El futuro de la economía

EL FUTURO DE LA ECONOMÍA

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

27.09.2015

 

En España, el año 2013 los ingresos medios anuales declarados por los asalariados fueron de 9.012 euros, por los autónomos de 18.787€ y hubo 533.083 contribuyentes que declararon entre 60.000 y 150.000€; por su parte 58.571 contribuyentes declararon entre 150.000 y 600.000 euros anuales y finalmente 4.553 declararon que percibían rentas superiores a 600.000 euros anuales.

 

Efectivamente el IRPF se ha quedado sin ricos, o mejor dicho, sin que los que, siéndolo, ya no se declaran como ricos, debido a que usan ingeniería fiscal que les permite una mejor eficiencia en la disminución de la tributación. A mayor crisis y pobreza, a mayor necesidad de ingresos tributarios, más pocos tributan más. ¿Acaso será que también la crisis les ha afectado? Aunque según los datos parece que es lo contrario, que los ricos cada vez son más ricos y la brecha con los pobres y con la clase media se hace, cada vez, más amplia. Un menor porcentaje de población cada vez posee un mayor porcentaje de la riqueza total.

 

Ciertamente que corrupción, guerras y crisis migratoria no dejan tranquilos a gobernantes y a instituciones tener tiempo para dedicarlo a la resolución de la absolutamente injusta distribución de la riqueza. Pero, ¿creen ustedes que habrá algún momento adecuado para estudiar, debatir y consensuar una política de mejor distribución de la riqueza?

 

Parece que pocos han leído a Piketty y los que lo han hecho se han olvidado de sus propuestas que recordemos que son:

 

Un impuesto sobre los ingresos mucho más progresivo, más tramos altos y con tipos más elevados, especialmente los marginales.

Ello implica más redistribución y más progresividad fiscal, y no es una cuestión técnica sino eminentemente política y filosófica, sin duda, la primera entre todas. El objetivo es repensar la tasa marginal superior del impuesto progresivo sobre los ingresos, de modo que sea más progresivo, tasa o tipo marginal, que según Piketty debería ser superior al 80 % en los países desarrollados, para ser aplicado a las rentas observadas a nivel del 1 % o del 0,5 % de las personas con ingresos más elevados. Es decir, aplicado a niveles de 500.000 dólares o 1 millón de dólares de remuneración anual. Aunque con poca recaudación, cumpliría su objetivo de limitar drásticamente las remuneraciones tan elevadas. También habría que aplicar, según Piketty, tipos del orden del 50 – 60 % en remuneración por encima de 200.000 dólares anuales.

 

Un impuesto progresivo mundial sobre el capital.

Para que la democracia pueda retomar el control del capitalismo financiero globalizado de este nuevo siglo, hace falta inventar una herramienta: ésta. Y aun reconociendo que hoy todavía es una utopía, es bueno tenerla  en mente a fin de evaluar mejor lo que permiten o no otras soluciones alternativas, por lo que es necesario profundizar a nivel mundial en la transparencia financiera, y la transmisión de información es inseparable de la reflexión sobre el impuesto ideal sobre el capital.

Para fijar ideas sobre las que debatir, Piketty sugiere varios baremos:

  • Una tasa del 0% para patrimonios inferiores a 1 millón de euros; 1% entre 1 y 5 millones; y el 2% para patrimonios superiores a 5 millones de euros.
  • O mucho más progresivo, con el 5 o del 10 % para fortunas más allá de 1.000 millones de euros.
  • O se pueden encontrar ventajas de tener una tasa mínima sobre los patrimonios modestos y medios, por ejemplo del 0,1 % por debajo de 200.000 euros y el 0,5 % entre 200.000 y 1.000.000 de euros.

 

La deuda pública.

Algunos países desarrollados tienen deudas públicas muy elevadas, las cuales es conveniente reducir, y no hay modo de hacerlo más allá de implementar políticas que combinen sabiamente la inflación, la austeridad y el impuesto sobre el capital. En efecto un impuesto excepcional sobre el capital junto con la inflación pueden jugar un papel útil; de hecho, ha sido de este último modo como se han reabsorbido la mayor parte de las deudas públicas más importantes. En cambio, una cura prolongada de austeridad es para Piketty, tanto en términos de justicia como de eficacia la peor solución. Entonces, ¿qué hacer para reducir la deuda pública a cero? El impuesto extraordinario sobre el capital privado es la solución más justa y más eficaz, según Piketty. Un impuesto proporcional del 15 % sobre todos los patrimonios privados aportaría casi un año de ingresos nacionales (o PIB) y permitiría el reembolso inmediato de todas las deudas públicas, y el Estado quedaría con todos sus activos pero con una deuda cero. Cada uno contribuye al esfuerzo solicitado y se evitan las quiebras bancarias. Además no es necesario reducir la deuda pública totalmente de golpe, sino en sucesivas ocasiones.

Pero también la inflación podría tener su papel. Una inflación del 5 % anual (en lugar del 2 % de meta actual) en 5 años reduciría el valor de la deuda pública en un 15 % del PIB. Esta es una solución tentadora que ha sido usada a lo largo de la historia. No obstante, la inflación no es más que un sustitutivo muy imperfecto del impuesto progresivo sobre el capital y puede comportar un cierto número de efectos secundarioz poco atractivos, entre ellos, el descontrol de la tasa, es decir que la inflación se “embale”.

 

Es necesario debate supranacional.

No parece que a las instituciones financieras supranacionales les hayan hecho mucho efecto las conclusiones de Piketty, ni han planteado debate alguno sobre ello. Esto de dar la callada por respuesta, no es ni científico, ni profesional, ni transparente. Hace falta debate.

No se ha debatido ni sobre las ideas de Piketty ni sobre las ideas de Jeremy Rifkin con sus estudios sobre la sociedad de coste marginal cero, el Internet de las cosas (IdC), el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo tal como lo conocemos. De nuevo hace falta debate. Pero los políticos, probablemente, ni se enteran de las nuevas ideas de la ciencia económica, o no son competentes para debatirlas. No se trata de escoger entre Keynes y Hayek, sino de usar de los medios que las nuevas tecnologías nos permiten con su mercado mundial y con los actuales prosumidores.

 

He usado dos términos procomún y prosumidores que quizás no tengan un uso demasiado extendido, por lo que hace falta aclararlos. Rifkin nos explica que la convergencia del Internet de las comunicaciones, el Internet de la energía y el Internet de la logística ha dado lugar al Internet de las cosas, el IdC, un espacio en el que la productividad se incrementa hasta tal punto que el coste marginal de producción de muchos bienes y servicios es prácticamente nulo, permitiendo que se puedan ofrecer de manera casi gratuita y que dejen de estar sometidos a las fuerzas del mercado. Esto está dando lugar a una economía híbrida, casi de intercambio, en la que millones de prosumidores producen y consumen conectados a Internet compartiendo su información, su esparcimiento, su energía limpia y sus productos impresos en 3D con un coste marginal casi nulo. Casi todo es para todos a un mínimo coste, como con en el sistema económico de procomún de la antigüedad. Pero tenemos que hablar más de estas cosas.

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXV. Las desigualdades mundiales en el siglo XXI

XXV.- Las desigualdades mundiales en el siglo XXI

17.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

¿Hay alguien en las instituciones europeas o americanas que hable de ellas, de las desigualdades? Si los hay, su voz no se oye suficientemente fuerte porque se ahoga entre otros murmullos militares, políticos o económicos. Sólo en las Universidades se oyen algunas voces.

Desigualdades en los rendimientos del capital a causa de la mejor colocación en términos de tipos de rendimiento de las grandes fortunas (del orden del 6 – 7 % anual) frente a los capitales de los pequeños ahorradores (del orden del 4 % anual y hoy, mucho menos). No obstante en tanto que el crecimiento económico (que envuelve tanto el crecimiento del PIB como de la población) sea elevado, la desigualdad r > g (tipo de rendimiento mayor que crecimiento) se verá controlada y el crecimiento de los grandes patrimonios permanecerá relativamente moderado en términos relativos.

Desde los años 1980 los patrimonios a nivel mundial han progresado de media un poco más rápido que los ingresos y los patrimonios más elevados han progresado mucho más rápido que la media de los patrimonios como se ve en la tabla siguiente 12.1. En efecto los patrimonios de los más ricos han progresado del 6 al 7 % anual, contra el 2,1 % anual para el patrimonio medio mundial y el 1,4 % anual para los ingresos medios mundiales (datos netos de inflación calculada al 2,3 % anual de 1987 a 2013).

2015.05.17 Piketty T12.1

 

Traducción:

Tabla 12.1. La tasa de crecimiento de los patrimonios mundiales más elevados, 1987-2013

Tasa de crecimiento real medio anual (después de la deducción de la inflación). Período 1987-2013

Los cien millonésimos más ricos (alrededor de 30 personas adultas sobre 3 millardos en los años 1980, 45 personas sobre 4,5 millardos en los años 2010)

Los veinte millonésimos más ricos (alrededor de 150 personas adultas sobre 3 millardos en los años 1980, 225 personas sobre 4,5 millardos en los años 2010)

Patrimonio medio mundial por habitante adulto

Ingresos medios mundiales por habitante adulto

Población adulta mundial

PIB mundial

 

Nada hay que discutir del argumento en favor de una sociedad de emprendedores con sus innovaciones e invenciones que hacen fortuna. El problema es que la desigualdad r > g incrementada con la desigualdad de los rendimientos en función de la talla del capital inicial y las economías de escala, conduce a menudo a una concentración excesiva y perenne del patrimonio: aunque las fortunas estén justificadas al inicio, se multiplican y se perpetúan, quizás, más allá de todo límite y de toda justificación racional posible en términos de utilidad social y puede conducir, potencialmente, a una dinámica mundial de acumulación y reparto de los patrimonios hacia trayectorias explosivas y espirales desigualitarias fuera de todo control.

Y de esto hablamos en relación al rendimiento de los fondos soberanos en los que se mezcla el capital y la política, que nos hacen formularnos la pregunta si acaso los fondos del petróleo, o los fondos soberanos como el de la China, van a llegar a poseer el mundo. Piketty afirma que la renta petrolera puede, efectivamente, en cierta medida, permitir comprar el resto del planeta y vivir seguidamente de las rentas del capital correspondiente; lo mismo que si la China continúa su tasa de ahorro del 20 % de sus ingresos nacionales hasta 2100 mientras que Europa y América sólo ahorran el 10 %, una parte importante del Viejo Continente y del Nuevo mundo será poseída por los fondos chinos.

Las desigualdades sobre las que estamos reflexionando quedan, en parte, suavizadas por el Estado social o el Estado del Bienestar. La crisis de 2008 cuya causa, en parte, está en la desregulación, en la falta de Estado, está siendo controlada gracias a políticas pragmáticas que, no obstante, no proveen una respuesta duradera a los problemas estructurales que la han causado.

El retorno del Estado que se predica es proceder a la modernización y evitar el desmantelamiento del Estado del Bienestar. La redistribución moderna no consiste, según Piketty, en transferir riquezas de los ricos hacia los pobres o, al menos, no hacerlo de modo tan explícito; más bien consiste en financiar los servicios públicos y conseguir fuentes de ingresos más o menos iguales para todos, especialmente en las áreas de la educación, la sanidad y las pensiones de jubilación. En este último caso, el principio de igualdad se expresa por una casi proporcionalidad al salario obtenido durante la vida activa. En los otros casos se expresa en un verdadero igualitario acceso.

De modo que Piketty señala que hay que modernizar el Estado social, y no desmantelarlo. Si el acceso a las instituciones educativas, por el costo para los padres, es dificultoso, no se permite la movilidad social. De hecho la correlación intergeneracional de los diplomas y de los ingresos del trabajo no va a la baja, sino que se mantiene. La desigualdad de acceso también parece que se repite con relación a la cumbre de la jerarquía económica, especialmente en Estados Unidos y con respecto de las afamadas universidades privadas.

En cuanto al futuro de las pensiones de jubilación hay que tener presente que actualmente se basan sobre el principio de reparto: las cotizaciones sobre los salarios son inmediatamente utilizadas para pagar las pensiones de los jubilados. Ninguna suma es invertida, sino que todo es inmediatamente utilizado, a diferencia de los sistemas de capitalización. En estos sistemas de reparto que se fundan sobre el principio de solidaridad entre las generaciones la tasa de rendimiento es, por definición, igual a la tasa de crecimiento de la economía. Así todas las generaciones están atadas las unas a las otras, la presente a la próxima.

Cuando se pensó en este sistema, las circunstancias eran las ideales, crecimiento demográfico, crecimiento económico, pero la reducción de la tasa de crecimiento en torno al 1,5 % nos hace pensar que este sistema debe ser reemplazado lo más rápidamente posible por sistemas fundados sobre el principio de capitalización, de modo que las cotizaciones deben invertirse y no revertirse hasta la jubilación del que las ha originado.

Pero ¿cómo hacer el cambio? ¿Cómo financiar entre tanto las necesidades sociales que son la razón de ser del Estado?

Finalizaremos esta serie de artículos económicos con el próximo en el que vamos a dejar que Piketty plantee sus propuestas sobre el impuesto progresivo sobre los ingresos repensando el tipo marginal superior así como sobre un impuesto mundial sobre el capital y una posible solución al exagerado nivel de la deuda pública.

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XVIII. ¿Cuál será la ratio capital/ingresos en el siglo XXI?

XVIII.- ¿Cuál será la ratio capital/ingresos en el siglo XXI?

29.03.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

En cuanto al reparto del capital y las riquezas nos interesa mucho conocer cuál será la relación entre éste y los ingresos, pues el conocimiento del mismo será como conocer cómo de desigual económicamente será el mundo. ¿Mejorará, no conseguiremos un justo reparto del capital y las riquezas, o empeorará?

Lo primero que tenemos que hacer es recordar que a la ratio (o división) capital/ingresos la denominamos B; es decir, B es el % que representa el capital acumulado sobre los ingresos anuales. Una ayuda para para reflexionar sobre el nivel que podría alcanzar dicha relación, es decir dicha B, es la ley dinámica o segunda ley fundamental del capitalismo B = s/g en donde, recordamos que “s” es el ahorro y “g” el crecimiento; de modo que B es igual al % de ahorro anual dividido entre el % de crecimiento, de modo que si un país ahorra un 12 % de su PIB y crece un 2 % (crecimiento económico y demográfico sumados), B será igual al 600 %.

Piketty explica: la fórmula B = s/g que se lee “B igual a s dividida entre g”. Por otra parte, cuando decimos que B = 600 %, es equivalente a decir que B = 6; lo mismo que s = 12 % es equivalente a decir “s = 0,12”; y que g = 2 % es equivalente a decir g = 0,02.

De nuevo repetimos que cuando en un país se ahorra un 12 % anual, y el crecimiento económico-demográfico del mismo es un 2 % anual, se acumula un capital del 600 %, es decir, 6 veces, los ingresos anuales de dicho país.

Para centrarnos más, también dijimos en artículos anteriores que a = r x B (o lo que es lo mismo, B =  a / r), fórmula que indica que “a” representa la parte correspondiente al capital en los ingresos nacionales, el cual es igual al rendimiento medio del capital, al que denominamos “r”, multiplicado por “B” o capital acumulado que, como venimos de decir, es igual a la relación que hay entre ahorro y crecimiento.

Pero vayamos a lo que íbamos. Y si la tasa de rendimiento medio del capital, denominada “r” alcanza el 5 %, eso quiere decir que (5 % x 600 % = 30 %, es decir r x B = a) la retribución del capital (recordemos, no sólo financiero, sino de los elementos del inmovilizado [locales, tierras, máquinas, viviendas]) alcanzará el 30 % de los ingresos anuales cada año, acumulándose de modo significativo.

Hemos dicho que B = s / g, es decir B, o capital acumulado, es igual a la relación entre ahorro y crecimiento; de modo que si el ahorro es del 12 % anual y el crecimiento (económico y demográfico acumulados) alcanza el 2 % anual, invariablemente B, el capital acumulado alcanzará el 600 % de los ingresos anuales.

Pero también se ha indicado que B = a / r, es decir que el capital acumulado es igual a la parte de los ingresos anuales correspondientes al capital dividido entre la tasa de rendimiento medio. Esto si la tasa de rendimiento medio es el 5 %, de nuevo, invariablemente nos lleva a un capital acumulado del 600 % de los ingresos nacionales anuales y a que la parte que lleva como renta anual, el capital, es el 30 % de dichos ingresos anuales.

Teniendo, pues, presente la ley dinámica B = s / g nos preguntamos cuál será la distribución capital – trabajo, lo que corresponderá a cada uno de los ingresos nacionales en el siglo XXI.

Piketty dice que la relación capital / ingresos a largo plazo depende especialmente de la tasa de ahorro “s” y de la tasa de crecimiento “g”. Estos dos parámetro macro sociales dependen, ellos mismos, de millones de decisiones individuales influenciadas por múltiples consideraciones sociales, económicas, culturales, psicológicas, demográficas, y pueden variar fuertemente en el tiempo y entre un país y otro. Además, son grandemente independientes la una de la otra.

Piketty viene aquí en nuestro auxilio para que podamos pasar del análisis de la relación capital / ingresos al de la participación o distribución de los ingresos nacionales entre el trabajo y el capital. Recuerda que la fórmula a = r x B, bautizada primera ley fundamental del capitalismo, permite pasar de modo transparente de la una a la otra.

En efecto, usando un ejemplo, si el valor del stock de capital es igual a seis años de ingresos nacionales (B = 6) y si la tasa de rendimiento medio del capital es del 5 % por año (r = 5 %), entonces la parte de los ingresos del capital “a” dentro de los ingresos nacionales es igual al 30 %, como párrafos antes hemos explicado, y la correspondiente al trabajo, entonces, es igual al 70 %.

La cuestión central para Piketty es cómo se establece la tasa de rendimiento del capital y para ver de sacar alguna conclusión Piketty comienza por examinar las evoluciones observadas durante un largo período y lo hace mediante las gráficas 6.1 y 6.2 correspondientes a los datos de participación del capital-trabajo del Reino Unido y de Francia, en las que, para el Reino Unido, desde 1970 y hasta 2000 la participación del trabajo baja 10 puntos porcentuales desde el 80 % hasta casi el 70 % con un incremento hasta 2010 de hasta el 74 % aproximadamente. Por el contrario en Francia los ingresos del trabajo no llegan a bajar tanto, quedándose en 2000 en 75 % y en 2010 en el mismo 74 % aproximadamente que en el Reino Unido.

 

2015.03.29 XVIII. Gráficas 6.1 y 6.2

Traducción:

Gráfica 6.1. El reparto capital – trabajo en el Reino Unido, 1770-2010

Cuadro: Ingresos del trabajo, ingresos del capital

Eje vertical: Ingresos del trabajo y del capital (en % de los ingresos nacionales)

Lectura: En el siglo XIX, los ingresos del capital (alquileres, beneficios, dividendos, intereses) representan alrededor del 40 % de los ingresos nacionales, contra el 60 % para los ingresos del trabajo (asalariado o no asalariado)

Traducción:

Gráficas 6.1. El reparto del capital – trabajo en Francia, 1820-2010

Cuadro: Ingresos del trabajo; ingresos del capital

Eje vertical: Ingresos del trabajo y del capital (en % de los ingresos nacionales)

Lectura: En el siglo XXI, los ingresos del capital (alquileres, beneficios, dividendos, intereses) representan alrededor del 30 % de los ingresos nacionales, contra el 70 % para los ingresos del trabajo (asalariado y no asalariado)

Piketty precisa cómo ha calculado estos datos e indica que lo ha hecho adicionando el conjunto de ingresos del capital que se encuentran  reunidos en las cuentas nacionales (independientemente de su título jurídico: alquileres, beneficios, dividendos, intereses, royalties, etc., con la excepción de los intereses de la deuda pública, y todo ello antes de toda forma de imposición fiscal), y posteriormente dividiendo este agregado por los ingresos nacionales (se obtienen entonces, la parte del capital en los ingresos nacionales, que hemos denominado “a”) y por el capital nacional (se obtiene así la tasa de rendimiento medio del capital, con notación “r”). A este rendimiento medio Piketty le deduce el costo del tiempo que el hombre de negocios medio le dedicará para conseguir dicho rendimiento y con ello halla el rendimiento puro del capital.

La principal conclusión que sobresale de las estimaciones de Piketty según él mismo indica es que tanto en Francia como en el Reino Unido, desde el siglo XVIII al XXI, el rendimiento puro del capital ha oscilado entorno de un valor central del orden del 4 % – 5 % por año, o más generalmente, en un intervalo comprendido entre 3 % y 6 % anual. No existe tendencia masiva, a largo plazo, ni al alza ni a la baja. Aunque el rendimiento puro ha sobrepasado claramente el 6 % después de las fuertes destrucciones y de los múltiple choques sufridos por el capital en el curso de las guerras del siglo XX, ha vuelto, no obstante, muy rápidamente hacia los niveles más débiles observados en el pasado.

Adelantándose a las objeciones de algunos lectores que, quizás, encuentren que esta tasa de rendimiento medio del 3 – 4 % en vigor al principio de los años 2010 es, más bien, optimista, por comparación al rendimiento que, desgraciadamente, ellos obtienen para sus pobres economías, Piketty dice que deben ser precisados varios puntos. Aunque dichos datos están libres de impuestos, hay que tener presente, en efecto, muchos puntos, situaciones y conceptos, cosa que haremos en el futuro mediante una reflexión sobre los activos reales o nominales, sobre la capacidad de negociación de las grandes fortunas en comparación con los pequeños importes de ahorros. Entraremos también a tratar la noción de la productividad marginal del capital.

Os esperamos.

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XIV. Nuestras experiencias afectan la visión de la deuda pública

XIV.- Nuestras experiencias afectan la visión de la deuda pública

22.02.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

El largo y tumultuoso período de la historia de la deuda pública, de apacibles rentistas de los siglos XVIII y XIX, a la expropiación por la inflación en el siglo XX, ha marcado profundamente las memorias y las representaciones colectivas, hasta tal grado que las teorías económicas son dependientes de las experiencias históricas vividas por sus formuladores. Todos tenemos en mente el rechazo actual del pueblo alemán y de sus dirigentes a políticas que no controlen de modo férreo la inflación, por la marca que dejó en ellos la inflación desbocada que vivieron hace un siglo.

En efecto, David Ricardo formuló en 1817 la hipótesis conocida hoy bajo el nombre de “equivalencia ricardiana”, según la cual se sugiere que el déficit fiscal no afecta a la demanda agregada. La argumentación en que se basa la teoría es que, en su caso, el gobierno puede financiar su gasto mediante los impuestos cobrados a los contribuyentes hoy, o lo puede hacer mediante la emisión de deuda pública. Si elige la segunda opción, llegará un momento en el futuro en el que tendrá que pagar la deuda subiendo los impuestos por encima de lo que estos se ubicarían en ese futuro. La elección, por lo tanto, es entre pagar impuestos hoy o pagar impuestos mañana. La Wikipedia pone un ejemplo en el que el gobierno decide financiar un gasto adicional a través de déficit, esto es, mediante cobrar impuestos mañana. Pues bien, para este caso, Ricardo argumentaba que aunque los ciudadanos tienen más dinero hoy, ellos se darían cuenta que tendrían que pagar impuestos mayores en el futuro y, por lo tanto, ahorrarán un dinero adicional para poder pagar los impuestos futuros. Este mayor ahorro por parte de los consumidores compensaría exactamente el gasto adicional del gobierno, de modo tal que la demanda agregada permanecerá sin modificar. Según mi opinión esto es pura imaginación: las decisiones de la mayoría de los individuos dependen mucho más de la situación real actual que de sus propias formulaciones y presupuestos para el futuro.

En el momento en el que Ricardo escribía, la deuda pública británica se acercaba al 200 % del PIB, aunque esto no parece que hubiera disminuido la inversión privada ni la acumulación de capital, el fenómeno de crowding out (o desplazamiento) no se había producido y el incremento del endeudamiento público parece que fue financiado por un aumento del ahorro privado. Piketty dice que esto no significa que esta sea una ley universal que se cumpla en todo tiempo y en todo lugar, pues todo depende de la prosperidad del grupo social del que se trate (en este caso de una minoría de británicos que tenían suficientes medios para generar el ahorro suplementario requerido).

Por otra parte, cuando Keynes escribía en 1936 respecto de la “eutanasia de los rentistas” estaba, él mismo, profundamente marcado por lo que observaba a su alrededor (la crisis de 1929 y sus consecuencias): el mundo de los rentistas de antes de la Primera Guerra mundial estaba a punto de hundirse y no existía ninguna otra solución políticamente aceptable que permitiera superar la crisis económica y presupuestaria en curso. Keynes sabía bien que la inflación, que el Reino Unido no aceptó sino a contra corriente, era la manera más simple de reducir el peso del endeudamiento público y de los patrimonios que venían del pasado, aunque no fuera la más justa. Era, en realidad, una redistribución de la riqueza, tanto como lo es una reforma agraria o una revolución.

Pero el capitalismo no ha sido ni lo es en todas partes igual. Por ejemplo, en Francia, por su historia, se aceptado durante la mitad del siglo pasado el capitalismo, pero sin capitalistas, élites económicas sobre las que pesaban sospechas fundadas de colaboracionismo con los ocupantes alemanes. Durante los Treinta Gloriosos (años después de la Segunda Guerra mundial) de crecimiento, Francia vivió un capitalismo de Estado en el cual los propietarios privados cesaron de controlar las empresas más grandes, pero a partir de los años 1980-1990 de nuevo la propiedad pública cae a niveles mucho más débiles, hasta tal grado que al principio de los años 2010, la propiedad privada está cerca de los seis años de ingresos nacionales, es decir, veinte veces más que el patrimonio público.

Y en Francia, como en, casi, todo el mundo, el movimiento de privatización, desregulación y liberalización de la economía y de los mercados financieros con sus flujos de capitales, comienza después de las revoluciones conservadoras en los Estados Unidos y en el Reino Unido a partir de los años 1980, que casi coinciden con la caída de los modelos estatistas soviético y chino, cada vez más evidente, lo que lleva a estos gigantes a poner en marcha a principio de los 1980 una liberalización gradual de su sistema económico, con la introducción de nuevas formas de propiedad privada de las empresas.

De modo que, finalmente, el patrimonio público neto ha caído a niveles muy bajos. Tanto es así que la mayor parte de los países, han transformado en el siglo XX, en dos ocasiones, en direcciones opuestas, sin haber comprendido muy bien por qué, la estructura de su patrimonio nacional.

Aunque el capital ha sido más estable en Estados Unidos que en Europa, lo dicho ha sido cierto, tanto de nuestra vieja Europa como del Nuevo Mundo, con algunas particularidades en este último, por el capital negrero (esclavos). De modo que queda volver sobre nuestros pasos para entender mejor la relación capital/ingresos, y su estructura, en el largo plazo, cosa que haremos en sucesivos escritos.

 

 

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XIII. Sobre la deuda pública

XIII.- Sobre la deuda pública

15.02.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Supongamos un gobierno que acumula déficits del orden del 5 % de PIB cada año, durante 20 años, por ejemplo, para pagar una masa salarial importante en las fuerzas armadas o para invertir en armamento para las mismas: al cabo de 20 años la deuda pública suplementaria así acumulada será igual al 100 % de PIB.

Si suponemos que el gobierno no busca devolver el principal y se contenta con pagar cada año los intereses, entonces, si el tipo de interés es del 5 %, necesitará cada año pagar el 5% del PIB a los poseedores de la deuda pública suplementaria, y esto, hasta la noche de los tiempos, según plantea Piketty.

Y una cosa semejante es lo que le pasó al Reino Unido en el siglo XIX, pues durante un siglo, de 1815 a 1914, el presupuesto británico estaba sistemáticamente en superávit primario muy importante, es decir, que los impuestos recaudados sobrepasaban sistemáticamente los gastos, con un superávit de varios puntos del PIB, superior, por ejemplo, a todos los gastos de educación, a lo largo de este período. Pero este excedente permitía solamente financiar los intereses pagados a los poseedores de deuda pública, pero sin repagar el principal: la deuda pública británica nominal quedó estable alrededor de mil millones de libras esterlinas durante todo este período.

Fue, final y únicamente, el crecimiento de la producción interior y de los ingresos nacionales británicos (cerca del 2,5 % por año entre 1815 y 1914) lo que permitió, al fin de un siglo de penitencia, reducir fuertemente el endeudamiento público, expresado en un porcentaje de los ingresos nacionales.

¿A quién beneficia, entonces, la deuda pública?

Para Piketty esta experiencia histórica es fundamental por varias razones. En principio permite comprender por qué los socialistas del siglo XIX, comenzando por Marx, desconfiaban de la deuda pública, y la veían como un instrumento al servicio de la acumulación de capital privado.

Además, en esta época, la deuda pública pagaba un alto precio no sólo en el Reino Unido sino en todos los demás países, incluida, particularmente, Francia. El endeudamiento público en Francia aumenta fuertemente desde 1815-1816 para financiar el pago de los ejércitos de ocupación, de nuevo en 1825 para financiar los famosos “mil millones de los emigrados” pagado a los aristócratas exilados durante la Revolución francesa, para compensarles por las redistribuciones de tierras realizadas en su ausencia. El total de la deuda equivale ya en esos momentos al 30 % de los ingresos anuales nacionales. Después de la guerra franco-prusiana en 1870-1871 el estado francés se tiene que endeudar de nuevo para pagar una transferencia a Alemania equivalente aproximadamente al 30 % de sus ingresos anuales nacionales. Al final, en 1914 la deuda pública se encuentra a un nivel más elevado en Francia que en el Reino Unido: entorno al 70 – 80 % de los ingresos nacionales, de modo que el Estado distribuye cada año en intereses el equivalente al 2 – 3% de los ingresos nacionales (o sea, más que el presupuesto de Educación nacional de la época) y estos intereses permiten vivir a un grupo social muy sustancial.

Pero en el siglo XX se desarrolla una visión totalmente diferente de la deuda pública, fundada sobre la convicción de que el endeudamiento podría, al contrario, ser un instrumento al servicio de una política de gasto pública y de redistribución de la riqueza en favor de las clases sociales más modestas.

La diferencia entre las dos visiones es muy simple, dice Piketty: en el siglo XIX la deuda se pagaba a un precio muy alto, lo que era una ventaja para los prestamistas y actuaba en refuerzo de los patrimonio privados; por el contrario en el siglo XX, la deuda se diluía en la inflación y se amortizaba o devolvía en moneda “falsa” (en el sentido de que tenía mucho menor poder adquisitivo).

Hay que hacer notar, según Piketty, que esta redistribución por medio de la inflación ha sido mucho más fuerte en Francia que en el Reino Unido, pues en Francia, entre 1913 y 1950 la tasa de inflación media ha sido de más de un 13 % anual, es decir, una multiplicación de los precios por 100. La consecuencia para el Estado francés es que, a pesar de una fuerte deuda pública inicial (cerca del 80 % de los ingresos nacionales en 1913) y de déficits muy elevados durante el período 1913-1950, en particular durante los años de guerra, la deuda pública francesa se encuentra en 1950 a un nivel relativamente bajo (cerca del 30 % de los ingresos nacionales), casi igual que en 1815. En particular, los enormes déficits de la Liberación fueron casi inmediatamente anulados por una inflación superior al 50 % anual durante los cuatro años de 1945-1948. Así que se saldan las cuentas del pasado, y se comienza a reconstruir el país con una deuda pública pequeña.

En el Reino Unido las cosas se hicieron, según Piketty, de forma diferente, mucho más lentamente y con menos ardor. Entre 1913 y 1950, la tasa de inflación media sobrepasa apenas el 3 % anual, es decir una multiplicación por tres (más de treinta veces menos que en Francia), y aunque esto representa un expoliación no despreciable para los rentistas británicos, inimaginable en el siglo XIX hasta la Primera Guerra mundial, no obstante es claramente insuficiente para impedir la enorme acumulación de déficits públicos durante los dos conflictos mundiales, pues el Reino Unido, se movilizó al completo para financiar el esfuerzo de guerra, incluso rehusando el recurso a imprimir billetes, hasta tal grado que el país se encuentra en 1950 con una deuda pública colosal, superior al 200 % del PIB, mucho más elevada que en 1815.

Hará falta esperar a la inflación de los años 1950-1960 (más del 4 % anual) y sobre todo a la de los años 1970 (cerca del 15 % anual) para que la deuda británica caiga a un nivel del orden del 50 % del PIB.

Expuestos por Piketty, los hechos, con relación al Reino Unido y a Francia, de estos dos últimos siglos XIX y XX, hay que reconocer que este mecanismo de redistribución por medio de la inflación es extremadamente poderoso y ha jugado un papel histórico esencial en los dos países, especialmente durante el siglo XX, pero este mecanismo no puede funcionar de modo sostenido, pues desde el momento en que la inflación deviene permanente, los prestamistas exigen una tasa de interés nominal más elevada, y el alza de los precios no tiene los efectos indicados. Y ello, sin contar que una inflación elevada tiende a acelerarse por sí misma sin cesar (una vez el proceso está lanzado, es difícil de pararlo) y puede producir efectos difíciles de controlar (unos grupos sociales ven sus ingresos grandemente revalorizados, y otros mucho menos). Recordemos los años 1970, un decenio marcado en los países ricos por una mezcla de inflación elevada, de incremento del desempleo y de una relativa estancación económica (la “estanflación”), a partir de los cuales, se desarrolló entre los economistas un nuevo consenso en favor de una inflación débil.

De modo que, de nuevo, preguntamos: ¿a quién beneficia, la deuda pública? Intentaremos llegar a una respuesta entendible en una próxima ocasión.