La suma importancia del conocimiento

La suma importancia del conocimiento

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20190729 Publicado en el Periódico Mediterráneo del 29 de julio de 2019

Casi no podemos ni imaginar cómo vamos a cambiar como especie, una especie que ha sido capaz de establecer una civilización en este planeta. Pero es curioso que todo aquello a lo que podemos llamar ciencia, en realidad tiene poco más de cuatro siglos de antigüedad, de los cuales han sido los dos últimos siglos los que han producido una aceleración tan grande del conocimiento científico que puede decirse sin temor a equivocarnos que, dependiendo de la disciplina, lo hemos ido doblando cada una o dos décadas.

Pero ¿es tan importante la ciencia que tenemos que dejar de lado las humanidades? No, porque éstas son la historia natural de la cultura (que incluye la ciencia) y nuestro patrimonio más preciado.

Pensemos por un momento en el proceso de extensión a todo el planeta de la ciencia y de la alta tecnología, muy beneficioso para todos por su generalización de modo que sea en Europa o en el país más remoto de África o Asia dispondrán, como ya se puede ver, de la misma ciencia y tecnología. El único inconveniente que retrasa dicha generalización es el costo. Pero como hemos visto dispositivos inteligentes los tiene cualquier persona en cualquier lugar. Esto hará que la ciencia y la tecnología llegarán a ser las mismas en cualquier parte de la Tierra.

En cambio, lo que seguirá evolucionando y diversificando casi infinitamente son las humanidades, porque los humanos somos únicos, los grupos somos únicos, la forma de enfrentarnos a la vida de cada uno es distinta porque nuestra identidad es única.

No obstante, estamos viviendo una homogeneización de las poblaciones del mundo debido a la creciente emigración y el matrimonio interracial. Hay y todavía aumentará la redistribución de genes de Homo sapiens. En efecto la variación genética entre poblaciones va en declive, mientras que la variación genética dentro de poblaciones está aumentando y, por ello, la variación genética de la especie en su integridad también va aumentando.

La ciencia podrá encauzar la evolución de la diversidad. ¿Queremos que se aumente la frecuencia entre la población de atributos apetecibles o deseamos mantener con vida y con éxito reproductivo individuos con atributos no deseables? ¿Dejaremos que las cosas sigan su curso y nos engañaremos, o no, pensando que todo va a salir bien, quizás confiando que los robots suplirán las incapacidades o discapacidades de los individuos de nuestras poblaciones?

Obviamente como dice Edward O. Wilson “nuestro deber sagrado” es “preservar la naturaleza humana biológica”.

Entre los elementos más necesarios para que surjan formas más complejas de organización social se halla la cooperación, quiero decir, niveles elevados de cooperación. Los actos altruistas fomentan la organización social. El grado de cooperación y altruismo más elevado, señala Wilson, es el de la eusocialidad, en la cual algunos miembros de la colonia renuncian a su reproducción personal, en parte o totalmente, con tal de incrementar la reproducción de la casta “real” o de los mejores miembros de la colonia.

Sabemos que los grupos compiten unos con otros, tanto entrando en conflicto, como en eficiencia relativa a la hora de conseguir los recursos necesarios. Los miembros egoístas prosperan dentro de sus grupos, pero los grupos formados por altruistas se sobreponen a los grupos formados por egoístas. Es fácil probar matemáticamente que es mejor que muchos tengan o consigan, algo más, que el que pocos tengan o consigan, muchísimo más.

Con estas reflexiones no puedo evitar que mi mente vaya a la situación política mundial y española. Así, para hacer un ejercicio de pensamiento, sustituyamos “grupos” por naciones o países y pensemos en los EEUU que quiere Donald Trump o en la Rusia de Putin. Ahora, sustituyamos “grupos” por partidos políticos y pensemos en el egoísmo manifiesto tanto entre ellos como entre los que los forman, sus afiliados que se postulan, el interés de la mayoría de los cuales no es el servicio público, sino el medrar en el beneficio propio (legal o ilegalmente). La profesión de político es deleznable, la vocación de político es admirable. Pero ¿cuántos hay de un tipo o del otro?

Una manera de evitarlo es ir mejorando la cooperación. Nada de luchas fratricidas para conseguir que el líder os ponga en la lista (para las próximas elecciones), nada de formar parte del coro de cantantes o de los que baten palmas, que aceptan, apoyan e, incluso, alaban los dictados (de dictador) del equipo líder. Mucho mejor es tener debate, confrontación, diálogo con respeto y toma de decisión mayoritaria y, sobre todo, cooperación y altruismo. No se trata de medrar el individuo, sino de conseguir lo mejor para el “grupo”.

¿Cómo hacerlo? SOLUCIÓN: listas abiertas; modificación de las circunscripciones electorales (distritos electorales) como subdivisión territorial para elegir miembros a los cuerpos legislativos nacionales o de Comunidad Autónoma; circunscripciones uninominales o plurinominales (según mi opinión mejor uninominales). Con eso se cumpliría el derecho constitucional tanto de elegir como de ser elegible, cosa esta última que en ningún caso se cumple por la dificultad del sistema partidista falto de democracia interna.

Esto funciona en países cuyo pedigrí democrático es, o debería ser, un ejemplo para España. Pero ¿se atreverá algún partido a promover un cambio en la dirección señalada?

Contesto con palabras de Wilson en el sentido de que la mejor forma de ilustrar el origen de la condición humana es a través de la interacción social producto de la selección natural: las tendencias hereditarias a comunicarnos, reconocer (a los individuos no cooperadores y extrañarlos), evaluar, cooperar, competir, establecer vínculos afectivos y, a partir de todas ellas, el inmenso y cálido placer de pertenecer a un grupo particular, que tendrá mayor éxito porque está compuesto de reciprocadores, es decir, cooperadores, con la mayor inteligencia social, mejorada gracias a la selección grupal. Eso es lo que hizo del Homo sapiens la primera especie totalmente dominante de la Tierra.

Todo esto es conocimiento, es ciencia.

¿Seremos capaces los españoles de planteárnoslo con seriedad? ¿Serán dignos de nosotros los políticos que pretenden gobernar, o ya gobiernan, en nuestro país, para bien de este grupo particular, de este proyecto de vida en común, denominado España?

Vergüenza ajena por el comportamiento político

Vergüenza ajena por el comportamiento político

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20180513

Publicado en el Periódico Mediterraneo de 13.05.2018

 

Sí, tengo vergüenza ajena. Es la vergüenza que siento por todo lo que han hecho los ubicuos corruptos de los partidos políticos; por no haber sido capaces de hablar, al menos, si no negociar, los políticos independentistas catalanes y los miembros del gobierno de España; por las declaraciones de los representantes de los partidos que me hacen sonrojar respecto de lo que les atañe y que no pueden esconder o disimular por más tiempo a causa de las sentencias firmes y de los juicios que se están celebrando; estoy apurado por el daño que están haciendo, todos ellos y algunos más, a la imagen del proyecto común que se llama España, y a los proyectos que ésta incluye, que se pueden llamar comunidades autónomas, partidos políticos y sociedad o ciudadanía.

De la vergüenza ajena se dice que es un concepto muy corriente en la lengua castellana: es lo que se siente cuando vemos que alguien hace algo mal y no podemos evitar que lo haga; y sentimos dentro de nosotros lo que creemos que sentiría la persona que lo hace, si se pudiera ver a sí misma. En realidad, dicen los neurocientíficos que la vergüenza ajena es una de las formas dolorosas de empatía.

Parece que estamos derrotando el camino evolutivo en el que los animales de ambiente terrestre fueron dominados por especies con los sistemas sociales más complejos, especies que han aparecido rara vez en la evolución. La eusocialidad se ha dado en poquísimas ocasiones, en algunos insectos y en los homininos de los que somos la especie reina.

Si, como dice E.O. Wilson la selección natural es multinivel, es decir actúa sobre los genes que prescriben objetivos a más de un nivel de organización biológica, como la célula y el organismo, o el organismo y la colonia, deberemos tenerlo presente para actuar como comunidad (como organismo social) contra los elementos cancerosos que nos dañan.

Los tramposos están ganando en el seno de nuestra colonia social porque ganan una fracción mayor de los recursos, evitan cumplir las normas gravosas que nos hemos impuesto por medio de las leyes o claramente las quebrantan. Si el número de tramposos es elevado, como colonia (como sociedad en la que abundan los tramposos) perderemos ante las colonias de cooperadores. En efecto no alcanzaremos los niveles de riqueza, organización y bienestar de otras sociedades en donde los tramposos no abundan.

Los rasgos objetivos sobre los que se actúa por selección entre grupos son la comunicación, la división del trabajo, la dominancia y la cooperación en la realización de tareas comunales (mediante el honrado pago de impuestos, cumplimiento de normas y evitación de llevar a cabo engaños o trampas).

La selección individual frente a la selección de grupo produce una mezcla de altruismo y de egoísmo, de virtud y de pecado, entre los miembros de una sociedad.

Los que se creen listos (sean personas, partidos, empresas u otro tipo de organizaciones) pensando que haciendo trampas salen ganando derrotan al grupo (la nación, el país, el partido político o la empresa) y el propósito unificador del mismo que sirve a la mayoría. Y este grupo de tramposos, el nuestro, no puede competir con éxito con otros grupos más altruistas y honestos.

Por el camino que vamos, me hace dudar de nuestra capacidad de tener éxito como nación en comparación con otras, aunque los políticos de turno digan que somos “un gran país, una gran nación” (al presidente del Gobierno de España se le llena la boca de decirlo en muchas ocasiones). Si fuera cierto lo que me enseñaron (o adoctrinaron, dirían ahora) en mi juventud, que “España es una unidad de destino en lo universal”, el destino al que nos llevan los políticos de turno de los últimos tiempos es al abismo.

¿Estaré deprimido o sólo será a causa de la vergüenza ajena? Pero aquellos, de los que siento (o sentimos) la vergüenza, no se dan por aludidos.

Es necesaria una regeneración moral. Es necesario un recambio de líderes e, incluso, de partidos. Sí, por qué no decirlo: como en Francia u otros países.