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La cultura occidental y la racionalidad práctica de los principios del judeocristianismo

La cultura occidental y la racionalidad práctica de los principios del judeocristianismo

Federico Rivas García. Doctor en Derecho.

Artículo publicado en el Diario LEVANTE EMV

08.11.2015

A las puertas de unas elecciones generales en España, cuando unos u otros, incluso nuevos partidos, todavía no parlamentarios, plantean el debate de sacar de las aulas la religión; cuando la crisis de los refugiados pone delante de nosotros un crudo panorama de guerra y destrucción de vida y haciendas, que hace que los sufrientes se esfuercen, a costa si es necesario de perder su propia vida durante el viaje, en llegar a lugares donde puedan seguir viviendo (sólo eso, vivir)… Digo que cuando eso sucede, hoy, nuestra conciencia se ve sacudida: temores que imprudentemente salen a la luz, como los del Arzobispo Cañizares, o dudas respecto de si con la llegada masiva de refugiados Europa va a dejar de ser lo que es (por no decir, cristiana), nos asustan. Unos reaccionan, como la derecha alemana o húngara; otros nos quedamos pensativos y preocupados (pensamos que los gobiernos de Europa no tienen claro qué quieren); pero menos mal que otros más, la Cruz Roja, las ONGs actúan y nos despiertan.

Aunque unos sean musulmanes y otros seamos cristianos, somos humanos, hermanos en la lucha por la supervivencia que no tiene que ser contra nosotros, sino con todos conjuntamente contra los elementos tales como el hambre, la enfermedad y el odio homicida de las guerras y del terrorismo. Por eso una reflexión sobre lo que somos, pues como seres sociales somos cultura, nos vendrá bien para poner las cosas en su sitio y permitirnos actuar con justicia.

Si somos creyentes, deberíamos entender la justicia como las Sagradas Escrituras la presentan, como la conformidad de nuestro comportamiento a las normas y juicios de Dios; y eso debería afectar a nuestra forma de vivir la vida, a nuestro comportamiento cotidiano, porque no es sincero relegar a la vida interna, al pensamiento, a la conciencia, las cuestiones religiosas o espirituales, excusándose con que son muy íntimas y personales. La alternativa está entre creer en su realidad, es decir, que las normas de Dios son la expresión de su voluntad, hechos reales, o bien que son suposiciones o creencias.

Pero lo cierto es que, en la calle, no se practica ni se ve la justicia del modo que acabamos de expresar, ni siquiera por parte de los creyentes en “el libro”, católicos, protestantes o judíos. Y no se ve así porque no se está seguro (es una forma suave de decirlo) de que, en efecto, haya habido verdaderamente una revelación, y que, en su caso, detrás de ella esté Dios, algo así como Dios interviniendo en la historia; o, más bien, que todo sea una creación cultural humana, como se esboza por otros.

Pero lo que es completamente cierto es que nos movemos en un entorno cultural que ha tenido y tiene en cuenta los principios, las costumbres, las normas y la cultura que se deriva de las Sagradas Escrituras y de la tradición sobre las mismas.

Actualmente, pensamos como lo hacemos, porque hemos nacido en Europa o América, y nos hemos embebido de la cultura judeocristiana occidental. Creencias basadas en suposiciones erróneas (para los creyentes son hechos reales) han programado nuestro pensamiento a través de las costumbres, aunque estas se hayan secularizado. No tenemos más remedio que admitir que la costumbre bíblica es lo que es justicia para nosotros o, dicho más exactamente, algunas de las costumbres y normas bíblicas han conformado nuestra actual forma de ver la justicia.

Pero nos ha ido bien. La cultura occidental ha triunfado sobre otras culturas; nuestros países, por las armas, por los genes o por los gérmenes han invadido, conquistado y dominado a otros países[1]. ¿Es eso justo? ¿Qué justicia superior podría consentir una historia humana en la que sólo el poder, la dominación y la fuerza han tenido acción directa sobre la historia? Todo ello a costa de la muerte de millones y millones de otros seres, los dominados. Pero esos dominados, algunos, tuvieron tiempo de reproducirse y puede llegar la venganza como alguien señala[2] mediante el choque de culturas y civilizaciones[3] aunque Zapatero haya inventado, digo yo, la alianza de civilizaciones.

 

A nivel individual la sabiduría que destilan las Sagradas Escrituras nos beneficia, especialmente, cuando ponemos en vigor en la práctica las normas y las costumbres que se derivan de ellas. Las leyes y los códigos rezuman conceptos, normas e instituciones bíblicas. Una de las 600 normas de La Ley (la Torá) dice “y tendrán que vivir por ellas”[4] como en efecto así sucede cuando se ponen en práctica, porque parece que hacerlo da buenos resultados para el individuo, para su propio éxito individual así como para la vida familiar y para las relaciones con otros. Las normas de justicia, bondad y misericordia retribuyen: Aunque quizás alguien señale que habrá que tener presente la idea de Maimónides que expresó al traducir “que si el hombre los practica vivirá por ellos”, el versículo citado, en su Epístola sobre la conversión forzosa, en el sentido de que deben ser una ayuda para la vida, no la causa que haga que uno muera, lo que permite el renegar de la creencia para salvar la vida.

 

Pero, por otra parte, si no fuera cierto que el concepto de justicia es algo dado desde arriba ¿por qué estamos interesados en mantener la religión?, ¿por qué, por interés o sin él, la religión organizada perdura? Porque la religión es cultura. La religión ha sido el almacén de la cultura y de las costumbres y, además, la práctica de los principios religiosos está de acuerdo a los últimos descubrimientos de la ciencia.

De una profunda investigación (Véase “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”  Federico M. Rivas García, Editorial Tirant Lo Blanch, 2009) se deduce que la cooperación retribuye; que el buen comportamiento produce resultados; que el altruismo nos ayuda a tener éxito; que el compartir nuestros bienes nos proporciona un seguro para cuando no tengamos; que la reciprocidad nos mantiene en el grupo; de modo que la costumbre y la moral de los pueblos puede ser derivada de todo ello, el concepto de justicia se materializa en hacer, dar y comportarse de acuerdo con lo acostumbrado.

Los que vivimos actualmente y nos hemos reproducido tenemos claro que hemos tenido éxito evolutivo, pues aquí estamos, pero ¿cuál ha sido el factor clave? La cultura, que comenzó con las costumbres que practicamos basadas en los principios del judeocristianismo, cuya racionalidad práctica está fuera de toda duda.

Atendiendo pues a esos principios, deberíamos enfrentarnos a los retos que tenemos delante (envejecimiento de la población por la baja tasa de natalidad; inmigración casi descontrolada que entra en Europa por necesidad; terrorismo que somete y destruye culturas con su historia, así como conciencias, vida y haciendas individuales) con la convicción de que gracias a nuestra cultura occidental asimilaremos y saldremos con éxito de este problemático período[5].

Sintámonos contentos, seguros y orgullosos, pues somos los que constituimos la vieja Europa, la que ha dado a luz la cultura que más éxito ha tenido.

[1] Diamond, J. Armas, gérmenes y acero. Primera edición, Debate, Madrid 1998.; Cavalli-Sforza, L. L. Genes, pueblos y lenguas. Crítica, Barcelona, 1997.

[2] Huntington, Samuel. El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, primera edición, Paidós, Barcelona, 1997.

[3] Cosa que hoy después de un 11 de septiembre de 2001 en EE.UU. y un 11 de marzo de 2004 en Madrid, o de lo ocurrido en Londres en 7 de junio de 2005, todavía parece más probable que cuando Huntington escribió su obra, no hace mucho tiempo.

[4] Levítico 18:5.

 

[5] “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”  Federico M. Rivas García, Editorial Tirant Lo Blanch, 2009

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Los funcionarios

Los funcionarios

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

01.11.2015

 

 

Lo tenemos que reconocer. La mayor parte de la población sueña o ha soñado no con ser emprendedor, es decir, empresario, sino con ser funcionario. ¿Por qué, es por vocación, qué ventajas ven?

Las ventajas que a nivel individual pretende conseguir el que aspira a ser funcionario son:

  • la seguridad del puesto de trabajo, pues difícilmente van a echarlo de allí
  • una jornada de trabajo bastante reducida en cuanto a horas totales y un buen horario, en general, continuo, que permite en el caso de necesidad conciliar la vida laboral y la familiar. También permite tener otro trabajo y ganarte un segundo sueldo.

Se podrían enumerar muchas más ventajas, la posibilidad de promoción, los días para asuntos propios, moscosos o circulares, para cursillos de formación, y muchas más.

Pero la principal ventaja ¿?, si acaso lo es, para el funcionario, es poderte dormir en los laureles. Ya no te tienes que preocupar, tienes la vida asegurada, aunque no seas muy diligente ni te quieras esforzar mucho. Es una vida muelle en la que te puedes dormir si quieres.

Y, claro, todo esto es algo que todo hijo de vecino puede llegar a desear. Mis padres también me lo hicieron desear y a mis 16 años ya estaba opositando a Auxiliar de la Administración del Estado. No sé si decir ¡menos mal que no lo conseguí!, porque de este modo he llegado a ser lo que soy, o ¡qué lástima que no lo conseguí!, pues no me hubiese tenido que esforzar tanto. Ciertamente que si hubiese llegado a ser funcionario probablemente no hubiera llegado a mi actual nivel intelectual, de formación o, incluso, de amplio abanico de amistades. No lo sé.

Lo que sí es cierto es que, por la falta de exigencias de los que controlan los servicios de la Administración, por la propia ley del menor esfuerzo (que no sólo es aplicable al lenguaje), o por la propia falta de disciplina, de imponerse retos y metas, uno mismo, los funcionarios están en el subconsciente de todos nosotros como los que trabajan poco, salen a menudo del trabajo para hacer cosas privadas, creemos que los servicios no son de suficiente calidad, y esto nos molesta mucho puesto que sus retribuciones salen de nuestros impuestos.

Quiero indicar que probablemente la responsabilidad primera no es de los propios funcionarios sino de sus jefes, sus controladores, sus organizadores y lo que pasa es que éstos, sus jefes, tampoco tienen, quizás, suficiente interés propio, porque lo que es de todos, el Estado, no es de nadie.

No quiero centrar este artículo en criticar a unos u otros, pero ¿a quién no le ha ocurrido que habiendo ido a un Ayuntamiento, a la Seguridad Social o al Juzgado, a determinada hora hay que esperar que el funcionario vuelva de tomar el café, o vuelta de tomar el bocata, o de haber hecho la compra? Ciertamente ahora mucho menos que antes, pues se han tomado medidas; aunque todavía no tengo claro si se les descuenta de su trabajo los minutos, cuando no horas, que pasan fumando en la calle.

Hay que reconocer que los funcionarios tienen el mismo incentivo para trabajar que el ciudadano en la antigua Rusia Soviética. ¿Por qué tengo que hacer más que el otro, si él gana lo mismo que yo? O “no hagas tanto, pues nos exigirán que lo hagamos los demás”.

En lugar de haber una retroalimentación positiva, ésta es negativa. No hay incentivo (o si lo hay no es suficiente) para hacer más, ni para hacerlo mejor, ni para aportar soluciones a los problemas (que lo hagan los jefes) ni para denunciar lo inadecuado dentro de su propia organización (no sea caso que se me caiga el pelo), de modo que como funcionario me sumo en el sopor, tratando de pasar lo mejor que puedo el tiempo que me queda hasta la hora en que salga del trabajo, pues es entonces, fuera del trabajo, con mis otras cosas, cuando encuentro el incentivo, el reto, la ilusión y la alegría de vivir.

Esto no puede ser. Habría que ayudar a la función pública y a los empleados públicos a ser más felices, trabajando más y mejor, ilusionados por el reto de servir al ciudadano y por costar a la Administración lo menos posible no por su retribución escasa sino por su eficiencia y productividad. Seguro que esto es algo que todos deseamos, incluso los funcionarios y empleados públicos, aunque hayan entrado en su puesto de trabajo por las ventajas egoístas señaladas arriba.

Como un ejemplo que sirve para otros muchos ámbitos, todos tenemos presente el retraso de la administración de justicia que con ello se hace injusta. Pero es que en todas partes, la administración es lenta. No quiero decir que tengan la culpa los funcionarios, sino que en el estado de cosas actual el reto profesional, el disfrute en la labor que uno hace como funcionario no es el adecuado. Es imposible que sean felices los funcionarios que tienen que soportar el malgenio de los ciudadanos que acuden a ellos cargados con sus problemas, cansados de esperar y con el prejuicio contra ellos, porque en lugar de solicitar, exigen; porque entonces el empleado público, en lugar de ser proactivo, buscando soluciones, aconsejando al ciudadano para la resolución de su problema, se vuelve reactivo; sí reacciona porque le parece que se le ataca personalmente, cuando, probablemente es el enfado general de los ciudadanos contra la lentitud y poca operatividad de la administración.

No pretendo hacer enfadar a nadie pues sé, me consta y conozco a muchísimos funcionarios y empleados públicos que son de lo más eficientes y se hallan, no solo involucrados, sino comprometidos con su labor y tratan de facilitar la vida a los administrados, ciudadanos y empresas sugiriendo caminos y encontrando soluciones. A todos ellos les veo su vocación de servir, sí de servir en la función pública.

Por lo tanto respecto de los nuevos funcionarios o empleados públicos que entren en la Administración pública, habría que valorar su vocación. No puede ser que el absentismo de cualquier tipo sea superior en la Administración que en la empresa privada y lo es. En definitiva son empleados de todos los contribuyentes que son los que pagan sus sueldos.

Pero sobre todo habría que pensar en poner sobre los funcionarios no sólo a políticos que conozcan las labores que deben supervisar, sino a expertos de carrera bien pagados que organizaran el trabajo y que estuvieran atentos al despacho de los asuntos, a ser creativos y resolutivos, en lugar de dejarlos morir en los anaqueles de la espera.

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