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El trabajo en el futuro y el trasfondo económico de los derechos

El trabajo en el futuro y el trasfondo económico de los derechos

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho.

Publicado en el Periódico Mediterráneo el 20171217

Cuando hablamos del Estado del Bienestar, en general, nos referimos a una serie de derechos que permiten a los ciudadanos obtener algún tipo de educación gratuita, de atención médica sanitaria y del disfrute de unos suministros adecuados de agua potable, energía y comunicaciones, así como de redes de transporte de personas y mercancías, seguridad personal y jurídica, etc. Para ello los gobiernos han tenido que invertir en las infraestructuras básicas que permiten todas estas cosas.

Por su parte los activistas y partidos políticos, sindicatos y pensadores, conceptualizan ideológicamente dichos derechos como consecuciones históricas a las que no se puede renunciar. Pero lo cierto es que las cosas están cambiando, las circunstancias, los hechos van a forzar cambios que ni siquiera imaginamos.

Sea por el envejecimiento de la población, el crecimiento vegetativo (más bien negativo), la inmigración o por la sexta revolución industrial tecnológica digital, el trabajo y los servicios (derechos) económicos incluidos en el Estado del Bienestar van a tener que cambiar, pues este “estado” no se puede continuar sosteniendo.

Alguien recordará lo que se dice de que la Economía es la ciencia de la gestión de los bienes escasos. Bienes que en algún momento se consideraban abundantes (agua, aire, incluso suelo) llega el momento en que, por su acaparamiento, contaminación o consunción ya no abundan: por lo tanto, se regulan derechos entorno a ellos, como un modo de evitar confrontaciones y una justa distribución.

Por otra parte, inicialmente podemos confundirnos pensando que los “derechos” son una cuestión de principios, de filosofía de vida en común, que no tienen nada que ver con la economía; pero rápidamente nos damos cuenta de nuestro error.

Aunque efectivamente los mismos se fueran estableciendo, a lo largo de la historia, mediante el reconocimiento por parte del grupo (tribu, sociedad), como unas costumbres que permitían el éxito como grupos y como individuos, especialmente en cuanto a continuar con vida y dejar descendientes aptos para la vida, no hay duda de que algo costaba a ese grupo, su mantenimiento y el conseguir que se respetaran.

Ciertamente los sistemas de imposición de la voluntad colectiva frente a la singular, minoritaria o privada, cuestan un esfuerzo a la sociedad: bien sea a través de la institución de tribunales o de la fuerza coercitiva exclusiva en manos del Estado; ambas instituciones precisan de personas que temporal o completamente dediquen sus servicios para que no se impida a ningún individuo el ejercicio de sus derechos. Lo fue también así en el principio, bien cuando los tribunales de ancianos se sentaban en las puertas de las ciudades para dictar justicia, o cuando el líder del grupo decidía respecto de las controversias entre los miembros del mismo, imponiendo su autoridad basada en su mayor fortaleza y edad (recuérdese que los ancianos, en los primeros tiempos, eran personas que estaban en su apogeo físico, alrededor de los 30 años, pues vivían poco más, dado que la esperanza de vida era de unos 35 años).

¿Podemos decir, entonces, que las cuestiones respecto de los derechos se pueden tratar completamente separadas de su coste económico?

Puedo aceptar que la conceptualización de los derechos se ha llevado a cabo no teniendo presente el trasfondo económico de la misma. Pero quiero indicar que los derechos se han venido conceptualizando, aceptando, instituyendo y poniendo los medios para su respecto, a medida que las sociedades han tenido los medios económicos para ello.

Cuando el hombre se planteó la distribución o reparto de la caza de piezas grandes, que no podía consumir él solo sin que antes se corrompiera la carne, comenzó la carrera para conseguir mayor éxito en dejar descendientes y permitir el pasaje evolutivo de la especie y de los grupos. La carne que le sobraba al cazador se repartía a la hembra o hembras a las que podía mantener (también a otros miembros del grupo con la consiguiente deuda del favor), las cuales, a su vez, contribuían con la recolección de frutos y raíces, haciendo la dieta más exitosa y, sobre todo, con el cuidado de los hijos, a los que les tenían que dedicar mucho tiempo hasta tanto eran autosuficientes.

La justicia respecto de la distribución, de por sí, tiene un único y exclusivo componente económico: el reparto de bienes económicos, inicialmente de alimento.

El conseguir que lo distribuido se mantenga en poder de los receptores (hembras e hijos), comporta mantener un sistema de control de las conductas de terceros para evitar que roben a la hembra, menos fuerte y muy ocupada con los hijos. Es una cuestión de propiedad: la justicia respecto de la propiedad es absolutamente económica.

Los derechos se comenzaron a poner por escrito en códigos, más o menos mitológicos o religiosos, cuando la sociedad tuvo los medios de mantener a individuos que inventaron la escritura y a escribas que la conocían, en lugar de que éstos tuvieran que conseguirse por sí mismos los medios para la subsistencia.

Aunque los conceptos fueran, poco a poco, surgiendo en las mentes y consciencias, esto no se pudo haber iniciado antes de la distribución del alimento, obtenido mayormente con la caza. Llegó el momento de la eclosión de esta conceptualización con la revolución de la agricultura. El superávit de alimentos, el almacenamiento y el sedentarismo fueron los motores. En ese momento comienza una revolución cultural.

No es el momento, aquí, para hablar de los Derechos Humanos, pero ha sido en siglos recientes cuando las sociedades culturalmente maduras (no todas ellas lo están todavía), se han planteado poner por escrito un Código o listado de derechos que se consideran consustanciales con denominarse los individuos para quienes se postulan, humanos. Otras sociedades están reacias a aceptarlos porque consideran que se han redactado desde un punto de vista judeo cristiano y occidental que no tiene en cuenta sus componentes culturales; no obstante culturas orientales no tienen ningún problema en identificarse con ellos.

Hay que decir también que, aunque haya derechos respecto de los cuales no aparece fácilmente el trasfondo económico (derecho a la vida, por ejemplo), sólo es cuestión de ponerse a pensar un poco más profundamente para detectar que sí hubo y hay un trasfondo económico en todos los derechos, incluido ese (costo del sostenimiento de ancianos que no se pueden valer, etc.).

Pero en el título de este artículo he indicado que hablaría del trabajo en el futuro que, en efecto, está íntimamente unido a los derechos, como hemos visto. El trabajo es actividad económica que nos permite subsistir o, incluso, ahorrar. Pues bien, ese trabajo, el modo de hacer las cosas, está hoy siendo completamente transformado por la tecnología digital, alterando las formas de hacer, quién las hace y cuánto se obtiene por hacerlas.

El trabajo actualmente es menos regular, menos seguro, los trabajadores se ven obligados a aprender, a continuar desarrollando nuevas habilidades y mantenerse al día con los progresos del desarrollo profesional; cada 3 o 4 años el panorama profesional ha cambiado radicalmente. Cada vez habrá menos cosas que hacer dado que las harán las máquinas, los robots que previa la inversión, son mucho más exactos, eficaces, rápidos y con costos infinitamente menores que los humanos. Parece que grandes cantidades de humanos quedarán desplazados del mercado laboral o tendrán que aceptar salarios ínfimos (en competencia con las máquinas) que nos los van a permitir sostenerse económicamente. Si esto es así habrá que replantearse lo que debe ser una economía y a este respecto aconsejo la lectura de “La riqueza de los humanos. El trabajo en el siglo XXI” de Ryan Avent.

Habrá que pensar seriamente que la grandísima brecha en la distribución de la riqueza debe ser reducida mediante la redistribución de la renta y de la riqueza, a través de políticas de rentas, no sólo inclusivas, sino básicas completas, que permitan la vida con suficiente comodidad de los que queriendo trabajar no pueden porque la nueva economía, que no precisa tanta mano de obra, no lo permite.

Las empresas que ganan desorbitadas cantidades porque han tenido la suerte (sí la suerte, no el conocimiento, que es una cosa social, compartida por todo el equipo de empleados y trabajadores) de tomar la iniciativa descubriendo nuevas formas de hacer cosas, que tienen éxito en la economía de la globalización, y los individuos que tienen el control de las mismas, deberán estar dispuestas a sostener mediante la redistribución de las rentas (a través de políticas fiscales de proporciones actualmente desconocidas) a esa masa de ciudadanos y todo, porque no habrá trabajo para todos y el derecho primordial de poder vivir con dignidad debemos forzar, si es el caso, que esté disponible para todos.

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Los estados fallidos

Los estados fallidos.

Artículo publicado en el Periódico Mediterráneo

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

2017.04.29

Ya sé que no es el momento de hablar de ello. La crisis económica, que todavía perdura, el no tener para uno mismo, hace que uno se olvide de los demás, pero estamos en una época del año en que se habla mucho del amor fraterno, absolutamente necesario para cooperar y tener éxito como humanos.

Sí, nos olvidamos de los demás, y si no, mirad lo del 0,7 % del PIB para Ayuda oficial al desarrollo (AOD). Ni se habla de ello. Los responsables de Cooperación y Desarrollo de la Unión Europea, se comprometieron en mayo del 2005 a elevar la Ayuda Oficial al Desarrollo hasta el 0,56% del PIB comunitario en el año 2010 con el objetivo de alcanzar la cifra del 0,7% en el año 2015. Esto hubiese supuesto destinar al desarrollo 20.000 millones de euros más al año a partir de 2010. Sin embargo, el objetivo del 0,7 que fijó la ONU hace 35 años, sólo lo han cumplido en algún momento cuatro países: Dinamarca, Luxemburgo, Holanda y Suecia.

Por eso, hablar de los Estados fallidos quizá no sea el momento. Pero como consecuencia de las revueltas populares de Túnez, Egipto, Libia, Siria y … las que probablemente podrían llegar a venir, me interesa sacar a colación el tema de los Estados fallidos.

Son Estados fallidos, no hay duda, estados como Somalia, por ejemplo, u otros lugares en donde el monopolio del uso legítimo de la fuerza dentro de sus fronteras no está en manos del Estado, sino en las de los señores de la guerra o los grupos paramilitares.

Aunque el término también se emplea para referirse a otro tipo de Estados en donde hay altas tasas o registros de criminalidad, corrupción política, mercado informal, ineficiencia judicial, interferencia en la política de poderes fácticos con presupuesto y poder político, muy superiores al del Gobierno.

Por otra parte algunos consideran que el concepto no es del todo claro y es manipulable políticamente.

No obstante el centro de estudios estadounidense Fund for Peace emite anualmente el Índice de Estados Fallidos (Failed States Index) que se publica en la revista Foreign Policy. Clasifica a los países basándose en doce factores, como la presión demográfica creciente, movimientos masivos de refugiados y desplazados internos; descontento grupal y búsqueda de venganza, huida crónica y constante de población; desarrollo desigual entre grupos; crisis económica aguda o grave; criminalización y deslegitimación del Estado; deterioro progresivo de los servicios públicos; violación extendida de los Derechos Humanos; aparato de seguridad que supone un ‘Estado dentro del Estado’; ascenso de élites faccionalizadas e intervención, de otros Estados o factores externos.

En el año 2010 fueron incluidos 177 Estados, de estos 37 fueron catalogados como “en alerta”, 92 “en peligro”, 35 como “moderados”, 13 como “sustentable”. Los peores 10 son lo que alisto a continuación:

  1. Somalia
    2. Chad
    3. Sudán
    4. Zimbabue
    5. Rep. Dem. del Congo
    6. Afganistán
    7. Irak
    8. República Centroafricana
    9. Guinea
    10. Pakistán

¿A dónde me lleva esto? A lanzar lo que, incluso para mí, parece una peregrina idea, pues imaginad lo que se podría hacer con los 20,90 millones de parados de la Europa de los 28 estados a finales de 2016, la mayoría de los cuales han tenido algún tipo de prestación contributiva y ahora, quizás, tienen ayudas a cargo de los Presupuestos generales de su Estado.

En lugar de incentivar el venir al primer mundo, habría que incentivar el ir al tercer mundo a ayudar bajo el paraguas de la ONU a organizar el Estado para que dejara de ser fallido, incluyendo fuerzas del orden, funcionarios de todo tipo, pero sobre todo, ayudar a la prestación de los servicios básicos, entre ellos los de sanidad y educación.

No todos valdríamos, lo sé. Pero muchos estarían encantados de hacerlo, de hecho lo están y van altruistamente mediante colaborar o trabajar con alguna ONG.

Pero lo que digo es algo mucho mayor. Lo que sugiero es que hay que enviar Altos dirigentes para organizar y planificar el país, su economía, su vertebración social y territorial; Altos funcionarios para aconsejar a esos Altos dirigentes; Empleados de a pie que hagan el trabajo; y Fuerzas de seguridad que tengan a su cargo el mantenimiento del orden para que los demás trabajen. Algo así como una Administración temporal bajo el paraguas de la ONU. Incorporando, poco a poco, a los autóctonos que hayan aprendido (no a robar sino a gestionar bien la cosa pública) y posteriormente, en un acto trascendente, de legítima satisfacción moral mundial, ceder el control total.

Esto es un sueño, pero dejadme soñar. No parece serio lo que he dicho. Pero ¿por qué no?

Estamos manteniendo a gente que no tiene otra cosa para comer que lo que compran con las ayudas gubernamentales que reciben después de haber agotado la prestación por desempleo. Muchos de esos y otros, especialmente los jóvenes, estarían dispuestos a poderse ganar la vida en un país extraño, durante un tiempo, aprendiendo bien uno o dos idiomas, el inglés como idioma franco y el del propio país, aprovechando el que son JASPs, es decir, jóvenes aunque suficientemente preparados, poniéndose como reto histórico haber contribuido al éxito de un Estado previamente fallido.

 

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXIV. Herencia y mérito visto a largo plazo

XXIV.- Herencia y mérito vistos a largo plazo

10.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

Aunque como hemos visto en artículos anteriores la importancia global del capital actualmente no es muy diferente de lo que lo fue en el siglo XVIII y solamente ha cambiado su forma, pues el capital en terreno rústico ha cambiado a capital inmobiliario, industrial y financiero; aunque sabemos, igualmente, que la concentración de los patrimonios es sensiblemente menos extrema que hace un siglo y que en el curso de siglos pasados, ciertamente permanece muy fuerte, pues la mitad más pobre no posee nada, aunque haya una clase media patrimonial que posee entre un cuarto y un tercio del total de los patrimonios.

Por otra parte los movimientos comparados del rendimiento del capital (r) y de la tasa de crecimiento (g), según Piketty, así como el distanciamiento entre “r” y “g”, permiten entender una parte importante de las evoluciones y, en particular, la lógica acumulativa que explica las muy fuertes concentraciones patrimoniales observadas en la historia.

Pero lo que mejor explica esta lógica acumulativa es el estudio de la evolución a largo plazo de la importancia relativa de la herencia y del ahorro en la formación de los patrimonios, que nos lleva a la conclusión de que, dado que la tasa de rendimiento del capital es fuertemente y durablemente más elevada que la tasa de crecimiento de la economía, es casi inevitable que la herencia, es decir los patrimonios que vienen del pasado, dominen el ahorro, es decir, sean los que más ahorro generan y se conviertan también en los mayores patrimonios que salen del presente. La desigualdad r > g significa, de algún modo, que el pasado tiende a devorar el futuro; las riquezas que vienen del pasado progresan mecánicamente más rápidas, sin trabajar, que las riquezas producidas por el trabajo (a partir de las cuales es posible el ahorro).

¿A dónde lleva la evolución del flujo sucesorio a largo plazo? Piketty señala que dicho flujo representó para Francia en el siglo XIX del 20 al 25 % de los ingresos nacionales hasta que a partir de 1914 fue bajando y llegó al 5 % en 1950, remontando al 15 % en 2010. ¿Cómo evolucionará el flujo sucesorio en el siglo XXI? Piketty contesta que el punto esencial es que, para una estructura dada de comportamientos de ahorro, este proceso acumulativo es tanto más rápido y desigualitario como la tasa de rendimiento del capital es elevada y la tasa de crecimiento es débil.

De hecho, el crecimiento tan fuerte de los años 1950-1970 explica la relativa lentitud de la remontada de la relación M (= valor de la riqueza media a la muerte (partido entre) / valor de la riqueza media de los vivos). Al contrario la reducción del crecimiento explica el envejecimiento de los patrimonios y el retorno de la importancia de la herencia observados desde los años 1980. Intuitivamente, dice Piketty, cuando el crecimiento es fuerte, por ejemplo cuando los salarios aumentan un 5 % anual es más fácil a las generaciones jóvenes acumular patrimonios y competir con los más mayores, pero cuando el crecimiento salarial se reduce hasta un 1 – 2 % anual, los jóvenes activos están casi que inevitablemente dominados por los de más edad cuyo patrimonio progresa al ritmo del rendimiento del capital.

El problema es siempre la tasa de crecimiento, pues para cualquier tipo de comportamiento de ahorro, con un crecimiento económico débil (comparado con el rendimiento del capital), la elevación de la relación M equilibra casi exactamente la baja tendencial de la tasa de mortalidad “m”, tanto que el producto M x m, no depende de la esperanza de vida, sino, más bien, está determinado por la duración de una generación. El resultado es que en una sociedad que envejece, se hereda más tarde, pero se heredan montantes más elevados (al menos para los que heredan), tanto, que la importancia global de la herencia permanece sin cambio.

Es necesario hablar también del hecho de que las creencias meritocráticas más vivas son las que a menudo se ponen delante para justificar las muy fuertes desigualdades salariales, y tanto más fuertes sean, aparecen tanto más justificadas que las desigualdades que se originan de la herencia. Pero la justificación de las desigualdades se fundamenta, según Piketty, en varios malentendidos.

Aunque es evidente que un título académico juega un papel más importante hoy que en el siglo XVIII, eso no implica, necesariamente, que la sociedad haya devenido más meritocrática. En particular esto no implica que la parte de los ingresos nacionales que va al trabajo haya aumentado verdaderamente y, evidentemente, tampoco que cada uno haya tenido acceso a las mismas oportunidades para alcanzar los diferentes niveles de cualificación. De hecho Piketty afirma que la transmisión de un capital humano es siempre menos automática y mecánica que la de un capital inmobiliario o financiero, a pesar de que se pensaba que con el capital humano (la cualificación, la educación académica) se hubiese llegado al fin de la herencia y a la emergencia de una sociedad un poco más justa.

La gráfica 11.11 nos muestra qué proporción de una generación recibe en herencia el equivalente de una vida de trabajo. En los próximos años casi un sexto de la población, cada año, recibirá en herencia un valor mayor que lo que la mitad de la población gana con su trabajo a lo largo de toda una vida, lo que no impedirá a esa sexta parte de la población estudiar, adquirir diplomas y títulos y trabajar para ganar todavía más con su trabajo que será mejor pagado que lo es el de la mitad de la población.

Es perturbador, porque esta forma de desigualdad tiene y va a tener una amplitud inédita en la historia y es difícil de explicar con palabras y más difícil todavía de corregir políticamente, pues se trata de una desigualdad ordinaria, que opondrá a grandes segmentos de la población y a  una élite, con el resto de la población.

 

2015.05.10 Piketty G11.11

Traducción

Título: ¿Qué proporción de una generación recibe en herencia el equivalente de una vida de trabajo?

Eje vertical: Fracción de cada generación implicada

Cuadro: Parte de cada generación que recibe en herencia, al menos, el equivalente de los ingresos del trabajo recibidos en el curso de una vida por los 50 % de los empleos peor pagados (en función del año de nacimiento)

Lectura: En el seno de las generaciones nacidas hacia 1970-1980, 12 – 14% de las personas reciben en herencia el equivalente de los ingresos del trabajo recibidos en el curso de toda su vida por los 50 % menos bien pagados. Fuentes y series: ver Piketty.

 

A la vista de la tabla entendemos que en el seno de las generaciones nacidas hacia 1970-1980, 12 – 14% de las personas reciben en herencia el equivalente de los ingresos del trabajo recibidos en el curso de toda su vida por los 50 % peor pagados, y afirmamos, que lo cierto es, que el fin de la herencia no ha tenido lugar, aunque, eso sí, el reparto del capital heredado ha cambiado. Esto es lo que ha llegado a ser diferente. Hemos pasado, según los datos que Piketty aporta, de una sociedad con un pequeño número de grandes rentistas a una sociedad con un número mucho más grande de rentistas más pequeños: una sociedad de pequeños rentistas.

Pero Piketty afirma que el rentista es enemigo de la democracia cuando señala que nada garantiza que el modo en que van a continuar estando repartidas las herencias, es decir el reparto del capital heredado, no alcanzará los niveles desigualitarios del pasado y razona que nuestras sociedades democráticas se apoyan sobre un visión meritocrática del mundo, una creencia en una sociedad en la que las desigualdades estarían más fundadas sobre el mérito y el trabajo que sobre la filiación y la herencia, creencia y esperanza que juegan un papel central en la sociedad moderna.

Las desigualdades deberían ser justas y útiles a todos, según el artículo primero de la Declaración de 1789. La igualdad proclamada de los derechos del ciudadano contrasta con la desigualdad bien real de las condiciones de vida y para salir de esta contradicción es vital hacer de modo que las desigualdades sociales  se deriven de principios racionales y universales y no de contingencias arbitrarias.

Sin duda, el retorno de la importancia de la herencia va a ser un fenómeno europeo y después mundial. ¿Cómo nos enfrentaremos a lo que significa? Veremos qué sugiere Piketty, la semana que viene.

 

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XX. El capital humano y Marx con su apocalipsis

XX.- El capital humano y Marx con su apocalipsis

12.04.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Según una visión relativamente extendida, el proceso de desarrollo y crecimiento económico se caracterizaría por el hecho de que las cualificaciones, el know-how y el trabajo humano, llegarían a ser cada vez más importantes en el curso del tiempo en el seno del proceso de producción. Y aunque esta hipótesis no sea totalmente exacta, una explicación razonable de ella es que la tecnología se ha transformado de tal modo que el factor trabajo cada vez juega un papel más importante.

De hecho, con esta hipótesis se puede interpretar la disminución de la parte del capital según el cuadro:

 

Factores de producción Años 1800-1810 Años 2000-2010
Parte del capital               35-40 %            25-30%
Parte del trabajo               60-65 %            70-75 %

 

La parte del trabajo ha aumentado porque el trabajo ha llegado a ser más importante en el proceso de producción y ha sido el aumento del trabajo lo que ha permitido reducir la parte del capital rústico, inmobiliario y financiero.

Si la interpretación es correcta, es un cambio verdaderamente significativo. No obstante esto ha sucedido con idas y venidas y sin estar seguros de lo que nos deparará el futuro. Piketty indica que la enseñanza más importante, en estos momentos, es que la tecnología moderna utiliza siempre mucho capital y dado que la elasticidad de sustitución capital-trabajo parece ser superior a uno a largo plazo, no existe razón natural alguna para que la parte del capital disminuya a muy largo plazo, incluso si la tecnología se transforma en un sentido más favorable al trabajo. Ha aumentado los niveles de cualificación, pero el stock de capital inmobiliario, industrial y financiero ha progresado igualmente, y no parece que de una civilización fundamentada en el capital, la herencia y la filiación, vayamos a pasar a otra fundada sobre el capital humano y el mérito.

Para Marx los capitalistas acumulan cantidades de capital cada vez más importantes, lo que finalmente conduce a una baja inexorable y tendencial de la tasa de rendimiento del capital. Pero Marx, se lo imagina. No utiliza ningún modelo matemático, por lo que no sabemos, salvo la interpretación de cada uno, lo que quería decir. A este respecto Piketty señala que una forma lógica y coherente de interpretar el propósito de las palabras de Marx, es considerar la ley dinámica B = s/g, (es decir, B = ahorro / crecimiento, en término de % de los ingresos nacionales), y considerar que él quería decir que la tasa de crecimiento llegaría a ser = 0 o próxima a cero. Pues bien, si la tasa de crecimiento es cero o próxima a cero, la relación capital/ingresos tiende a infinito y si esto es así, el rendimiento del capital “r” debe necesariamente reducirse, cada vez más, de modo que el rendimiento del capital “r” debe acercarse próxima e infinitamente a cero, de lo contrario la parte del capital a = r x B acabaría con devorar la totalidad de los ingresos nacionales.

La contradicción dinámica señalada por Marx corresponde a una verdadera dificultad, de la que la única salida lógica es la del crecimiento estructural,  la cual permite equilibrar hasta cierto grado el proceso de acumulación del capital. En efecto, es el crecimiento permanente de la productividad y de la población lo que permite equilibrar la adición permanente de nuevas unidades de capital, como lo expresa la ley B = s/g, de lo contrario los capitalistas están cavando su propia tumba.

Parece, pues, que Marx tenía estas ideas, pero el problema es que Marx sólo se basaba en lo que leía de los informes parlamentarios británicos de los años 1820-1860 y algunas estadísticas que mostraban el muy rápido crecimiento de los beneficios industriales en el Reino Unido y a pesar de todas sus importantes intuiciones, Marx no usa y sólo se aproxima, relativa y poco sistemáticamente, a las estadísticas disponibles; Marx pasa totalmente de la contabilidad nacional, no profundiza en datos más contrastados o más fiables que su intuición, que en realidad fue una imaginación interpretativa de los hechos que veía en su época, que explicaba, a su manera, pero que no llegó a estudiar profundamente ni científicamente.

Dada la situación actual parece que vamos directos al retorno del capital en régimen de crecimiento débil. Así es, puesto que el retorno a un régimen histórico de crecimiento débil, y en particular de crecimiento demográfico nulo, conduce lógicamente al retorno del capital. Esta tendencia hacia la reconstitución de stocks de capital muy elevados en las sociedades de crecimiento débil está expresada por la ley B = s/g y se puede resumir así: en las sociedades estancadas, los patrimonios que vienen del pasado toman naturalmente una importancia considerable.

Si la tasa de ahorro se mantiene en torno al 10% y si la tasa de crecimiento se estabiliza en torno al 1,5% a muy largo plazo, en ese caso el stock mundial de capital alcanzará lógicamente el equivalente de seis-siete años de ingresos. Y si el crecimiento se reduce a 1%, entonces el stock de capital podría alcanzar el equivalente a diez años de ingresos.

Todo esto nos hace pensar en que la marcha adelante, hacia la racionalidad económica y tecnológica, no implica, necesariamente, una marcha adelante hacia la racionalidad democrática y meritocrática. La razón es pura y simplemente que: la tecnología, lo mismo que el mercado, no conoce ni límite ni moral. Ciertamente la evolución tecnológica ha envuelto necesidades cada vez más importantes en cualificaciones y competencias humanas (de trabajo humano), pero también ha aumentado las necesidades de edificios, viviendas, oficinas, equipos de todo tipo, patentes –todo lo cual es capital no humano- que ha progresado casi tan rápido como la producción y los ingresos nacionales. Además la masa de ingresos que remunera estas diferentes formas de capital ha progresado casi tan rápido como la masa de los ingresos del trabajo.

El crecimiento moderno, resume Piketty, que se ha fundado sobre el crecimiento de la productividad y la difusión de los conocimientos ha permitido evitar el apocalipsis marxista y equilibrar el proceso de acumulación de capital. Pero este crecimiento no ha modificado, en modo alguno, las estructuras profundas del capital y, todavía menos, no ha podido reducir su importancia macroeconómica comparada relativamente con el trabajo.

Hace falta ahora estudiar si respecto de las desigualdades en el reparto de los ingresos y de los patrimonios ocurrirá de igual modo. Es decir, ¿en qué medida las estructuras de las desigualdades respecto del trabajo y del capital se han transformado verdaderamente desde el siglo XIX?

Es cosa que veremos en próximos artículos.

 

 

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XIX. La sustitución capital-trabajo

XIX.- La sustitución capital-trabajo

05.04.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

En nuestro discurso mental es necesario que precisemos algunos puntos, pues no es lo mismo hablar del rendimiento del capital inmobiliario que de otro tipo de capital nominal, hablamos de activos reales y de activos nominales. El capital en dinero, es un capital cuyo valor (nominal) no varía por la inflación, pues cuando uno ingresa 10.000 euros en una cuenta corriente, una libreta de ahorros u otra inversión a plazo, por ejemplo, los 10.000 euros no valen lo mismo 10 años después; su valor depende de la tasa de inflación. Quizás uno pueda comprar la mitad de cosas diez años después, por lo que el valor de los 10.000 euros hay que dividirlo entre 2, lo que conlleva un rendimiento negativo de – 50 % en diez años, que puede o no ser compensado por los intereses obtenidos en el curso de dicho periodo.

Obviamente esto es totalmente diferente para los activos reales, pues el precio de los bienes inmobiliarios, lo mismo que los precios de las acciones o participaciones de las empresas o de las inversiones en productos financieros y fondos de inversión cuyo objeto es invertir en los mercados en la Bolsa, progresan generalmente, al menos, tan rápido como el índice de precios al consumo.

Esto no significa negar los efectos reales de la inflación sobre los patrimonios, sus rendimientos y su reparto, pues aunque hemos visto que la inflación jugó un papel central para reducir las deudas de los países ricos poco después de las guerras del siglo XX, no debemos olvidar que si la inflación se prolonga en el tiempo a niveles elevados, los unos y los otros buscan protegerse invirtiendo en activos reales. No obstante todo deja pensar que los patrimonios más importantes son los que se han indexado mejor y los más diversificados a largo plazo, y que los patrimonios modestos que se concentran en cuentas corrientes y en libretas de ahorro, son los más perjudicados siempre.

En una situación ideal de concurrencia pura y perfecta (lo que nunca se da) del mercado de capital y del mercado del trabajo, la tasa del rendimiento del capital debería ser exactamente igual a la “productividad marginal” del capital, es decir, a la contribución de una unidad de capital suplementaria al proceso de producción considerado. En modelos de cálculo más realistas, aunque mucho más complejos, la tasa de rendimiento del capital depende igualmente del poder de negociación y de las relaciones de fuerza entre los unos y los otros, y puede ser más elevada o más baja que la productividad marginal del capital.

Pero no hay que olvidar que la tasa de rendimiento del capital queda determinada, especialmente, por las fuerzas de la tecnología (pues, como pregunta Piketty, ¿a quién sirve el capital, si no?) y por la abundancia del stock de capital (ya sabéis, demasiado capital, mata el capital).

Aunque teóricamente se puede imaginar una sociedad en la que la relación B = capital/ingresos sea nula y dónde, en su caso, la parte del capital en los ingresos nacionales a = r x B sería también nula, ciertamente en todas las civilizaciones han desarrollado un estado de cosas totalmente distinto, pues el capital ha tenido su función importante. Esto ha sido ha sido porque el capital ha cumplido dos papeles económicos muy importante: de una parte para alojarse, es decir, para producir servicios para alojarse, cuyo valor se ha calculado por el valor del arrendamiento de las viviendas; y de otra parte como factor de producción para producir otros bienes y servicios, como tierras agrícolas, útiles, edificios, máquinas e, incluso, para comprar (invertir en) las semillas a utilizar para sembrar y conseguir la próxima cosecha.

Un mercado de capitales al que se le puede denominar “perfecto” sería el que permitiera a cada unidad de capital ir a invertirse en el mejor uso posible y obtener la productividad marginal máxima disponible en la economía y, en lo posible, en el marco de una cartera de inversión perfectamente diversificada (de modo que se beneficie sin ningún riesgo del rendimiento medio de la economía) y, todo ello, con los costes de intermediación mínimos. Pero, en la práctica, las instituciones financieras y los mercados de las Bolsas, están generalmente muy alejados de este ideal de perfección y se caracterizan por una inestabilidad crónica, olas especulativas y burbujas que se repiten.

Pero a pesar de ello tenemos que reconocer que las instituciones y sistemas de intermediación financiera han jugado un papel central e irremplazable en la historia del desarrollo económico.

La noción de productividad marginal está ligada íntimamente a la cuestión de saber si está justificado y es útil para la sociedad que los poseedores del capital reciban esta productividad marginal como remuneración de su título de propiedad (y de sus ahorros pasados, o bien de los de sus ancestros) sin que ningún nuevo trabajo sea aportado. Esta es una cuestión central sobre la que habría que insistir, pero que ahora, en nuestra economía libre de mercado no se discute.

Independientemente de cuales sean las instituciones o las reglas que organicen la participación capital-trabajo, es lógico y fácil, entender que la productividad marginal del capital disminuye a medida que el stock de capital aumenta. En particular la cuestión central es determinar con qué amplitud el rendimiento medio del capital “r” (suponiendo que sea igual a la productividad marginal del capital) disminuye cuando la relación Capital/Ingresos, es decir B, aumenta.

Se pueden producir dos casos. Si el rendimiento del capital “r” baja más que proporcionalmente cuando la relación capital/ingresos B aumenta, esto significa que la parte de los ingresos del capital en los ingresos nacionales a=r x B disminuye cuando B aumenta. Dicho de otro modo, la disminución del rendimiento del capital hace más que compensar el aumento de la relación capital/ingresos. A la inversa, si el rendimiento “r” cae menos que proporcionalmente cuando la relación aumenta, esto significa que la parte del capital a = r x B aumenta cuando B aumenta. En este caso el movimiento del rendimiento tiene simplemente por efecto amortiguar y moderar la evolución de la parte del capital por comparación a la de la relación capital/ingresos. De los datos que usa Piketty parece ser que es este segundo caso el que ha ocurrido: la parte del capital “a” ha seguido la misma evolución general en forma de curva de “u” que la relación capital/ingresos B.

El título de este articulo habla de la sustitución capital-trabajo que es una “función de producción”, es decir, una formulación matemática que permite resumir de modo sintético el estado de las tecnologías posibles en una sociedad dada, y una función de producción se caracteriza especialmente por una elasticidad de sustitución entre capital y trabajo, concepto que mide la facilidad con la cual es posible sustituir o reemplazar el trabajo por el capital, para producir bienes y servicios solicitados.

Cuando la elasticidad de sustitución es nula, corresponde a una función de producción a coeficientes totalmente fijos. Pero por lo que nos interesa a nosotros es si la elasticidad de sustitución entre trabajo y capital es inferior o superior a uno, porque si la elasticidad está comprendida entre cero y uno, un aumento de la relación capital/ingresos B conduce a una baja tan fuerte de la productividad marginal del capital que la parte del capital en los ingresos disminuye, es decir a = r x B (suponiendo que el tipo de rendimiento del capital sea determinada por su productividad marginal). Si, por el contrario, la elasticidad es superior a uno, un aumento de la relación capital/ingresos B conduce, al contrario, a una baja limitada de la productividad marginal del capital, tanto que si la parte del capital a= r x B aumenta (suponiendo siempre una igualdad entre rendimiento del capital y productividad marginal). En el caso de una elasticidad exactamente igual a uno, los dos efectos se compensan perfectamente: el rendimiento del capital “r” baja en las mismas proporciones que la relación capital/ingresos B, tan bien, que el producto a= r x B queda sin cambio alguno.

Entonces ¿cuál será la sustitución capital-trabajo en el siglo XXI? Piketty indica que dicha elasticidad será superior a uno y aunque reconoce que es muy difícil de prever hasta qué punto la elasticidad de sustitución capital-trabajo será superior a uno, sobre la base de datos históricos, se puede estimar una elasticidad comprendida entre 1,3 y 1,6.

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XI. La inflación y la forma del capital

XI.- La inflación y la forma del capital

1.02.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Se podría pensar que la inflación es un fenómeno puramente monetario, respecto del cual no deberíamos preocuparnos, en la lectura de la investigación hecha por Piketty y su equipo, plasmada en su libro El Capital en el siglo XXI. De hecho toda la información, tablas, gráficas, que Piketty incluye como datos en su libro, dice, está libre de la tasa de inflación, es decir, que corresponde al crecimiento “real”.

Pero, en realidad, la cuestión de la inflación juega un papel central en su investigación, porque el crecimiento se caracteriza siempre por la aparición de nuevos bienes y servicios y por enormes movimientos de los precios relativos, tantos que es muy difícil de resumir por una cifra única. En efecto, para un mismo crecimiento nominal de un 3% anual, se puede considerar que el crecimiento real es del 1%, si se estima que el incremento de los precios es del 2%.

Los movimientos de los precios relativos pueden jugar un papel más decisivo aun, en el marco de la teoría de Ricardo y de su principio de rareza: si ciertos precios, tales como los de la tierra, los inmuebles o, incluso, el petróleo, toman valores extremos durante periodos prolongados, esto puede afectar durablemente el reparto de las riquezas en beneficio de los detentadores iniciales de estos recursos raros.

Dejaremos para el futuro hablar más profundamente de la inflación, es decir, del alza generalizada de todos los precios, pues puede igualmente jugar un papel fundamental en la dinámica del reparto de las riquezas. En particular, ha sido la inflación la que, esencialmente, ha permitido a los países ricos desembarazarse de su deuda pública después de la II Guerra mundial. La inflación ha engendrado, igualmente, toda suerte de redistribuciones entre los grupos sociales en el curso del siglo XX, de forma caótica y poco controlada.

Por el contrario la sociedad patrimonial que se desvaneció en los siglos XVIII y XIX es indisociable de la más grande estabilidad monetaria que caracterizó este largo período. En efecto, Piketty indica que el primer hecho central que conviene recordar es que la inflación es, en su mayor parte, una invención del siglo XX, pues a lo largo de los siglos precedentes y hasta la Primera Guerra mundial, la inflación era nula o casi nula.

Ciertamente los precios podían subir, o quizás bajar, con motivo de determinadas circunstancias, buenas o malas cosechas, modas u otras causas, pero estos movimientos al alza o a la baja, acaban por compensarse. Esto es lo que demuestran las series estadísticas de precios sobre largos periodos de las que dispone Piketty. Las inflaciones que se observan son del orden del 0,2 al 0,3% anual e incluso en algunos periodos negativas del orden -0,2 % anual. Y ello es cierto en el Reino Unido, en Estados Unidos, así como en Francia. Todo esto cambia a partir de 1914, como se ve en la gráfica 2.6

2015.02.01 Piketty G2.6

Traducción:

Gráfica 2.6. La inflación desde la Revolución industrial

Eje vertical: Tasa de inflación (índice de los precios al consumo)

Cuadro: Francia, Alemania, Estados Unidos, Reino Unido

Pie de gráfica: Lectura: La inflación en los países ricos fue nula en los siglos XVIII-XIX, elevada en el siglo XX, y es desde 1990 del orden del 2% anual. Fuentes y series: Ver Piketty

Aunque una inflación media entorno al 2 % anual, para esta época, se caracteriza por un movimiento de retorno a la inflación cero, igual a la de antes de la Primera Guerra mundial, no hay que olvidar que una inflación del 2% anual es muy diferente de una inflación cero. De hecho si se le suma a la inflación del 2% un crecimiento real del 1-2% anual, significa que todos los importes –producción, ingresos, salarios- tienden a progresar del orden del 3-4% anual en números nominales.

La inflación como ha quedado dicho tiene su efecto en la deuda, tanto en la deuda privada como en la deuda pública. Esto es algo en lo que incidiremos más adelante.

Ahora, será interesante ver cómo ha ido cambiando la forma del capital, porque a lo largo de estos dos siglos ha habido una importante metamorfosis del mismo. Veamos cómo ha cambiado, por ejemplo, en el Reino Unido en la gráfica 3.1.

2015.02.01 Piketty G3.1

 

Traducción:

Gráfica 3.1. El capital en el Reino Unido, 1700-2010

Eje vertical: Valor del capital nacional, en % de los ingresos nacionales.

Cuadro: Capital extranjero neto, Otro capital interior, Viviendas, Tierras agrícolas

Pie de gráfica: Lectura: el capital nacional vale alrededor de 7 años de ingresos nacionales en el Reino Unido en 1700 / de los que 4 son en tierras agrícolas.

Por no añadir la misma gráfica para Francia se ha de decir que la relación capital/ingresos ha seguido evoluciones extremadamente próximas en los dos países, con una relativa estabilidad en el siglo XVIII y en el XIX, un enorme shock en el inicio del siglo XX y, de nuevo, un importante incremento, desde la mitad del siglo XX hasta el día de hoy.

Queda muy clara, no obstante, la disminución de la importancia de las tierras agrícolas y el incremento de otro capital interior, categoría ésta que comprende los capitales utilizados por las empresas y las administraciones (inmuebles, edificios de uso profesional, equipos, máquinas, ordenadores, marcas, etc., valorados a precios de mercado). Se observa la importancia hasta el año 1910 de los capitales extranjeros (es decir, el valor de los poseído por los ciudadanos del Reino Unido en el extranjero) y su caída hasta el punto que el valor neto es negativo en 2010.

Se ha citado en la gráfica el “capital “nacional” como un orden de magnitud que lo medimos en porcentaje de los ingresos anuales. En la gráfica anterior se muestra que el capital nacional del Reino Unido es del orden del 550% de los ingresos anuales, es decir, 5,5 años de ingresos anuales. Esto es muy semejante a los datos de Francia y también a los de España.

Pero, para seguir adelante con nuestro análisis en base a las investigaciones de Piketty, tenemos que poner sobre la mesa la cuestión de la deuda pública y, más generalmente, la cuestión de la distribución del capital nacional entre capital público y capital privado. Cosa que haremos en el futuro.

 

 

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. X. Reflexiones sobre crecimiento

X.- Reflexiones sobre crecimiento

25.01.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Aunque resumir el crecimiento de una sociedad a largo plazo por una cifra única es en gran parte una ilusión estadística el punto que para Piketty le parece más importante y sobre el que quiere incidir es que un ritmo de crecimiento de la producción por habitante del orden de 1 % por año, es en realidad, extremadamente rápido, mucho más rápido de lo que uno se pueda imaginar.

Pongámonos a hacer números contando a partir de la magnitud de una generación. Sobre 30 años, un crecimiento de un 1% por año corresponde a un crecimiento acumulado de más del 35%. Un crecimiento del 1,5 % por año corresponde a un crecimiento acumulado de más del 50 %. Lo que, en la práctica, implica transformaciones considerables de los modos de vida y de los empleos.

Concretamente el crecimiento de la producción por habitante ha sido de apenas 1%-1,5% anual en el curso de los 30 últimos años en Europa, en América del Norte y en el Japón, y nuestras vidas han sido plenamente transformadas. En efecto al principio de los años 1980 no existía ni internet ni teléfonos móviles, los transportes aéreos eran inaccesibles para la mayor parte, la mayor parte de las tecnologías médicas punta que están disponibles hoy no existían y los estudios superiores no los podían cursar más que una minoría de la población. En el dominio de las comunicaciones, de los transportes, de la salud y de la educación, los cambios han sido profundos. Estos cambios han afectado profundamente también a la estructura del empleo. Sí, el que la producción por habitante haya progresado alrededor del 35%-50% en el período de 30 años, significa que una fracción muy grande de la producción que se realiza hoy, entre un cuarto y un tercio de los oficios y de las tareas realizadas hoy no existía hace treinta años.

Si comparamos la situación actual con la de las sociedades del paso cuando el crecimiento era casi nulo, o bien de apenas 0,1% anual, como en el siglo XVIII, es una diferencia considerable. Estas sociedades se reproducían idénticamente cada generación, la estructura de los oficios era la misma, la de la propiedad igual. En cambio una sociedad en la cual el crecimiento es de un 1% anual, como es el caso en los países más avanzados desde el principio del siglo XIX, es una sociedad que se renueva profundamente y permanentemente. Esto entraña consecuencias importantes para la estructura de las desigualdades sociales y para la dinámica del reparto de las riquezas. En efecto, el crecimiento puede crear nuevas formas de desigualdades, por ejemplo grandes fortunas se puede construir muy rápidamente en los nuevos sectores de actividad, aunque ello hace que las desigualdades venidas del pasado consecuentemente lleguen a ser menos importantes y la herencia, menos determinante.

Quizás algún lector le parezca que un crecimiento del 1 o del 1,5% es poco importante si miramos lo que los países emergentes han estado consiguiendo en algunos momentos, incluso lo que la propia España ha conseguido durante los últimos dieciocho años según el INE, pero no hay que olvidar que la transformación de España ha sido alucinante. También hay que poner sobre la mesa de estudio el que con un crecimiento débil se pueda provocar una desilusión respecto a conseguir un orden social más justo. Pero el crecimiento, según Piketty, no es lo único en lo que hay que basar la confianza para satisfacer esta esperanza democrática y meritocrática, sino que ésta también se debe apoyar sobre instituciones específicas y no solamente sobre las fuerzas del progreso técnico y del mercado.

Crecimiento en volumen
(Base 2010)
Año Tasa anual (en %)
2013 (A) -1,2
2012 (P) -2,1
2011 (P) -0,6
2010 (P) 0,0
2009 -3,6
2008 1,1
2007 3,8
2006 4,2
2005 3,7
2004 3,2
2003 3,2
2002 2,9
2001 4,0
2000 5,3
1999 4,5
1998 4,3
1997 3,7
1996 2,7

(A) Avance

(P) Provisional

(PE) Primera Estimación

En el curso de los últimos tres siglos el crecimiento mundial habrá atravesado una curva en campana de una amplitud considerable. Sea que se trate del crecimiento de la población, o de la producción por habitante, el ritmo de crecimiento se ha acelerado progresivamente durante los últimos tres siglos y que parece que va a volver a niveles mucho más débiles durante el curso de este siglo XXI.

Si comparamos las dos curvas en campana   (crecimiento de la población y crecimiento de la producción) observamos que en el crecimiento de la población el alza comenzó más pronto y la bajada ha comenzado también más pronto. El ritmo de progresión de la población mundial consiguió su zénit durante los años 1950-1970, con más de un 2% anual y no ha cesado de descender desde entonces.

En cuanto al crecimiento de la producción por habitante ha tardado mucho más despegar pues no ha llegado a ser una realidad hasta el siglo XX. El crecimiento de la producción mundial por habitante ha sobrepasado el 2% anual entre 1950 y 1990, gracias, especialmente, a haber alcanzado Europa al frente económico mundial, y de nuevo entre 1990 y 2012, en este caso al alcance de Asia, especialmente de China en donde el crecimiento ha sobrepasado el 9% anual entre 1990 y 2012 (un nivel jamás observado en la historia.

¿Qué pasará después de 2012? En la gráfica siguiente Piketty da su perspectiva.

2015.01.25 Piketty G2.4

 

Según Piketty en el gráfico 2.4 se muestra una previsión “mediana” pero optimista, pues ha supuesto para los países más ricos (Europa occidental, América del Norte y Japón) un crecimiento del 1,2% anual desde 2012 a 2100 (es decir, un nivel sensiblemente más elevado que el que prevén un gran número de economistas) y por los países pobres y emergentes una continuación suave del proceso de convergencia, con un crecimiento del 5% anual desde 2012 a 2030 y del 4% de 2030 a 2050. Si esto se llega a conseguir quiere decir que el nivel de producción por habitante habrá alcanzado desde 2050, casi en todo lugar, el nivel de los países más ricos, sea en China, en Europa del Este, en América del Sur, en África del Norte o en el Oriente Medio. A partir de este momento el reparto de la producción mundial se aproximaría a la de la población.

En este escenario medio optimista el crecimiento mundial de la producción por habitante sobrepasaría ligeramente el 2,5% anual entre 2012 y 2030, así como entre 2030 y 2050, para caer por debajo del 1,5% después de 2050 dirigiéndose al 1,2% durante el último tercio del siglo.

Pero vamos a tener que hablar de la cuestión de la inflación. Es lo que haremos en el próximo artículo.

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