Los funcionarios

Los funcionarios

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

01.11.2015

 

 

Lo tenemos que reconocer. La mayor parte de la población sueña o ha soñado no con ser emprendedor, es decir, empresario, sino con ser funcionario. ¿Por qué, es por vocación, qué ventajas ven?

Las ventajas que a nivel individual pretende conseguir el que aspira a ser funcionario son:

  • la seguridad del puesto de trabajo, pues difícilmente van a echarlo de allí
  • una jornada de trabajo bastante reducida en cuanto a horas totales y un buen horario, en general, continuo, que permite en el caso de necesidad conciliar la vida laboral y la familiar. También permite tener otro trabajo y ganarte un segundo sueldo.

Se podrían enumerar muchas más ventajas, la posibilidad de promoción, los días para asuntos propios, moscosos o circulares, para cursillos de formación, y muchas más.

Pero la principal ventaja ¿?, si acaso lo es, para el funcionario, es poderte dormir en los laureles. Ya no te tienes que preocupar, tienes la vida asegurada, aunque no seas muy diligente ni te quieras esforzar mucho. Es una vida muelle en la que te puedes dormir si quieres.

Y, claro, todo esto es algo que todo hijo de vecino puede llegar a desear. Mis padres también me lo hicieron desear y a mis 16 años ya estaba opositando a Auxiliar de la Administración del Estado. No sé si decir ¡menos mal que no lo conseguí!, porque de este modo he llegado a ser lo que soy, o ¡qué lástima que no lo conseguí!, pues no me hubiese tenido que esforzar tanto. Ciertamente que si hubiese llegado a ser funcionario probablemente no hubiera llegado a mi actual nivel intelectual, de formación o, incluso, de amplio abanico de amistades. No lo sé.

Lo que sí es cierto es que, por la falta de exigencias de los que controlan los servicios de la Administración, por la propia ley del menor esfuerzo (que no sólo es aplicable al lenguaje), o por la propia falta de disciplina, de imponerse retos y metas, uno mismo, los funcionarios están en el subconsciente de todos nosotros como los que trabajan poco, salen a menudo del trabajo para hacer cosas privadas, creemos que los servicios no son de suficiente calidad, y esto nos molesta mucho puesto que sus retribuciones salen de nuestros impuestos.

Quiero indicar que probablemente la responsabilidad primera no es de los propios funcionarios sino de sus jefes, sus controladores, sus organizadores y lo que pasa es que éstos, sus jefes, tampoco tienen, quizás, suficiente interés propio, porque lo que es de todos, el Estado, no es de nadie.

No quiero centrar este artículo en criticar a unos u otros, pero ¿a quién no le ha ocurrido que habiendo ido a un Ayuntamiento, a la Seguridad Social o al Juzgado, a determinada hora hay que esperar que el funcionario vuelva de tomar el café, o vuelta de tomar el bocata, o de haber hecho la compra? Ciertamente ahora mucho menos que antes, pues se han tomado medidas; aunque todavía no tengo claro si se les descuenta de su trabajo los minutos, cuando no horas, que pasan fumando en la calle.

Hay que reconocer que los funcionarios tienen el mismo incentivo para trabajar que el ciudadano en la antigua Rusia Soviética. ¿Por qué tengo que hacer más que el otro, si él gana lo mismo que yo? O “no hagas tanto, pues nos exigirán que lo hagamos los demás”.

En lugar de haber una retroalimentación positiva, ésta es negativa. No hay incentivo (o si lo hay no es suficiente) para hacer más, ni para hacerlo mejor, ni para aportar soluciones a los problemas (que lo hagan los jefes) ni para denunciar lo inadecuado dentro de su propia organización (no sea caso que se me caiga el pelo), de modo que como funcionario me sumo en el sopor, tratando de pasar lo mejor que puedo el tiempo que me queda hasta la hora en que salga del trabajo, pues es entonces, fuera del trabajo, con mis otras cosas, cuando encuentro el incentivo, el reto, la ilusión y la alegría de vivir.

Esto no puede ser. Habría que ayudar a la función pública y a los empleados públicos a ser más felices, trabajando más y mejor, ilusionados por el reto de servir al ciudadano y por costar a la Administración lo menos posible no por su retribución escasa sino por su eficiencia y productividad. Seguro que esto es algo que todos deseamos, incluso los funcionarios y empleados públicos, aunque hayan entrado en su puesto de trabajo por las ventajas egoístas señaladas arriba.

Como un ejemplo que sirve para otros muchos ámbitos, todos tenemos presente el retraso de la administración de justicia que con ello se hace injusta. Pero es que en todas partes, la administración es lenta. No quiero decir que tengan la culpa los funcionarios, sino que en el estado de cosas actual el reto profesional, el disfrute en la labor que uno hace como funcionario no es el adecuado. Es imposible que sean felices los funcionarios que tienen que soportar el malgenio de los ciudadanos que acuden a ellos cargados con sus problemas, cansados de esperar y con el prejuicio contra ellos, porque en lugar de solicitar, exigen; porque entonces el empleado público, en lugar de ser proactivo, buscando soluciones, aconsejando al ciudadano para la resolución de su problema, se vuelve reactivo; sí reacciona porque le parece que se le ataca personalmente, cuando, probablemente es el enfado general de los ciudadanos contra la lentitud y poca operatividad de la administración.

No pretendo hacer enfadar a nadie pues sé, me consta y conozco a muchísimos funcionarios y empleados públicos que son de lo más eficientes y se hallan, no solo involucrados, sino comprometidos con su labor y tratan de facilitar la vida a los administrados, ciudadanos y empresas sugiriendo caminos y encontrando soluciones. A todos ellos les veo su vocación de servir, sí de servir en la función pública.

Por lo tanto respecto de los nuevos funcionarios o empleados públicos que entren en la Administración pública, habría que valorar su vocación. No puede ser que el absentismo de cualquier tipo sea superior en la Administración que en la empresa privada y lo es. En definitiva son empleados de todos los contribuyentes que son los que pagan sus sueldos.

Pero sobre todo habría que pensar en poner sobre los funcionarios no sólo a políticos que conozcan las labores que deben supervisar, sino a expertos de carrera bien pagados que organizaran el trabajo y que estuvieran atentos al despacho de los asuntos, a ser creativos y resolutivos, en lugar de dejarlos morir en los anaqueles de la espera.

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