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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS II.- Ingresos y capital. La interesante relación entre ambos

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS

II.- Ingresos y capital. Una interesante relación

24.08.2014

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

He citado en otra ocasión a Piketty[1], brillante economista, que para que entendamos adecuadamente su argumentación se asegura de que tengamos claros los conceptos con los que trabaja en el desarrollo de las conclusiones sobre la interesante relación que hay, y lo que se puede extraer de ella, entre los ingresos y el capital.

En efecto, aclara que la noción de ingreso nacional, no coincide con el mucho más conocido PIB (Producto interior bruto), pues, además de referirse este último a la producción interior, no computando los ingresos que el Estado y los nacionales tienen del extranjero, de dicho producto interior hay que descontar la depreciación o amortización de los elementos de capital, que en términos medios, asciende a un 10 %. Con ello, llega al concepto de producción interior que es el 90 % del PIB. Pero como hemos dicho, tanto los nacionales como el propio Estado tiene ingresos procedentes del exterior, y hay extranjeros que participan y son propietarios de parte de la producción interior, con lo que es preciso añadir a la producción interior el importe neto de los ingresos del extranjero, de modo que a nivel de un país concreto,

Ingreso nacional = producción interior + ingresos netos recibidos del extranjero

Aunque a nivel mundial los ingresos recibidos y remitidos al extranjero se equilibran por lo que

Ingreso mundial = producción mundial

Pasemos ahora a considerar el capital. Al nivel de las cuentas contables, sea de un empresa o de un país dado o, incluso, del conjunto de los mismos en todo el planeta, la producción y los ingresos que proceden de la misma se pueden descomponer en ingresos del capital e ingresos del trabajo; es decir

Ingreso nacional = ingresos del capital + ingresos del trabajo

Reconoce que cuando habla de capital excluye el denominado capital humano, es decir, la fuerza de trabajo, las calificaciones, la formación y las capacidades individuales. Más bien incluye el conjunto de capital inmobiliario (inmuebles, casas) utilizado para el alojamiento, y el capital financiero y profesional (edificios, equipamientos, máquinas, propiedad industrial, etc.) utilizado por las empresas y las Administraciones. En definitiva todo tipo de riquezas que pueden ser poseídas por los individuos o por los grupos de individuos y transmitidas o intercambiadas en el mercado de modo permanente.

Aunque se puede hacer una distinción entre capital y patrimonio, dedicando el primer término a las formas de patrimonio acumuladas por el hombre (edificios, máquinas, equipos, etc.) excluyendo la tierra y los recursos naturales, los cuales la especie humana ha heredado sin haber tenido necesidad de acumularlos; para evitar la dificultad metodológica de separar el valor de los terrenos (patrimonio) sobre los que se construye los edificios (capital), no se hace dicha distinción. Lo mismo aplica a la posible distinción entre elementos utilizados en el proceso de producción y los que no lo son; por ejemplo, el oro, que sería un elemento de patrimonio pero no de capital. No acepta tampoco dicha exclusión porque el oro tiene un doble papel, como materia prima de joyería además de como reserva de valor.

En definitiva acepta la igualdad patrimonio nacional = capital nacional y la define como el valor total estimado a precios de mercado de todo lo que poseen los residentes y el gobierno de un país dado en un momento concreto, y que, potencialmente, puede ser intercambiado en el mercado. Se trata de viviendas, máquinas, equipamiento, marcas e inventos y otros activos profesionales, todos ellos activos no financieros; así como los activos financieros compuestos por cuentas bancarias, planes de ahorro, obligaciones, acciones y otras participaciones en sociedades, imposiciones financieras de toda naturaleza, contratos de seguro de vida, fondos de pensiones, etc., disminuido de los pasivos financieros, es decir de todas las deudas. Si nos limitamos a los activos y pasivos detentados por el Estado y las Administraciones públicas, obtenemos el capital público; y si consideramos exclusivamente los detentados por individuos privados, entonces obtenemos el patrimonio o capital privado. En definitiva

Patrimonio nacional = patrimonio privado + patrimonio público

Llegados a este punto, informa de la débil capitalización pública, incluso negativa cuando las deudas públicas sobrepasan los activos públicos, y asegura que el patrimonio privado representa casi en todas partes la casi totalidad del patrimonio nacional.

Ciertamente el valor de una sociedad mercantil depende a menudo de su reputación y de la de sus marcas, de sus sistemas de información y de sus modos de organización, de sus inversiones materiales e inmateriales realizadas para incrementar la visibilidad y la atracción de sus productos y servicios, de sus gastos de investigación y desarrollo: todo esto está tomado en cuenta en el precio de las acciones y de otras participaciones sociales y se incluye en el valor del patrimonio nacional. Aunque, ciertamente, haya un lado bastante arbitrario e incierto en los precios de los mercados financieros.

Adicionalmente tenemos que precisar que el patrimonio nacional puede descomponerse en capital interior y capital extranjero

Patrimonio nacional = capital nacional = capital interior + capital extranjero neto

 

 

[1] Véase mi artículo “Sobre el reparto del capital y las riquezas: I.- Fuerzas de convergencia y divergencia en economía”, publicado en este mismo medio.

 

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SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS I.- Fuerzas de convergencia y de divergencia

SOBRE EL REPARTO DEL CAPITAL Y LAS RIQUEZAS

I.- Fuerzas de convergencia y divergencia en economía

15.08.2014

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

 

Estoy seguro que quien me lee habrá oído acerca de la obra de Thomas Piketty titulada “El capital en el siglo XXI” publicada originalmente en francés (es la que he leído yo) y más recientemente en inglés, a la espera de ser publicada en español.

Soy un devorador de libros y no he leído nada que me haya hecho tanta impresión como la obra de Piketty desde que en 2009 leí “En busca de la memoria” de Eric R. Kandel, premio Nobel de Medicina año 2000. Las 970 páginas me han admirado, sorprendido, chocado, cabreado, y también dado ganas de continuar estudiando el tema y hacerlo mío. Sirve esto para manifestar mi admiración por el trabajo que voy a comentar, que es una obra de economía que “arrasa” en USA.

“El capital en el siglo XXI” es el resultado de una investigación metodológica suficientemente documentada sobre las desigualdades en el reparto de la riqueza en base a datos obtenidos de diversas fuentes, especialmente las declaraciones fiscales, de varios países, en particular Francia, Reino Unido, Estados Unidos, así como también Alemania, Italia, España y otros. Y los principales resultados que obtuvo Piketty fueron que la historia de la repartición de las riquezas es siempre una historia profundamente política y no se sabría resumir en mecanismos puramente económicos; que la dinámica del reparto de las riquezas pone en juego poderosos mecanismos que empujan alternativamente en el sentido de la convergencia y de la divergencia; y que no existe ningún proceso natural y espontáneo que permita evitar que las tendencias desestabilizantes e desigualitarias ganen la partida durablemente.

Inicialmente Piketty dice que la principal fuerza de CONVERGENCIA es el proceso de difusión de los conocimientos y de inversión en cualificación y formación, señalando que el juego de la oferta y la demanda así como la movilidad del capital y del trabajo, que constituyen una variante, pueden igualmente actuar en este sentido, pero de forma menos fuerte y, a menudo, de manera ambigua y contradictoria. En efecto, admite que el proceso de difusión del conocimiento y de las competencias es el mecanismo central que permite, a la vez, el crecimiento general de la productividad y la reducción de las desigualdades en el interior de los países así como a nivel internacional, como lo ilustra el hecho de que los países ricos han sido alcanzados por una buena parte de países pobres y emergentes, comenzando por la China.

Pero notad que este proceso de convergencia, aunque puede ser favorecido por la apertura comercial, no obstante se trata fundamentalmente de un proceso de difusión de los conocimientos y de participar en el saber –público por excelencia-, y no de un mecanismo del mercado.

Por lo tanto la ausencia de la inversión adecuada en la formación, dice Piketty, puede impedir a grupos sociales enteros beneficiarse del crecimiento económico.

Por el contrario la principal fuerza de DIVERGENCIA es la desigualdad fundamental entre los tipos de interés, o renta, percibidos por el capital, y el crecimiento económico – en notación matemática r > g, donde r = tasa de rendimiento del capital y g = tasa de crecimiento de los ingresos y la producción. De las series estadísticas estudiadas saca como consecuencia que en las sociedades de crecimiento débil, los patrimonios que vienen del pasado toman, naturalmente, una importancia desproporcionada, pues precisan de un débil flujo de ahorro nuevo para incrementarse continua y sustancialmente. Además, si la tasa de rendimiento del capital se establece fuerte y durablemente más allá de la tasa de crecimiento, existe un grave riesgo de divergencia grave en la repartición de las riquezas.

En estas condiciones, dice Piketty que es casi inevitable que los patrimonios heredados dominen largamente a los patrimonios constituidos a lo largo de una vida de trabajo, y que la concentración del capital alcance niveles extremadamente elevados, y potencialmente incompatibles con los valores meritocráticos y los principios de justicia social que se hallan en el fundamente de nuestras sociedades democráticas modernas. Y esta fuerza de divergencia puede, adicionalmente, ser reforzada por mecanismos adicionales como que la tasa de ahorro progresa fuertemente con el nivel de riqueza y, más todavía, con el hecho de que la tasa de rendimiento medio efectivo obtenido es tanto mayor como el capital inicial es más importante.

En resumen, dice Piketty, el proceso de acumulación y reparto de los patrimonios contiene en sí mismo fuerzas poderosas empujando hacia la divergencia, o al menos, hacia un nivel de desigualdad extremadamente elevado. Es verdad que existen, igualmente, fuerzas de convergencia, que pueden ganar la batalla en algunos países o en ciertas épocas, pero las fuerzas de divergencia pueden en todo momento ganar como parece ser el caso en el principio del siglo XXI y como lo deja presagiar la reducción probable del crecimiento demográfico y económico en los decenios por venir.

Aunque sus conclusiones son menos apocalípticas que las implicadas por el principio de acumulación infinita y de divergencia perpetua expresada por Marx, cuya teoría se basa, implícitamente, sobre un crecimiento rigurosamente nulo de la productividad a largo plazo, en el esquema propuesto por Piketty, la divergencia no es perpetua, pero es un futuro posible nada gratificante, en particular, porque la desigualdad fundamental r > g no tiene nada que ver con ninguna imperfección del mercado de capitales, sino al contrario, cuanto mejor funciona el mercado más se verifica y amplifica dicha desigualdad.

¿Qué posibles soluciones se plantean a este posible futuro tan sombrío? Trataré de explicar lo que Piketty propone en otra ocasión.

 

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