Examen de conciencia

Examen de conciencia

20190523

Federico Rivas. Doctor en Derecho

 

Después de los resultados de las elecciones generales no sé si alguien habrá dudado del por qué de los resultados en cuanto al partido principal derrotado, como tampoco sé si dudó del por qué respecto del principal partido derrotado en las últimas elecciones andaluzas. Por si acaso, me atrevo a decir, que la gente estamos hartos de que gobiernen partidos que han hecho de la falta de escrúpulos, la corrupción, el enchufismo, las puertas giratorias, el amiguismo o nepotismo, la financiación ilegal, el uso irregular o fraudulento de caudales públicos, el enriquecimiento de algunos de los capitostes, los sobres y la falta de ética, cuando no la expresa comisión de delitos, su forma de comportamiento.

Pero, aunque lo dicho se refiere a los políticos y a los partidos, es necesario tener presente que nuestra propia forma de vida como ciudadanos y de conseguir el sustento también debe estar bajo el escrutinio cuidadoso de la conciencia y ética de todos los ciudadanos. Aunque los que se dedican a la actividad política deberían ser dechados, ejemplos de honestidad y de servicio a la comunidad, no se puede esperar que los políticos no reflejen lo que la propia sociedad es, deficiente.

Me refiero a las muchas cosas en las que como ciudadanos tenemos que mejorar: la honestidad en la declaración y pago de nuestros impuestos, el trabajo sincero y el buen rendimiento que le debemos a quien nos contrata y paga, el conseguir nuestros ingresos mediante el trabajo duro y no el engaño y la trampa.

Y todo esto lo digo por lo que se ha dicho en los medios de comunicación del gran negocio que era para algunos el difundir el secesionismo. Aunque yo añado el gran negocio que ha sido para otros el difundir lo contrario. Unos y otros creando estado de opinión con informaciones sesgadas, exageradas, manipuladas y faltas de veracidad. Algún día estas prácticas podrían llegar a los tribunales. Son gastos necesarios sólo para quienes defienden la idea de quienes los pagan con dinero público.

También lo digo por el hecho de que he conocido por los datos del CIS que los valencianos somos los que mejor aguantamos, aceptamos o digerimos la corrupción, pues señalamos los casos de fraude o corrupción con un índice de los más bajos de España (Navarra 44,9 %, Comunidad Valenciana 28,7%).

Esta idea que desarrollo de la imperiosa necesidad de mejorar y acertar que tenemos, se manifiesta incluso en las más altas instancias, porque según Tom Burns, Isabel II nunca habría abroncado a los escoceses como el Rey a los independentistas. Burns es algo pesimista respecto a la realidad actual española.

Por otra parte, también da que pensar y acaso ¿no es de vergüenza la brecha salarial entre los mejor y los peor pagados? Según datos de los últimos años que manejo es de 10 veces, es decir un 1000 % en la Comunidad Valenciana, es un síntoma el que los ricos valencianos se hayan disparado un 30 % mientras los pobres han aumentado un 11,6 %.

Después del examen de conciencia debería venir la purificación, es decir, la catarsis. Pero ¿se ha hecho lo uno y lo otro, o al menos lo primero? Mis lectores pueden responderse.

Ese mismo examen de conciencia lo debe hacer la parte más débil de la sociedad, la que casi sólo cuenta con su trabajo, porque no es adecuado que vuelvan a dispararse las incapacidades temporales (IT) por enfermedad. La reducción de las mismas durante el tiempo duro de crisis manifestó que, hasta cierto grado, determinadas IT lo eran para conseguir mayor comodidad y se estuvo dispuesto a no tenerla a fin de evitar que las empresas no contaran con los trabajadores con los que ya no podían contar por su IT. Vuelve a darse la práctica de entrar a trabajar para a los pocos días darse de baja por IT. Eso daña a la colectividad entera de trabajadores, a los diligentes y a los negligentes y vagos, a los competentes y los no tan competentes.

Veremos si ahora después de la drástica reducción de ingresos legales que tendrá algún partido por los resultados electorales o de los gastos excesivos que pudieran haber tenido (ilegalmente) algunos partidos sin alcanzar la meta esperada de escaños en el Congreso que los cubriese llegan a alguna quiebra técnica como en el 2011 terminaron 17 partidos tras las elecciones. Y ni que decir tiene la importancia de que las entidades financieras que no están dando, o no está llegando, financiación suficiente para la economía real tengan que dotar deteriorando créditos, en su caso, que difícilmente van a cobrar. Y todo ello por la falta de iniciativa de todos los partidos de llegar a legislar una adecuada financiación para los mismos, como en otra ocasión me he extendido en explicar.

Sí, por todo esto y por mucho más que no cabe aquí, es preciso hacer un examen, un escrutinio cuidadoso que nos anime a detectar los fallos, las corruptelas, la corrupción y los delitos, para conseguir mejorar mediante una catarsis, en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra sociedad. He dicho catarsis política porque vivimos en la ‘polis’, en la ciudad, en sociedad.

Que los nuevos legisladores revisen sus metas y se dediquen en cuerpo y alma a tomar iniciativas que deben someter a los más sabios en cada rama, de la sociedad, para que, finalmente, las conclusiones se debatan y se legisle más sabiamente. No se debe gobernar por Decreto ni plantear iniciativas legislativas con urgencia. La legislación se debe, previamente, someter a escrutinio público, no sólo del parlamento; dando tiempo suficiente para aportaciones, ideas, mejores redacciones pues un país con leyes sencillas y claras mejora su capacidad de desarrollo y crecimiento consiguiendo mayor competitividad en el mundo actual globalizado.

Vergüenza ajena por el comportamiento político

Vergüenza ajena por el comportamiento político

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20180513

Publicado en el Periódico Mediterraneo de 13.05.2018

 

Sí, tengo vergüenza ajena. Es la vergüenza que siento por todo lo que han hecho los ubicuos corruptos de los partidos políticos; por no haber sido capaces de hablar, al menos, si no negociar, los políticos independentistas catalanes y los miembros del gobierno de España; por las declaraciones de los representantes de los partidos que me hacen sonrojar respecto de lo que les atañe y que no pueden esconder o disimular por más tiempo a causa de las sentencias firmes y de los juicios que se están celebrando; estoy apurado por el daño que están haciendo, todos ellos y algunos más, a la imagen del proyecto común que se llama España, y a los proyectos que ésta incluye, que se pueden llamar comunidades autónomas, partidos políticos y sociedad o ciudadanía.

De la vergüenza ajena se dice que es un concepto muy corriente en la lengua castellana: es lo que se siente cuando vemos que alguien hace algo mal y no podemos evitar que lo haga; y sentimos dentro de nosotros lo que creemos que sentiría la persona que lo hace, si se pudiera ver a sí misma. En realidad, dicen los neurocientíficos que la vergüenza ajena es una de las formas dolorosas de empatía.

Parece que estamos derrotando el camino evolutivo en el que los animales de ambiente terrestre fueron dominados por especies con los sistemas sociales más complejos, especies que han aparecido rara vez en la evolución. La eusocialidad se ha dado en poquísimas ocasiones, en algunos insectos y en los homininos de los que somos la especie reina.

Si, como dice E.O. Wilson la selección natural es multinivel, es decir actúa sobre los genes que prescriben objetivos a más de un nivel de organización biológica, como la célula y el organismo, o el organismo y la colonia, deberemos tenerlo presente para actuar como comunidad (como organismo social) contra los elementos cancerosos que nos dañan.

Los tramposos están ganando en el seno de nuestra colonia social porque ganan una fracción mayor de los recursos, evitan cumplir las normas gravosas que nos hemos impuesto por medio de las leyes o claramente las quebrantan. Si el número de tramposos es elevado, como colonia (como sociedad en la que abundan los tramposos) perderemos ante las colonias de cooperadores. En efecto no alcanzaremos los niveles de riqueza, organización y bienestar de otras sociedades en donde los tramposos no abundan.

Los rasgos objetivos sobre los que se actúa por selección entre grupos son la comunicación, la división del trabajo, la dominancia y la cooperación en la realización de tareas comunales (mediante el honrado pago de impuestos, cumplimiento de normas y evitación de llevar a cabo engaños o trampas).

La selección individual frente a la selección de grupo produce una mezcla de altruismo y de egoísmo, de virtud y de pecado, entre los miembros de una sociedad.

Los que se creen listos (sean personas, partidos, empresas u otro tipo de organizaciones) pensando que haciendo trampas salen ganando derrotan al grupo (la nación, el país, el partido político o la empresa) y el propósito unificador del mismo que sirve a la mayoría. Y este grupo de tramposos, el nuestro, no puede competir con éxito con otros grupos más altruistas y honestos.

Por el camino que vamos, me hace dudar de nuestra capacidad de tener éxito como nación en comparación con otras, aunque los políticos de turno digan que somos “un gran país, una gran nación” (al presidente del Gobierno de España se le llena la boca de decirlo en muchas ocasiones). Si fuera cierto lo que me enseñaron (o adoctrinaron, dirían ahora) en mi juventud, que “España es una unidad de destino en lo universal”, el destino al que nos llevan los políticos de turno de los últimos tiempos es al abismo.

¿Estaré deprimido o sólo será a causa de la vergüenza ajena? Pero aquellos, de los que siento (o sentimos) la vergüenza, no se dan por aludidos.

Es necesaria una regeneración moral. Es necesario un recambio de líderes e, incluso, de partidos. Sí, por qué no decirlo: como en Francia u otros países.

Los estados fallidos

Los estados fallidos.

Artículo publicado en el Periódico Mediterráneo

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

2017.04.29

Ya sé que no es el momento de hablar de ello. La crisis económica, que todavía perdura, el no tener para uno mismo, hace que uno se olvide de los demás, pero estamos en una época del año en que se habla mucho del amor fraterno, absolutamente necesario para cooperar y tener éxito como humanos.

Sí, nos olvidamos de los demás, y si no, mirad lo del 0,7 % del PIB para Ayuda oficial al desarrollo (AOD). Ni se habla de ello. Los responsables de Cooperación y Desarrollo de la Unión Europea, se comprometieron en mayo del 2005 a elevar la Ayuda Oficial al Desarrollo hasta el 0,56% del PIB comunitario en el año 2010 con el objetivo de alcanzar la cifra del 0,7% en el año 2015. Esto hubiese supuesto destinar al desarrollo 20.000 millones de euros más al año a partir de 2010. Sin embargo, el objetivo del 0,7 que fijó la ONU hace 35 años, sólo lo han cumplido en algún momento cuatro países: Dinamarca, Luxemburgo, Holanda y Suecia.

Por eso, hablar de los Estados fallidos quizá no sea el momento. Pero como consecuencia de las revueltas populares de Túnez, Egipto, Libia, Siria y … las que probablemente podrían llegar a venir, me interesa sacar a colación el tema de los Estados fallidos.

Son Estados fallidos, no hay duda, estados como Somalia, por ejemplo, u otros lugares en donde el monopolio del uso legítimo de la fuerza dentro de sus fronteras no está en manos del Estado, sino en las de los señores de la guerra o los grupos paramilitares.

Aunque el término también se emplea para referirse a otro tipo de Estados en donde hay altas tasas o registros de criminalidad, corrupción política, mercado informal, ineficiencia judicial, interferencia en la política de poderes fácticos con presupuesto y poder político, muy superiores al del Gobierno.

Por otra parte algunos consideran que el concepto no es del todo claro y es manipulable políticamente.

No obstante el centro de estudios estadounidense Fund for Peace emite anualmente el Índice de Estados Fallidos (Failed States Index) que se publica en la revista Foreign Policy. Clasifica a los países basándose en doce factores, como la presión demográfica creciente, movimientos masivos de refugiados y desplazados internos; descontento grupal y búsqueda de venganza, huida crónica y constante de población; desarrollo desigual entre grupos; crisis económica aguda o grave; criminalización y deslegitimación del Estado; deterioro progresivo de los servicios públicos; violación extendida de los Derechos Humanos; aparato de seguridad que supone un ‘Estado dentro del Estado’; ascenso de élites faccionalizadas e intervención, de otros Estados o factores externos.

En el año 2010 fueron incluidos 177 Estados, de estos 37 fueron catalogados como “en alerta”, 92 “en peligro”, 35 como “moderados”, 13 como “sustentable”. Los peores 10 son lo que alisto a continuación:

  1. Somalia
    2. Chad
    3. Sudán
    4. Zimbabue
    5. Rep. Dem. del Congo
    6. Afganistán
    7. Irak
    8. República Centroafricana
    9. Guinea
    10. Pakistán

¿A dónde me lleva esto? A lanzar lo que, incluso para mí, parece una peregrina idea, pues imaginad lo que se podría hacer con los 20,90 millones de parados de la Europa de los 28 estados a finales de 2016, la mayoría de los cuales han tenido algún tipo de prestación contributiva y ahora, quizás, tienen ayudas a cargo de los Presupuestos generales de su Estado.

En lugar de incentivar el venir al primer mundo, habría que incentivar el ir al tercer mundo a ayudar bajo el paraguas de la ONU a organizar el Estado para que dejara de ser fallido, incluyendo fuerzas del orden, funcionarios de todo tipo, pero sobre todo, ayudar a la prestación de los servicios básicos, entre ellos los de sanidad y educación.

No todos valdríamos, lo sé. Pero muchos estarían encantados de hacerlo, de hecho lo están y van altruistamente mediante colaborar o trabajar con alguna ONG.

Pero lo que digo es algo mucho mayor. Lo que sugiero es que hay que enviar Altos dirigentes para organizar y planificar el país, su economía, su vertebración social y territorial; Altos funcionarios para aconsejar a esos Altos dirigentes; Empleados de a pie que hagan el trabajo; y Fuerzas de seguridad que tengan a su cargo el mantenimiento del orden para que los demás trabajen. Algo así como una Administración temporal bajo el paraguas de la ONU. Incorporando, poco a poco, a los autóctonos que hayan aprendido (no a robar sino a gestionar bien la cosa pública) y posteriormente, en un acto trascendente, de legítima satisfacción moral mundial, ceder el control total.

Esto es un sueño, pero dejadme soñar. No parece serio lo que he dicho. Pero ¿por qué no?

Estamos manteniendo a gente que no tiene otra cosa para comer que lo que compran con las ayudas gubernamentales que reciben después de haber agotado la prestación por desempleo. Muchos de esos y otros, especialmente los jóvenes, estarían dispuestos a poderse ganar la vida en un país extraño, durante un tiempo, aprendiendo bien uno o dos idiomas, el inglés como idioma franco y el del propio país, aprovechando el que son JASPs, es decir, jóvenes aunque suficientemente preparados, poniéndose como reto histórico haber contribuido al éxito de un Estado previamente fallido.

 

La cultura occidental y la racionalidad práctica de los principios del judeocristianismo

La cultura occidental y la racionalidad práctica de los principios del judeocristianismo

Federico Rivas García. Doctor en Derecho.

Artículo publicado en el Diario LEVANTE EMV

08.11.2015

A las puertas de unas elecciones generales en España, cuando unos u otros, incluso nuevos partidos, todavía no parlamentarios, plantean el debate de sacar de las aulas la religión; cuando la crisis de los refugiados pone delante de nosotros un crudo panorama de guerra y destrucción de vida y haciendas, que hace que los sufrientes se esfuercen, a costa si es necesario de perder su propia vida durante el viaje, en llegar a lugares donde puedan seguir viviendo (sólo eso, vivir)… Digo que cuando eso sucede, hoy, nuestra conciencia se ve sacudida: temores que imprudentemente salen a la luz, como los del Arzobispo Cañizares, o dudas respecto de si con la llegada masiva de refugiados Europa va a dejar de ser lo que es (por no decir, cristiana), nos asustan. Unos reaccionan, como la derecha alemana o húngara; otros nos quedamos pensativos y preocupados (pensamos que los gobiernos de Europa no tienen claro qué quieren); pero menos mal que otros más, la Cruz Roja, las ONGs actúan y nos despiertan.

Aunque unos sean musulmanes y otros seamos cristianos, somos humanos, hermanos en la lucha por la supervivencia que no tiene que ser contra nosotros, sino con todos conjuntamente contra los elementos tales como el hambre, la enfermedad y el odio homicida de las guerras y del terrorismo. Por eso una reflexión sobre lo que somos, pues como seres sociales somos cultura, nos vendrá bien para poner las cosas en su sitio y permitirnos actuar con justicia.

Si somos creyentes, deberíamos entender la justicia como las Sagradas Escrituras la presentan, como la conformidad de nuestro comportamiento a las normas y juicios de Dios; y eso debería afectar a nuestra forma de vivir la vida, a nuestro comportamiento cotidiano, porque no es sincero relegar a la vida interna, al pensamiento, a la conciencia, las cuestiones religiosas o espirituales, excusándose con que son muy íntimas y personales. La alternativa está entre creer en su realidad, es decir, que las normas de Dios son la expresión de su voluntad, hechos reales, o bien que son suposiciones o creencias.

Pero lo cierto es que, en la calle, no se practica ni se ve la justicia del modo que acabamos de expresar, ni siquiera por parte de los creyentes en “el libro”, católicos, protestantes o judíos. Y no se ve así porque no se está seguro (es una forma suave de decirlo) de que, en efecto, haya habido verdaderamente una revelación, y que, en su caso, detrás de ella esté Dios, algo así como Dios interviniendo en la historia; o, más bien, que todo sea una creación cultural humana, como se esboza por otros.

Pero lo que es completamente cierto es que nos movemos en un entorno cultural que ha tenido y tiene en cuenta los principios, las costumbres, las normas y la cultura que se deriva de las Sagradas Escrituras y de la tradición sobre las mismas.

Actualmente, pensamos como lo hacemos, porque hemos nacido en Europa o América, y nos hemos embebido de la cultura judeocristiana occidental. Creencias basadas en suposiciones erróneas (para los creyentes son hechos reales) han programado nuestro pensamiento a través de las costumbres, aunque estas se hayan secularizado. No tenemos más remedio que admitir que la costumbre bíblica es lo que es justicia para nosotros o, dicho más exactamente, algunas de las costumbres y normas bíblicas han conformado nuestra actual forma de ver la justicia.

Pero nos ha ido bien. La cultura occidental ha triunfado sobre otras culturas; nuestros países, por las armas, por los genes o por los gérmenes han invadido, conquistado y dominado a otros países[1]. ¿Es eso justo? ¿Qué justicia superior podría consentir una historia humana en la que sólo el poder, la dominación y la fuerza han tenido acción directa sobre la historia? Todo ello a costa de la muerte de millones y millones de otros seres, los dominados. Pero esos dominados, algunos, tuvieron tiempo de reproducirse y puede llegar la venganza como alguien señala[2] mediante el choque de culturas y civilizaciones[3] aunque Zapatero haya inventado, digo yo, la alianza de civilizaciones.

 

A nivel individual la sabiduría que destilan las Sagradas Escrituras nos beneficia, especialmente, cuando ponemos en vigor en la práctica las normas y las costumbres que se derivan de ellas. Las leyes y los códigos rezuman conceptos, normas e instituciones bíblicas. Una de las 600 normas de La Ley (la Torá) dice “y tendrán que vivir por ellas”[4] como en efecto así sucede cuando se ponen en práctica, porque parece que hacerlo da buenos resultados para el individuo, para su propio éxito individual así como para la vida familiar y para las relaciones con otros. Las normas de justicia, bondad y misericordia retribuyen: Aunque quizás alguien señale que habrá que tener presente la idea de Maimónides que expresó al traducir “que si el hombre los practica vivirá por ellos”, el versículo citado, en su Epístola sobre la conversión forzosa, en el sentido de que deben ser una ayuda para la vida, no la causa que haga que uno muera, lo que permite el renegar de la creencia para salvar la vida.

 

Pero, por otra parte, si no fuera cierto que el concepto de justicia es algo dado desde arriba ¿por qué estamos interesados en mantener la religión?, ¿por qué, por interés o sin él, la religión organizada perdura? Porque la religión es cultura. La religión ha sido el almacén de la cultura y de las costumbres y, además, la práctica de los principios religiosos está de acuerdo a los últimos descubrimientos de la ciencia.

De una profunda investigación (Véase “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”  Federico M. Rivas García, Editorial Tirant Lo Blanch, 2009) se deduce que la cooperación retribuye; que el buen comportamiento produce resultados; que el altruismo nos ayuda a tener éxito; que el compartir nuestros bienes nos proporciona un seguro para cuando no tengamos; que la reciprocidad nos mantiene en el grupo; de modo que la costumbre y la moral de los pueblos puede ser derivada de todo ello, el concepto de justicia se materializa en hacer, dar y comportarse de acuerdo con lo acostumbrado.

Los que vivimos actualmente y nos hemos reproducido tenemos claro que hemos tenido éxito evolutivo, pues aquí estamos, pero ¿cuál ha sido el factor clave? La cultura, que comenzó con las costumbres que practicamos basadas en los principios del judeocristianismo, cuya racionalidad práctica está fuera de toda duda.

Atendiendo pues a esos principios, deberíamos enfrentarnos a los retos que tenemos delante (envejecimiento de la población por la baja tasa de natalidad; inmigración casi descontrolada que entra en Europa por necesidad; terrorismo que somete y destruye culturas con su historia, así como conciencias, vida y haciendas individuales) con la convicción de que gracias a nuestra cultura occidental asimilaremos y saldremos con éxito de este problemático período[5].

Sintámonos contentos, seguros y orgullosos, pues somos los que constituimos la vieja Europa, la que ha dado a luz la cultura que más éxito ha tenido.

[1] Diamond, J. Armas, gérmenes y acero. Primera edición, Debate, Madrid 1998.; Cavalli-Sforza, L. L. Genes, pueblos y lenguas. Crítica, Barcelona, 1997.

[2] Huntington, Samuel. El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, primera edición, Paidós, Barcelona, 1997.

[3] Cosa que hoy después de un 11 de septiembre de 2001 en EE.UU. y un 11 de marzo de 2004 en Madrid, o de lo ocurrido en Londres en 7 de junio de 2005, todavía parece más probable que cuando Huntington escribió su obra, no hace mucho tiempo.

[4] Levítico 18:5.

 

[5] “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”  Federico M. Rivas García, Editorial Tirant Lo Blanch, 2009

DE LA INMIGRACIÓN A LA FILOSOFÍA

De la inmigración a la filosofía

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

21.06.2015

 

Un lector de “Mi punto de vista” me ha planteado dudas respecto a mi artículo reciente sobre “Inmigración e integración” en forma de preguntas, con la petición de que ayude a resolverlas:

Me dicen:

  • ¿no puede haber principios “superiores”, ínsitos en el hombre, no creados por él, que informen constantemente esa justicia humana impidiendo que se desvíe del fin último?
  • ¿no es contradictorio exigir la adaptación del extranjero a lo local (principio cada vez más extendido y aceptado socialmente), cuando esa pretensión puede suponer un principio de no aceptación del otro, del diferente, lo que a su vez tampoco está aceptado por nuestra justicia actual?”

Pues me encanta aceptar el reto de responder, de modo que me pongo a ello.

Negando la mayor, en forma de pregunta prudente y respetuosa se me habla de…

Principios superiores, ínsitos en el hombre, no creados por él.

A esta primera cuestión digo que poder haber unos principios ‘superiores’, ínsitos en el hombre, efectivamente, los puede haber. Porque no es contrario a la lógica que los hubiera. Pero de lo que se trata no es de fantasear, de imaginar todas las posibilidades que no repugnen a nuestra lógica o razón, pues se pudieran imaginar muchas más y nos perderíamos en la dialéctica.

Lo que se trata es ver si hay algún hecho, alguna prueba, o algún elemento, que nos induzca, al menos, a pensar, finalmente a creer que los hay. Eso sólo sería una creencia, como efectivamente profesan miles de millones de personas, pero a las creencias (y todos tenemos, y nos las formamos; yo también) no llegamos a través del método científico.

Pero de la psicología evolutiva, de la neurociencia, del conocimiento actual del hombre, no se deduce que haya nada intraconstruido en el propio hombre proveniente de “arriba” (supongo que por eso los llama superiores), hablando claro, proveniente de Dios, que informe constantemente la justicia humana y que impida que ésta se desvíe del fin último. Fin último (en el sentido, supongo, de cumplimiento del designio de Dios) que también rechazo. El fin último y único fin del hombre, científicamente hablando, es mantener la vida, sobrevivir y dejar descendientes aptos que también tengan éxito en sobrevivir y en dejar, a su vez, descendientes aptos, y así sucesivamente. Y esto se puede conseguir con la bondad, con el altruismo, con la cooperación y no con la confrontación (véase mi libro La génesis de la Justicia: Entre la naturaleza y la cultura, Tirant Lo Blanc. Valencia 2009).

 

Ahora ya más directamente, se aduce contradicción cuando se pide..

La adaptación del extranjero a lo local, podría suponer un principio de no aceptación del otro, del diferente.

 No. Si la justicia, como sostengo en mi tesis, es la adaptación con justeza, con exactitud a las costumbres del grupo en el que estoy y el no hacerlo no es justicia, y por lo tanto comporta estar contra las normas del grupo, está claro que es justo no aceptar las costumbre del otro que viene a nuestro grupo, que chirríen y sean causa de fricciones dentro del grupo.

Por el contrario es injusto que el que viene no se adapte, tan injusto como si uno de nosotros dentro del grupo nos apartamos de la costumbre, de la moral y no practicamos lo que justamente se espera de nosotros.

Si como se me pregunta eso podría suponer un principio de no aceptación del otro, digo que no es tanto del otro, como de todos, incluidos los del grupo que se apartan de la recta senda.

 

Y cuál es la recta senda: nuestras costumbres (nuestra cultura occidental, judeo cristiana), que han funcionado, que nos han permitido sobrevivir y tener éxito en dejar descendientes aptos, que forman un grupo que tiene éxito, y que se convierten en costumbres inveteradas por el tiempo transcurrido, y la costumbre es la moral, y de ambas el derecho y la justicia.

 

 

Las ONGs y la corrupción

Las ONGs y la corrupción

26.02.2012

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

Es lamentable pero esta semana hemos sido sorprendidos por la desagradable noticia de la detención de 14 personas por corrupción. Algunos responsables de ONGs, otros asesores de las mismas y una gran parte funcionarios o personas de confianza del Gobierno Valenciano que otorgaban las subvenciones en connivencia. Dinero que tendría que haber ido a cooperación internacional con países en desarrollo se quedó en el patrimonio personal de desaprensivos, más bien, ladrones. Esperaremos finalmente a saber con detalle lo ocurrido, pero no creo que en mis afirmaciones hasta aquí haya errado. El que sí que yerra es el estado, pues es el que tiene responsabilidad por el uso fraudulento de fondos por parte de las ONGs y de quienes los asignan si son públicos, porque la tutela de las Fundaciones y Asociaciones con fines no lucrativos compete al estado. A la vista está que son imprescindibles auditorías profesionales para las ONGs, pues hay muchas posibilidades y oportunidades para los corruptos que asignan o administran fondos. ¡Qué lástima! demasiados nos engañan con las ONGs haciéndonos creer que son altruistas, cuando lo que hacen es aprovecharse para vivir, tener un trabajo, más bien una aventura, pues eso de viajar y quedar como bueno y fotografiarse con niños o mayores en estado de necesidad, desahuciados de la vida, da mucho caché. Demasiados nos engañan también con retribuciones que perciben de las organizaciones sin ánimo de lucro para ellas, pero sí para quienes las dirigen, o directamente robando fondos. ¿En qué deja a las personas verdaderamente altruistas y a las organizaciones que de verdad se preocupan por mejorar el mundo? En muy mal lugar, pues injustamente los donantes sinceros piensan que son todos iguales. Otra cosa, ¿quiénes son los que pedían el 0,7 % para ayuda al desarrollo? Los que se apuntaban al carro de la publicidad del altruismo, los que querían tener dinero para administrarlo de mejor o peor manera, los que con eso conseguían poder. Y también algunos honestos que se desvelan por otros. Pero dada la situación espero que nadie vuelva a hablar del 0,7 % para ayuda al desarrollo porque pensaré que quiere aprovecharse mediante la corrupción. ¿Entonces es que quiero decir que no hay que ayudar a los desfavorecidos? Ciertamente no, sino que hay que hacerlo, pero hacerlo de modo que nadie se aproveche incorrectamente. Por eso la ayuda al desarrollo de países extranjeros hay que hacerla de un modo que asegure el buen uso de los fondos, intergubernamentalmente o a través de la ONU. Aun así esto no asegura nada, pero parece que haya más control. Por otra parte, como he dicho, el estado tiene responsabilidad por el uso fraudulento de fondos por parte de las ONGs. No debe dejar de asumir su responsabilidad. La corrupción al asignar o administrar fondos en las ONGs es como la pederastia en la Iglesia. Nos desanima y desmoraliza profundamente. Habrá que hacer un esfuerzo para controlar y perseguir a los corruptos.

Uno de cada cinco españoles son caraduras

Según Javier Elzo, reputado sociólogo, citado por El Mundo, uno de cada cinco españoles es “un caradura de toda la vida”. El artículo  se titula “Corrupción en España, once caraduras para el 2011” del número 844 de Crónica, del 18.12.2011.

Se señala que según una encuesta del canal Fox:

  • El 83,1 % miente al decir que están enfermo para saltarse el trabajo.
  • El 67,5 % se ha ido alguna vez de un bar sin pagar.
  • El 26,3 % consume productos en los supermercados sin abonarlos.

Si estos datos son exactos estamos ante una dura realidad. Me avergüenzo de que así sea. Me parece increíble que los españoles tengamos tanta “jeta”.

¿Nos hemos planteado alguna vez la fuerza y el valor de la honestidad; o la maldad y el daño que produce la corrupción? ¿Queremos ser dignos de confianza o ser desleales y mentirosos?

No estoy tratando de moralizar, ni de hablar de las bondades de la religión. Lo que digo es que en nuestra cultura judeo-cristiana el valor de la verdad, la honestidad y el esfuerzo ha llevado a occidente al estado del bienestar, a un lugar elevado de desarrollo y de justicia. Otras culturas que priman la trampa, el engaño, el regateo, el timo, ya veis dónde están.

No quiero decir que aquí no haya tramposos como el Lazarillo de Tormes.

Lo que digo es que aquí está mal visto: uno no debe mentir, ni engañar ni estafar, pues si lo haces y te descubren has perdido toda la credibilidad, además de la sanción, penal en su caso, o de retirarte la amistad y el extrañamiento (nadie quiere estar, ni hacer negocios, con un tramposo).

Y lo que digo también es que allá: la mentira, el engaño, la trampa y la estafa, les parece un signo que identifica al despierto, al listo, de modo que se valora.

¿Queremos ser un país tercermundista?

Pues apliquemos el ejemplo y tengamos en alta estima los valores de la honestidad, la veracidad, el esfuerzo; e inculquémoslos en nuestros hijos y nietos. Con ello nos iremos elevando, como nación, en la lista de Transparencia Internacional mundial. En 2004 estuvimos en el puesto 23 con una nota de 7,1 puntos; hoy estamos fuera de los 30 primeros con una nota del 6,2.

La virtud, el sentimiento moral y las emociones que ayudan a la confianza

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

Vistos los diversos artículos añadidos por mí en este blog hasta aquí, queda claro que, parece que el sentimiento moral, la obligación moral, que restringe y encamina a uno al comportamiento moral es, precisamente, una estrategia para adelantar los intereses de los propios genes[1]. Aunque esa restricción se basa en el empleo automático de un elemento cerebral que emplea inferencias especializadas para encontrar violaciones de los acuerdos o contratos[2] de intercambio entre dos partes, pues, como especie, parece que somos la única que es consciente del análisis costo-beneficio de los intercambios. Pero también entran en la discusión las emociones, que son fuerzas profundamente irracionales[3], que no pueden ser explicadas por el propio egoísmo, que tienen que haber evolucionado, como cualquier otra cosa en la naturaleza humana, al existir en ellas alguna utilidad para algún propósito; y los sentimientos que no son, en modo alguno, intangibles, sino claramente relacionados con procesos somáticos y hormonales, y que son prácticamente coincidentes con las emociones[4]. Robert Frank argumenta que los seres humanos que permiten que, en lugar de la racionalidad, sean sus emociones las que gobiernen sus vidas pueden hacer sacrificios inmediatos, pero, a largo plazo deciden escoger lo que les beneficia su bienestar actual. Los sentimientos morales, nombre que Frank da a las emociones, son instrumentos que han resultado ser útiles para resolver problemas, para hacer que las criaturas altamente sociales tengan ventajas a largo plazo para sus genes, derivadas de las relaciones sociales. En ello entra el concepto y el problema del compromiso[5].

La reflexión aquí es sobre el hecho de que, para conseguir recibir a largo plazo el premio de la cooperación, se requiere ir más allá y vencer la tentación del egoísmo a corto plazo, y también convencer a otros de que uno está comprometido[6] a seguir tal curso. Ahí entran las emociones; aunque parezca extraño usamos las emociones para hacer más creíbles nuestras expresiones y compromisos.

En esta vía de razonamiento tenemos que decir que las emociones alteran las recompensas de los problemas de compromiso, trayendo a la consideración presente costes distantes que podrían, quizá, no haber sido tenidos en cuenta en el cálculo racional. Las emociones ayudan, identifican, enfocan la cuestión. Por ejemplo, el furor disuade a los transgresores; el castigo hace penoso el estafar; la envidia representa egoísmo; con el desprecio se gana respeto; la vergüenza castiga; la compasión produce compasión recíproca; y el amor nos compromete a una relación.[7]

Las emociones de la gratitud y de la simpatía son calculadas. Sabemos, por experimentos, que la gente está mucho más agradecida por actos de cortesía que sean realmente un esfuerzo para el que los hace, que aquellos que son fáciles de hacer. También sabemos del resentimiento que provoca un acto de generosidad no solicitado cuya intención no es ser amable sino provocar un sentido de obligación de hacer otro de vuelta.

De modo que el modelo de compromiso toma al altruismo como una inversión, o un stock llamado confianza que paga dividendos mediante la generosidad de otros. Lejos de los seres verdaderamente altruistas, las personas cooperativas meramente miran a su egoísmo a largo plazo, más bien que a corto plazo. En el centro de la idea de Frank está el que los actos de genuina bondad son el precio que pagamos por tener sentimientos morales, sentimientos que tienen valor, porque dan oportunidades en otras circunstancias, en el futuro.

Pero también podemos hablar de genuina bondad en los casos de dar una donación anónima, por ejemplo, para caridad, o el voluntariado, máximo exponente del deseo emocional (aunque en algún caso también tenga propósitos racionales de conseguir poder y trepar) o el ir a trabajar en un campo de refugiados o de huérfanos en Ruanda. Estos actos no son, ni a largo plazo, egoístas o racionales. Son simplemente el resultado de unos sentimientos o emociones diseñados para otro propósito, para conseguir confianza, para conseguir que confíen en uno[8], por medio de demostrar la capacidad de uno para el altruismo, que es lo mismo que decir que uno hace cosas buenas a fin de ganar prestigio, o para conseguir compensación directa o indirecta más tarde mediante la reciprocación.

La cólera, el miedo, la culpa, la sorpresa, el disgusto, el desprecio, la tristeza, la pena, la felicidad son, todos ellos, sentimientos o emociones que se reconocen universalmente, no en alguna cultura, sino en todas. Así, el identificar las emociones beneficia en que permite confiar para trabajar en sociedad, conociendo al socio, amigo o compañero de grupo en tiempo real, en el momento. Vemos su reacción a causa de sus emociones, reconocemos sus sentimientos, y esto nos da seguridad.

Es verdad que hay oportunistas y el serlo es una ventaja para ellos, en tanto en cuanto, no sean identificados como tales, pero también es una ventaja ser identificado como no oportunista, es decir, como ser honesto, como siendo altruista. A pesar de que, en general, en la gente existe un estricto sentido de oportunismo, lo cierto es que, cuando la gente suele ser generosa, lo es por una obsesión de reciprocidad.

Lo que digo significa que la moralidad y otros sentimientos o emociones retribuyen. Cuanto uno más actúa sin egoísmo y con generosidad tanto más recibe los beneficios de la cooperación de otros, de la sociedad. Efectivamente, la honestidad es la mejor política para las emociones. De modo que hay que enseñar a los hijos a ser buenos, pero no porque sea más costoso, difícil o superior[9], sino porque a largo plazo resulta en beneficios. De acuerdo con esto Kagan[10] señala que son las emociones, más bien que la razón, lo que motivan a los humanos. El deseo de escapar al sentimiento de culpa es un deseo humano universal, dice Kagan, común a todos los pueblos y culturas; y, aunque, las clases de asuntos que pueden causar sentimiento de culpabilidad varían de una cultura a otra, la reacción a dicho sentimiento es la misma en todo el mundo. Kagan continúa señalando que la moralidad requiere una capacidad innata para la culpa y la empatía, algo de lo que los niños de dos años de edad adolecen.

Pero, ¡atención!, como la mayor parte de las capacidades innatas (lenguaje o, por ejemplo, buen humor), también la moral de uno puede ser sobrealimentada o suprimida por diferentes clases de educación. Los sentimientos – dice Kagan – no la lógica, son los que sostienen el súper-ego. Las emociones son dispositivos mentales para garantizar el compromiso.[11]

Ridley sostiene[12] que mientras universalmente admiramos y alabamos la falta de egoísmo, no esperamos que esta actitud rija, totalmente, nuestra vida o las de nuestros cercanos. Dice que, simplemente no practicamos aquello que predicamos. Esto – añade – es perfectamente racional, “porque cuanto más practiquen otros el altruismo, mejor para nosotros, pero cuanto más persigamos nosotros o nuestros allegados el egoísmo, mejor para nosotros. Este es el dilema del prisionero. También, cuanto más prediquemos a favor del altruismo, mejor para nosotros.” Algo así como pensar que lo mejor para nosotros es que todos hagan lo que decimos aunque nosotros mismo no lo hagamos.

Otra hipótesis que hay tener en cuenta es la de Hirschleifer[13] y colegas, que proponen lo que denominan ‘cascada informacional’ la cual explican indicando que cada persona que toma una decisión tiene en cuenta dos tipos diferentes de fuentes de información: Una es su propio juicio independiente; y otra es lo que otros han decidido[14], pues si los otros han sido unánimes en su decisión, entonces la persona puede llegar a ignorar su propia opinión en favor de la del rebaño (es decir, la de otros). No hay duda que esto es, como dice el título de su libro, como si un ciego guía a otro ciego.

Podemos decir, pues, que las emociones provocan y generan sentimientos morales; que esos sentimientos morales generan actos y comportamientos que provocan confianza; y que la moral tiene su origen pleno en el egoísmo, porque los virtuosos son virtuosos por la exclusiva razón de que ello les permite juntar fuerzas con otros que son virtuosos para mutuo beneficio. Y una vez los cooperantes se segregan ellos mismos del resto de la sociedad, una fuerza nueva de evolución entra en acción: una que hace medir las fuerzas de un grupo contra otro, en lugar y además de un individuo contra otro.

Los humanos son las criaturas más colaboradoras, pero también las más beligerantes, cosa que es el lado oscuro de ser criaturas sociales. Aunque, también existe el lado brillante, que es el intercambio o comercio. En efecto, los humanos son criaturas que intercambiaron bienes desde que alcanzaron suficiente inteligencia. Pero como, en efecto, el comercio precede al derecho, que nadie se apesadumbre por el castillo de cartas de la moral o ética (en el sentido actual, como elaboración de apoyo al sistema religioso) que amenaza derrumbe. Positivamente, el gobierno, el derecho, la justicia y la política no son solamente más recientes en su desarrollo que el comercio, sino que han seguido al intercambio y al comercio, han ido detrás de él.

Por otra parte, el comercio ha ido detrás de la ecología a la que se la puede mirar como la primera religión, pues el respeto a la tierra se ve no sólo bueno, sino como un tipo de virtud moral, aunque por el egoísmo, por la necesidad de explotar, de aprovecharse, de extraer de la tierra lo necesario (y más), para el sostén de la vida, no sea lo que practiquemos individualmente. Pero sabemos que si contaminamos, si agotamos los recursos, finalmente nos perjudicaremos individualmente. De nuevo el dilema del prisionero. De modo que enseñamos la ética medioambiental a pesar de la naturaleza humana, no en concierto con ella; pensamos que ser bondadosos con la tierra nos beneficiará más.


[1] Nesse, Randolph. “Commentary in Wilson, D.S. and Sober, E. Reintroducing group selection to the human and behavioural sciences”. Behavioral And Brain Sciences 17:585-654, según cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 126.

[2] Otro concepto jurídico a tener en cuenta, pues desde el inicio del intercambio social había que evaluar el equilibrio del mismo, como dijimos, pero también sancionar las violaciones de los acuerdos.

[3] Frank, Robert. Passions within Reason, Norton, New Cork, 1988, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 133.

[4] Damasio, Antonio R. El error de Descartes, Editorial Crítica 2003.

[5] Compromiso: otro concepto jurídico en los albores de la humanidad que condiciona la generación del concepto de justicia.

[6] Compromiso que se puede romper, que se puede no mantener e incumplir parcial o totalmente. Eso está mal, no se tolera, se aplican sanciones. Aquí también interviene el concepto de justicia.

[7] Nótese que yo también uso los términos ‘emoción’ y ‘sentimiento’ con significado intercambiable.

[8] La fides romana, el fideicomiso y muchos otros conceptos jurídicos se desarrollaron de ese deseo de tener una inversión hecha en bondad para conseguir confianza que, sin ninguna duda, compensará en el futuro.

[9] No porque haya que cumplir una norma superior, divina. Ni, tampoco, porque si no lo hacemos tendremos un castigo divino. Sino porque es lo mejor para nuestros hijos y para nosotros. La bondad funciona, es útil, retribuye.

[10] Kagan, Jerome. The Nature of the Child, Basic Books, New York, 1984, Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 142.

[11] Hay una pequeña parte del lóbulo pre-frontal del cerebro humano que en el caso de ser dañado provoca que uno se convierta en un loco racional. Esos individuos no mantienen sus trabajos, pierden sus inhibiciones y llegan a ser paralizadamente indecisos, porque, literalmente, han perdido sus emociones. Es el caso del accidente ocurrido a Phineas P. Gage, citado por Antonio R. Damasio en El error de Descartes, Crítica, en el inicio de su trabajo.

[12] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 145.

[13] Hirschleifer, D. The blind leading the blind: social influence, fads and informational cascades. In: The New Economics of Behaviour (ed. Tommasi and Ierulli), Cambridge University Press, Cambridge, 2004, chapter 12, p 188; Bikhchandani, S., Hirschleifer, D. and Welch, I. 1992 según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 184.

[14] Lo que es común y, por lo tanto, quizá lo que ya ha devenido en costumbre.

La aparición de la división del trabajo, los deberes y la vida en pareja. Acaparar es tabú, compartir o regalar es un arma

 

En las organizaciones, la autoridad, actualmente, no fluye sólo de arriba hacia abajo, sino también al contrario y lateralmente. Esto es lo que indica Fukuyama[1] al señalar que la especialización y la división del trabajo llevan a los miembros del grupo a someterse, no sólo a los jerárquicamente superiores, sino, incluso mucho más a los que poseen formas especializadas de conocimiento.

Esto es así entre los humanos hoy, en armonía con lo cual, algunos también creen que los chimpancés no cazan por razones nutricionales, sino por razones sociales y reproductivas, porque si una hembra que va en la partida comienza a estar en el estro, entonces los machos comienzan una cacería. Los que de ellos han cazado alguna pieza, preferentemente querrán dar algo de ella a la hembra en celo y, sorpresa, sorpresa, la hembra probablemente querrá tener cópula con los machos que son más generosos con la carne. Así que el alimento se reparte por los machos con las hembras receptivas en intercambio de sexo.[2]

El patrón de seducción por el alimento puede haber sido el origen de compartir el alimento en los seres humanos, pero ha evolucionado en algo mucho más fundamental y crucial, una institución económica que es una parte vital de todas las sociedades humanas: la división sexual del trabajo. Un hombre podía ir a por caza para luego compartir la carne con su esposa, la cual compartía los vegetales, que ella había recolectado, con su marido. Ambos y sus hijos estaban mucho mejor alimentados y la división del trabajo había comenzado. Cada mitad del par de intercambiadores estaba mejor que por sí sola. La mujer podía haber recolectado raíces, frutos y nueces para los dos, mientras él había cazado un cerdo o un conejo, y todo ello daba una mezcla de proteínas y vitaminas, muy rica.

La división sexual del trabajo no es un síntoma de prejuicio. Ocurre en las sociedades más igualitarias. Los antropólogos están virtualmente de acuerdo que los cazadores recolectores eran menos sexistas que los granjeros y agricultores, y las mujeres estaban menos dominadas, pero también están de acuerdo en que existían diferentes papeles para mujeres y para hombres. En efecto, parece que hay un tabú en que las mujeres porten o fabriquen armas, equipo de caza, e incluso que acompañen a los cazadores; pero parece más improbable que el tabú causó la división del trabajo que al contrario. Tampoco es suficientemente convincente decir que la división del trabajo sexual es un reflejo de la biología, con las mujeres confinadas a actividades lentas o menos distantes por su embarazo y por los hijos a los que tenían que cuidar. Más bien, la invención de la división del trabajo fue un avance económico a causa de que los humanos podían explotar dos diferentes especializaciones, y el resultado era mayor que la suma de sus partes. Es exactamente el mismo argumento que para la división del trabajo entre las células del cuerpo.

Es por eso que la aparición, altamente probable, del matrimonio y de la familia nuclear, dentro de la tribu, fue simbiótica con la distribución de alimento. Los hombres hubiesen estado muy mal si sólo se hubiesen podido alimentar de carne, pero pongamos a la mujer recolectando frutos vegetales, añadamos la posibilidad de cocinarlos, que es una forma de digestión previa de dichos vegetales que de otro modo no podríamos digerir ni utilizar y, entonces, hemos encontrado un nicho viable para una gran cantidad de hombres en la sabana. Y esto es mucho más importante en los trópicos donde el almacenamiento de carne es inviable.

En efecto, de acuerdo con el resultado de un cálculo, que cita Matt Ridley[3], los cazadores que juntan las piezas de caza para ser repartidas reducen la variabilidad en su dieta en cuanto a cantidad, en un ochenta por ciento[4] con respecto a los que no la juntan. Esta es la hipótesis de reducción del riesgo como razón para la distribución o compartir[5] el alimento[6].

No hay que descartar el papel de la química en la formación de parejas, pues nos enamoramos o, dicho de otro modo, nos apegamos y adherimos emocionalmente a nuestra pareja cuando actúan la oxitocina y la vasopresina en nuestro cerebro. Ridley indica[7] que los seres humanos son básicamente monógamos, que suelen ejercer un cierto cuidado paternal, que las uniones de pareja suelen ser a largo plazo y exclusivas, y que nos unimos[8] (incluso ciega y automáticamente) a quienquiera que se encuentre más cerca cuando los receptores de oxitocina de la amígdala medial sienten un cosquilleo, cosa que puede ocurrir con una experiencia sexual, incluso casta. En una palabra, naturaleza más entorno; un instinto que se desencadena por medio de un objeto o un suceso externo. No una norma divina.

Por su parte Richard Wrangham[9] a la vista de los hechos que señalan que el control del fuego se remonta a 1,6 millones de años, y que el acortamiento de los dientes de los antepasados humanos y el crecimiento del cuerpo de las mujeres se remonta a 1,9 millones de años, da como explicación para el emparejamiento humano que la comida se cocinaba y se digería con más facilidad; pero cocinar exige recoger alimentos, llevarlos al lugar de cocción y prepararlos, lo que da abundantes oportunidades para el robo. Puesto que los hombres eran más fuertes que las mujeres en aquella época, éstas para evitar los latrocinios tuvieron que adoptar alguna estrategia que los impidieran y la mejor fue, sin duda, crear algún vínculo permanente, cada una de ellas con un solo varón. Los hombres cada vez más monógamos dejarían de competir mutuamente con fiereza para conseguir cópulas, puesto que se le ofrecían las necesarias en la vida de pareja; los hombres pudieron ir reduciendo su tamaño y la diferencia entre los sexos comenzó a recortarse hace, precisamente 1,9 millones de años. El resultado final fue la división sexual del trabajo; los hombres la caza, para la que tienen más habilidades[10] y las mujeres la recolección por la que muestran más interés y habilidad; nicho ecológico que combina lo mejor de ambos y lo mejor del alimento, proteínas de las carnes y seguridad y continuidad del alimento vegetal.

Ya hablamos en otro post del fuerte rechazo hacia el acaparamiento. Dijimos que acaparar es tabú, que, por lo contrario, la distribución, el intercambio y el compartir es mandatario; y que este tabú es como un seguro social. Pero hay muchos más argumentos respecto de las ventajas que resultan de compartir, por parte de los cazadores recolectores, la carne que consiguen. Kim Hill mantiene que es un asunto de reciprocidad en el cual el repartidor recibe un pago directo por su generosidad. Kristen Hawkes considera que este pago es mucho más intangible y que el repartidor busca un reconocimiento general social por su comportamiento.[11] No obstante Hawkes considera que la repartición es poco menos que el robo tolerado. La razón por la que una persona comparte alimento con otra puede ser el cálculo bien hecho en cuanto a reciprocidad, pero también puede ser porque está presionado por la costumbre de la comunidad, que considera tabú el acaparar, o intimidado por el poder de aquel con quien comparte.

En relación con esta última situación nos interesa también considerar el reparto como un regalo, un regalo que se hace, en parte, a fin de ser amable a otros; también se hace para proteger la propia reputación como generoso del compartidor; y finalmente para poner al receptor bajo una obligación de estar a la recíproca, que lleva a tener un seguro para el futuro o un arma para el presente, porque, en efecto, los regalos pueden llegar a convertirse fácilmente en sobornos. De cualquier modo en el pueblo, o en la tribu, era necesario ser bondadosamente exacto al evaluar el regalo pues éste tiene claramente la intención de ser reciprocado en una exacta[12] proporción.


[1] Fukuyama, Francis., La construcción del Estado, traducción de María Alonso, primera edición, Ediciones B, Barcelona, 2004, p 84.

[2] Véase la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 91 sobre C.B. Stanford, J. Wallis, E. Mpongo y J. Goodall, “Hunting decisions in wild chimpanzees”. Behaviour 131:1-18.

[3] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 102.

[4] El cálculo se hizo para seis cazadores.

[5] Aquí está el origen de la bondad, no en las normas morales dadas desde la divinidad. La especie humana aprendió que nos va mejor siendo buenos, compartiendo el alimento.

[6] Winterhalder, B. “Diet choice, risk and Food sharing in a stochastic environment”. Journal of Anthropological Archaeology 5:369-92 según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 102.

[7] Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 59 y siguientes.

[8] En matrimonio monógamo. No norma dada desde la divinidad sino necesidad imperiosa, instinto activado por el sistema de impronta. Eso es lo justo y moralmente aceptable.

[9] Wrangham, R. Según explicación de Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 32.

[10] Incluidas las espacio-temporales.

[11] Hawkes, K. “Why hunter-gatherers work: an ancient version of the problem of public goods”. Current Anthropology 34:341-61, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 109.

[12] Nos hallamos ante la proto-valoración o evaluación jurídica, que hay que hacerla con exactitud, con justeza o justicia.

La reciprocidad y los primeros moralizadores

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa en ellos que frecuentemente cooperan. La razón que él arguye que se halla detrás, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) con el que se denomina un mecanismo para la generación de cooperación entre individuos no relacionados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

La principal condición que se requiere para el funcionamiento del tit-for-tat es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno. Sí, la reciprocidad puede perder o ganar una batalla pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4] perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Pero el juego de la vida no siempre se lleva a cabo de dos en dos. También de más en más. Pero aun siendo de dos en dos, las parejas de ‘reciprocadores’ no son siempre las mismas. La posible reciprocidad se puede dar con muchos y diferentes compañeros, en diversas ocasiones. Por lo tanto es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Rob Boyd[7] señala que, una estrategia recíproca de esto por aquello (tit-for-tat) es inadecuada, no es suficiente, para explicar la cooperación en grandes grupos. La razón es que, una estrategia de éxito, en un grupo grande, debe ser completamente intolerante, incluso, de pocas defecciones, de otro modo, esos que van por libre vivirían a costa de los mejores ciudadanos[8], por eso hay que hacerles difícil a los “free-riders” estar junto a los que sí actúan con reciprocación en el mismo lugar. La reciprocación, entonces, debe evolucionar de modo que haya un mecanismo de punición[9] para los traidores en su defección. Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos.

Esto nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ningún defección antes, para poderles engañar. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.


[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

[7] Boyd, Rob. The evolution of reciprocity when conditions vary. En: Coalitions and Alliances in Humans and Other Animals, Oxford University Press, Oxford, 1992, Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 183.

[8] En esta necesidad tenemos, probablemente, el origen de las normas que se mantienen en el grupo compulsivamente por la fuerza.

[9] Punición, por el delito cometido, aplicación de la fuerza contra el trasgresor.