SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS. XXIII.- Desigualdades en los ingresos del trabajo y en la propiedad del capital

XXIII.- Desigualdades en los ingresos del trabajo  y en la propiedad del capital

03.05.2015

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Piketty se pregunta si las desigualdades de los ingresos salariales del trabajo de los empleados es una carrera entre la educación y la tecnología. Y se lo pregunta porque duda que así sea, pues esta teoría no permite explicarlo todo.

La teoría se basa sobre dos hipótesis. La primera es que el salario de un asalariado dado es igual a su productividad marginal, es decir, a su contribución individual a la producción de la empresa o administración en la cual trabaja. La segunda es que esta productividad depende, ante todo de su cualificación y de la situación de la oferta y de la demanda de cualificaciones en la sociedad considerada.

Aunque a Piketty esta teoría le parece pueril dice que tiene el mérito de poner el acento sobre dos fuerzas que juegan de hecho un papel fundamental en la determinación de las desigualdades de los salarios, incluso en el marco de las teorías más sofisticadas y menos pueriles: la oferta y la demanda de cualificaciones. En la práctica la oferta de las cualificaciones depende del estado del sistema educativo: cuántas personas han podido  tener acceso a una o a otra carrera, cuál es la calidad de estas formaciones, en qué medida han sido completadas por experiencias profesionales adecuadas.

Obviamente vemos que la respuesta a estas preguntas depende de múltiples fuerzas. El sistema educativo depende de las políticas públicas que se hayan seguido, de criterios de selección, del modo de financiación del sistema y del costo de los estudios para los alumnos y sus familias. O más todavía. De las posibilidades de formación a lo largo de la vida profesional, pues las nuevas tecnologías y su progreso dependen del ritmo de las invenciones, de su puesta en marcha y de una renovación permanente del conocimiento.

En Occidente muy apegados al papel central de la escuela y de la formación en el proceso de promoción social, el discurso teórico sobre estas cuestiones y sobre la meritocracia contrasta con la realidad de los orígenes sociales que permiten, o no, acceder a los canales de formación más prestigiosos, por ello este modelo teórico tiene unos límites muy claros y el papel de las instituciones es básico. Se ha visto que el crecimiento moderno ha estado caracterizado por un desarrollo considerable de la parte de las actividades educativas, culturales y médicas en las riquezas producidas y en la estructura del empleo. Por depender de todos los factores indicados, las desigualdades continúan y para evitarlas se han tratado de imponer tablas salariales y salarios mínimos.

A la vista de la historia de los últimos cincuenta años se confirma que invertir en la formación y las cualificaciones es la mejor forma de aumentar los salarios y de reducir las desigualdades salariales: en efecto, la educación y la tecnología son las fuerzas determinantes. Pero, ¿y la explosión extraordinaria de las desigualdades americanas? Piketty afirma que la subida de los “súper cuadros dirigentes” es un fenómeno anglosajón y especialmente se ha dado en el sector financiero: esa es la explicación de la progresión de las desigualdades en los últimos decenios.

También afirma Piketty que las desigualdades en los países emergentes son más débiles y que la idea de la productividad marginal para la fijación de las retribuciones es una ilusión, sobre todo al compararla con el aumento desorbitado de las retribuciones de los cuadros dirigentes (especialmente americanos) cuya base de productividad objetiva es, en modo alguno, imposible de explicar y se convierte en un argumento pueril. Son ellos mismos, mayoritariamente, los que se fijan las retribuciones; son ellos los que tienen funciones no duplicables, que puedan estar en el mercado.

En cuanto a la desigualdad de la propiedad del capital, más bien de la híper concentración patrimonial, hay que decir que los hechos quedan patentes en la gráfica 10.6 en la que se ve que en el año 2010 el decil superior (el 10 % superior) posee en Estados Unidos el 70 % y en Europa poco más del 60 % del patrimonio total, y el percentil superior (1 % superior) posee en Estados Unidos poco más del 30 % y en Europa poco más del 20 %. Ciertamente el punto álgido que marca la máxima desigualdad patrimonial está en el año 1910, y se corrige hacia abajo después de la I y II Guerra mundial, retomándose la senda de la desigualdad.

2015.05.03 Piketty G10.6

Traducción:

La desigualdad patrimonial: Europa y Estados Unidos, 1810-2010

Eje vertical: parte del decil o percentil superior en el patrimonio total.

Cuadro: Parte del decil superior: Europa

Parte del decil superior: Estados Unidos

Parte del percentil superior: Europa

Parte del percentil superior: Estados Unidos

Lectura: Hasta mediados del siglo XX, las desigualdades patrimoniales eran más fuerte en Europa que en los Estados Unidos.

Fuentes y series: Ver Piketty.

 

La mecánica de la divergencia patrimonial se explica por la tasa de interés y el crecimiento a lo largo de la historia. Interés que ha estado entre poco más del 6 % y poco menos del 3 % anual, y crecimiento que ha oscilado en torno a poco más del 1 % anual. De aquí se desprende que la tasa de rendimiento es y ha sido históricamente superior a la tasa de crecimiento, no tanto como una necesidad lógica absoluta sino como una realidad histórica incontestable. No obstante alguien encontrará como explicación la cuestión de la preferencia por el presente.

A estas grandes diferencias trataron de poner coto tanto el “Code civil” francés como la ilusión de la Revolución francesa, la continuidad de las desigualdades se explicó por Pareto en los años 1890-1910, a quien los fascistas le dieron mucha atención.

Si las cosas parece que sean así, ¿cómo es que todavía no se han reconstituido las grandes desigualdades de la “belle époque”? Parece que los elementos de la explicación son el tiempo, los cambios en la estructura impositiva y el crecimiento. Pero Piketty advierte que existe un fuerte riesgo de resurgimiento de las desigualdades patrimoniales por lo que hay que estudiar más directamente la dinámica de la herencia, y después la dinámica mundial en los patrimonios. Pero una conclusión le parece ya clara: Sería ilusorio imaginar que exista en la estructura de crecimiento moderna, o en las leyes de la economía de mercado, fuerzas de convergencia que guíen naturalmente a una reducción de las desigualdades patrimonial o a una armoniosa estabilización.

 

 

 

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