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Redes sociales, políticos y uso de emociones

REDES SOCIALES, POLÍTICOS Y USO DE EMOCIONES

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

20180318

Publicado en el Periódico Mediterráneo el 18.03.2018

La mayor parte de la gente hoy tiene acceso a las redes sociales, especialmente los más jóvenes. Me supongo que el que me lee tiene abierto algún perfil en alguna de las redes sociales más extendidas y, o bien porque lo solicita uno mismo, o porque se lo solicitan, uno se hace “amigo” de algún político. Pero no os equivoquéis, ni él es vuestro amigo, ni vosotros lo sois de él.

Los perfiles de los políticos de los partidos mayoritarios presentan pocas ideas, algunos dicen alguna cosa, pegan algún link o vínculo, fotos de actos de partido o de instituciones de las que forman parte, hacen referencia a elementos culturales (libros, cine, ciencia), y dan noticia de decisiones que han adoptado ellos, en el caso de tener algún cargo, u otros que lo tienen de su propio partido; pero la mayoría sólo tratan de hacer “amigos”, los cuales no les sirven de nada puesto que no les dicen absolutamente nada. Por supuesto para el amigo tampoco le sirve de nada, salvo el autoengaño de considerar que un político es su amigo.

¿Por qué presentan los políticos pocas ideas en sus perfiles y muros, pocos debates y nunca informan de su propio punto de vista sobre asuntos controvertidos? Bueno, ya sabéis que “por la boca muere el pez” y tienen miedo de que no expresándose de forma absolutamente exacta se malinterpreten sus palabras y sus electores en potencia puedan quedar desengañados y no les voten ni a ellos ni a sus partidos a quienes se deben (así me lo han reconocido algunos de ellos), o temen la famosa advertencia amenaza de que “el que se mueve no sale en la foto” de las próximas listas electorales o listas de asesores en instituciones de donde sacar “pesebre”.

Además, es que, sometidos al escrutinio público, las palabras de los políticos siempre son imperfectas (lo sean o no intrínsecamente, como las de cualquiera otra persona) y siempre serán criticadas por unos o por otros. Ese es el caso, ocurrido a pocos, cuando aparecen mensajes que parecen personales, escritos por ellos mismos, pegados al muro, que quedan a la vista de todos, como públicos, y poco después, arrepentidos del error de haberlos colgado, se hacen desaparecer, o se tienen que retractar.

Así que la única utilidad de las redes sociales para el político de a pie de un partido mayoritario, es poder decir que tiene “tantos” miles de “amigos” a los que les llegará un mensaje si algún día el partido les indica que hay que emitirlo.

Por otra parte, en realidad, más que estar en contacto con un político, los que sois sus “amigos” estáis conectados a un falso avatar gestionado, en la mayor parte de los casos, por un gestor de redes sociales, de las que el político se ha desentendido.

Evidentemente, lo dicho no es cierto del caso de los políticos de los partidos minoritarios que, en un exceso de darse a conocer, de dar a conocer cómo son y piensan (porque tienen mucha más ideología para alimentar a las minorías más fundamentalistas, y porque tienen menos que perder) abanderan ideas una y otra vez, repetitivas hasta la saciedad o plantean críticas (incluso con razón) que les pueden hacer ganar puntos ante la opinión pública.

Otra cosa que me hace gracia es ver cómo, en lugar de hacerlo del modo tradicional, presencialmente, en entrevista, en rueda de prensa o en nota de prensa, ahora las redes sociales se han convertido en la plataforma para que en 280 dígitos se hagan manifestaciones de dolor, de apoyo, de rechazo, o declaraciones de intenciones. A veces palabras que suenan muy bien, otras altisonantes.

¿Ha mejorado el uso exagerado que se hace de las redes sociales la percepción que los ciudadanos tenemos de nuestros políticos? Lo dudo.

Desastres naturales, actos ignominiosos y delictivos son el mar en el que se puede “chupar” cámara, tener visibilidad, estar en el candelero, aprovecharse de las emociones, de los sentimientos. Todos pescan en ese río o mar grande, revuelto: los políticos nacionales, los de la comunidad autónoma, los de las administraciones locales, los cuerpos de seguridad, las ONGs participantes, las organizaciones religiosas (por no decir la Iglesia). Las banderas a media asta. Las declaraciones de luto oficial. Los agradecimientos a los cuerpos de seguridad que “hacen su trabajo”. Los equipos de psicólogos, las organizaciones de apoyo. Todos participan. Los medios lo engrandecen, lo magnifican: toda España derramando o tragando lágrimas. Y los que quieren pescar, quieren estar presentes.

Señores: están abusando de nosotros. Y todo, por la visibilidad.

Es vergonzoso, es una falta de respeto.

 

 

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Leer, escribir y no lamentarse

LEER, ESCRIBIR Y NO LAMENTARSE

Publicado en el Periódico Mediterráneo el 2017.08.27

Frederic Rivas. Doctor en Derecho

Disfruto mucho de leer. He leído SAPIENS, y en estos momentos estoy terminando con HOMO DEUS. También leo de la web, leo en Blinkist, cada día durante el trayecto en el TRAM, en un parpadeo de 15 minutos leo un libro condensado y tengo la esencia de todo un libro no de ficción, así he conseguido leer centenares de ellos (en inglés). Leo diversos blogs de autores cuyos escritos me son interesantes. Pero también escribo. Ya lo veis.

Razonando que los pensamientos y conceptos que otros comparten, a menudo, forman parte de nuestro propio bagaje mental me gustaría reflexionar con vosotros sobre “el leer”, “el escribir” y sobre “el lamentar” o arrepentirse de no haber tomado acción en ciertas circunstancias y respecto a asuntos que son importantes para uno individualmente considerado.

La lectura es la mejor forma de recibir la información que otros han procesado, porque con la lectura se obtienen conceptos, algoritmos y conclusiones para todos los aspectos de la vida. No son pensamientos que han salido como eructos mentales, sino ideas repensadas, que han sido puestas por escrito, probablemente, varias veces en un proceso de mejora para que queden del mejor modo expuestas y puedan ser captadas más fácilmente.

¿A dónde voy? A animar, a estimular, a la lectura, pero sobre todo a que de la lectura aprovechemos lo que hemos captado. Aunque hayamos disfrutado por el mero hecho de que las ideas fluyan y la imaginación saque a la luz las imágenes del relato, lo importante es llegar a captar lo que eso, esa idea, esa situación, significa para mí; cómo me ayuda; qué he aprendido. Esto es reflexionar, que puede proceder de la lectura, de la meditación propia o de escuchar a otros. Pues bien, es muy bueno que todo esto lo resumamos por escrito, que lo hagamos nuestro, que se convierta en pensamientos propios.

La vida es corta y la juventud finita. Las opciones que hoy tenemos determinarán el número de veces que tendremos que arrepentirnos en el futuro, en el próximo lustro. ¿De qué? De oportunidades perdidas, de malgastar el tiempo, de no haber logrado más, de no hacer trabajo significativo, de haber procrastinado una y otra vez acciones o decisiones, de no haber mejorado adquiriendo hábitos saludables, de no dominar otro idioma, de…

El tiempo es fugaz y aunque hayamos llegado a conclusiones en nuestros pensamientos, el llevar a cabo las decisiones y los actos que comportan dichas conclusiones se nos hace difícil. El procrastinar, algo así como postergar, es un poderoso enemigo.

No es sabio esperar al futuro para actuar, dejándolo para cuando tengamos más experiencia, o más dinero, o más tiempo; no es inteligente esperar a que se den todas las condiciones idóneas para llevar a cabo la decisión. Eso nunca ocurrirá. Hay que empezar ya, porque con cada paso que damos nos hacemos más y más fuertes y definimos mejor nuestro camino. Basta de excusas.

Las excusas nos mantienen en nuestra zona de confort, con consuelan de la situación actual, pero nunca nos animan a cambiarla.

Vosotros diréis y este qué está haciendo, ¿escribiendo sobre autoayuda?

Os contesto, NO. Más bien estoy haciendo un ejercicio, que os aconsejo, de poner por escrito mis propios fantasmas y de plasmar mis propias conclusiones, porque hacerlo así, me pone delante, negro sobre blanco, un documento, un compromiso, que me ayuda a avanzar, a actuar.

Así que, a leer, a escribir y a no lamentarse.

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Exceso de visibilidad

EXCESO DE VISIBILIDAD

2017.08.20

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en el Periódico Mediterráneo de esta fecha 

Sin ánimo ni deseo de ser impertinente y, al revés, con el máximo respeto hacia las minorías que son usadas por los “caballeros andantes” que “chupan” cámara, que dirigen las ONGs o las asociaciones que los representan o lo políticos que los usan, me pregunto si, como yo, la mayor parte de la gente no está saciada de la visibilidad de toda una tropa de gente, circunstancias, emociones, dolores, reclamaciones, exigencias, justas o excesivas, que en los medios de comunicación y en las actividades, “de cara a la galería”, de los partidos políticos, aparecen constantemente.

Inmigrantes y demandantes de refugio político, violencia de género que se ejerce, especialmente contra mujeres a las que se maltrata, minutos de silencio o manifestaciones de condena, sufrientes pacientes de enfermedades raras, niños con uno u otro síndrome, mujeres musulmanas que orgullosa y voluntariamente desean manifestar su fe mediante el uso de prendas que para ellas son una manifestación exterior de la misma.

Todo ello “carnaza” que se tira en el mar del día a día, en el que los medios y los políticos pescan noticias; estrategias egoístas de mayores ventas para unos, o de que les permita estar más en el “candelero” a otros.

Todavía recuerdo lo peyorativo que significaba tildar a un medio de comunicación como que era parecido a “El Caso” (antiguo periódico especializado en la información sobre delitos y desastres o accidentes). Pero es que ahora cualquier Noticiario de televisión es un “Caso” corregido y aumentado, y casi tanto sucede con los medios impresos o escritos.

Las noticias positivas o proactivas no merecen suficiente atención, sólo es llamativo lo negativo o reactivo y los medios están sometidos a lo que creen que es la ley de conseguir el mayor “share” posible, la mayor difusión.

No sé si somos muchos los que, como yo, ya no se interesan tanto como antaño por los noticiarios y suelen dejar de verlos. Es verdad que la noticia inmediata llega por las redes sociales y ya no necesitas esperar a ver el telediario o a leer el periódico para estar informado. Pero lo cierto es que estos se regodean más y más en ello, en el morbo (perdón, la noticia). Y curiosamente, la mayor parte de la información gráfica y escrita que se da no representa a la mayoría de los ciudadanos, porque son caucásicos y no son ni magrebíes, ni negros, ni hispanoamericanos; porque no tienen enfermedades raras, ni son LGTBs; no tienen disforia de género, no tienen necesidad de cambio legal ni quirúrgico de sexo, ni tampoco son mujeres maltratadas, o miembros de alguna minoría. Pero ahí va la noticia, por el… no me atrevo a repetirlo, pero sí, por el morbo.

Las estrategias políticas se convierten en cuestión de hablar de justicia, de maniobrar para que no se pueda olvidar, o no se pueda perdonar o no tener vivamente presentes, las acciones de los asesinos terroristas. Se trata de continuar con la ley del talión o, al menos, de evitar el perdón, de mantener viva la herida, porque así se tienen armas, legítimas y justas armas, lógicas y morales, para continuar las propias estrategias.

Esto no es correcto ni moralmente justo.

Esas minorías, victimas, están siendo usadas para beneficio de los que desacreditan el oficio de “caballero andante” que desface entuertos y venga agravios que tan bien describió Cervantes. Y lo hizo bien, muy bien, porque Don Quijote no se aprovechaba de aquellos a quienes ayudaba.

Ya sé y lo reconozco que el problema propio, aunque sólo sea mío, de una sola persona, es lo más importante para uno. Por eso, respeto las acciones que el gobierno haga, no las manifestaciones verbales o posturales. Respeto lo que cualquiera haga para conseguir la solución del problema que cada uno tenga, para resolver los problemas vitales y facilitar las cosas a esas minorías a las que me he referido y a otras que he preterido. Pero son una minoría.

Por el contrario, la mayoría de los ciudadanos son personas caucásicas, nominalmente cristianos, culturalmente occidentales, con los problemas de cada día, del trabajo, de las relaciones personales, de amistad o familiares, de llegar a fin de mes y de cubrir las necesidades. Y son nacidos en España.

Esos son los que representan la mayoría y esos, tienen poca visibilidad. En resumen, sólo me quejo de la poca visibilidad de unos y del exceso de la de otros.

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Los españoles somos caraduras

Los españoles somos caraduras

Frederic Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Artículo publicado en el Periódico Mediterráneo el 04.06.2017

Según Javier Elzo, reputado sociólogo, uno de cada cinco españoles es “un caradura de toda la vida”. En su día se señaló que según una encuesta del canal Fox:

  • El 83,1 % miente al decir que están enfermo para saltarse el trabajo.
  • El 67,5 % se ha ido alguna vez de un bar sin pagar.
  • El 26,3 % consume productos en los supermercados sin abonarlos.

Si estos datos son exactos estamos ante una dura realidad. Me avergüenzo de que así sea. Me parece increíble que los españoles tengamos tanta “jeta”.

¿Nos hemos planteado alguna vez la fuerza y el valor de la honestidad; o la maldad y el daño que produce la corrupción? ¿Queremos ser dignos de confianza o ser desleales y mentirosos?

España cayó a su peor clasificación de la historia en el “índice de percepción de la corrupción” que realiza Transparencia Internacional (TI) cuando se colocó en el puesto 41 de 176 países con una nota de 58 puntos sobre 100 posibles (100 sin corrupción, 0 totalmente corruptos), puntos que ya alcanzó en 2015 y repitió en 2016.

Los autores del informe también dijeron que “hemos alcanzado el récord histórico de corrupción comparativamente”, donde España también se hunde en la comparación con el resto de países que componen la UE. “Estamos entrando en un pelotón de países que se han acercado peligrosamente a la corrupción sistémica muy recientemente, como Georgia o la República Checa”, apostillaron, advirtiendo que “es el momento de reaccionar”.

Pero no es ese el caso, pues de entre una lista de 176 países estudiados, en 2004 estuvimos en el puesto 23, posteriormente España en 2008 estuvo en el puesto 28 y ha pasado por cada año posterior hasta 2016 rebajando su posición en el ránking. Estuvo en el 32 en 2009, 30 en 2010, 31 en 2011, 30 en 2012, 40 en 2013, 37 en 2014, 36 en 2015 y 41 en 2016.

En cambio, Nueva Zelanda está en el puesto nº 1 casi desde tiempo inmemorial, aunque el puesto más abajo que ha estado ha sido en el 4º.

Verdaderamente no nos podemos comparar con los “buenos”, estamos demasiado abajo, pero ciertamente a algún tonto, a mí no, le quedará el consuelo de que no somos el pelotón de los “torpes” malísimos, que le parecerá estupendo.

Yo, por mi parte, veo que la única reacción que hemos tenido ha sido la de nuestro asombro más y más desanimador cuando semana tras semana observamos nuevas noticias de corrupción, de engaños, de trampas, de defraudación de personas y organizaciones que debieran ser nuestro modelo y dechado, nuestra reserva moral. Organizaciones quasi “criminales” que se excusan unas a otras (en una sesión del Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, de donde ha salido un vídeo editado por el PP) indicando y lanzando contra el contrario la lista de cuántos de sus políticos han sido condenados por unos u otros delitos.

No estoy tratando de moralizar, ni de hablar de las bondades de la religión. Lo que digo es que en nuestra cultura judeo-cristiana el valor de la verdad, la honestidad y el esfuerzo ha llevado a occidente al estado del bienestar, a un lugar elevado de desarrollo y de justicia. Otras culturas que priman la trampa, el engaño, el regateo, el timo, ya veis dónde están.

No quiero decir que aquí no haya tramposos como el Lazarillo de Tormes.

Lo que digo es que aquí está mal visto: uno no debe mentir, cometer delitos, ni engañar ni estafar, pues si lo haces y te descubren has perdido toda la credibilidad, además de la sanción, penal en su caso, o de retirarte la amistad y el extrañamiento (nadie quiere estar, ni hacer negocios con un tramposo), nadie quiere jugar el juego de la vida con los deshonestos.

Y lo que digo también, es que, allá: la mentira, el engaño, la trampa y la estafa, les parece un signo que identifica al despierto, al listo; de modo que se valora.

¿Queremos ser un país tercermundista? ¡Pues evitémoslo! y quitemos todas las manzanas podridas de nuestras organizaciones, aunque nos quedemos sin manzanas ni organizaciones que siempre podremos sustituir por nuevas y compuestas por mejores personas, porque peor será que el “allá” se convierta en “aquí” y también nos parezca que es de listos, engañar, mentir, estafar y toda clase de abusos contra otros.

De modo que apliquemos el ejemplo y tengamos en alta estima los valores de la honestidad, la veracidad, el esfuerzo; e inculquémoslos en nuestros hijos y nietos. Con ello nos iremos elevando, como nación, en la lista de Transparencia Internacional mundial.

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Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política

Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política.

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

En un mural de cerámica del almacén de la Cooperativa Agrícola San Isidro de Castellón se lee “Unos por otros y Dios por todos”. Entre mis amigos, en nuestra juventud (hace 50 años), corría de boca en boca la frase contraria, que identificaba la realidad en la sociedad: “Cadascú per a d’ell i fot a qui pugues” (Cada uno para sí mismo y fastidia a quien puedas).

Cooperamos. Sí, pero en un difícil equilibrio entre nuestra propia utilidad y el valor de favorecer a otros. Y aquí entra la reciprocidad e incluso la moral.

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa que frecuentemente cooperan. La razón que él da, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

 

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) y señaló que la principal condición que se requiere para su funcionamiento es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así, aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno y puede perder o ganar una batalla, pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4]perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Por lo tanto, es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos, que se puede aplicar perfectamente a partidos políticos, a sus líderes y a sus miembros. Todo ello nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ninguna defección antes, para poderles engañar. Tengámoslo en cuenta. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.

 

Que quien haya leído esto, haga un esfuerzo de reciprocidad y cooperación actuando en consecuencia, por ejemplo, en la próxima investidura de gobierno en España. Haciéndolo tanto en la vida privada como, sobre todo, en la pública estará aplicando una estrategia de éxito.

[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

 

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El déficit asimétrico. Un producto del ingenio para hacernos creer que todos cumplen

Federico Rivas. Doctor en Derecho

31.07.2013

Nos argumentan que el déficit asimétrico, es decir un déficit diferenciado para cada Comunidad Autónoma, es la solución para cada una de ellas con el propósito de cumplir el objetivo de déficit, lo que además comporta hacer una potente consolidación fiscal y, en su caso, los recortes de gasto correspondientes.

Montoro es un hombre bien preparado, De Guindos otro tanto. Y no digamos menos de su equipo de asesores, ayudantes y funcionarios de carrera en los Ministerios que dirigen.

A quien se le haya ocurrido la idea, individuo o equipo, hay que hacerle la “ola” porque tiene enjundia la cosa. El déficit asimétrico pudiera, incluso, tratarse de una solución psicológica para el malparado estado mental (psicológico) de España.

En efecto, está claro que determinadas Comunidades Autónomas, que podrían ser citadas por nombre (no es el caso aquí) desbarraron más que otras, gastando (algunas creían que lo gastaban para conseguir poner a sus capitales en el mapa del mundo: ejemplo, la nuestra) y malgastando; haciendo inversiones necesarias y no necesarias, útiles e inútiles, y no pensando previamente en la capacidad de pago del endeudamiento en el que entraban para hacer dichas inversiones y gastos.

De modo que cuando llega el momento de despertar a la realidad, cuando se cierran los mercados internacionales a la necesidad de más y más endeudamiento, tanto del Estado central como del periférico , la situación de cada Comunidad Autónoma es como es. Unas por un endeudamiento más bajo, con posibilidades de recuperación del equilibrio fiscal a más corto plazo porque, acostumbradas a gastar menos, las reducciones de gasto son menores y, además, porque habiéndose endeudado menos, la carga de intereses es menor. En otras la situación es completamente diferente: gestores de lo público manirrotos que pensaban que nunca había que devolver el dinero (permitidme esta licencia verbal), acostumbrados a un alto nivel de gasto, con una deuda acumulada muy alta y, por tanto, con una carga financiera por intereses muy pesada.

Si a todas las Comunidades Autónomas se les autoriza el mismo déficit, unas tendrán más problemas en cumplirlo que otras. Unas entrarán en una senda de depresión, de la que difícilmente saldrán, pues precisan mucho más tiempo para la recuperación (por reducción) de los niveles adecuados de gasto, para el equilibrio fiscal y para no incrementar desbocadamente el desempleo con EREs masivos en el empleo público (arma esta la más eficaz contra el gasto). Podrían incluso entrar en el camino de una espiral en dirección hacia el centro, hasta hacer implosión.

Si, por el contrario, se les da más tiempo, es decir, se les permite un importe más elevado de déficit, es posible que con el tiempo adicional y con, por supuesto, cambios drásticos en los patrones de gasto e inversión, con una elevación de impuestos y un mejor control de la eficiencia del gasto, el caballo de su situación se controle y de andar desbocado, pase al galope, y de ahí al trote y finalmente al paso, momento en que todo se pueda controlar.

Y aquí estamos que a algún “lumbrera” se le ocurre esa lógica solución del déficit asimétrico, que no pretende molestar a nadie, ni tratar a unos mejor o peor que a otros, sino todo lo contrario, que las previsiones de déficit de cada Comunidad Autónoma se cumplan en la mayor medida posible. Puesto el déficit para algunas en un porcentaje mayor, es porque para esas, de ningún modo se iba a cumplir otro menor.

Así todos contentos. Cada Comunidad cumplirá su parte, o casi, los mercados internacionales, los organismos de la UE y, hasta nosotros mismos, no creeremos que tenemos controladas las cosas porque la realidad del déficit será más semejante a la previsión de déficit, para cada caso concreto.

Escribo estas líneas porque me he sorprendido de que hasta la fecha nadie lo diga por su nombre. Eso de “asimétrico” es un eufemismo que queda muy bien y no tiene nada de ingeniería ni de ingenio, sino de hacernos trampas en el solitario.

Pero, claro, a lo mejor nos creemos que cumplimos, que somos serios, que tenemos políticos serios que se toman con responsabilidad sus funciones y consiguen encaminar las cosas hacia la buena senda. En una palabra: una cura psicológica, porque creemos que estamos cumpliendo.

Pero no lo digo peyorativamente, porque la economía es una ciencia que se basa casi exclusivamente en la confianza de los individuos consumidores, confianza que les permite comprar porque piensan que las cosas van a ir mejor en el futuro, y ese consumo inicia el camino hacia el exterior en la espiral virtuosa del crecimiento económico.

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La consciencia, el cerebro y la cultura

Mientras sigo leyendo “Y el cerebro creó al hombre” de Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, recuerdo las conversaciones que tenía yo con mi cuñado, el hermano de mi esposa, José María Renau Vallés, Doctor en Psicología Clínica, ya fallecido. Eran debates, tertulias y enfrentamientos cuasi científicos en los que ambos, después de discutir (en el sentido francés del término) llegábamos a encuentros y acuerdos. Algunas veces se plasmaban en escritos que nos enviábamos. He aquí uno de ellos, enviado por el querido Doctor Renau, en el que resume el previo debate sobre la cultura, la genética y otras cosas. Los cambios nunca se adentran en la cultura.

Se reflectan en su propia superficie. Incluso en los momentos álgidos e ilusionantes de los cambios. Podrán darnos el apercibimiento, enmarcado por destellos fugaces, de mil colores lanzados al universo abierto de la esperanza. Pero al desvanecerse, porque nada dura cien años, nos mostrará la realidad de la cultura idéntica a si misma, invariable, monolítica.

No se entiende de otra manera porque la cultura no admite cambios ni desviaciones. La cultura, encerrada en sí misma como código sagrado de verdades de salvación, no admite opiniones si estas opiniones la delimitan o la vacían de lo que ella quiere ser. Referente único. Verdad base.

Cierto es que, para cada pueblo, su cultura es la razón que da sentido a su existencia. Es el camino que les permite sobrevivir a la idea de la muerte, ayudándoles a continuar viviendo sin hundirse en el lodo de la angustia paralizante. Tan cierto es que se convierte en intocable. La cultura es. La cultura define los rasgos estructurales de una etnia. Los define, los enmarca y los impone. ¡I-m-p-o-n-e!. No es un bufé ricamente surtido del que cada uno a su manera se irá sirviendo según sus circunstancias y sus necesidades. Es plato único. Necesario y obligatorio. Los recursos encuadrados dentro de la cultura pueden formularse de formas variadas. Pueden ser creencias, usos, costumbres, verdades, normas o silencios. Los silencios o lo no dicho tienen la misma fuerza que puede encontrarse emanando de las creencias o de las verdades. Implican y estructuran. Marcan. Estructuran porque cohesionan los distintos estamentos de la sociedad. Nada se deja al azar. Todo tiene su lugar y cada lugar queda bien definido dentro del todo. Así cada cual sabe dónde se encuentra y a qué atenerse. No sólo dibujan el amplio espectro social sino que lo puntualiza en su pirámide intocable de la jerarquización. Porque la cultura está al servicio de unos valores. Y los valores, siempre, al servicio de unas personas. Y esas personas enmarcan, puntualizan, y defienden con la propia vida de los demás, sus innombrables prebendas acordadas. Son los peldaños necesarios e imprescindibles para poder alcanzar el reconocimiento de prócer y seguir con su disfrute en cuanto tal. E implican con las garantías del sentido y de la aceptación. La cultura funciona como las mareas. La alta y la baja. Si avanza luego se retira. Y si se retira, de nuevo, avanza. Así permanece idéntica a sí misma a lo largo de los siglos.

La cultura, cualquier cultura, se mueve como los bailarines al ritmo de la Yenka: Un paso adelante, uno atrás y… un-dos-tres. Volviendo a empezar. Permaneciendo siempre en el mismo sitio. La banda de Moebius, cinta alargada, a la que se le da una media vuelta en alguna parte y se une por ambos extremos, nos enseña el movimiento permanente sin que nada cambie. Eterno movimiento siempre el mismo, donde el exterior se convierte en interior para instantes después convertirse en exterior de nuevo y reconducirse otra vez en interior.

Es la eternidad para unas verdades que se reinventan a ellas mismas en un movimiento constante que les garantiza la inamovilidad. Por eso la cultura no cambia. Cuando desaparece lo hace de golpe. Derrumbándose y arrastrando a los que en ella se encumbraron. Etruscos…egipcios…romanos…mayas son testigos mudos del derrumbe completo. Del final de unas civilizaciones.

Frente a esa cultura impositiva, inamovible, idéntica a sí misma en el oleaje de costumbres y necesidades, se levanta el permanente deseo, de todo aquel que se inserta en el lenguaje, de quererla cambiar, modificar, mejorar. Y decimos que no hay vida si no existe este deseo enraizado en la actitud renovada del que busca su sentido en la misma vida. De todos los esfuerzos de cambio contra la impasible cultura, siempre sale ella victoriosa. La razón es obvia. Nuestro despertar a la vida es siempre individual. Y la constante de cambiarla siempre es un esfuerzo individual. Si todos uniésemos nuestro esfuerzo no se modificaría. Se caería. Como la estaca de Lluis Llach. Alcanzaría el final de sus tiempos. Pero a fuer de ser sinceros tendremos que reconocer que ni siquiera así. Los cataclismos tienen un plus añadido. No basta la voluntad conjuntada y activa de todos. A esta necesidad se le añade otra: Unas circunstancias extraordinarias. Para que una cultura se tambalee, resquebraje y desaparezca, se necesita un cataclismo. Es el plus añadido.

Tenemos en nuestra historia reciente un buen detalle. En la Iglesia católica hubo un concilio Vaticano. Varios siglos después de una lucha obstinada y cerril contra la reforma de Lutero. Siglos que dejaron anquilosados los goznes de la movilidad. El Vaticano intentó introducir el tres-en-uno para recuperar si no su elasticidad, sí, al menos, su movilidad. Y fracasó. Con todo el empuje del Espíritu Santo. Una enorme mayoría de creyentes se ilusionó y lo creyó tanto que hicieron de su apertura el estandarte de sus vidas. Y los que no lo aplicaron en sus vidas, lo aceptaron racionalmente. No era mala para nadie una apertura. Era un soplo de libertad. Sólo un reducido grupo, en clara minoría, se opuso frontalmente. Tanto que a su cabecilla, el cardenal francés Leffebre, fue excomulgado. Se le extrajo, como tumor, del cuerpo eclesial. Y esa condena en la nomenclatura eclesial significa la privación definitiva del derecho a tener una trascendencia dichosa ya que “extra ecclesia nula salus”. Parecía que el Vaticano iba a conseguir lo inaudito. Que la cultura eclesial no sólo se moviera sino que incluso avanzara. Tan maravilloso resultaba que a su iniciador e instigador, el papa Roncalli, lo pusieron en el monte parnaso de los santos. Bajo la advocación de San Juan XXIII. Y para que nadie dudara de su maravillosa gesta se estableció como día para celebrar su festividad el mismo día que años atrás empezó el Concilio.

Por fin la cultura eclesial, la que se había enrocado desde varios siglos en la más caótica represión, había sido vencida por el esfuerzo y la ilusión de cambio de la inmensa mayoría. Día de fiesta. Y desde todos los púlpitos clericales y afines se cantaron las alabanzas al Dios que había hecho posible semejante cambio. Nadie dudaba que era la obra del Espíritu Santo capaz de inflamar las mentes y los corazones de los hombres. Por eso a Leffebre y sus secuaces (lejos quedaban las referencias al Eminentísimo Sr. Cardenal y sus feligreses) se les había apartado de la común-unión.

Eran los años sesenta. También década del empuje estudiantil en Francia. Esta sí que fue una década prodigiosa. Se podía respirar. Se podía enganchar quien quisiera, en la búsqueda de una nueva libertad. Se podían iniciar cábalas ilusionantes para reconstruir la sociedad. Por fin el cometa perdido muchos siglos antes reaparecía iluminando el firmamento de la esperanza con la luz que esparcía su cola. Podíamos de nuevo buscar sentido a nuestras vidas más allá de los moldes que nos habían preparado. Podíamos experimentar la maravilla de avanzar por caminos nuevos, con nuestra responsabilidad. ¿Se había cambiado? ¿Ya no era la cultura machacona, inamovible e impositiva? ¿Se había conseguido doblegar su permanencia estática?

Ha pasado el tiempo. Lejos quedan los 60. Y con la perspectiva que nos otorgan los 45 años transcurridos nos damos cuenta que todo ha sido ilusionante pero vano. Que nada ha cambiado. Los gritos despiadados de aquel cardenal proscrito que no quería que nada cambiase y por lo que fue condenado, junto a las palabras entusiasmadas del nuevo Santo que alentaban y hacían soñar en el cambio, se perdieron en la última reverberación del eco. Ya no llegaron a nuestros días. Todo lo que el Santo abrió, se volvió a cerrar, anulándolo. Y todo lo que aquel díscolo cardenal quería, por lo que sufrió condena, ha vuelto a restablecerse con el beneplácito y la bendición de los mismos que, entre loas al Altísimo, clausuraron el Concilio Vaticano II.

Otro tanto ha sucedido con el espíritu del Mayo del 68. Los pavés dejaron de acompañar las palabras de libertad para ser enterrados de nuevo en las mismas calles parisinas, ésta vez, bajo una capa de asfalto. “Izquierda, izquierda… derecha, derecha… adelante, atrás… y un-dos-tres” Más allá de este movimiento.

Por encima de los deseos, expectativas, ilusiones de los que nos enganchamos al inseguro carro de la vida, la cultura permanece dando sentido pero, para ello, imponiéndose machacona y sin moverse. Da sentido a pesar tuyo. Sin darte opciones ni permitírtelas. Eres como pre-determinado-en-el-único-sentido que te han designado. Podríamos seguir cuestionando esa cultura, necesaria, pero impositiva.

Como ya empezamos a cuestionarnos ayer. Pero ¿qué tiene que ver la cultura con la genética?. Te dejo unas pautas para que, si quieres sigamos hablando más tarde. La genética es “un potencial predeterminado capaz de responder a unos estímulos”. Unos estímulos que al “obtener respuestas y respuestas reiterativas van desarrollando la capacidad de respuesta, creando las redes neuronales”. No todo está “previsto”. No todo es válido. El recién nacido, del género humano, es indefenso. Incapaz de subsistir por si mismo. Incapaz de dar respuesta adecuada a sus necesidades más elementales. Si llega a desarrollarse es por la dedicación que otros le dan y los cuidados que le aportan. Por qué se dedican a cuidarlos? Por qué existe un consenso de tenerlo que hacer? Por genética? Por beneficio personal? Por imposición cultural? (Como ves prefiero ceñirme más a un campo de ir por casa que a la tesis que discutíamos ayer sobre la política). Si el consenso cultural, a la larga puede colorear o modificar las mismas características genéticas –de lo contrario nunca habría posibilidad de avances- ¿puede ser más amplio, que la genética? ¿Puede la cultura darnos unos matices de libertad que no estén, al menos en esbozo, en la genética? ¿Qué es entonces la persona humana? ¿La que cumple las perspectivas pre-dibujadas por la genética, respondiendo a los sucesivos estímulos, cada vez más complejos y con respuestas más elaboradas? ¿La que se adapta a las características culturales, asumiéndolas y desarrollándolas? ¿O el resultado confuso de la interacción de lo genético- lo cultural- y de la trascendencia de estar marcados por el lenguaje?

Bueno, Fede, ya hablaremos. Posiblemente en el sótano de tu casa, rodeados de estímulos alcohólicos y de juegos, a los que no les daremos una respuesta inmediata. Eso sí, saboreando al mismo tiempo, un carajillo de tu especialidad. Ben cremadet. Buenas noches.

1 de diciembre.2008

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