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Bondad y corrupción humanas

BONDAD Y CORRUPCIÓN HUMANAS

20180817

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

 

Me refiero a la vida pública, y en cuanto a ella, algunos, si no muchos, nos sentimos desanimados de ver las mentiras, las estrategias dialécticas verbales de unos contra otros, la corrupción, el egoísmo, el oportunismo, el abuso del momento mediático, el uso y el abuso de la justicia con intención de sustituir a la política, el que se entienda o se cacaree que unas mayorías no tienen legitimidad por ser unión de varios partidos o ideologías y un sinfín de cosas más que sería prolijo enumerar.

Estoy harto de ver la falta de colaboración de unos con otros, cada uno arrimando el ascua a su sardina. Criticando destempladamente lo que hacen otros o lo que hicieron, cuando los que ahora critican, han estado haciendo, o lo hacen, igual o casi igual de mal, o de bien.

La política no debería ser una riña constante de palabras. Y digo riña de palabras, porque casi siempre sólo se usan argumentos, pocos datos, menos ciencia y nada de espíritu de colaboración. Y eso ¿por qué? En realidad, sois servidores públicos o al menos, tenéis ese nombre, pero, probablemente, demasiados pensáis como aquel, que dijo que estaba en la política para forrarse. ¿Es esa la razón? ¡Qué desgracia si estoy en lo cierto!

El momento es desaforado. Se necesita espíritu de concordia, espíritu de, poner a disposición de los demás nuestras capacidades y talentos para que las cosas, en la política, se hagan de la mejor manera posible. Y sí, voy a recuperar la palabra, se necesita espíritu de consenso.

¿Acaso alguno cree que los demás son mucho peor que nosotros? En realidad, son poco más o menos igual de malos; y lo he enfocado por lo negativo, porque no quería preguntar si alguien se cree superior a nosotros, porque todos somos buenos y malos, altruistas y egoístas, colaboradores y antagonistas.

Y todo esto es así porque, de acuerdo con las pruebas científicas obtenidas los últimos treinta años, somos fundamentalmente buenos, pero estamos sujetos a la corrupción de las fuerzas del mal, o lo que es lo mismo, somos esencialmente malos, pecadores, pero susceptibles de ser redimidos por las fuerzas del bien. Estamos hechos para dar la vida en favor de un grupo o al contrario, anteponernos a nosotros y a nuestras familias por encima de todo. Y de nuevo, esto es así porque la selección multinivel, en este caso la conducta social hereditaria, mejora la capacidad competitiva, no sólo de los individuos dentro del grupo, sino además de los grupos en su conjunto.

Un rasgo que nos identifica a los humanos es que somos obsesivamente curiosos, queremos saber lo que hacen otros. Somos genios o nos lo creemos a la hora de interpretar las acciones de los otros, y así, evaluamos, difundimos, intimamos, cooperamos, cotilleamos y controlamos, en lo posible a los demás. Y de ahí los comportamientos de los que me he quejado en párrafos anteriores.

Otro rasgo, es el abrumador deseo instintivo de pertenecer a un grupo, que define nuestra identidad y que nos concede a todos un complejo de superioridad (no solo a los criticados por ser nacionalistas).

Es un hecho probado científicamente que deseamos y preferimos, estar con gente de aspecto parecido al nuestro, que hable el mismo idioma o incluso, el mismo dialecto; con quien compartamos creencias (no me refiero a religiosas sólo). Y la amplificación de esta tendencia, desemboca fácilmente en racismo o en intolerancia religiosa: es decir, los buenos, pueden actuar con maldad.

Y además, está el problema del conflicto dentro del grupo. Los egoístas, los tramposos, si no se les pilla y excluye, se imponen a los altruistas, a los colaboradores y a los que reciprocan. Pero los grupos formados por altruistas se imponen a los compuestos por egoístas; dicho de otro modo, la selección individual fomenta el pecado, la selección grupal fomenta la virtud. Es el eterno conflicto, que no es una prueba de Dios ni una maquinación de Satanás, sino que es así como se resolvieron las cosas en nuestra evolución como especie. De modo que pudiera ser, lo mismo que es en la ciencia, que el conflicto sea la única manera a través de la cual pueda evolucionar la organización y la inteligencia humana. Tendremos que vivir con este caos congénito que, en realidad, como dice Wilson es la principal fuente de nuestra creatividad.

Entonces ¿por qué me quejo?, porque no estoy seguro de que estemos aprovechando bien a nivel de grupo la cooperación, la reciprocidad, el altruismo; mientras que sí estoy seguro de que, a nivel de individuos, muchos, casi todos ellos políticos, están aprovechando muy bien su egoísmo contra el grupo, sus trampas y sus mentiras. Por eso es necesario expulsarlos de la vida pública, extrañarlos, que se ganen la vida trabajando, no en la política.

Es necesario que las instituciones docentes estén más allá de la política y por encima de ella. La universidad no debería estar tan politizada, no deberían crearse universidades, como se ha hecho, para compensar la politización de otras; la docencia, y no me refiero sólo a la reglada, debería ser la tutora de las nuevas generaciones hacia el interés civil por la polis, por la política; debería ser el germen de las preguntas, del conflicto, de las ofertas de diálogo, de las tesis contrapuestas, de las síntesis a las que se llegara, quedándose este debate, de momento, en el ámbito estudiantil y docente universitario para que, posteriormente, trascendiendo más allá de este ámbito, las ideas se asienten en la sociedad civil, que es la que debería estar más politizada.

Y mi discurso ¿para qué sirve? Para poner en valor la importancia de nuestras decisiones a nivel individual y grupal. Hay que aprovechar el conflicto para cambiar las cosas: los políticos, los partidos, la universidad, la política. Se acercan momentos en los que disfrutaremos de derechos que permitirán conformar tanto el marco de decisiones grupales como las propias políticas comunitarias, estatales, autonómicas o locales. ¿Tenemos claros los conflictos de intereses? ¿Tenemos claros los pasos para resolverlos? El marco en el que debatir ideas y aclarar esos pasos, esas propuestas, debería empezar ya, entre la sociedad civil, y debería estar también más allá de las instituciones y partidos, en la propia calle, en los medios de comunicación, en las redes sociales. Ahora todos tenemos la oportunidad de hacernos oír, no es necesario otros 15 Ms; el debate debería empezar ya. Eso de “no nos representan”, no es para decirlo, sino para evitarlo; echémosles fuera, quitémosles la oportunidad.

No permitamos que los viajes para dejarse fotografiar, los seminarios de fin de semana, los congresos de los partidos, en los que se pontifican sus propuestas e ideologías para salir en los medios de comunicación, donde no hay ni debate ni ciencia, sustituyan a la sociedad civil. No consintamos nuestro servilismo.

No hay superioridad moral de nadie sobre otros. Todos somos, o debemos ser, igualmente actores de nuestro presente para mejorar nuestro futuro y el de nuestro grupo y de las nuevas generaciones, que no debe consistir en una lucha de todos contra todos, sino de todos para favorecer el grupo o grupos concéntricos en los que convivimos: local, y hacia arriba, autonómico, estatal y europeo.

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Un gobierno formado por los mejores

UN GOBIERNO FORMADO POR LOS MEJORES

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20180716

“Sólo la sabiduría radicada en la comprensión de nosotros mismos, y no la piedad, nos salvará. No habrá ninguna redención ni tampoco se nos concederá una segunda oportunidad. Este es el único planeta que tenemos para vivir; y éste el único enigma que debemos descifrar.”

Así de taxativo se expresa Edward O. Wilson en su libro “El sentido de la existencia humana” y ese sentido es al que alude como único enigma a resolver.

Las especies eusociales, dice, aparecieron en una etapa muy tardía de la historia de la vida, en cambio, han tenido un gran éxito ecológico, aunque hayan sido pocas las especies que han llegado a la eusociabilidad y especialmente la humana ha sobresalido por su capacidad cerebral, mental, que ha llevado al grandísimo avance de las capacidades sociales.

De hecho, la gente, estamos muy interesados en el comportamiento de los demás, somos cotillas desde el nacimiento y con el tiempo esa capacidad se desarrolla; eso nos hace humanos, nos permite identificarnos con un grupo u otro y construimos nuestra identidad personal como integrantes de ese grupo. Además, somos una especie muy esclarecida; la ciencia y las humanidades nos han hecho llegar muy lejos, y todavía llegaremos más. Pero el orgullo podría hacernos pensar que somos los reyes de la “creación”, como las religiones nos han tratado de hacer pensar, a la imagen de dios, de un dios que, más bien, ha sido una entelequia creada por los humanos a la imagen de nosotros mismos, como nos indicó Yuval Harari en “Homo Deus”.

“Por eso es un disparate pensar que este planeta podría ser una estación de paso hacia un mundo mejor” afirma Wilson, porque en realidad somos parte de la flora y fauna de la tierra, a la que estamos sujetos por nuestra emoción, nuestra psicología y nuestra historia.

Wilson señala que “no estamos predestinados a nada, y la vida no es un misterio indescifrable” y no es cierto que dioses y demonios luchen por nuestra lealtad, sino que somos artífices de nuestro propio éxito o fracaso, aunque hay que reconocer que somos una especie frágil y estamos solos para comprendernos a nosotros mismos. Nuestra supervivencia a largo plazo radica en ello y en que logremos una independencia de pensamiento más significativa de la que se tolera hoy en día, incluso, en las sociedades democráticas más avanzadas.

Si todo lo anterior es cierto y los científicos dicen que lo es, parece que estamos solos y, además, estamos perdiendo el tiempo. Es perentorio que hagamos de nuestro planeta un lugar en donde todos vivamos con todas nuestras necesidades cubiertas y todos podamos desarrollar nuestras capacidades; que cuidemos el entorno en el que vivimos con la intención de legarlo a nuestros descendientes en condiciones, para que ellos, a su vez, también puedan vivir una vida plena.

Somos eusociales y a pesar del éxito que representa haber llegado a esta capacidad, nuestras sociedades actuales no están dirigidas por los mejores individuos, sino por algunos que están pensando en sí mismos en lugar de pensar en el grupo, en la sociedad, en la especie humana; que, además, son incompetentes, algunos disléxicos a pesar de ser presidentes. Llegan al poder haciendo trampas y se perpetúan lo máximo posible en él haciendo también trampas. No me refiero sólo a los casos de España, que… también (partidos que se financian ilegalmente; miembros, la casi mayoría, que entran y se mantienen en la política para “forrarse” o para vivir de ella), sino a casos tan conspicuos como el de la presidencia de los EEUU o de las potencias que sueñan y trabajan para hacer sombra a EEUU. Países y gobiernos en donde se niega el cambio climático, científicamente demostrado (da risa, pero eso hace la administración Trump); o simplemente se ignora el daño que hacen, pensando que, si otros han contaminado, ellos también tienen derecho a hacerlo hasta que hayan alcanzado un desarrollo muchísimo mayor (China y otros grandes contaminadores).

Tenemos que repensar el funcionamiento de la actividad política y de la gobernanza de las naciones. Los humanos no somos malvados por naturaleza; somos lo suficientemente inteligentes, generosos y bondadosos para hacer de la Tierra y de la biosfera que nos dio a luz un lugar semejante a un paraíso. El problema es que el homo sapiens es un producto, es una especie disfuncional, a la que se llegó después de adaptaciones genéticas producidas durante millones de años para producir una especie cazadora recolectora, como máximo aldeana; adaptaciones que cada vez estorban más en una sociedad organizada globalmente, mayormente urbana y claramente técnica y científica, que es incapaz de estabilizar las políticas económicas y cualquier forma de gobernación que esté por encima del nivel de una aldea. Eso dice Wilson.

La idea que traigo en la mente para proponer es la de que a la docencia y a la política tienen que ir los mejores. Que la retribución que deben recibir debe ser suficientemente alta como para que no tengan necesidad de corromperse o de salirse de la actividad.

¿Tendrán nuestros legisladores la valentía de afrontar con sinceridad el problema de la financiación de los partidos políticos y de la retribución de los que ocupan cargos públicos? ¿Tendrán la sensatez de plantearse el control estricto, como en el caso de una empresa privada, del uso de fondos y la asignación de estos de modo no clientelar o corrupto?

Además, en el caso de la política, deberían estar aquellos que han demostrado sus capacidades de gestión, sus conocimientos y que nadie va a poder corromperlos ya, por haber alcanzado reconocimiento social entre sus pares, por haber conseguido estabilidad económica, y tener experiencia vital por su madurez y por haber alcanzado tres cuartas partes de la esperanza promedio de vida.

Sí, estoy sugiriendo que a la política tienen que ir personas que tengan más de 50 años de edad. No es bueno para nuestras sociedades que individuos que lo único que han hecho durante años es ser coristas del “sí” en el partido, por suerte, nepotismo, artimañas, o por llegarles el turno, vayan escalando posiciones para después llegar a gestionar lo público, incapaces de haber gestionado lo privado por falta de capacidad, o por el débil esfuerzo que ponen en su profesión o en su trabajo en la empresa privada.

Es disfuncional que en los partidos no haya democracia interna y que se prime el seguidismo. Es disfuncional que los votantes no puedan elegir sus representantes de entre listas abiertas. Es disfuncional que los votos no valgan lo mismo en todas las circunscripciones y que minorías bloqueen o sean la clave para tomar decisiones (salvando la necesaria utilidad de la inclusión de las indicadas minorías, para que tengan la capacidad de hacer oír su voz y defender sus propios intereses). También es disfuncional que la solidaridad interterritorial no tenga más límites que la voluntad de los gobernantes, que la usan para generar voto cautivo, que es una trampa, un populismo, una compra, para llegar al poder, y que produce injusticias que descohesionan la población y los territorios. Se nos puede llenar la boca de pronunciar la sacrosanta palabra de la “unidad” de España, pero se hace poco para mantenerla.

Es perentorio que hagamos algo, que cambiemos las cosas presentes, que no tengamos miedo de tomar decisiones, pues si no lo hacemos perderemos la oportunidad de hacer de nuestro planeta, de nuestra querida España, de nuestra queridas Comunidades Autónomas, en nuestro caso Comunitat Valenciana, un lugar en donde vivamos con necesidades cubiertas y podamos desarrollar nuestras capacidades en beneficio de la “res pública”; y de cuidar del entorno en el que vivimos con la intención de legarlo a nuestros descendientes en condiciones adecuadas, para que ellos, a su vez, también puedan vivir una vida plena.

¿Haréis algo, formularéis propuestas? Si no lo hacéis, no obstante, yo no me cansaré de denunciarlo.

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La carrera a la civilización y la acción política

La carrera a la civilización y la acción política

20180429

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en el Periódico Mediterráneo del 29.04.2018

 

Las explicaciones de Edward O. Wilson en su “Conquista social de la tierra” nos han servido para afianzar nuestro conocimiento y dar, prácticamente, por hecho probado que la civilización que hemos alcanzado se debe a que las sociedades humanas se han ido haciendo más y más complejas. Se inició con cuadrillas de cazadores-recolectores y/o aldeas agrícolas, en las que se actúa de una manera generalmente igualitaria, en las que el liderazgo se concede a los individuos sobre la base la inteligencia y el valor; y cuando envejecen y mueren se transmite a otros, ya sean parientes próximos o no, pero en las cuales las decisiones importantes se toman durante fiestas comunales. Al menos eso es lo que ocurre con la práctica social de las pocas cuadrillas de cazadores-recolectores que sobreviven dispersas por regiones remotas, principalmente de Sudamérica, África y Australia y que son, probablemente, las más próximas en organización a las que existieron a lo largo de miles de años antes de la era Neolítica.

El siguiente grado de complejidad se da en los cacicazgos o sociedades jerárquicas, en las que un estrato élite, ante la debilidad o muerte, es sustituido por miembros de la familia o por los de rango hereditario equivalente. Esta era la forma dominante de las sociedades en todo el mundo al principio de la historia registrada: jefes, “grandes hombres”, que gobiernan por el prestigio, la generosidad, el respaldo de miembros de la élite situada debajo de ellos y también por el justo castigo de los que se oponen a ellos. Viven a expensas del excedente acumulado por la tribu, que usan para estrechar el control de la tribu, para regular el comercio y para emprender la guerra con los vecinos. Pero los jefes sólo ejercen autoridad sobre los individuos que se hallan en su entorno inmediato o en las aldeas cercanas, con los que interactúan a menudo según necesitan. Eso en la práctica significa súbditos que se pueden alcanzar en menos de un día de marcha, pero no a lo largo y ancho de grandes territorios.

La fase final en la evolución cultural de las sociedades es la de los “estados” que poseen una autoridad centralizada, en los que los gobernantes ejercen su autoridad en la capital y en su entorno pero también sobre aldeas, provincias y otros territorios subordinados lejanos para los que, por la amplitud del campo de acción, el orden social y el sistema de comunicaciones que se posee es necesario nombrar y delegar el poder local en virreyes, príncipes, gobernadores, delegados y otros jefes que lo son, pero de segunda categoría. Entramos en la “jerarquía”, en el control jerárquico. Y ello nos lleva a su “descomponibilidad”, porque un sistema verdadero es “descomponible” en subsistemas. El principio de Herbert A. Simon (brillante matemático teórico) por el que se afirma que las jerarquías tienen la propiedad de la cuasi descomponibilidad, lo que simplifica mucho su comportamiento, así como la descripción del sistema de modo que permite comprender con más facilidad cómo la información necesaria para el desarrollo o la reproducción del sistema alcanza a los que la precisan. Traducido a la evolución cultural significa que no se puede esperar el éxito, si los obreros de una cadena de montaje votan en las reuniones de los ejecutivos o si los reclutas son los que planean las campañas militares.

Confío haberlo explicado entendiblemente. Pero ¿por qué traigo todo esto a colación? Por la forma de organizarse los partidos políticos.

Piense el lector en las ideologías o en las iniciativas que finalmente se transforman en partidos políticos. Los pasos citados se dan en el mismo orden que lo que se ha establecido para las sociedades humanas: por ejemplo, los indignados o el movimiento 15 M, los círculos en los que se organizaron, y también por barrios. Cuando, posteriormente, fue muy difícil integrar un partido, pues había “corrientes”, “mareas”, “confluencias” y no sé cuántas cosas más; bajo una marca se arremolinó un conglomerado de personas con su propia idiosincrasia si no ideología; a pesar de sus posibles buenas intenciones les es difícil evitar los muchos arribistas que han intentado y algunos conseguido vivir del “pesebre” político.

Para intentar evitarlo ahí estuvieron los cacicazgos, más o menos visibles, de algunos “grandes hombres/mujeres” (militar, juez, profesores universitarios) que todavía perduran, jerarquizados o más o menos asamblearios. Y el paso siguiente que en algunos lugares se ha dado y en otros todavía está gestándose.

Hablemos, pues, de ese paso. Por ejemplo, en los presidentes de los partidos o en los secretarios generales de los mismos, la estructura jerarquizada, los “barones” territoriales y el vivir a “expensas” del “excedente” acumulado (la financiación irregular delictiva a los partidos de algunas empresas, las ayudas de gobiernos extranjeros mejor o peor disimuladas, los préstamos perdonados por algunas entidades financieras a las que “a lo peor” se las ha rescatado).

Hagamos una comparación con la jerarquía partidista que controla a todos los afiliados, porque “el que se mueve no sale en la foto”, no se le incluye en las listas electorales; postulantes que quieren vivir de la política, mintiendo con su vocación de servicio público, si no con su currículo (como recientemente se ha visto), todos engrandeciéndose, queriendo ser lo que no son, tener la formación y la experiencia que no tienen: ¡cómo van a servir a la res pública con su falta de experiencia o su falta de formación! ¡cómo van a administrar lo público, con la responsabilidad que conlleva por los efectos sobre la ciudadanía y por los importes tan enormes de dinero que administran, cuando no han administrado lo privado, lo propio, lo suyo, porque no han sido capaces de generarlo!

La única esperanza que queda es que, como los descubrimientos científicos prueban y nos informa Wilson, no hay diferencias genéticas estadísticas entre poblaciones enteras que afecten a la amígdala y a otros centros del circuito de control de la respuesta emocional. Tampoco se conoce ningún cambio genético que prescriba diferencias promedio entre poblaciones, en el procesamiento cognitivo profundo del lenguaje y del razonamiento matemático. El promedio entre poblaciones de estos rasgos de personalidad resulta enormemente superado por su variación en el seno de cada población. Así que cada grupo, cada nación, cada estado, es más diferente entre sí mismo que lo es en comparación con el otro grupo de la misma categoría. Se supera el “nacionalismo” divisivo por orgullo de raza o genético.

Lo único que queda claro es que la personalidad de los humanos puede dividirse, casi únicamente, en extroversión frente a la introversión, antagonismo frente a afabilidad, escrupulosidad, carácter neurótico y disposición abierta a la experiencia.  Y se ha probado que en estos aspectos la heredabilidad es sustancial y se sitúa entre 1/3 y 2/3.  Entonces ¿es que tiene que haber pueblos, naciones o estados de un tipo o de otro, mayormente? Pues no, más bien, eso son estereotipos, pues, también el grado de variación en los valores de personalidad indicados, según un estudio realizado por un equipo de ochenta y siete investigadores y publicado en 2005, es similar en las cuarenta y nueve culturas evaluadas.

En una palabra, somos todos muy iguales. Nuestros conflictos internos, nuestro egoísmo a nivel individual, y nuestra bondad, generosidad y altruismo a nivel del grupo, nos hacen más o menos exitosos. El conflicto individual bien manejado y el conflicto entre grupos bien gestionado hace que unos ganen y otros pierdan en esa carrera a conseguir la civilización más adelantada y próspera. El problema es que, en esa carrera, en la política no están los mejores, y eso nos daña individualmente y como grupo, como nación y como estado.

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El tribalismo es un rasgo humano fundamental

EL TRIBALISMO ES UN RASGO HUMANO FUNDAMENTAL

20180408

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en el Periódico Mediterráneo de 08.04.2018

 

“La llamada de la tribu” es el nuevo libro de Mario Vargas Llosa el cual no he leído todavía pero que probablemente lo haré. El que sí he leído es “La conquista social de la tierra” de E. O. Wilson, premio Pulitzer y muchos otros más.

Edward Osborne Wilson es un entomólogo y biólogo estadounidense conocido por su trabajo en evolución biológica y sociobiología, inventor del término biodiversidad, que sostiene que la capacidad humana de consciencia se asienta y desarrolla a través de la sociobiología, y que una identidad social ayuda al desarrollo de las identidades personales.

En efecto, la tendencia a formar grupos y después a favorecer a los miembros del grupo del que formas parte es una característica muy nuestra, de los humanos, que según Wilson tiene el distintivo del instinto.

Dice que la afiliación al grupo está condicionada por un adiestramiento temprano que se inicia, obviamente, con la afiliación con los miembros de la familia y con los juegos con los niños del vecindario o de la escuela. Dice que es un aprendizaje preparado, en el sentido de que se viene al mundo con el cableado mental preparado para desarrollarlo, es decir para tender a formar grupos, tribus.

Otros ejemplos de aprendizaje preparado en el caso de los humanos incluyen el lenguaje, la evitación del incesto y la adquisición de fobias.

Así es pues los niños en edad preescolar tienden a seleccionar como amigos a hablantes en su lengua nativa, cosa que parece lógica (aunque no tanto) y necesaria. Esas preferencias empiezan antes de la comprensión del significado del habla, pero de la que ya, supuestamente, captan su tono o música y, según Wilson se muestra la preferencia, incluso cuando se comprende perfectamente el habla, por acentos diferentes.

Wilson afirma que las personas propenden al etnocentrismo. Y dice que “es un hecho incómodo que, incluso cuando se les ofrece una elección sin remordimientos, los individuos prefieren la compañía de otros de la misma raza, nación, clan y religión. Confían más en ellos, se relajan mejor con ellos en los acontecimientos comerciales y sociales, y los prefieren con más frecuencia como pareja con la que casarse. Son más rápidos a la hora de indignarse ante la evidencia de que alguien de fuera del grupo se comporta injustamente o recibe recompensas inmerecidas. Y se comportan de manera hostil ante cualquier miembro de otro grupo que se introduzca en el territorio de su grupo o utilice sus recursos.”

Aduce ejemplos de la literatura y la historia que dice que abundan como el del pasaje de la Biblia del libro de Jueces 12:5-6 respecto de los galaaditas que se apoderaron de los vados del Jordán enfrente de la tribu de Efraím, que fueron degollados al ser identificados por su acento.

Menciona que en experimentos, en los que se observaba la amígdala cerebral, cuando a americanos negros y blancos se les proyectaban imágenes de personas de la otra raza, su amígdala, que es el centro cerebral del miedo y la cólera, se activaba tan rápida y sutilmente que los centros conscientes del cerebro no se daban cuenta de la respuesta y el sujeto, efectivamente, no podía evitarlos. Por el contrario, cuando se añadían contextos tales como cuando el que se acercaba era un médico negro y el blanco su paciente, la corteza cingulada y la corteza dorsolateral preferente (lugares cerebrales integrados con los centros de aprendizaje superior), se activaban y silenciaban la entrada procedente de la amígdala (de miedo y cólera).

Lo que quiere decir que partes diferentes del cerebro han evolucionada mediante selección de grupo para crear la propensión a formar grupos.

La pregunta es ¿alguien lo ha tenido en cuenta con relación a la realidad de nuestra querida España? Cosa que era y es especialmente necesaria en estos tiempos difíciles.

¿Se ha llegado tarde para que, aunque adultos, seamos capaces de aprender a ser muchísimo más inclusivos? El ser inclusivo no significa dejar, o forzar, que los otros sean como uno, sino aceptar que otros sean algo diferentes, pero, a pesar de ello, considerarlos iguales, y que nuestra amígdala cerebral no delate la diferencia de grupo o de tribu.

No parece que expresiones como “a por ellos” o “Espanya ens roba” puedan ayudar a ese fin.

Puesto que tenemos que convivir con nuestro propio tribalismo es imprescindible que cooperemos y nos esforcemos para que sea un tribalismo incluyente, adoptando mutuamente rasgos del que nos parece fuera del grupo.

Y está claro, probado científicamente, que la cooperación paga mucho más que la competición, que, aunque seamos egoístas a nivel individual no lo somos a nivel de grupo. A nivel de grupo somos altruistas y mejor será que los seamos en un grupo más amplio y lo suficientemente inclusivo para aceptar como propias, de todos, las lenguas españolas y las diversas formas de ser de cada territorio que en conjunto forman España, pues esa cooperación nos llevará a mayores tasas de bienestar material, social y mental.

Esa es la dirección que marca la flecha del tiempo, la inclusión. La formación del grupo, de la tribu, permitió tener éxito a la especie humana, la sociabilidad permitió el desarrollo mental, intelectual. Somos una especie social. La meta, pues, debe ser formar una tribu más grande, grupos grandes como España, o como Europa. Hay que luchar contra el tribalismo innato excluyente que nos llevaría a quedarnos solos con nuestra propia familia, si acaso.

Lo dicho queda bien. Pero los que gobiernan el estado y sus territorios autónomos ¿reconsiderarán su tribalismo uniformista y excluyente, así como el de los otros? ¿lo tendrán en cuenta para tomar decisiones que no perjudiquen la convivencia, tanto en la distribución de la riqueza, las inversiones, como para autoidentificarse con las lenguas, los territorios, la diversidad de idiosincrasias, que en realidad son una riqueza?

No son los demás los que lo hacen mal, somos todos los que lo hacemos mal porque el tribalismo es un rasgo humano fundamental: hagamos el esfuerzo de integrarnos en una tribu lo más grande posible, para nuestro beneficio.

Hablaremos de otros rasgos en el futuro.

 

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Apellidos y Genealogía genética

Apellidos y genealogía genética

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en Castellón de la Plana, España, en el Periódico Mediterráneo el 2017.08.06

 

En las páginas de este Periódico Mediterráneo se ha hecho referencia con artículos como “L’ordre dels cognoms” y “El apellido continúa queriendo más al papá” a la entrada en vigor de lo que prevé la reforma de la Ley del Registro Civil en relación con el Artículo 109 del Código Civil que indica:

La filiación determina los apellidos con arreglo a lo dispuesto en la ley.

Si la filiación está determinada por ambas líneas, el padre y la madre de común acuerdo podrán decidir el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. Si no se ejercita esta opción, regirá lo dispuesto en la ley.

El orden de apellidos inscrito para el mayor de los hijos regirá en las inscripciones de nacimiento posteriores de sus hermanos del mismo vínculo.

El hijo, al alcanzar la mayor edad, podrá solicitar que se altere el orden de los apellidos.

Artículo 109 redactado por el artículo 1 de la Ley 40/1999, 5 noviembre, sobre nombre y apellidos y orden de los mismos («BOE.» 6 noviembre). Vigencia: 6 febrero 2000

En la Ley 20/2011, de 21 de julio, del Registro Civil se indica en su Artículo 49. 2 Contenido de la inscripción de nacimiento y atribución de apellidos

  1. La filiación determina los apellidos.

Si la filiación está determinada por ambas líneas, los progenitores acordarán el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral.

En caso de desacuerdo o cuando no se hayan hecho constar los apellidos en la solicitud de inscripción, el Encargado del Registro Civil requerirá a los progenitores, o a quienes ostenten la representación legal del menor, para que en el plazo máximo de tres días comuniquen el orden de apellidos. Transcurrido dicho plazo sin comunicación expresa, el Encargado acordará el orden de los apellidos atendiendo al interés superior del menor.

En los supuestos de nacimiento con una sola filiación reconocida, ésta determina los apellidos. El progenitor podrá determinar el orden de los apellidos.

El orden de los apellidos establecido para la primera inscripción de nacimiento determina el orden para la inscripción de los posteriores nacimientos con idéntica filiación. En esta primera inscripción, cuando así se solicite, podrán constar la preposición «de» y las conjunciones «y» o «i» entre los apellidos, en los términos previstos en el artículo 53 de la presente Ley.

El artículo 49.2 entró en vigor el día 30 de junio de 2017, conforme establece la disposición final décima de la presente Ley, en la redacción dada a la misma por el apartado cuatro del artículo único de la Ley 4/2017, de 28 de junio, de modificación de la Ley 15/2015, de 2 de julio, de la Jurisdicción Voluntaria («B.O.E.» 29 junio).

Y por mi parte me refiero a este tema por la importancia que tiene para la genealogía histórica y genética, mantener una metodología común a lo largo de la historia en la imposición de apellidos en un determinado orden y que siempre sea el mismo.

Como ha quedado dicho el artículo 109 del CC indica que “el padre y la madre de común acuerdo podrán decidir el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. Si no se ejercita esta opción, regirá lo dispuesto en la ley” que indica que, el primer apellido del recién nacido será el primer apellido del padre, y el segundo del recién nacido el primer apellido de la madre.

Por si esto no fuera poco, en el año 2015 se planteó ante la opinión pública la “grave problemática” de que en caso de no estar de acuerdo los padres[1], dado que tendría que decidir el Juez y este tendría que hacerlo de acuerdo con la ley, en el modo que ha quedado dicho antes…; y puesto que sería una “grave afrenta” a la igualdad de género por la prelación legal del apellido del varón sobre el de la hembra, nuestros sesudos legisladores cambiaron la legislación para evitar cualquier favoritismo al apellido paterno, para imponer al juez que lo haga en atendiendo al interés superior del menor ¿? (¿cuál será ese, respecto de los apellidos, el orden alfabético o incluso, algunos han dicho, lanzando una moneda al aire?).

Lamentablemente los legisladores son responsables de la actual redacción del artículo 109, ignorantes de cómo afectaba a la ciencia, dejando al arbitrio de los padres el desorden (porque en eso se podría convertir) de los apellidos, y actualmente demagogia de algunos políticos que se plantean adormecer el sentido común de los ciudadanos con debates inútiles, extemporáneos, contra la lógica y la ciencia, como intentaré explicar a continuación.

Felizmente la mayoría de las parejas que tiene hijos, a pesar de su libertad, asigna a sus hijos sus apellidos, en el orden tradicional; de modo que el posible desorden se ve corregido por el orden del sentido común. Pero con la entrada en vigor de pedir el acuerdo previo de los padres, ahora vuelven a la carga los que se quieren congraciar con la mitad del electorado, el femenino.

Pero no es una cuestión de igualdad de género el tener que repetir una y otra vez [2]la palabra en cada uno de los dos géneros, por no querer aceptar que uno de ellos, a veces en plural (el género gramatical, que no sexual, masculino) englobe omnímodamente a ambos géneros. Ni tampoco es una cuestión de igualdad, no consentir oportunidad mayor alguna al apellido paterno sobre el materno.

Pero del Derecho vayamos a la Ciencia.

El ser humano (hasta yo tengo miedo de decir el hombre, en sentido omnímodo) se genera como consecuencia de la recombinación del ADN de padre y de madre, de modo que heredamos aleatoriamente (se dice que ocurre por mitades, cosa no exacta) el ADN de ambos progenitores; así que somos una combinación no proporcional de madre y padre. Si esto fuera así respecto de todas las células de nuestro cuerpo, en todas las partes de dichas células, el descubrimiento de la genética no nos podría haber llevado más allá de lo que normalmente entendemos: la herencia de rasgos genéticos, la herencia de defectos genéticos y el estudio para que los genes recesivos no se manifiesten en sucesivas generaciones. Nos parecemos a nuestros padres y heredamos defectos y enfermedades de nuestros padres, feliz y desgraciadamente.

Pero hay dos partes en las células de nuestro cuerpo que no son el resultado de la recombinación aleatoria genética. En el caso de las hembras el ADN mitocondrial (el que se halla en las mitocondrias, las generadoras de la energía dentro de las células) y en el caso de los varones el ADN del cromosoma Y.

Efectivamente todos los varones heredamos (también) en las mitocondrias de nuestras células el ADN de, exclusivamente, las mitocondrias de nuestra madre, es decir matrilinealmente; y heredamos de nuestro padre el cromosoma Y, en el cual se halla el ADN del cromosoma Y de nuestro padre, de nuestro abuelo, bisabuelo, tatarabuelo todos ellos patrilinealmente. El resto de cromosomas se recombina y son el resultado de porciones de padre y madre.

Gracias a esto, se puede, mediante la realización de un test genético, saber a qué Haplogrupo genético uno pertenece, la antigüedad del mismo, y cuál fue el viaje sobre la tierra a través del tiempo desde nuestros ancestros hasta el momento presente [3]. Se puede trazar la línea genealógico – genética patrilinealmente y matrilinealmente para los varones; pero solamente matrilinealmente para las hembras. Esto es así porque lo varones tienen ADN mitocondrial de sus madres y ADN del cromosoma Y de sus padres, del cual carecen las hembras, precisamente por eso, por ser hembras (pues el cromosoma Y es el que hace la diferenciación sexual).

Puestas las cosas encima de la mesa, vuelvo al inicio de la reflexión, un tanto más jurídica.

Si a lo largo de la historia hemos tenido una metodología de imposición de nombres y apellidos, en lógica no parecía oportuno cambiarla ahora, salvo el interés partidista de conseguir votos femeninos de mujeres no informadas, pues perderemos la posibilidad, o se hará muchísimo más dificultoso, el estudio genético histórico. Aquí lo importante no es si el varón está o debe estar privilegiado respecto a la hembra: no. Pero entre varias cosas siempre tiene que haber un orden pues los aleas o el desorden no ayudan; y dado que el orden adoptado desde hace siglos ha sido una tradición, continuemos con ella, sin perjuicio de reconocer que no hay razón más allá de la expuesta de continuidad para la investigación científica.

Eso quiere decir que aquellos países en donde la tradición ha primado la línea matrilineal en la imposición de apellidos, también debería quedarse como está.

Lo que sí es una aberración, es perder datos y medios para la ciencia y la historia, cosa que sucede cuando se pierden los apellidos propios por el matrimonio (como en algunos países ocurre), o cuando a alguien (porque lo permite la ley, sin fuerte razón para ello) cambia como a uno, o a ambos se les antoja el orden de los apellidos.

Si tuviera que hacer una propuesta diría que se debería restringir el cambio de los apellidos y el cambio de su orden a casos muy concretos que actualmente ya están previstos en las leyes. Pero anularía la posibilidad de que la pareja imponga según se le ocurra el orden de los apellidos, y también anularía la posibilidad de que uno mismo, tras su mayoría de edad, pueda cambiar dicho orden. Y si alguien me pidiera que me atreviera a más, diría que de conformidad con los hechos ciertos científicos de cómo estamos constituidos los humanos, deberíamos tener los apellidos del modo siguiente:

  • Los hijos varones deberían heredar y tomar para su primer apellido, el primer apellido de su padre, es decir de su línea paterna; y para su segundo apellido, el primer apellido de su madre [4].
  • Las hijas deberían heredar y tomar para su primer apellido, el apellido matrilineal, (en la primera generación de aplicación del cambio, el segundo apellido de la madre, aunque también este era un apellido de varón en la generación anterior); y para su segundo apellido el primer apellido de su padre.

Si se hiciera así, y a partir de aquí, se conservaría unido cada primer apellido a su correspondiente ADN, en el caso de los varones al ADN del cromosoma Y; y en el caso de las mujeres al ADN mitocondrial. [5]

Estoy seguro de que a ninguno de los legisladores les interesará mi opinión porque las decisiones de los mismos no se basaron ni en formación jurídica ni científica, sino sólo en el interés de obedecer la disciplina partidista de congraciarse, creen, con las mujeres. Sería pedir demasiado. Sería pedir que nuestros políticos y legisladores pensaran como piensan los científicos y lo hicieran en aras de la ciencia, cosa extraordinariamente difícil. Pero por si acaso, comienzo a predicar, aunque sea en el desierto, y por si alguien escucha, insisto en esto.

 

[1] Por no seguir la moda tan “progresista” de la que no se libra ni el legislador, uso la palabra “padres” en plural de acuerdo a lo indicado en el DRAE que dice para padre en su acepción “9. m. pl. El padre y la madre.”

[2] Los vascos cuando hablaban en castellano fueron los primeros en hacerlo, en ponerlo de moda, hablando de vascos y vascas; de ciudadanos y ciudadanas.

[3] Ver http://www.familytreedna.com y https://genographic.nationalgeographic.com/genographic/index.html

[4] Transcurrida una generación todas las mujeres que heredarían el mismo ADN mitocondrial tendrían el mismo primer apellido, el de sus madres, y en generaciones posteriores también el de sus abuelas, y así sucesivamente.

[5] Salvado, como queda dicho, que a partir de la puesta en vigor de la norma estamos dando un apellido de varón, el del abuelo materno, al ADN mitocondrial.

 

 

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Los españoles somos caraduras

Los españoles somos caraduras

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Artículo publicado en el Periódico Mediterráneo el 04.06.2017

Según Javier Elzo, reputado sociólogo, uno de cada cinco españoles es “un caradura de toda la vida”. En su día se señaló que según una encuesta del canal Fox:

  • El 83,1 % miente al decir que están enfermo para saltarse el trabajo.
  • El 67,5 % se ha ido alguna vez de un bar sin pagar.
  • El 26,3 % consume productos en los supermercados sin abonarlos.

Si estos datos son exactos estamos ante una dura realidad. Me avergüenzo de que así sea. Me parece increíble que los españoles tengamos tanta “jeta”.

¿Nos hemos planteado alguna vez la fuerza y el valor de la honestidad; o la maldad y el daño que produce la corrupción? ¿Queremos ser dignos de confianza o ser desleales y mentirosos?

España cayó a su peor clasificación de la historia en el “índice de percepción de la corrupción” que realiza Transparencia Internacional (TI) cuando se colocó en el puesto 41 de 176 países con una nota de 58 puntos sobre 100 posibles (100 sin corrupción, 0 totalmente corruptos), puntos que ya alcanzó en 2015 y repitió en 2016.

Los autores del informe también dijeron que “hemos alcanzado el récord histórico de corrupción comparativamente”, donde España también se hunde en la comparación con el resto de países que componen la UE. “Estamos entrando en un pelotón de países que se han acercado peligrosamente a la corrupción sistémica muy recientemente, como Georgia o la República Checa”, apostillaron, advirtiendo que “es el momento de reaccionar”.

Pero no es ese el caso, pues de entre una lista de 176 países estudiados, en 2004 estuvimos en el puesto 23, posteriormente España en 2008 estuvo en el puesto 28 y ha pasado por cada año posterior hasta 2016 rebajando su posición en el ránking. Estuvo en el 32 en 2009, 30 en 2010, 31 en 2011, 30 en 2012, 40 en 2013, 37 en 2014, 36 en 2015 y 41 en 2016.

En cambio, Nueva Zelanda está en el puesto nº 1 casi desde tiempo inmemorial, aunque el puesto más abajo que ha estado ha sido en el 4º.

Verdaderamente no nos podemos comparar con los “buenos”, estamos demasiado abajo, pero ciertamente a algún tonto, a mí no, le quedará el consuelo de que no somos el pelotón de los “torpes” malísimos, que le parecerá estupendo.

Yo, por mi parte, veo que la única reacción que hemos tenido ha sido la de nuestro asombro más y más desanimador cuando semana tras semana observamos nuevas noticias de corrupción, de engaños, de trampas, de defraudación de personas y organizaciones que debieran ser nuestro modelo y dechado, nuestra reserva moral. Organizaciones quasi “criminales” que se excusan unas a otras (en una sesión del Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, de donde ha salido un vídeo editado por el PP) indicando y lanzando contra el contrario la lista de cuántos de sus políticos han sido condenados por unos u otros delitos.

No estoy tratando de moralizar, ni de hablar de las bondades de la religión. Lo que digo es que en nuestra cultura judeo-cristiana el valor de la verdad, la honestidad y el esfuerzo ha llevado a occidente al estado del bienestar, a un lugar elevado de desarrollo y de justicia. Otras culturas que priman la trampa, el engaño, el regateo, el timo, ya veis dónde están.

No quiero decir que aquí no haya tramposos como el Lazarillo de Tormes.

Lo que digo es que aquí está mal visto: uno no debe mentir, cometer delitos, ni engañar ni estafar, pues si lo haces y te descubren has perdido toda la credibilidad, además de la sanción, penal en su caso, o de retirarte la amistad y el extrañamiento (nadie quiere estar, ni hacer negocios con un tramposo), nadie quiere jugar el juego de la vida con los deshonestos.

Y lo que digo también, es que, allá: la mentira, el engaño, la trampa y la estafa, les parece un signo que identifica al despierto, al listo; de modo que se valora.

¿Queremos ser un país tercermundista? ¡Pues evitémoslo! y quitemos todas las manzanas podridas de nuestras organizaciones, aunque nos quedemos sin manzanas ni organizaciones que siempre podremos sustituir por nuevas y compuestas por mejores personas, porque peor será que el “allá” se convierta en “aquí” y también nos parezca que es de listos, engañar, mentir, estafar y toda clase de abusos contra otros.

De modo que apliquemos el ejemplo y tengamos en alta estima los valores de la honestidad, la veracidad, el esfuerzo; e inculquémoslos en nuestros hijos y nietos. Con ello nos iremos elevando, como nación, en la lista de Transparencia Internacional mundial.

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Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política

Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política.

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

En un mural de cerámica del almacén de la Cooperativa Agrícola San Isidro de Castellón se lee “Unos por otros y Dios por todos”. Entre mis amigos, en nuestra juventud (hace 50 años), corría de boca en boca la frase contraria, que identificaba la realidad en la sociedad: “Cadascú per a d’ell i fot a qui pugues” (Cada uno para sí mismo y fastidia a quien puedas).

Cooperamos. Sí, pero en un difícil equilibrio entre nuestra propia utilidad y el valor de favorecer a otros. Y aquí entra la reciprocidad e incluso la moral.

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa que frecuentemente cooperan. La razón que él da, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

 

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) y señaló que la principal condición que se requiere para su funcionamiento es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así, aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno y puede perder o ganar una batalla, pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4]perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Por lo tanto, es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos, que se puede aplicar perfectamente a partidos políticos, a sus líderes y a sus miembros. Todo ello nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ninguna defección antes, para poderles engañar. Tengámoslo en cuenta. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.

 

Que quien haya leído esto, haga un esfuerzo de reciprocidad y cooperación actuando en consecuencia, por ejemplo, en la próxima investidura de gobierno en España. Haciéndolo tanto en la vida privada como, sobre todo, en la pública estará aplicando una estrategia de éxito.

[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

 

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