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Apellidos y Genealogía genética

Apellidos y genealogía genética

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

Publicado en Castellón de la Plana, España, en el Periódico Mediterráneo el 2017.08.06

 

En las páginas de este Periódico Mediterráneo se ha hecho referencia con artículos como “L’ordre dels cognoms” y “El apellido continúa queriendo más al papá” a la entrada en vigor de lo que prevé la reforma de la Ley del Registro Civil en relación con el Artículo 109 del Código Civil que indica:

La filiación determina los apellidos con arreglo a lo dispuesto en la ley.

Si la filiación está determinada por ambas líneas, el padre y la madre de común acuerdo podrán decidir el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. Si no se ejercita esta opción, regirá lo dispuesto en la ley.

El orden de apellidos inscrito para el mayor de los hijos regirá en las inscripciones de nacimiento posteriores de sus hermanos del mismo vínculo.

El hijo, al alcanzar la mayor edad, podrá solicitar que se altere el orden de los apellidos.

Artículo 109 redactado por el artículo 1 de la Ley 40/1999, 5 noviembre, sobre nombre y apellidos y orden de los mismos («BOE.» 6 noviembre). Vigencia: 6 febrero 2000

En la Ley 20/2011, de 21 de julio, del Registro Civil se indica en su Artículo 49. 2 Contenido de la inscripción de nacimiento y atribución de apellidos

  1. La filiación determina los apellidos.

Si la filiación está determinada por ambas líneas, los progenitores acordarán el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral.

En caso de desacuerdo o cuando no se hayan hecho constar los apellidos en la solicitud de inscripción, el Encargado del Registro Civil requerirá a los progenitores, o a quienes ostenten la representación legal del menor, para que en el plazo máximo de tres días comuniquen el orden de apellidos. Transcurrido dicho plazo sin comunicación expresa, el Encargado acordará el orden de los apellidos atendiendo al interés superior del menor.

En los supuestos de nacimiento con una sola filiación reconocida, ésta determina los apellidos. El progenitor podrá determinar el orden de los apellidos.

El orden de los apellidos establecido para la primera inscripción de nacimiento determina el orden para la inscripción de los posteriores nacimientos con idéntica filiación. En esta primera inscripción, cuando así se solicite, podrán constar la preposición «de» y las conjunciones «y» o «i» entre los apellidos, en los términos previstos en el artículo 53 de la presente Ley.

El artículo 49.2 entró en vigor el día 30 de junio de 2017, conforme establece la disposición final décima de la presente Ley, en la redacción dada a la misma por el apartado cuatro del artículo único de la Ley 4/2017, de 28 de junio, de modificación de la Ley 15/2015, de 2 de julio, de la Jurisdicción Voluntaria («B.O.E.» 29 junio).

Y por mi parte me refiero a este tema por la importancia que tiene para la genealogía histórica y genética, mantener una metodología común a lo largo de la historia en la imposición de apellidos en un determinado orden y que siempre sea el mismo.

Como ha quedado dicho el artículo 109 del CC indica que “el padre y la madre de común acuerdo podrán decidir el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. Si no se ejercita esta opción, regirá lo dispuesto en la ley” que indica que, el primer apellido del recién nacido será el primer apellido del padre, y el segundo del recién nacido el primer apellido de la madre.

Por si esto no fuera poco, en el año 2015 se planteó ante la opinión pública la “grave problemática” de que en caso de no estar de acuerdo los padres[1], dado que tendría que decidir el Juez y este tendría que hacerlo de acuerdo con la ley, en el modo que ha quedado dicho antes…; y puesto que sería una “grave afrenta” a la igualdad de género por la prelación legal del apellido del varón sobre el de la hembra, nuestros sesudos legisladores cambiaron la legislación para evitar cualquier favoritismo al apellido paterno, para imponer al juez que lo haga en atendiendo al interés superior del menor ¿? (¿cuál será ese, respecto de los apellidos, el orden alfabético o incluso, algunos han dicho, lanzando una moneda al aire?).

Lamentablemente los legisladores son responsables de la actual redacción del artículo 109, ignorantes de cómo afectaba a la ciencia, dejando al arbitrio de los padres el desorden (porque en eso se podría convertir) de los apellidos, y actualmente demagogia de algunos políticos que se plantean adormecer el sentido común de los ciudadanos con debates inútiles, extemporáneos, contra la lógica y la ciencia, como intentaré explicar a continuación.

Felizmente la mayoría de las parejas que tiene hijos, a pesar de su libertad, asigna a sus hijos sus apellidos, en el orden tradicional; de modo que el posible desorden se ve corregido por el orden del sentido común. Pero con la entrada en vigor de pedir el acuerdo previo de los padres, ahora vuelven a la carga los que se quieren congraciar con la mitad del electorado, el femenino.

Pero no es una cuestión de igualdad de género el tener que repetir una y otra vez [2]la palabra en cada uno de los dos géneros, por no querer aceptar que uno de ellos, a veces en plural (el género gramatical, que no sexual, masculino) englobe omnímodamente a ambos géneros. Ni tampoco es una cuestión de igualdad, no consentir oportunidad mayor alguna al apellido paterno sobre el materno.

Pero del Derecho vayamos a la Ciencia.

El ser humano (hasta yo tengo miedo de decir el hombre, en sentido omnímodo) se genera como consecuencia de la recombinación del ADN de padre y de madre, de modo que heredamos aleatoriamente (se dice que ocurre por mitades, cosa no exacta) el ADN de ambos progenitores; así que somos una combinación no proporcional de madre y padre. Si esto fuera así respecto de todas las células de nuestro cuerpo, en todas las partes de dichas células, el descubrimiento de la genética no nos podría haber llevado más allá de lo que normalmente entendemos: la herencia de rasgos genéticos, la herencia de defectos genéticos y el estudio para que los genes recesivos no se manifiesten en sucesivas generaciones. Nos parecemos a nuestros padres y heredamos defectos y enfermedades de nuestros padres, feliz y desgraciadamente.

Pero hay dos partes en las células de nuestro cuerpo que no son el resultado de la recombinación aleatoria genética. En el caso de las hembras el ADN mitocondrial (el que se halla en las mitocondrias, las generadoras de la energía dentro de las células) y en el caso de los varones el ADN del cromosoma Y.

Efectivamente todos los varones heredamos (también) en las mitocondrias de nuestras células el ADN de, exclusivamente, las mitocondrias de nuestra madre, es decir matrilinealmente; y heredamos de nuestro padre el cromosoma Y, en el cual se halla el ADN del cromosoma Y de nuestro padre, de nuestro abuelo, bisabuelo, tatarabuelo todos ellos patrilinealmente. El resto de cromosomas se recombina y son el resultado de porciones de padre y madre.

Gracias a esto, se puede, mediante la realización de un test genético, saber a qué Haplogrupo genético uno pertenece, la antigüedad del mismo, y cuál fue el viaje sobre la tierra a través del tiempo desde nuestros ancestros hasta el momento presente [3]. Se puede trazar la línea genealógico – genética patrilinealmente y matrilinealmente para los varones; pero solamente matrilinealmente para las hembras. Esto es así porque lo varones tienen ADN mitocondrial de sus madres y ADN del cromosoma Y de sus padres, del cual carecen las hembras, precisamente por eso, por ser hembras (pues el cromosoma Y es el que hace la diferenciación sexual).

Puestas las cosas encima de la mesa, vuelvo al inicio de la reflexión, un tanto más jurídica.

Si a lo largo de la historia hemos tenido una metodología de imposición de nombres y apellidos, en lógica no parecía oportuno cambiarla ahora, salvo el interés partidista de conseguir votos femeninos de mujeres no informadas, pues perderemos la posibilidad, o se hará muchísimo más dificultoso, el estudio genético histórico. Aquí lo importante no es si el varón está o debe estar privilegiado respecto a la hembra: no. Pero entre varias cosas siempre tiene que haber un orden pues los aleas o el desorden no ayudan; y dado que el orden adoptado desde hace siglos ha sido una tradición, continuemos con ella, sin perjuicio de reconocer que no hay razón más allá de la expuesta de continuidad para la investigación científica.

Eso quiere decir que aquellos países en donde la tradición ha primado la línea matrilineal en la imposición de apellidos, también debería quedarse como está.

Lo que sí es una aberración, es perder datos y medios para la ciencia y la historia, cosa que sucede cuando se pierden los apellidos propios por el matrimonio (como en algunos países ocurre), o cuando a alguien (porque lo permite la ley, sin fuerte razón para ello) cambia como a uno, o a ambos se les antoja el orden de los apellidos.

Si tuviera que hacer una propuesta diría que se debería restringir el cambio de los apellidos y el cambio de su orden a casos muy concretos que actualmente ya están previstos en las leyes. Pero anularía la posibilidad de que la pareja imponga según se le ocurra el orden de los apellidos, y también anularía la posibilidad de que uno mismo, tras su mayoría de edad, pueda cambiar dicho orden. Y si alguien me pidiera que me atreviera a más, diría que de conformidad con los hechos ciertos científicos de cómo estamos constituidos los humanos, deberíamos tener los apellidos del modo siguiente:

  • Los hijos varones deberían heredar y tomar para su primer apellido, el primer apellido de su padre, es decir de su línea paterna; y para su segundo apellido, el primer apellido de su madre [4].
  • Las hijas deberían heredar y tomar para su primer apellido, el apellido matrilineal, (en la primera generación de aplicación del cambio, el segundo apellido de la madre, aunque también este era un apellido de varón en la generación anterior); y para su segundo apellido el primer apellido de su padre.

Si se hiciera así, y a partir de aquí, se conservaría unido cada primer apellido a su correspondiente ADN, en el caso de los varones al ADN del cromosoma Y; y en el caso de las mujeres al ADN mitocondrial. [5]

Estoy seguro de que a ninguno de los legisladores les interesará mi opinión porque las decisiones de los mismos no se basaron ni en formación jurídica ni científica, sino sólo en el interés de obedecer la disciplina partidista de congraciarse, creen, con las mujeres. Sería pedir demasiado. Sería pedir que nuestros políticos y legisladores pensaran como piensan los científicos y lo hicieran en aras de la ciencia, cosa extraordinariamente difícil. Pero por si acaso, comienzo a predicar, aunque sea en el desierto, y por si alguien escucha, insisto en esto.

 

[1] Por no seguir la moda tan “progresista” de la que no se libra ni el legislador, uso la palabra “padres” en plural de acuerdo a lo indicado en el DRAE que dice para padre en su acepción “9. m. pl. El padre y la madre.”

[2] Los vascos cuando hablaban en castellano fueron los primeros en hacerlo, en ponerlo de moda, hablando de vascos y vascas; de ciudadanos y ciudadanas.

[3] Ver http://www.familytreedna.com y https://genographic.nationalgeographic.com/genographic/index.html

[4] Transcurrida una generación todas las mujeres que heredarían el mismo ADN mitocondrial tendrían el mismo primer apellido, el de sus madres, y en generaciones posteriores también el de sus abuelas, y así sucesivamente.

[5] Salvado, como queda dicho, que a partir de la puesta en vigor de la norma estamos dando un apellido de varón, el del abuelo materno, al ADN mitocondrial.

 

 

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La consciencia, el cerebro y la cultura

Mientras sigo leyendo “Y el cerebro creó al hombre” de Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, recuerdo las conversaciones que tenía yo con mi cuñado, el hermano de mi esposa, José María Renau Vallés, Doctor en Psicología Clínica, ya fallecido. Eran debates, tertulias y enfrentamientos cuasi científicos en los que ambos, después de discutir (en el sentido francés del término) llegábamos a encuentros y acuerdos. Algunas veces se plasmaban en escritos que nos enviábamos. He aquí uno de ellos, enviado por el querido Doctor Renau, en el que resume el previo debate sobre la cultura, la genética y otras cosas. Los cambios nunca se adentran en la cultura.

Se reflectan en su propia superficie. Incluso en los momentos álgidos e ilusionantes de los cambios. Podrán darnos el apercibimiento, enmarcado por destellos fugaces, de mil colores lanzados al universo abierto de la esperanza. Pero al desvanecerse, porque nada dura cien años, nos mostrará la realidad de la cultura idéntica a si misma, invariable, monolítica.

No se entiende de otra manera porque la cultura no admite cambios ni desviaciones. La cultura, encerrada en sí misma como código sagrado de verdades de salvación, no admite opiniones si estas opiniones la delimitan o la vacían de lo que ella quiere ser. Referente único. Verdad base.

Cierto es que, para cada pueblo, su cultura es la razón que da sentido a su existencia. Es el camino que les permite sobrevivir a la idea de la muerte, ayudándoles a continuar viviendo sin hundirse en el lodo de la angustia paralizante. Tan cierto es que se convierte en intocable. La cultura es. La cultura define los rasgos estructurales de una etnia. Los define, los enmarca y los impone. ¡I-m-p-o-n-e!. No es un bufé ricamente surtido del que cada uno a su manera se irá sirviendo según sus circunstancias y sus necesidades. Es plato único. Necesario y obligatorio. Los recursos encuadrados dentro de la cultura pueden formularse de formas variadas. Pueden ser creencias, usos, costumbres, verdades, normas o silencios. Los silencios o lo no dicho tienen la misma fuerza que puede encontrarse emanando de las creencias o de las verdades. Implican y estructuran. Marcan. Estructuran porque cohesionan los distintos estamentos de la sociedad. Nada se deja al azar. Todo tiene su lugar y cada lugar queda bien definido dentro del todo. Así cada cual sabe dónde se encuentra y a qué atenerse. No sólo dibujan el amplio espectro social sino que lo puntualiza en su pirámide intocable de la jerarquización. Porque la cultura está al servicio de unos valores. Y los valores, siempre, al servicio de unas personas. Y esas personas enmarcan, puntualizan, y defienden con la propia vida de los demás, sus innombrables prebendas acordadas. Son los peldaños necesarios e imprescindibles para poder alcanzar el reconocimiento de prócer y seguir con su disfrute en cuanto tal. E implican con las garantías del sentido y de la aceptación. La cultura funciona como las mareas. La alta y la baja. Si avanza luego se retira. Y si se retira, de nuevo, avanza. Así permanece idéntica a sí misma a lo largo de los siglos.

La cultura, cualquier cultura, se mueve como los bailarines al ritmo de la Yenka: Un paso adelante, uno atrás y… un-dos-tres. Volviendo a empezar. Permaneciendo siempre en el mismo sitio. La banda de Moebius, cinta alargada, a la que se le da una media vuelta en alguna parte y se une por ambos extremos, nos enseña el movimiento permanente sin que nada cambie. Eterno movimiento siempre el mismo, donde el exterior se convierte en interior para instantes después convertirse en exterior de nuevo y reconducirse otra vez en interior.

Es la eternidad para unas verdades que se reinventan a ellas mismas en un movimiento constante que les garantiza la inamovilidad. Por eso la cultura no cambia. Cuando desaparece lo hace de golpe. Derrumbándose y arrastrando a los que en ella se encumbraron. Etruscos…egipcios…romanos…mayas son testigos mudos del derrumbe completo. Del final de unas civilizaciones.

Frente a esa cultura impositiva, inamovible, idéntica a sí misma en el oleaje de costumbres y necesidades, se levanta el permanente deseo, de todo aquel que se inserta en el lenguaje, de quererla cambiar, modificar, mejorar. Y decimos que no hay vida si no existe este deseo enraizado en la actitud renovada del que busca su sentido en la misma vida. De todos los esfuerzos de cambio contra la impasible cultura, siempre sale ella victoriosa. La razón es obvia. Nuestro despertar a la vida es siempre individual. Y la constante de cambiarla siempre es un esfuerzo individual. Si todos uniésemos nuestro esfuerzo no se modificaría. Se caería. Como la estaca de Lluis Llach. Alcanzaría el final de sus tiempos. Pero a fuer de ser sinceros tendremos que reconocer que ni siquiera así. Los cataclismos tienen un plus añadido. No basta la voluntad conjuntada y activa de todos. A esta necesidad se le añade otra: Unas circunstancias extraordinarias. Para que una cultura se tambalee, resquebraje y desaparezca, se necesita un cataclismo. Es el plus añadido.

Tenemos en nuestra historia reciente un buen detalle. En la Iglesia católica hubo un concilio Vaticano. Varios siglos después de una lucha obstinada y cerril contra la reforma de Lutero. Siglos que dejaron anquilosados los goznes de la movilidad. El Vaticano intentó introducir el tres-en-uno para recuperar si no su elasticidad, sí, al menos, su movilidad. Y fracasó. Con todo el empuje del Espíritu Santo. Una enorme mayoría de creyentes se ilusionó y lo creyó tanto que hicieron de su apertura el estandarte de sus vidas. Y los que no lo aplicaron en sus vidas, lo aceptaron racionalmente. No era mala para nadie una apertura. Era un soplo de libertad. Sólo un reducido grupo, en clara minoría, se opuso frontalmente. Tanto que a su cabecilla, el cardenal francés Leffebre, fue excomulgado. Se le extrajo, como tumor, del cuerpo eclesial. Y esa condena en la nomenclatura eclesial significa la privación definitiva del derecho a tener una trascendencia dichosa ya que “extra ecclesia nula salus”. Parecía que el Vaticano iba a conseguir lo inaudito. Que la cultura eclesial no sólo se moviera sino que incluso avanzara. Tan maravilloso resultaba que a su iniciador e instigador, el papa Roncalli, lo pusieron en el monte parnaso de los santos. Bajo la advocación de San Juan XXIII. Y para que nadie dudara de su maravillosa gesta se estableció como día para celebrar su festividad el mismo día que años atrás empezó el Concilio.

Por fin la cultura eclesial, la que se había enrocado desde varios siglos en la más caótica represión, había sido vencida por el esfuerzo y la ilusión de cambio de la inmensa mayoría. Día de fiesta. Y desde todos los púlpitos clericales y afines se cantaron las alabanzas al Dios que había hecho posible semejante cambio. Nadie dudaba que era la obra del Espíritu Santo capaz de inflamar las mentes y los corazones de los hombres. Por eso a Leffebre y sus secuaces (lejos quedaban las referencias al Eminentísimo Sr. Cardenal y sus feligreses) se les había apartado de la común-unión.

Eran los años sesenta. También década del empuje estudiantil en Francia. Esta sí que fue una década prodigiosa. Se podía respirar. Se podía enganchar quien quisiera, en la búsqueda de una nueva libertad. Se podían iniciar cábalas ilusionantes para reconstruir la sociedad. Por fin el cometa perdido muchos siglos antes reaparecía iluminando el firmamento de la esperanza con la luz que esparcía su cola. Podíamos de nuevo buscar sentido a nuestras vidas más allá de los moldes que nos habían preparado. Podíamos experimentar la maravilla de avanzar por caminos nuevos, con nuestra responsabilidad. ¿Se había cambiado? ¿Ya no era la cultura machacona, inamovible e impositiva? ¿Se había conseguido doblegar su permanencia estática?

Ha pasado el tiempo. Lejos quedan los 60. Y con la perspectiva que nos otorgan los 45 años transcurridos nos damos cuenta que todo ha sido ilusionante pero vano. Que nada ha cambiado. Los gritos despiadados de aquel cardenal proscrito que no quería que nada cambiase y por lo que fue condenado, junto a las palabras entusiasmadas del nuevo Santo que alentaban y hacían soñar en el cambio, se perdieron en la última reverberación del eco. Ya no llegaron a nuestros días. Todo lo que el Santo abrió, se volvió a cerrar, anulándolo. Y todo lo que aquel díscolo cardenal quería, por lo que sufrió condena, ha vuelto a restablecerse con el beneplácito y la bendición de los mismos que, entre loas al Altísimo, clausuraron el Concilio Vaticano II.

Otro tanto ha sucedido con el espíritu del Mayo del 68. Los pavés dejaron de acompañar las palabras de libertad para ser enterrados de nuevo en las mismas calles parisinas, ésta vez, bajo una capa de asfalto. “Izquierda, izquierda… derecha, derecha… adelante, atrás… y un-dos-tres” Más allá de este movimiento.

Por encima de los deseos, expectativas, ilusiones de los que nos enganchamos al inseguro carro de la vida, la cultura permanece dando sentido pero, para ello, imponiéndose machacona y sin moverse. Da sentido a pesar tuyo. Sin darte opciones ni permitírtelas. Eres como pre-determinado-en-el-único-sentido que te han designado. Podríamos seguir cuestionando esa cultura, necesaria, pero impositiva.

Como ya empezamos a cuestionarnos ayer. Pero ¿qué tiene que ver la cultura con la genética?. Te dejo unas pautas para que, si quieres sigamos hablando más tarde. La genética es “un potencial predeterminado capaz de responder a unos estímulos”. Unos estímulos que al “obtener respuestas y respuestas reiterativas van desarrollando la capacidad de respuesta, creando las redes neuronales”. No todo está “previsto”. No todo es válido. El recién nacido, del género humano, es indefenso. Incapaz de subsistir por si mismo. Incapaz de dar respuesta adecuada a sus necesidades más elementales. Si llega a desarrollarse es por la dedicación que otros le dan y los cuidados que le aportan. Por qué se dedican a cuidarlos? Por qué existe un consenso de tenerlo que hacer? Por genética? Por beneficio personal? Por imposición cultural? (Como ves prefiero ceñirme más a un campo de ir por casa que a la tesis que discutíamos ayer sobre la política). Si el consenso cultural, a la larga puede colorear o modificar las mismas características genéticas –de lo contrario nunca habría posibilidad de avances- ¿puede ser más amplio, que la genética? ¿Puede la cultura darnos unos matices de libertad que no estén, al menos en esbozo, en la genética? ¿Qué es entonces la persona humana? ¿La que cumple las perspectivas pre-dibujadas por la genética, respondiendo a los sucesivos estímulos, cada vez más complejos y con respuestas más elaboradas? ¿La que se adapta a las características culturales, asumiéndolas y desarrollándolas? ¿O el resultado confuso de la interacción de lo genético- lo cultural- y de la trascendencia de estar marcados por el lenguaje?

Bueno, Fede, ya hablaremos. Posiblemente en el sótano de tu casa, rodeados de estímulos alcohólicos y de juegos, a los que no les daremos una respuesta inmediata. Eso sí, saboreando al mismo tiempo, un carajillo de tu especialidad. Ben cremadet. Buenas noches.

1 de diciembre.2008

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Los hijos de… y los apellidos

Que nadie se escandalice a causa de lo que cree intuir en el título pues no suelo usar lenguaje soez pero quería llamar la atención a la tendencia que se ve de huir de lo que pueda aparentar mediocridad o que parezca ser como la mayoría o el término medio de los conciudadanos.

Me refiero a los apellidos. Sabéis que el sufijo –ez significa en castellano algo así como “hijo de” y, según dicen, viene de la desinencia del tiempo de los godos “ath” (az) que cambia a “ez”; no sé si alguien ha indagado que pudiera provenir del latín “ex” que se utiliza más como prefijo.

Pues bien, volviendo al tema de los hijos de…, quiero comentar que nadie quiere oír el apellido de los hijos de Pero (Pedro) llamados Pérez y de Rodrigo llamados Rodríguez, en el caso de Rodríguez Zapatero y Pérez Rubalcaba. Ambos han permitido, sino alentado, no ser identificados por su primer apellido; están felices de que les llamen Zapatero, ZP a uno, y Rubalcaba al otro. Éste incluso sustituye el Pérez por una P.

Pudiera ser un caso de la mal dicha cuestión de “género”, de querer hacer discriminación positiva a favor de las mujeres, de sus madres, en realidad a favor de su abuelo materno; aunque no creo que sea así.

Ciertamente tanto Rodríguez como Pérez son unos apellidos muy comunes, a los cuales ellos hubiesen dignificado (aunque no lo tengo tan claro) por haber alcanzado tan importante posición en el Gobierno de España, pero en lugar de hacer variaciones con el primer y común, por lo extendido, apellido, tales como José Luis Rodríguez Z. o Alfredo Pérez R. han preferido lo contrario. Verdaderamente no creo que haya habido muchos Rodríguez o Pérez que hayan ocupado la posición política y social que ellos ocupan para que pudieran haber sido confundidos.

Tampoco creo que se avergüencen de su apellido pero sí creo que han caído en el error que cayeron algunos de los diputados cuando debatiéndose la posibilidad de que no estuvieran de acuerdo los cónyuges y padres al intentar imponer los apellidos al hijo, se lanzaron ideas peregrinas tales como que el primero debería ser el menos común y otras tonterías más.

En mi caso hay un dicho que dice que quien apellido no tenía García le ponían, y ese es mi segundo apellido, el de mi madre que viene, por tanto, de mi abuelo materno del que estoy sumamente orgulloso, lo mismo que los estoy con el primero que me viene patrilinealmente, al menos, desde el año 1237.

Como hago yo, animo a todos los “hijos de…” a sentirse orgullosos de sus ancestros.

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El orden de los apellidos y la ciencia

Traigo a colación el presente tema por la importancia que tiene para la genealogía histórica y genética mantener una metodología común a lo largo de la historia en la imposición de apellidos en un determinado y siempre el mismo orden.

El Código Civil español en su artículo 109 indica que “el padre y la madre de común acuerdo podrán decidir el orden de transmisión de su respectivo primer apellido, antes de la inscripción registral. Si no se ejercita esta opción, regirá lo dispuesto en la ley” que indica que, el primer apellido del recién nacido será el primer apellido del padre, y el segundo del recién nacido el primer apellido de la madre.

Por si esto no fuera poco, ahora se plantea ante la opinión pública la “grave problemática” de que en caso de no estar de acuerdo los padres[1], dado que tendría que decidir el Juez y este tendría que hacerlo de acuerdo con la ley, en el modo que ha quedado dicho antes…; y puesto que sería una “grave afrenta” a la igualdad de género por la prelación legal del apellido del varón sobre el de la hembra, se pretende cambiar la legislación para evitar cualquier favoritismo al apellido paterno para imponer al juez que lo haga en orden alfabético o incluso, algunos han dicho, lanzando una moneda al aire.

¡Estas son ideas peregrinas, de legisladores responsables de la actual redacción del artículo 109, ignorantes de cómo afectaba a la ciencia, dejando al arbitrio de los padres el desorden (porque en eso se podría convertir) de los apellidos, y actualmente demagogia de políticos que se plantean adormecer el sentido común de los ciudadanos con debates inútiles, extemporáneos, contra la lógica y la ciencia, como intentaré explicar a continuación!

Felizmente la mayoría de las parejas que tiene hijos, a pesar de su libertad, asigna a sus hijos sus apellidos, en el orden tradicional; de modo que el posible desorden se ve corregido por el orden del sentido común. Pero ahora vuelven a la carga los que se quieren congraciar con la mitad del electorado, el femenino.

Pero no es una cuestión de igualdad de género el tener que repetir una y otra vez [2]la palabra en cada uno de los dos géneros, por no querer aceptar que uno de ellos en plural  (el género gramatical, que no sexual, masculino) englobe omnímodamente a ambos géneros. Ni tampoco es una cuestión de igualdad, no consentir oportunidad mayor alguna al apellido paterno sobre el materno.

Pero del Derecho vayamos a la Ciencia.

El ser humano (hasta yo tengo miedo de decir el hombre, en sentido omnímodo) se genera como consecuencia de la recombinación del ADN de padre y de madre, de modo que heredamos aleatoriamente (se dice que por mitades, cosa no exacta) el ADN de ambos progenitores, así que somos una combinación no proporcional de madre y padre. Si esto fuera así respecto de todas las células de nuestro cuerpo, en todas las partes de dichas células, el descubrimiento de la genética no nos podría haber llevado más allá de lo que normalmente entendemos: la herencia de rasgos genéticos, la herencia de defectos genéticos y el estudio para que los genes recesivos no se manifiesten en sucesivas generaciones. Nos parecemos a nuestros padres y heredamos defectos y enfermedades de nuestros padres, feliz y desgraciadamente.

Pero hay dos partes en las células de nuestro cuerpo que no son el resultado de la recombinación aleatoria genética. En el caso de las hembras el ADN mitocondrial (el que se halla en las mitocondrias, las generadoras de la energía dentro de las células) y en el caso de los varones el ADN del cromosoma Y.

Efectivamente todos los varones heredamos (también) en las mitocondrias de nuestras células el ADN de, exclusivamente, las mitocondrias de nuestra madre, es decir matrilinealmente; y heredamos de nuestro padre el cromosoma Y, en el cual se halla el ADN del cromosoma Y de nuestro padre, de nuestro abuelo, bisabuelo, tatarabuelo todos ellos patrilinealmente. El resto de cromosomas se recombina y son el resultado de porciones de padre y madre.

Gracias a esto, se puede, mediante la realización de un test genético, saber a qué Haplogrupo genético uno pertenece, la antigüedad del mismo, y cuál fue el viaje sobre la tierra a través del tiempo desde nuestros ancestros hasta el momento presente[3]. Se puede trazar la línea genealógico – genética patrilinealmente y matrilinealmente para los varones; y solamente matrilinealmente para las hembras. Esto es así porque lo varones tienen ADN mitocondrial de sus madres y ADN del cromosoma Y de sus padres, del cual carecen las hembras, precisamente por eso, por ser hembras (pues el cromosoma Y es el que hace la diferenciación sexual).

Puestas las cosa encima de la mesa, vuelvo al inicio de la reflexión, un tanto más jurídica.

Si a lo largo de la historia hemos tenido una metodología de imposición de nombres y apellidos, no la cambiemos ahora, pues perderemos la posibilidad, o se hará muchísimo más dificultoso, el estudio genético histórico. Aquí lo importante no es si el varón está o debe estar privilegiado respecto a la hembra: no. Pero entre varias cosas siempre tiene que haber un orden pues los aleas o el desorden no ayudan; y dado que el orden adoptado desde hace siglos ha sido una tradición, continuemos con ella, sin perjuicio de reconocer que no hay razón más allá de la expuesta de continuidad para la investigación científica.

Eso quiere decir que aquellos países en donde la tradición ha primado la línea matrilineal en la imposición de apellidos, también debería quedarse como está.

Lo que sí es una aberración, es perder datos y medios para la ciencia y la historia, cosa que sucede cuando se pierden los apellidos propios por el matrimonio, o cuando a alguien (porque lo permite la ley, sin fuerte razón para ello) cambia como a uno, o a la pareja, se le antoja el orden de los apellidos.

Si tuviera que hacer una propuesta diría que se debería restringir el cambio de los apellidos y el cambio de su orden a casos muy concretos que actualmente ya están previstos en las leyes. Pero anularía la posibilidad de que la pareja imponga según se le ocurra el orden de los apellidos, y también anularía la posibilidad de que uno mismo, tras su mayoría de edad, pueda cambiar dicho orden. Y si alguien me pidiera que me atreviera a más, diría que de conformidad con los hechos ciertos científicos de cómo estamos constituidos los humanos, deberíamos tener los apellidos del modo siguiente:

  • Los hijos varones deberían heredar y tomar para su primer apellido, el primer apellido de su padre, es decir de su línea paterna; y para su segundo apellido, el primer apellido de su madre[4].
  • Las hijas deberían heredar y tomar para su primer apellido, el apellido matrilineal, (en la primera generación de aplicación del cambio, el segundo apellido de la madre, aunque también este era un apellido de varón en la generación anterior); y para su segundo apellido el primer apellido de su padre.

Si se hiciera así y a partir de aquí se conservaría unido cada primer apellido a su correspondiente ADN, en el caso de los varones al ADN del cromosoma Y; y en el caso de las mujeres al ADN mitocondrial.[5]

Estoy seguro de que nadie hará caso, pues sería pedir demasiado. Sería pedir que nuestros políticos y legisladores pensaran como piensan los científicos y lo hicieran en aras de la ciencia, cosa extraordinariamente difícil. Pero por si acaso, comienzo a predicar, aunque sea en el desierto, y por si alguien escucha, aquí queda esto.


[1] Por no seguir la moda tan “progresista” de la que no se libra ni el legislador, uso la palabra “padres” en plural de acuerdo a lo indicado en el DRAE que dice para padre en su acepción “9. m. pl. El padre y la madre.”

[2] Los vascos cuando hablaban en castellano fueron los primeros en hacerlo, en ponerlo de moda, hablando de vascos y vascas; de ciudadanos y ciudadanas.

[4] Transcurrida una generación todas las mujeres que heredarían el mismo ADN mitocondrial tendrían el mismo primer apellido, el de sus madres, y en generaciones posteriores también el de sus abuelas, y así sucesivamente.

[5] Salvado, como queda dicho, que a partir de la puesta en vigor de la norma estamos dando un apellido de varón, el del abuelo materno, al ADN mitocondrial.

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