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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXV. Las desigualdades mundiales en el siglo XXI

XXV.- Las desigualdades mundiales en el siglo XXI

17.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

¿Hay alguien en las instituciones europeas o americanas que hable de ellas, de las desigualdades? Si los hay, su voz no se oye suficientemente fuerte porque se ahoga entre otros murmullos militares, políticos o económicos. Sólo en las Universidades se oyen algunas voces.

Desigualdades en los rendimientos del capital a causa de la mejor colocación en términos de tipos de rendimiento de las grandes fortunas (del orden del 6 – 7 % anual) frente a los capitales de los pequeños ahorradores (del orden del 4 % anual y hoy, mucho menos). No obstante en tanto que el crecimiento económico (que envuelve tanto el crecimiento del PIB como de la población) sea elevado, la desigualdad r > g (tipo de rendimiento mayor que crecimiento) se verá controlada y el crecimiento de los grandes patrimonios permanecerá relativamente moderado en términos relativos.

Desde los años 1980 los patrimonios a nivel mundial han progresado de media un poco más rápido que los ingresos y los patrimonios más elevados han progresado mucho más rápido que la media de los patrimonios como se ve en la tabla siguiente 12.1. En efecto los patrimonios de los más ricos han progresado del 6 al 7 % anual, contra el 2,1 % anual para el patrimonio medio mundial y el 1,4 % anual para los ingresos medios mundiales (datos netos de inflación calculada al 2,3 % anual de 1987 a 2013).

2015.05.17 Piketty T12.1

 

Traducción:

Tabla 12.1. La tasa de crecimiento de los patrimonios mundiales más elevados, 1987-2013

Tasa de crecimiento real medio anual (después de la deducción de la inflación). Período 1987-2013

Los cien millonésimos más ricos (alrededor de 30 personas adultas sobre 3 millardos en los años 1980, 45 personas sobre 4,5 millardos en los años 2010)

Los veinte millonésimos más ricos (alrededor de 150 personas adultas sobre 3 millardos en los años 1980, 225 personas sobre 4,5 millardos en los años 2010)

Patrimonio medio mundial por habitante adulto

Ingresos medios mundiales por habitante adulto

Población adulta mundial

PIB mundial

 

Nada hay que discutir del argumento en favor de una sociedad de emprendedores con sus innovaciones e invenciones que hacen fortuna. El problema es que la desigualdad r > g incrementada con la desigualdad de los rendimientos en función de la talla del capital inicial y las economías de escala, conduce a menudo a una concentración excesiva y perenne del patrimonio: aunque las fortunas estén justificadas al inicio, se multiplican y se perpetúan, quizás, más allá de todo límite y de toda justificación racional posible en términos de utilidad social y puede conducir, potencialmente, a una dinámica mundial de acumulación y reparto de los patrimonios hacia trayectorias explosivas y espirales desigualitarias fuera de todo control.

Y de esto hablamos en relación al rendimiento de los fondos soberanos en los que se mezcla el capital y la política, que nos hacen formularnos la pregunta si acaso los fondos del petróleo, o los fondos soberanos como el de la China, van a llegar a poseer el mundo. Piketty afirma que la renta petrolera puede, efectivamente, en cierta medida, permitir comprar el resto del planeta y vivir seguidamente de las rentas del capital correspondiente; lo mismo que si la China continúa su tasa de ahorro del 20 % de sus ingresos nacionales hasta 2100 mientras que Europa y América sólo ahorran el 10 %, una parte importante del Viejo Continente y del Nuevo mundo será poseída por los fondos chinos.

Las desigualdades sobre las que estamos reflexionando quedan, en parte, suavizadas por el Estado social o el Estado del Bienestar. La crisis de 2008 cuya causa, en parte, está en la desregulación, en la falta de Estado, está siendo controlada gracias a políticas pragmáticas que, no obstante, no proveen una respuesta duradera a los problemas estructurales que la han causado.

El retorno del Estado que se predica es proceder a la modernización y evitar el desmantelamiento del Estado del Bienestar. La redistribución moderna no consiste, según Piketty, en transferir riquezas de los ricos hacia los pobres o, al menos, no hacerlo de modo tan explícito; más bien consiste en financiar los servicios públicos y conseguir fuentes de ingresos más o menos iguales para todos, especialmente en las áreas de la educación, la sanidad y las pensiones de jubilación. En este último caso, el principio de igualdad se expresa por una casi proporcionalidad al salario obtenido durante la vida activa. En los otros casos se expresa en un verdadero igualitario acceso.

De modo que Piketty señala que hay que modernizar el Estado social, y no desmantelarlo. Si el acceso a las instituciones educativas, por el costo para los padres, es dificultoso, no se permite la movilidad social. De hecho la correlación intergeneracional de los diplomas y de los ingresos del trabajo no va a la baja, sino que se mantiene. La desigualdad de acceso también parece que se repite con relación a la cumbre de la jerarquía económica, especialmente en Estados Unidos y con respecto de las afamadas universidades privadas.

En cuanto al futuro de las pensiones de jubilación hay que tener presente que actualmente se basan sobre el principio de reparto: las cotizaciones sobre los salarios son inmediatamente utilizadas para pagar las pensiones de los jubilados. Ninguna suma es invertida, sino que todo es inmediatamente utilizado, a diferencia de los sistemas de capitalización. En estos sistemas de reparto que se fundan sobre el principio de solidaridad entre las generaciones la tasa de rendimiento es, por definición, igual a la tasa de crecimiento de la economía. Así todas las generaciones están atadas las unas a las otras, la presente a la próxima.

Cuando se pensó en este sistema, las circunstancias eran las ideales, crecimiento demográfico, crecimiento económico, pero la reducción de la tasa de crecimiento en torno al 1,5 % nos hace pensar que este sistema debe ser reemplazado lo más rápidamente posible por sistemas fundados sobre el principio de capitalización, de modo que las cotizaciones deben invertirse y no revertirse hasta la jubilación del que las ha originado.

Pero ¿cómo hacer el cambio? ¿Cómo financiar entre tanto las necesidades sociales que son la razón de ser del Estado?

Finalizaremos esta serie de artículos económicos con el próximo en el que vamos a dejar que Piketty plantee sus propuestas sobre el impuesto progresivo sobre los ingresos repensando el tipo marginal superior así como sobre un impuesto mundial sobre el capital y una posible solución al exagerado nivel de la deuda pública.

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XVI. El retorno del capital privado desde los años 1970

 

XVI.- El retorno del capital privado desde los años 1970

08.03.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

Piketty dice que si consideramos datos quinquenales, en lugar de decenales, en las series estadísticas de valor del capital en términos de % de los ingresos nacionales, vemos incesantes variaciones, pues son datos a corto plazo. Estas evoluciones erráticas son debidas a que los precios de los activos, sea que se trate de activos inmobiliarios (viviendas o inmuebles profesionales o empresariales) o activos financieros (en particular, acciones), son muy volátiles, pues esos precios dependen de factores complejos: la previsión de la demanda futura por los bienes y servicios generados por una empresa o un activo inmobiliario dado, es decir, flujos futuros de beneficios, alquileres, dividendos, royalties (elementos fundamentales de un análisis) y; del precio al que se puede esperar volver a vender los bienes, en caso de necesidad, dicho de otro modo, de la anticipación de la plusvalía o minusvalía. Este elemento, mucho más subjetivo, puede engendrar fenómenos de creencias que se “auto-realizan” hasta tal grado que uno, creyendo que va a vender el elemento a mayor precio que lo va a comprar, decide comprar pagando un mayor precio que el que le da el valor fundamental y cede al entusiasmo colectivo, por muy excesivo que sea. Este es el caso de las burbujas.

Pero, más allá de las burbujas y sin lugar a dudas, se puede afirmar que estamos asistiendo a un gran retorno del capital privado en los países ricos o, más bien, al nacimiento de un nuevo capitalismo patrimonial, evolución estructural que se explica, según Piketty, por tres series de factores que se acumulan y se complementan para dar a este fenómeno una gran amplitud.

El factor más importante a largo plazo es la ralentización del crecimiento, especialmente demográfico que, junto con un ahorro elevado conduce mecánicamente a una elevación estructural y tendencial de la relación capital/ingresos, a través de la ley B = s/g.

(Recordemos que B la denominamos “relación, o ratio, entre capital dividido entre los ingresos anuales” todo ello en términos de %. También se puede decir que es el valor del capital que un país posee valorado en términos de % ahorro dividido entre el crecimiento. Si s= ahorro = 12 % y g = crecimiento = 2 %, entonces B = s/g = 600 %, es decir el valor del capital es el importe de 600 % de los ingresos nacionales, o dicho de otro modo, es el importe de 6 años de dichos ingresos nacionales)

Como ya hemos dicho en otras ocasiones, éste es un mecanismo que constituye la fuerza dominante a largo plazo. Pero Piketty recuerda que otros dos factores han reforzado sustancialmente los efectos a los largo de los últimos decenios: de una parte, un movimiento de privatización y de transferencia gradual de la riqueza pública hacia la riqueza privada desde los años 1970-1980; y de otra parte, un fenómeno de alcance de largo plazo de los precios de los activos inmobiliarios y de bolsa, que se aceleró en los años 1980-1990, en un contexto político muy favorable para los patrimonios privados, en comparación con los decenios de después de la guerra.

La dinámica que se desprende de la Tabla 5.1 intitulada “Tasa de crecimiento y tasa de ahorro en los países ricos, 1970-2010”, es que, más allá de las burbujas, ha habido un crecimiento débil y un ahorro muy fuerte.

2015.03.08 Piketty T5.1

Traducción:

Título: Tabla 5.1. Tasa de crecimiento y tasa de ahorro en los países ricos, 1970-2010

Títulos de columnas de izquierda a derecha: Tasa de crecimiento de los ingresos nacionales, Tasa de crecimiento de la población, Tasa de crecimiento de los ingresos nacionales por habitante, Ahorro privado (neto de la depreciación) en % de los ingresos nacionales.

Columna de países: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá, Australia.

Lectura: Las tasas de ahorro y de crecimiento demográfico varían fuertemente en el seno de los países ricos; las tasas de crecimiento de los ingresos nacionales por habitante varían mucho menos. Fuentes: Ver Piketty

En cuanto al ahorro privado hay que tener en cuenta las dos componentes; de una parte el ahorro realizado directamente por los individuos privados (es decir, la parte de los ingresos disponibles de los hogares que no se consume inmediatamente; y de otra parte, el ahorro realizado por las empresas, por cuenta de los individuos privados que las poseen, directamente, en el caso de empresas individuales, o indirectamente, a través de sus inversiones financieras. Esta segunda componente corresponde a los beneficios reinvertidos por las empresas, también llamados beneficios no distribuidos.

Si no se tuviera en cuenta esta segunda componente concluiríamos que en todos los países el flujo de ahorro es insuficiente para explicar el crecimiento de los patrimonios privados y también que esta última se explica, en una gran parte por un alza estructural de los precios relativos de los activos y, especialmente, del precio de las acciones.

Nos interesa conocer más datos para entender mejor el porqué del retorno del capital privado. Para ello deberíamos hacer una distinción suficiente entre ahorro bruto y neto, tanto privado como público, y cómo se interrelacionan. Es lo que veremos el próximo día.

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XIII. Sobre la deuda pública

XIII.- Sobre la deuda pública

15.02.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Supongamos un gobierno que acumula déficits del orden del 5 % de PIB cada año, durante 20 años, por ejemplo, para pagar una masa salarial importante en las fuerzas armadas o para invertir en armamento para las mismas: al cabo de 20 años la deuda pública suplementaria así acumulada será igual al 100 % de PIB.

Si suponemos que el gobierno no busca devolver el principal y se contenta con pagar cada año los intereses, entonces, si el tipo de interés es del 5 %, necesitará cada año pagar el 5% del PIB a los poseedores de la deuda pública suplementaria, y esto, hasta la noche de los tiempos, según plantea Piketty.

Y una cosa semejante es lo que le pasó al Reino Unido en el siglo XIX, pues durante un siglo, de 1815 a 1914, el presupuesto británico estaba sistemáticamente en superávit primario muy importante, es decir, que los impuestos recaudados sobrepasaban sistemáticamente los gastos, con un superávit de varios puntos del PIB, superior, por ejemplo, a todos los gastos de educación, a lo largo de este período. Pero este excedente permitía solamente financiar los intereses pagados a los poseedores de deuda pública, pero sin repagar el principal: la deuda pública británica nominal quedó estable alrededor de mil millones de libras esterlinas durante todo este período.

Fue, final y únicamente, el crecimiento de la producción interior y de los ingresos nacionales británicos (cerca del 2,5 % por año entre 1815 y 1914) lo que permitió, al fin de un siglo de penitencia, reducir fuertemente el endeudamiento público, expresado en un porcentaje de los ingresos nacionales.

¿A quién beneficia, entonces, la deuda pública?

Para Piketty esta experiencia histórica es fundamental por varias razones. En principio permite comprender por qué los socialistas del siglo XIX, comenzando por Marx, desconfiaban de la deuda pública, y la veían como un instrumento al servicio de la acumulación de capital privado.

Además, en esta época, la deuda pública pagaba un alto precio no sólo en el Reino Unido sino en todos los demás países, incluida, particularmente, Francia. El endeudamiento público en Francia aumenta fuertemente desde 1815-1816 para financiar el pago de los ejércitos de ocupación, de nuevo en 1825 para financiar los famosos “mil millones de los emigrados” pagado a los aristócratas exilados durante la Revolución francesa, para compensarles por las redistribuciones de tierras realizadas en su ausencia. El total de la deuda equivale ya en esos momentos al 30 % de los ingresos anuales nacionales. Después de la guerra franco-prusiana en 1870-1871 el estado francés se tiene que endeudar de nuevo para pagar una transferencia a Alemania equivalente aproximadamente al 30 % de sus ingresos anuales nacionales. Al final, en 1914 la deuda pública se encuentra a un nivel más elevado en Francia que en el Reino Unido: entorno al 70 – 80 % de los ingresos nacionales, de modo que el Estado distribuye cada año en intereses el equivalente al 2 – 3% de los ingresos nacionales (o sea, más que el presupuesto de Educación nacional de la época) y estos intereses permiten vivir a un grupo social muy sustancial.

Pero en el siglo XX se desarrolla una visión totalmente diferente de la deuda pública, fundada sobre la convicción de que el endeudamiento podría, al contrario, ser un instrumento al servicio de una política de gasto pública y de redistribución de la riqueza en favor de las clases sociales más modestas.

La diferencia entre las dos visiones es muy simple, dice Piketty: en el siglo XIX la deuda se pagaba a un precio muy alto, lo que era una ventaja para los prestamistas y actuaba en refuerzo de los patrimonio privados; por el contrario en el siglo XX, la deuda se diluía en la inflación y se amortizaba o devolvía en moneda “falsa” (en el sentido de que tenía mucho menor poder adquisitivo).

Hay que hacer notar, según Piketty, que esta redistribución por medio de la inflación ha sido mucho más fuerte en Francia que en el Reino Unido, pues en Francia, entre 1913 y 1950 la tasa de inflación media ha sido de más de un 13 % anual, es decir, una multiplicación de los precios por 100. La consecuencia para el Estado francés es que, a pesar de una fuerte deuda pública inicial (cerca del 80 % de los ingresos nacionales en 1913) y de déficits muy elevados durante el período 1913-1950, en particular durante los años de guerra, la deuda pública francesa se encuentra en 1950 a un nivel relativamente bajo (cerca del 30 % de los ingresos nacionales), casi igual que en 1815. En particular, los enormes déficits de la Liberación fueron casi inmediatamente anulados por una inflación superior al 50 % anual durante los cuatro años de 1945-1948. Así que se saldan las cuentas del pasado, y se comienza a reconstruir el país con una deuda pública pequeña.

En el Reino Unido las cosas se hicieron, según Piketty, de forma diferente, mucho más lentamente y con menos ardor. Entre 1913 y 1950, la tasa de inflación media sobrepasa apenas el 3 % anual, es decir una multiplicación por tres (más de treinta veces menos que en Francia), y aunque esto representa un expoliación no despreciable para los rentistas británicos, inimaginable en el siglo XIX hasta la Primera Guerra mundial, no obstante es claramente insuficiente para impedir la enorme acumulación de déficits públicos durante los dos conflictos mundiales, pues el Reino Unido, se movilizó al completo para financiar el esfuerzo de guerra, incluso rehusando el recurso a imprimir billetes, hasta tal grado que el país se encuentra en 1950 con una deuda pública colosal, superior al 200 % del PIB, mucho más elevada que en 1815.

Hará falta esperar a la inflación de los años 1950-1960 (más del 4 % anual) y sobre todo a la de los años 1970 (cerca del 15 % anual) para que la deuda británica caiga a un nivel del orden del 50 % del PIB.

Expuestos por Piketty, los hechos, con relación al Reino Unido y a Francia, de estos dos últimos siglos XIX y XX, hay que reconocer que este mecanismo de redistribución por medio de la inflación es extremadamente poderoso y ha jugado un papel histórico esencial en los dos países, especialmente durante el siglo XX, pero este mecanismo no puede funcionar de modo sostenido, pues desde el momento en que la inflación deviene permanente, los prestamistas exigen una tasa de interés nominal más elevada, y el alza de los precios no tiene los efectos indicados. Y ello, sin contar que una inflación elevada tiende a acelerarse por sí misma sin cesar (una vez el proceso está lanzado, es difícil de pararlo) y puede producir efectos difíciles de controlar (unos grupos sociales ven sus ingresos grandemente revalorizados, y otros mucho menos). Recordemos los años 1970, un decenio marcado en los países ricos por una mezcla de inflación elevada, de incremento del desempleo y de una relativa estancación económica (la “estanflación”), a partir de los cuales, se desarrolló entre los economistas un nuevo consenso en favor de una inflación débil.

De modo que, de nuevo, preguntamos: ¿a quién beneficia, la deuda pública? Intentaremos llegar a una respuesta entendible en una próxima ocasión.

 

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. VI. EL CRECIMIENTO

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS.

VI.- El crecimiento

29.12.2014

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Parece que hoy está bien establecido un proceso de convergencia a nivel mundial que permite que los países desarrollados sean alcanzados por los países emergentes, aunque hay que reconocer que las desigualdades continúan siendo extremadamente fuertes entre los países ricos y los países pobres. Por otra parte, nada indica que este proceso se base en las inversiones de los primeros en los segundos, al contrario.

Para Piketty la cuestión central de la convergencia, en la que hace falta insistir para resolver el problema, es el probable retorno a un régimen de crecimiento débil. Afirma que se puede ver, con los datos que aporta, que el crecimiento, más allá de períodos excepcionales o de fenómenos de atrapar económicamente algunos países a otros, el crecimiento ha sido, siempre, relativamente débil, y que todo indica que será todavía más débil en el futuro, especialmente en lo que toca a su componente demográfica.

Aquí está envuelto tanto el crecimiento económico como el de la población. Pues bien, de acuerdo con los datos que maneja Piketty, el crecimiento mundial desde la Revolución industrial ha sido el que se indica en la tabla siguiente, en donde los títulos de las columnas se pueden traducir por: Tasa de crecimiento anual medio, Producción mundial, Población mundial, Producción por habitante.

2014.11.23 Piketty T2.1.

 

 

Cuando vemos las tasas de crecimiento del periodo 1913-2012 nos parecen tasas que están por debajo de algunas que las han sobrepasado, especialmente de países emergentes, y nos parecen pequeñas.

Pero para entender bien el tema del crecimiento tenemos que pararnos a pensar en la “ley del crecimiento acumulado” que explica que una tasa de crecimiento débil acumulado durante un largo periodo lleva a una progresión considerable. En efecto, a pesar del 0,8 % del crecimiento anual de la población mundial entre los años 1700 y 2012, que se ve en la tabla anterior, ha permitido, acumuladamente multiplicar la población mundial en tres siglos por diez, pues en 1700 la población mundial era de unos 600 millones de habitantes y en 2012 de más de 7 mil millones.

Otra tabla de Piketty nos explicará la ley del crecimiento acumulado

2014.11.25 Piketty T2.2

Cuyas columnas podrían traducirse: Una tasa de crecimiento anual igual a… / equivale a una tasa de crecimiento generacional (30 años) de… / es decir, una multiplicación al final de 30 años por un coeficiente de… / una multiplicación al final de 100 años por un coeficiente de… / y una multiplicación al final de 1000 años por un coeficiente de…

A la vista de estos números uno puede hacerse una idea de las percepciones contradictorias del proceso de crecimiento. Así es. Piketty insiste que en el horizonte de un año, un crecimiento de un 1 % para muy débil, casi imperceptible, y las personas afectadas pueden tener la impresión de un completo estancamiento; pero con el horizonte de una generación, es decir a un plazo de 30 años, que constituye para nosotros la escala de tiempo más perceptible para evaluar los cambios puestos en marcha en una sociedad dada, este crecimiento corresponde a una progresión de más de un tercio (35 % en la tabla), lo que representa una transformación muy sustancial.

Para resumir la idea hay que decir que la ley del crecimiento acumulado es idéntica, en el fondo a la ley denominada de los rendimientos acumulados, según la cual una tasa de rendimientos anual de unos pocos puntos básicos (un % bajo), acumulada a lo largo de varios decenios, conduce mecánicamente a una progresión, incremento, muy fuerte del capital inicial, a condición de que el rendimiento sea constantemente reinvertido, o al menos que la parte consumida por el titular del capital no sea muy fuerte en relación a la tasa de crecimiento de la sociedad considerada.

La tesis central de Piketty es que una brecha, aunque en apariencia limitada, entre la tasa de rendimiento del capital y la tasa de crecimiento, puede producir a largo término efectos extremadamente potentes y desestabilizantes sobre la estructura dinámica de las desigualdades en una sociedad dada.

Vamos a tener que familiarizarnos, pues, con la ley del crecimiento y del rendimiento acumulados.

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. V. El reparto mundial de los ingresos más desigual que la producción

V.- El reparto mundial de los ingresos más desigual que la producción

21.12.2014

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

Es obvio que existe desigualdad en el mundo. Hice referencia a ella en el artículo anterior y en la tabla que sigue queda manifiesta.

En esta tabla, la desigualdad mundial va de un PIB per cápita (PIB = gross domestic product = GDP) de 150 euros por mes a 3.000 euros por mes. No creo que nadie tenga dificultad en entender los títulos que están en inglés.

Piketty

Y ahora estamos hablando en el título de este artículo de los “ingresos” y no del PIB o producto interior bruto, porque los nacionales, personas físicas y jurídicas de los países, poseen bienes en el exterior que les producen ingresos; y al contrario los extranjeros poseen bienes de tipo semejante en el interior cuyos ingresos se van a los países de los que son naturales sus propietarios.

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, los ingresos del Reino Unido, primer inversor mundial en el extranjero, era del orden de un 10 % más elevado que su producción interior. El dato para Francia era del orden del 5 %.

Esto nos lleva a preguntar si hay fuerzas que permitan la convergencia entre los países, pregunta que hemos dejado pendiente de respuesta en el artículo anterior. Pues en efecto, puede ayudar, porque el mecanismo de invertir en el extranjero, es decir que los países ricos posean un parte de los países pobres, puede tener efectos virtuosos en términos de convergencia. El fenómeno de la libre circulación de capitales está relacionado. La productividad marginal del capital, es decir la producción suplementaria aportada por una nueva unidad de capital en un país desarrollado es muy débil, por lo que puede ser colectivamente eficaz ir a invertir una parte del ahorro a los países pobres. De este modo los países ricos, o mejor dicho, los que poseen en su seno capital suficiente, obtendrán una mejor tasa de rendimiento para sus inversiones de capital, y los países pobres, por su parte, podrán alcanzar, quizás, a los ricos, o mejorar mucho su retraso en productividad.

También denominamos a esto el fenómeno de igualación de la productividad marginal del capital a nivel mundial que está supuestamente, según la teoría económica clásica, en el fundamento del proceso de convergencia entre países y de reducción tendencial de las desigualdades en el curso de la historia, gracias a las fuerzas del mercado y de la concurrencia. Muy optimista la teoría, aunque razonable, según Piketty tiene dos defectos mayores: Desde un punto de vista lógico, este mecanismo no garantiza en nada la convergencia de los ingresos por habitantes a nivel mundial, como máximo de la producción por habitante, si suponemos una perfecta movilidad del capital y, sobre todo, una igualación completa de los niveles de cualificación de la mano de obra y del capital humano entre países, cosa que no ocurre; pero como queda dicho, no de los ingresos; además, desde un punto de vista histórico este mecanismo a base de la movilidad del capital no ha sido el que ha permitido la convergencia, más bien al contrario, han sido los países que se han financiado por sí mismo sus inversiones en capital físico del que tenían necesidad y, sobre todo, las inversiones en capital humano –la elevación general del nivel de educación y deformación- según las investigaciones contemporáneas, lo que explica esencialmente el crecimiento económico a largo plazo. Al contrario, los países poseídos por otros, han conocido menos éxito especialmente por su falta de especialización y por una inestabilidad política crónica.

Reconoce Piketty que la inserción internación no tiene nada de malo en sí misma, porque la autarquía no ha sido jamás la fuente de prosperidad, pero han sido los países que se han apoyado en la apertura internacional de sus mercados y mucho menos sobre la libre circulación de los capitales, los que han tenido éxito.

Para resumir, la experiencia histórica sugiere que el principal mecanismo que permite la convergencia entre países es la difusión de los conocimientos, tanto a nivel internacional como doméstico. Dicho de otro modo, los países pobres alcanzan a los ricos en la medida en que llegan a alcanzar el mismo nivel de saber tecnológico, de cualificaciones, de educación y no, en modo alguno, siendo propiedad de los más ricos.

 

 

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