Coeficiente de Gini correspondiente (indicador sintético de desigualdad)

Lectura: en las sociedades en las que la desigualdad de los ingresos del trabajo es relativamente débil (como los países escandinavos en los años 1970-1980), el 10 % mejor pagado reciben en torno al 20 % de los ingresos del trabajo, el 50 % menos bien pagado entorno al 35 %, y el 40 % del medio en torno al 45 %: El coeficiente de Gini correspondiente (indicador sintético de desigualdad que va del 0 a 1) es de 0,19. Ver anexo técnico.

2015.04.26 Piketty T 7.2

Traducción: Tabla 7.2 La desigualdad de la propiedad del capital en el tiempo y el espacio

Parte de los diferentes grupos en el total de los ingresos del trabajo; Desigualdad débil (jamás observada; sociedad ideal?); Desigualdad media (=países escandinavos años 1970-1980); Desigualdad media-fuerte Europa 2010); desigualdad fuerte (=Estados Unidos 2010); desigualdad muy fuerte (=Europa 1910?)

Los 10 % más ricos “clases superiores”

De los cuales: el 1 % más rico (“clases dominantes”)

De los cuales: el 9 % siguiente (“clases acomodadas”)

El 40 % del medio “clases medias”

El 50 % más pobre “clases populares”

Coeficiente de Gini correspondiente (indicador sintético de desigualdad)

Lectura:

En las sociedades caracterizadas por una desigualdad “media” de la propiedad del capital (como los países escandinavos en los años 1970-1980), el 10 % más rico en patrimonio detentan en torno al 50 % de los patrimonios, el 50 % menos ricos en torno al 10 % y el 40 % del medio en torno al 40 %. El coeficiente de Gini correspondiente es de 0,58. Ver anexo técnico.

A la vista de estos datos se ve que las desigualdades frente al trabajo son desigualdades muy importantes, pero las desigualdades respecto al capital son desigualdades extremas. En efecto hay dos mundos, en estas dos tablas.

La cuestión central aquí está en la justificación de las desigualdades, más bien que en la amplitud de las mismas: Un mundo de rentistas no separado y cada vez más mezclado con el de los cuadros dirigentes, y el resto de la humanidad.

¿Acaso el alza de las desigualdades, la explosión de las desigualdades, especialmente americanas, desde los años 1970-1980 es una parte de las causas de la crisis financiera y económica presente todavía? Piketty contesta que no tiene ninguna duda que el alza de las desigualdades ha tenido como consecuencia fragilizar el sistema financiero mediante la casi estagnación del poder adquisitivo de las clases populares y medias, lo que no hizo más que incrementar la tendencia a un endeudamiento creciente de las familias modestas.

Apoya su punto de vista en la amplitud de las transferencias de ingresos nacionales (en el caso americano) del orden de 15 puntos de ingresos nacionales, que ha tenido lugar entre el 90 % más pobre y el 10 % más rico desde los años 1970.

Además la subida de los súper salarios, especialmente para los cuadros dirigentes, en forma de bonus, primas y el ejercicio de las stock-options ha jugado un papel muy importante en el incremento de las desigualdades salariales.

Volveremos de nuevo a las desigualdades de los ingresos del trabajo pero adelantaremos en el conocimiento de las desigualdades de la propiedad del capital, lo que, en definitiva, es como hablar del mérito y de la herencia, que tiene efecto a largo plazo. Son éstos principios básicos de la democracia y de la economía, en el entorno en que nos movemos.

 

 

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXI. El incremento constante de la gran brecha entre ricos y pobres

XXI.- El incremento constante de la gran brecha entre ricos y pobres

19.04.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Contestando la pregunta final del artículo anterior hay que decir que las estructuras de las desigualdades respecto del trabajo y del capital no se han transformado mucho, y entiendo que Piketty con su obra trata de concienciarnos de las grandes diferencias que hay en el reparto del capital y las riquezas, de la gran brecha entre ricos y pobres, la cual se va a ensanchar si no se remedia.

Su propuesta no es que venga “la repartidora”, es decir un comunismo que ya ha quedado demostrado que es incapaz de estimular a los ciudadanos a la cultura del esfuerzo con su correspondiente recompensa; más bien al contrario, estimulaba al mínimo trabajo, puesto que todos iban a tener, supuestamente, cubiertas las necesidades.

Es obvio que el estímulo que viene de ganar lo mismo que otro que trabaja menos, no lleva a exigir que el que trabaje menos cambie y haga trabajo duro (salvo un estado dictatorial, policial y delator, y aun en estados de este tipo, tampoco tuvieron éxito), sino al contrario a trabajar igual que el peor. En un estado comunista el dechado está, no en el que más trabaja, sino en el espabilado que tiene sus necesidades cubiertas con el mínimo esfuerzo, o en conseguir pertenecer a la élite política que domina a los demás, los cuales sí llegan a tener algunos privilegios.

Dando por entendido el fracaso estrepitoso del experimento comunista, ciertamente tampoco podemos pensar que el sistema capitalista ha resuelto toda la problemática de una justa distribución de los medios económicos que permitan asegurar poder llevar una vida digna y cubrir los propósitos y proyectos de la misma. ¡Cuántos y cuántos derechos se hallan en las Constituciones de los Estados, los cuales no pueden exigirse ante los tribunales! Esos derechos, más bien, son ideas programáticas que inspiran la acción política, pero que pasan los años y no se convierten en realidades para todos: ni el trabajo para todo el que quiera trabajar, ni la vivienda digna. Alguien se preguntará por qué llamamos derecho a algo que no puede exigirse ante los Tribunales: yo también, pero nadie me discutirá que queda bien en la Constitución.

Pero queríamos llegar a comentar cuál es la idea de Piketty para resolver los problemas del injusto reparto (más bien, acumulación) del capital y las riquezas.

Piketty entiende que algo que llevaría en dirección a una solución del problema sería una tributación suficientemente importante sobre las rentas del capital y sobre la acumulación del mismo. Esto no quitaría el estímulo a generar actividad económica que permita acumulación del capital excedentario, pero rebajaría la rentabilidad final del mismo, por los impuestos sobre el capital que se redistribuirían en los presupuestos del Estado.

Por supuesto, estas ideas, si no se llevaran a la práctica por la mayoría de los estados conduciría a movimientos de capitales y deslocalización de inversiones hacia lugares donde la tributación fuera más leve, como ya sucede en la actualidad.

Habría que empezar a probar la idea. Lo que sí es cierto y nos lo demuestra Piketty con un estudio concienzudo de las estadísticas, cuentas de los estados, datos de las declaraciones y de la recaudación de los impuestos sobre la renta de las personas físicas y de las jurídicas (entidades mercantiles), es que el capital, si no se adoptan medidas oportunas, tiende y continuará tendiendo de modo imparable a su acumulación, haciendo del mundo un lugar en dónde un porcentaje de población cada vez más pequeño poseerá un porcentaje de capital y riquezas cada vez grande, y donde, al revés, un porcentaje cada vez más grande población poseerá un porcentaje de capital y riquezas cada vez más pequeño.

En el artículo anterior dijimos que el crecimiento moderno, según resume Piketty, que se ha fundamentado sobre el crecimiento de la productividad y la difusión de los conocimientos, ha permitido evitar el apocalipsis marxista y equilibrar el proceso de acumulación de capital. Pero este crecimiento no ha modificado, en modo alguno, las estructuras profundas del capital y, todavía menos, no ha podido reducir su importancia macroeconómica comparada relativamente con el trabajo.

Hace falta ahora estudiar si respecto de las desigualdades en el reparto de los ingresos y de los patrimonios ocurrirá de igual modo. Es decir, ¿en qué medida las estructuras de las desigualdades respecto del trabajo y del capital se han transformado verdaderamente desde el siglo XIX? Vamos a ello.

Hemos dicho en alguna ocasión anterior que cada vez, la rentabilidad marginal del capital se reducirá. Afirmación que es una cosa lógica, pero lo importante de la misma es que se basa en el hecho de que Piketty no habla intuitivamente sino en base a las evoluciones estadísticas históricas observadas. Y dice que esto es así, que la elasticidad de la sustitución capital-trabajo es superior a uno, porque parece que todavía es posible encontrar cosas útiles y nuevas que hacer con el capital, nuevas formas de construir o equipar las viviendas, por ejemplo, o equipos robóticos, electrónicos, cada vez más sofisticados que interesarán al consumidor.

Reconoce que es muy difícil de prever hasta qué punto la elasticidad de sustitución capital-trabajo será superior a uno, pero sobre la base de datos históricos, estima Piketty que se alcanzará una elasticidad comprendida entre 1,3 y 1,6.

Si esto es así continuará habiendo y ensanchándose la brecha y las desigualdades. Por lo tanto habría que revisar algunos datos que pudieran mostrarnos la estructura de las desigualdades, es decir las desigualdades y la concentración. Y hay desigualdades en el reparto de los ingresos por el trabajo, así como también las hay respecto tanto de la posesión de riquezas y capital como de los rendimientos que se obtienen por las unidades de capital. De hecho, según Piketty, el capital está más desigualmente repartido que el trabajo (o que la retribución del trabajo).

La tabla 7.3 nos da una idea global de las desigualdades en las que podemos meditar y con la reflexión de la lectura de la tabla dejamos vagar nuestra mente en las consecuencias sociales  que estas desigualdades tienen, en las que profundizaremos en una próxima ocasión.

La desigualdad total de los ingresos (trabajo y capital) en el tiempo y el espacio

2015.04.19 Piketty T7.3

Lectura: en las sociedades en las que la desigualdad total de los ingresos y del trabajo es relativamente débil (como los países escandinavos en los años 1970-1980), los 10 % más ricos, detentan en torno al 20 % de los ingresos totales, y los 50 % más pobres entorno el 30 %. El coeficiente de Gini que le corresponde (indicador sintético de desigualdad) es el 0,26.

Traducción:

Parte de los diferente grupos en el total de los ingresos; Desigualdad débil (=países escandinavos, años 1970-1980); Desigualdad media (=Europa 2010); Desigualdad fuerte (=Estados Unidos 2010, Europa 1910); Desigualdad muy fuerte (=Estados Unidos 2030?)

Los 10 % más ricos “clases superiores”

De los que: el 1 % más ricos (“Clases dominantes”)

De los que: el 9 % siguientes (“clases altas”)

Los 40 % de en medio “clases medias”

Los 50 % más pobres “clases populares”

Coeficiente de Gini correspondiente (indicador sintético de desigualdad)