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El trabajo en el futuro y el trasfondo económico de los derechos

El trabajo en el futuro y el trasfondo económico de los derechos

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho.

Publicado en el Periódico Mediterráneo el 20171217

Cuando hablamos del Estado del Bienestar, en general, nos referimos a una serie de derechos que permiten a los ciudadanos obtener algún tipo de educación gratuita, de atención médica sanitaria y del disfrute de unos suministros adecuados de agua potable, energía y comunicaciones, así como de redes de transporte de personas y mercancías, seguridad personal y jurídica, etc. Para ello los gobiernos han tenido que invertir en las infraestructuras básicas que permiten todas estas cosas.

Por su parte los activistas y partidos políticos, sindicatos y pensadores, conceptualizan ideológicamente dichos derechos como consecuciones históricas a las que no se puede renunciar. Pero lo cierto es que las cosas están cambiando, las circunstancias, los hechos van a forzar cambios que ni siquiera imaginamos.

Sea por el envejecimiento de la población, el crecimiento vegetativo (más bien negativo), la inmigración o por la sexta revolución industrial tecnológica digital, el trabajo y los servicios (derechos) económicos incluidos en el Estado del Bienestar van a tener que cambiar, pues este “estado” no se puede continuar sosteniendo.

Alguien recordará lo que se dice de que la Economía es la ciencia de la gestión de los bienes escasos. Bienes que en algún momento se consideraban abundantes (agua, aire, incluso suelo) llega el momento en que, por su acaparamiento, contaminación o consunción ya no abundan: por lo tanto, se regulan derechos entorno a ellos, como un modo de evitar confrontaciones y una justa distribución.

Por otra parte, inicialmente podemos confundirnos pensando que los “derechos” son una cuestión de principios, de filosofía de vida en común, que no tienen nada que ver con la economía; pero rápidamente nos damos cuenta de nuestro error.

Aunque efectivamente los mismos se fueran estableciendo, a lo largo de la historia, mediante el reconocimiento por parte del grupo (tribu, sociedad), como unas costumbres que permitían el éxito como grupos y como individuos, especialmente en cuanto a continuar con vida y dejar descendientes aptos para la vida, no hay duda de que algo costaba a ese grupo, su mantenimiento y el conseguir que se respetaran.

Ciertamente los sistemas de imposición de la voluntad colectiva frente a la singular, minoritaria o privada, cuestan un esfuerzo a la sociedad: bien sea a través de la institución de tribunales o de la fuerza coercitiva exclusiva en manos del Estado; ambas instituciones precisan de personas que temporal o completamente dediquen sus servicios para que no se impida a ningún individuo el ejercicio de sus derechos. Lo fue también así en el principio, bien cuando los tribunales de ancianos se sentaban en las puertas de las ciudades para dictar justicia, o cuando el líder del grupo decidía respecto de las controversias entre los miembros del mismo, imponiendo su autoridad basada en su mayor fortaleza y edad (recuérdese que los ancianos, en los primeros tiempos, eran personas que estaban en su apogeo físico, alrededor de los 30 años, pues vivían poco más, dado que la esperanza de vida era de unos 35 años).

¿Podemos decir, entonces, que las cuestiones respecto de los derechos se pueden tratar completamente separadas de su coste económico?

Puedo aceptar que la conceptualización de los derechos se ha llevado a cabo no teniendo presente el trasfondo económico de la misma. Pero quiero indicar que los derechos se han venido conceptualizando, aceptando, instituyendo y poniendo los medios para su respecto, a medida que las sociedades han tenido los medios económicos para ello.

Cuando el hombre se planteó la distribución o reparto de la caza de piezas grandes, que no podía consumir él solo sin que antes se corrompiera la carne, comenzó la carrera para conseguir mayor éxito en dejar descendientes y permitir el pasaje evolutivo de la especie y de los grupos. La carne que le sobraba al cazador se repartía a la hembra o hembras a las que podía mantener (también a otros miembros del grupo con la consiguiente deuda del favor), las cuales, a su vez, contribuían con la recolección de frutos y raíces, haciendo la dieta más exitosa y, sobre todo, con el cuidado de los hijos, a los que les tenían que dedicar mucho tiempo hasta tanto eran autosuficientes.

La justicia respecto de la distribución, de por sí, tiene un único y exclusivo componente económico: el reparto de bienes económicos, inicialmente de alimento.

El conseguir que lo distribuido se mantenga en poder de los receptores (hembras e hijos), comporta mantener un sistema de control de las conductas de terceros para evitar que roben a la hembra, menos fuerte y muy ocupada con los hijos. Es una cuestión de propiedad: la justicia respecto de la propiedad es absolutamente económica.

Los derechos se comenzaron a poner por escrito en códigos, más o menos mitológicos o religiosos, cuando la sociedad tuvo los medios de mantener a individuos que inventaron la escritura y a escribas que la conocían, en lugar de que éstos tuvieran que conseguirse por sí mismos los medios para la subsistencia.

Aunque los conceptos fueran, poco a poco, surgiendo en las mentes y consciencias, esto no se pudo haber iniciado antes de la distribución del alimento, obtenido mayormente con la caza. Llegó el momento de la eclosión de esta conceptualización con la revolución de la agricultura. El superávit de alimentos, el almacenamiento y el sedentarismo fueron los motores. En ese momento comienza una revolución cultural.

No es el momento, aquí, para hablar de los Derechos Humanos, pero ha sido en siglos recientes cuando las sociedades culturalmente maduras (no todas ellas lo están todavía), se han planteado poner por escrito un Código o listado de derechos que se consideran consustanciales con denominarse los individuos para quienes se postulan, humanos. Otras sociedades están reacias a aceptarlos porque consideran que se han redactado desde un punto de vista judeo cristiano y occidental que no tiene en cuenta sus componentes culturales; no obstante culturas orientales no tienen ningún problema en identificarse con ellos.

Hay que decir también que, aunque haya derechos respecto de los cuales no aparece fácilmente el trasfondo económico (derecho a la vida, por ejemplo), sólo es cuestión de ponerse a pensar un poco más profundamente para detectar que sí hubo y hay un trasfondo económico en todos los derechos, incluido ese (costo del sostenimiento de ancianos que no se pueden valer, etc.).

Pero en el título de este artículo he indicado que hablaría del trabajo en el futuro que, en efecto, está íntimamente unido a los derechos, como hemos visto. El trabajo es actividad económica que nos permite subsistir o, incluso, ahorrar. Pues bien, ese trabajo, el modo de hacer las cosas, está hoy siendo completamente transformado por la tecnología digital, alterando las formas de hacer, quién las hace y cuánto se obtiene por hacerlas.

El trabajo actualmente es menos regular, menos seguro, los trabajadores se ven obligados a aprender, a continuar desarrollando nuevas habilidades y mantenerse al día con los progresos del desarrollo profesional; cada 3 o 4 años el panorama profesional ha cambiado radicalmente. Cada vez habrá menos cosas que hacer dado que las harán las máquinas, los robots que previa la inversión, son mucho más exactos, eficaces, rápidos y con costos infinitamente menores que los humanos. Parece que grandes cantidades de humanos quedarán desplazados del mercado laboral o tendrán que aceptar salarios ínfimos (en competencia con las máquinas) que nos los van a permitir sostenerse económicamente. Si esto es así habrá que replantearse lo que debe ser una economía y a este respecto aconsejo la lectura de “La riqueza de los humanos. El trabajo en el siglo XXI” de Ryan Avent.

Habrá que pensar seriamente que la grandísima brecha en la distribución de la riqueza debe ser reducida mediante la redistribución de la renta y de la riqueza, a través de políticas de rentas, no sólo inclusivas, sino básicas completas, que permitan la vida con suficiente comodidad de los que queriendo trabajar no pueden porque la nueva economía, que no precisa tanta mano de obra, no lo permite.

Las empresas que ganan desorbitadas cantidades porque han tenido la suerte (sí la suerte, no el conocimiento, que es una cosa social, compartida por todo el equipo de empleados y trabajadores) de tomar la iniciativa descubriendo nuevas formas de hacer cosas, que tienen éxito en la economía de la globalización, y los individuos que tienen el control de las mismas, deberán estar dispuestas a sostener mediante la redistribución de las rentas (a través de políticas fiscales de proporciones actualmente desconocidas) a esa masa de ciudadanos y todo, porque no habrá trabajo para todos y el derecho primordial de poder vivir con dignidad debemos forzar, si es el caso, que esté disponible para todos.

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXI. El incremento constante de la gran brecha entre ricos y pobres

XXI.- El incremento constante de la gran brecha entre ricos y pobres

19.04.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Contestando la pregunta final del artículo anterior hay que decir que las estructuras de las desigualdades respecto del trabajo y del capital no se han transformado mucho, y entiendo que Piketty con su obra trata de concienciarnos de las grandes diferencias que hay en el reparto del capital y las riquezas, de la gran brecha entre ricos y pobres, la cual se va a ensanchar si no se remedia.

Su propuesta no es que venga “la repartidora”, es decir un comunismo que ya ha quedado demostrado que es incapaz de estimular a los ciudadanos a la cultura del esfuerzo con su correspondiente recompensa; más bien al contrario, estimulaba al mínimo trabajo, puesto que todos iban a tener, supuestamente, cubiertas las necesidades.

Es obvio que el estímulo que viene de ganar lo mismo que otro que trabaja menos, no lleva a exigir que el que trabaje menos cambie y haga trabajo duro (salvo un estado dictatorial, policial y delator, y aun en estados de este tipo, tampoco tuvieron éxito), sino al contrario a trabajar igual que el peor. En un estado comunista el dechado está, no en el que más trabaja, sino en el espabilado que tiene sus necesidades cubiertas con el mínimo esfuerzo, o en conseguir pertenecer a la élite política que domina a los demás, los cuales sí llegan a tener algunos privilegios.

Dando por entendido el fracaso estrepitoso del experimento comunista, ciertamente tampoco podemos pensar que el sistema capitalista ha resuelto toda la problemática de una justa distribución de los medios económicos que permitan asegurar poder llevar una vida digna y cubrir los propósitos y proyectos de la misma. ¡Cuántos y cuántos derechos se hallan en las Constituciones de los Estados, los cuales no pueden exigirse ante los tribunales! Esos derechos, más bien, son ideas programáticas que inspiran la acción política, pero que pasan los años y no se convierten en realidades para todos: ni el trabajo para todo el que quiera trabajar, ni la vivienda digna. Alguien se preguntará por qué llamamos derecho a algo que no puede exigirse ante los Tribunales: yo también, pero nadie me discutirá que queda bien en la Constitución.

Pero queríamos llegar a comentar cuál es la idea de Piketty para resolver los problemas del injusto reparto (más bien, acumulación) del capital y las riquezas.

Piketty entiende que algo que llevaría en dirección a una solución del problema sería una tributación suficientemente importante sobre las rentas del capital y sobre la acumulación del mismo. Esto no quitaría el estímulo a generar actividad económica que permita acumulación del capital excedentario, pero rebajaría la rentabilidad final del mismo, por los impuestos sobre el capital que se redistribuirían en los presupuestos del Estado.

Por supuesto, estas ideas, si no se llevaran a la práctica por la mayoría de los estados conduciría a movimientos de capitales y deslocalización de inversiones hacia lugares donde la tributación fuera más leve, como ya sucede en la actualidad.

Habría que empezar a probar la idea. Lo que sí es cierto y nos lo demuestra Piketty con un estudio concienzudo de las estadísticas, cuentas de los estados, datos de las declaraciones y de la recaudación de los impuestos sobre la renta de las personas físicas y de las jurídicas (entidades mercantiles), es que el capital, si no se adoptan medidas oportunas, tiende y continuará tendiendo de modo imparable a su acumulación, haciendo del mundo un lugar en dónde un porcentaje de población cada vez más pequeño poseerá un porcentaje de capital y riquezas cada vez grande, y donde, al revés, un porcentaje cada vez más grande población poseerá un porcentaje de capital y riquezas cada vez más pequeño.

En el artículo anterior dijimos que el crecimiento moderno, según resume Piketty, que se ha fundamentado sobre el crecimiento de la productividad y la difusión de los conocimientos, ha permitido evitar el apocalipsis marxista y equilibrar el proceso de acumulación de capital. Pero este crecimiento no ha modificado, en modo alguno, las estructuras profundas del capital y, todavía menos, no ha podido reducir su importancia macroeconómica comparada relativamente con el trabajo.

Hace falta ahora estudiar si respecto de las desigualdades en el reparto de los ingresos y de los patrimonios ocurrirá de igual modo. Es decir, ¿en qué medida las estructuras de las desigualdades respecto del trabajo y del capital se han transformado verdaderamente desde el siglo XIX? Vamos a ello.

Hemos dicho en alguna ocasión anterior que cada vez, la rentabilidad marginal del capital se reducirá. Afirmación que es una cosa lógica, pero lo importante de la misma es que se basa en el hecho de que Piketty no habla intuitivamente sino en base a las evoluciones estadísticas históricas observadas. Y dice que esto es así, que la elasticidad de la sustitución capital-trabajo es superior a uno, porque parece que todavía es posible encontrar cosas útiles y nuevas que hacer con el capital, nuevas formas de construir o equipar las viviendas, por ejemplo, o equipos robóticos, electrónicos, cada vez más sofisticados que interesarán al consumidor.

Reconoce que es muy difícil de prever hasta qué punto la elasticidad de sustitución capital-trabajo será superior a uno, pero sobre la base de datos históricos, estima Piketty que se alcanzará una elasticidad comprendida entre 1,3 y 1,6.

Si esto es así continuará habiendo y ensanchándose la brecha y las desigualdades. Por lo tanto habría que revisar algunos datos que pudieran mostrarnos la estructura de las desigualdades, es decir las desigualdades y la concentración. Y hay desigualdades en el reparto de los ingresos por el trabajo, así como también las hay respecto tanto de la posesión de riquezas y capital como de los rendimientos que se obtienen por las unidades de capital. De hecho, según Piketty, el capital está más desigualmente repartido que el trabajo (o que la retribución del trabajo).

La tabla 7.3 nos da una idea global de las desigualdades en las que podemos meditar y con la reflexión de la lectura de la tabla dejamos vagar nuestra mente en las consecuencias sociales  que estas desigualdades tienen, en las que profundizaremos en una próxima ocasión.

La desigualdad total de los ingresos (trabajo y capital) en el tiempo y el espacio

2015.04.19 Piketty T7.3

Lectura: en las sociedades en las que la desigualdad total de los ingresos y del trabajo es relativamente débil (como los países escandinavos en los años 1970-1980), los 10 % más ricos, detentan en torno al 20 % de los ingresos totales, y los 50 % más pobres entorno el 30 %. El coeficiente de Gini que le corresponde (indicador sintético de desigualdad) es el 0,26.

Traducción:

Parte de los diferente grupos en el total de los ingresos; Desigualdad débil (=países escandinavos, años 1970-1980); Desigualdad media (=Europa 2010); Desigualdad fuerte (=Estados Unidos 2010, Europa 1910); Desigualdad muy fuerte (=Estados Unidos 2030?)

Los 10 % más ricos “clases superiores”

De los que: el 1 % más ricos (“Clases dominantes”)

De los que: el 9 % siguientes (“clases altas”)

Los 40 % de en medio “clases medias”

Los 50 % más pobres “clases populares”

Coeficiente de Gini correspondiente (indicador sintético de desigualdad)

 

 

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