Los artículos 6 y 7 de la Constitución. Funcionamiento democrático de partidos, sindicatos y patronal

Los artículos 6 y 7 de la Constitución. Funcionamiento democrático de partidos, sindicatos y patronal. 19.03.2012

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

Con motivo de la celebración del bicentenario de la Constitución de 1812, la Constitución liberal conocida como la Pepa, precisamente por haberse promulgado el día de hoy hace dos siglos, me han venido a la mente multitud de pensamientos. En la Red y en los medios de comunicación se habla de transparencia, de derechos (de libertad, huelga y su regulación para que no impida el derecho al trabajo de otros). Muchas de estas cosas son tratadas en la Constitución vigente pero, a falta de mayor regulación, el derecho o la obligación se convierten en una mera disposición de ánimo a hacer cosas mejores y mayores en el futuro, pero que en el presente no se pueden exigir, conseguir o disfrutar.

Efectivamente no ha habido legislación que haya mejorado, de acuerdo con la Constitución, la inexistente ley de huelga, cuya regulación es preconstitucional. Es importante la transparencia y la formación democrática de la opinión y de la voluntad.

Por eso, la Constitución en su artículo 6, dice de los partidos políticos que “Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Tengo muchas dudas de que sea democrático el nombramiento por el “aparato” de un líder; también las tengo en cuanto a la formación o redacción por los partidos de las listas electorales; es evidente, por otra parte, que depender de subvenciones estatales y de créditos de la Banca (totalmente opacos, no hay información periódica de concesiones, mantenimiento del riesgo [algo así como un CIRBE de los partidos y sindicatos] y cancelaciones de los mismos) para el funcionamiento hace poco clara la condición democrática, que quedaría mejorada con la transparencia y permitiría decir que se cumple el artículo 9.2 de la Constitución que prevé que se facilite a todos los ciudadanos la participación en la vida política, cosa imposible, salvo que se interprete que la participación en dicha vida sólo sea la del voto gregario y masivo, no la de la presentación de enfoques, pareceres o soluciones que plantean los candidatos.

Por otra parte en el artículo 7, dice de los sindicatos y asociaciones empresariales exactamente las mismas palabras. Pero quién ha visto campañas entre afiliados (que paguen su cuota), de abajo hacia arriba, para la formación de una opinión democrática que lleve a la elección libre y democrática de un líder. Los problemas de condicionamientos económicos y financieros son los mismos que para los partidos políticos. Y unas palabras más. Las organizaciones empresariales representan a un número poco elevado de entes en comparación con los sindicatos que representan putativamente a un número muy elevado de personas, a todos los trabajadores. Por lo tanto respecto de las primeras, lógicamente, es más aceptable la existencia de componendas entre sus afiliados para que las elecciones sean un cuadro sencillo de casi unanimidad; pero eso no se puede decir de los sindicatos, se supone que deben haber muchos afiliados y deben ser muchos los que participen en la formación de la voluntad democrática. Al contrario no hay muchos afiliados, sino muy pocos, y las componendas se dan en la misma medida que en las patronales, a pesar de que se arrogan la representación de millones y millones de trabajadores cuando, en realidad, solo representan a sus afiliados; y ¿cuántos tienen? La afiliación en España es de las más bajas de Europa, no alcanza a más del 15 % de los trabajadores, de modo que ¿qué representatividad tienen? Y son los que convocan huelgas que pueden llegar, gracias a los piquetes ‘informativos’, a paralizar un país.

El que tiene perspicacia y capacidad puede entender que hay mucho que mejorar. Que no hemos recorrido en casi 34 años ni una pequeña fracción del camino. Actuemos para evitar que se nos hurte el hacer el camino, el recorrerlo. No nos conformemos.

Los funcionarios

Los funcionarios

Federico Rivas García. Doctor en Derecho

04.03.2012

Lo tenemos que reconocer. La mayor parte de la población sueña con ser funcionario. ¿Por qué, es por vocación, qué ventajas ven? Las ventajas que a nivel individual pretende conseguir el que aspira a ser funcionario son:

  • la seguridad del puesto de trabajo, pues difícilmente van a echarlo de allí
  • una jornada de trabajo bastante reducida en cuanto a horas totales y un buen horario, en general, continuo, que permite en el caso de necesidad conciliar la vida laboral y la familiar. También permite tener otro trabajo y ganarte un segundo sueldo.

Se podrían enumerar muchas más ventajas, la posibilidad de promoción, los días para asuntos propios, moscosos o circulares, para cursillos de formación, y muchas más. Pero la principal ventaja ¿?, si acaso lo es, es dormirte en los laureles. Ya no te tienes que preocupar, tienes la vida asegurada, aunque no seas muy diligente ni te quieras esforzar mucho. Es una vida muelle en la que te puedes dormir si quieres. Y, claro, todo esto es algo que todo hijo de vecino puede llegar a desear. Mis padres también me lo hicieron desear y a mis 16 años ya estaba opositando a Auxiliar de la Administración del Estado. No sé si decir ¡menos mal que no lo conseguí!, porque de este modo he llegado a ser lo que soy, o ¡qué lástima que no lo conseguí!, pues no me hubiese tenido que esforzar tanto. Ciertamente que si hubiese llegado a ser funcionario probablemente no hubiera llegado a mi actual nivel intelectual, de formación o, incluso, social. No lo sé. Lo que sí es cierto que por la falta de exigencias de los que controlan los servicios de la Administración, por la propia ley del menor esfuerzo (que no sólo es aplicable al lenguaje), o por la propia falta de disciplina, de imponerse retos y metas, uno mismo, los funcionarios están en el subconsciente de todos nosotros como los que trabajan poco, salen a menudo del trabajo para hacer cosas propias, los mantenemos todos nosotros y los servicios que prestan no son de suficiente calidad. Quiero indicar que probablemente la responsabilidad primera no es los propios funcionarios sino de sus jefes, sus controladores, sus organizadores. Lo que pasa es que sus jefes tampoco tienen suficiente interés propio, porque lo que es de todos no es de nadie. No quiero centrar este artículo en criticar a unos u otros, pero ¿a quién no le ha ocurrido que habiendo ido a un Ayuntamiento, a la Seguridad Social o al Juzgado, a determinada hora hay que esperar que el funcionario vuelva de tomar el café, o vuelta de tomar el bocata, o de haber hecho la compra? Hay que reconocer que los funcionarios tienen el mismo incentivo para trabajar que el ciudadano en la antigua Rusia Soviética. ¿Por qué tengo que hacer más que el otro, si él gana lo mismo que yo? O “no hagas tanto, pues nos exigirán que lo hagamos los demás”. En lugar de haber una retroalimentación positiva, ésta es negativa. No hay incentivo ni a hacer más, ni a hacerlo mejor, ni a aportar soluciones a los problemas (que lo hagan los jefes) ni a denunciar lo inadecuado (no sea caso que se me caiga el pelo), de modo que como funcionario me sumo en el sopor, tratando de pasar lo mejor que puedo el tiempo que me queda hasta la hora en que salga del trabajo, pues es entonces, fuera del trabajo, con mis otras cosas, cuando encuentro el incentivo, el reto, la ilusión y la alegría de vivir. Esto no puede ser. Habría que ayudar a la función pública y a los empleados públicos a ser más felices, trabajando más y mejor, ilusionados por el reto de servir al ciudadano y por costar a la Administración lo menos posible no por su retribución escasa sino por su eficiencia y productividad. Seguro que esto es algo que todos deseamos, incluso los funcionarios y empleados públicos, aunque hayan entrado en su puesto de trabajo por las ventajas egoístas señaladas arriba. No pretendo hacer enfadar a nadie pues sé, me consta y conozco a centenares de funcionarios y empleados públicos que son de lo más eficientes y se hallan, no solo involucrados, sino comprometidos con su labor. A todos ellos les veo su vocación de servir, sí de servir en la función pública. Por lo tanto a los nuevos funcionarios o empleados públicos que entren habría que valorar su vocación. No puede ser que el absentismo de cualquier tipo sea superior en la Administración que en la empresa privada y lo es. En definitiva son empleados de todos los contribuyentes que son los que pagan sus sueldos.