La consciencia, el cerebro y la cultura

Mientras sigo leyendo “Y el cerebro creó al hombre” de Antonio Damasio, premio Príncipe de Asturias, recuerdo las conversaciones que tenía yo con mi cuñado, el hermano de mi esposa, José María Renau Vallés, Doctor en Psicología Clínica, ya fallecido. Eran debates, tertulias y enfrentamientos cuasi científicos en los que ambos, después de discutir (en el sentido francés del término) llegábamos a encuentros y acuerdos. Algunas veces se plasmaban en escritos que nos enviábamos. He aquí uno de ellos, enviado por el querido Doctor Renau, en el que resume el previo debate sobre la cultura, la genética y otras cosas. Los cambios nunca se adentran en la cultura.

Se reflectan en su propia superficie. Incluso en los momentos álgidos e ilusionantes de los cambios. Podrán darnos el apercibimiento, enmarcado por destellos fugaces, de mil colores lanzados al universo abierto de la esperanza. Pero al desvanecerse, porque nada dura cien años, nos mostrará la realidad de la cultura idéntica a si misma, invariable, monolítica.

No se entiende de otra manera porque la cultura no admite cambios ni desviaciones. La cultura, encerrada en sí misma como código sagrado de verdades de salvación, no admite opiniones si estas opiniones la delimitan o la vacían de lo que ella quiere ser. Referente único. Verdad base.

Cierto es que, para cada pueblo, su cultura es la razón que da sentido a su existencia. Es el camino que les permite sobrevivir a la idea de la muerte, ayudándoles a continuar viviendo sin hundirse en el lodo de la angustia paralizante. Tan cierto es que se convierte en intocable. La cultura es. La cultura define los rasgos estructurales de una etnia. Los define, los enmarca y los impone. ¡I-m-p-o-n-e!. No es un bufé ricamente surtido del que cada uno a su manera se irá sirviendo según sus circunstancias y sus necesidades. Es plato único. Necesario y obligatorio. Los recursos encuadrados dentro de la cultura pueden formularse de formas variadas. Pueden ser creencias, usos, costumbres, verdades, normas o silencios. Los silencios o lo no dicho tienen la misma fuerza que puede encontrarse emanando de las creencias o de las verdades. Implican y estructuran. Marcan. Estructuran porque cohesionan los distintos estamentos de la sociedad. Nada se deja al azar. Todo tiene su lugar y cada lugar queda bien definido dentro del todo. Así cada cual sabe dónde se encuentra y a qué atenerse. No sólo dibujan el amplio espectro social sino que lo puntualiza en su pirámide intocable de la jerarquización. Porque la cultura está al servicio de unos valores. Y los valores, siempre, al servicio de unas personas. Y esas personas enmarcan, puntualizan, y defienden con la propia vida de los demás, sus innombrables prebendas acordadas. Son los peldaños necesarios e imprescindibles para poder alcanzar el reconocimiento de prócer y seguir con su disfrute en cuanto tal. E implican con las garantías del sentido y de la aceptación. La cultura funciona como las mareas. La alta y la baja. Si avanza luego se retira. Y si se retira, de nuevo, avanza. Así permanece idéntica a sí misma a lo largo de los siglos.

La cultura, cualquier cultura, se mueve como los bailarines al ritmo de la Yenka: Un paso adelante, uno atrás y… un-dos-tres. Volviendo a empezar. Permaneciendo siempre en el mismo sitio. La banda de Moebius, cinta alargada, a la que se le da una media vuelta en alguna parte y se une por ambos extremos, nos enseña el movimiento permanente sin que nada cambie. Eterno movimiento siempre el mismo, donde el exterior se convierte en interior para instantes después convertirse en exterior de nuevo y reconducirse otra vez en interior.

Es la eternidad para unas verdades que se reinventan a ellas mismas en un movimiento constante que les garantiza la inamovilidad. Por eso la cultura no cambia. Cuando desaparece lo hace de golpe. Derrumbándose y arrastrando a los que en ella se encumbraron. Etruscos…egipcios…romanos…mayas son testigos mudos del derrumbe completo. Del final de unas civilizaciones.

Frente a esa cultura impositiva, inamovible, idéntica a sí misma en el oleaje de costumbres y necesidades, se levanta el permanente deseo, de todo aquel que se inserta en el lenguaje, de quererla cambiar, modificar, mejorar. Y decimos que no hay vida si no existe este deseo enraizado en la actitud renovada del que busca su sentido en la misma vida. De todos los esfuerzos de cambio contra la impasible cultura, siempre sale ella victoriosa. La razón es obvia. Nuestro despertar a la vida es siempre individual. Y la constante de cambiarla siempre es un esfuerzo individual. Si todos uniésemos nuestro esfuerzo no se modificaría. Se caería. Como la estaca de Lluis Llach. Alcanzaría el final de sus tiempos. Pero a fuer de ser sinceros tendremos que reconocer que ni siquiera así. Los cataclismos tienen un plus añadido. No basta la voluntad conjuntada y activa de todos. A esta necesidad se le añade otra: Unas circunstancias extraordinarias. Para que una cultura se tambalee, resquebraje y desaparezca, se necesita un cataclismo. Es el plus añadido.

Tenemos en nuestra historia reciente un buen detalle. En la Iglesia católica hubo un concilio Vaticano. Varios siglos después de una lucha obstinada y cerril contra la reforma de Lutero. Siglos que dejaron anquilosados los goznes de la movilidad. El Vaticano intentó introducir el tres-en-uno para recuperar si no su elasticidad, sí, al menos, su movilidad. Y fracasó. Con todo el empuje del Espíritu Santo. Una enorme mayoría de creyentes se ilusionó y lo creyó tanto que hicieron de su apertura el estandarte de sus vidas. Y los que no lo aplicaron en sus vidas, lo aceptaron racionalmente. No era mala para nadie una apertura. Era un soplo de libertad. Sólo un reducido grupo, en clara minoría, se opuso frontalmente. Tanto que a su cabecilla, el cardenal francés Leffebre, fue excomulgado. Se le extrajo, como tumor, del cuerpo eclesial. Y esa condena en la nomenclatura eclesial significa la privación definitiva del derecho a tener una trascendencia dichosa ya que “extra ecclesia nula salus”. Parecía que el Vaticano iba a conseguir lo inaudito. Que la cultura eclesial no sólo se moviera sino que incluso avanzara. Tan maravilloso resultaba que a su iniciador e instigador, el papa Roncalli, lo pusieron en el monte parnaso de los santos. Bajo la advocación de San Juan XXIII. Y para que nadie dudara de su maravillosa gesta se estableció como día para celebrar su festividad el mismo día que años atrás empezó el Concilio.

Por fin la cultura eclesial, la que se había enrocado desde varios siglos en la más caótica represión, había sido vencida por el esfuerzo y la ilusión de cambio de la inmensa mayoría. Día de fiesta. Y desde todos los púlpitos clericales y afines se cantaron las alabanzas al Dios que había hecho posible semejante cambio. Nadie dudaba que era la obra del Espíritu Santo capaz de inflamar las mentes y los corazones de los hombres. Por eso a Leffebre y sus secuaces (lejos quedaban las referencias al Eminentísimo Sr. Cardenal y sus feligreses) se les había apartado de la común-unión.

Eran los años sesenta. También década del empuje estudiantil en Francia. Esta sí que fue una década prodigiosa. Se podía respirar. Se podía enganchar quien quisiera, en la búsqueda de una nueva libertad. Se podían iniciar cábalas ilusionantes para reconstruir la sociedad. Por fin el cometa perdido muchos siglos antes reaparecía iluminando el firmamento de la esperanza con la luz que esparcía su cola. Podíamos de nuevo buscar sentido a nuestras vidas más allá de los moldes que nos habían preparado. Podíamos experimentar la maravilla de avanzar por caminos nuevos, con nuestra responsabilidad. ¿Se había cambiado? ¿Ya no era la cultura machacona, inamovible e impositiva? ¿Se había conseguido doblegar su permanencia estática?

Ha pasado el tiempo. Lejos quedan los 60. Y con la perspectiva que nos otorgan los 45 años transcurridos nos damos cuenta que todo ha sido ilusionante pero vano. Que nada ha cambiado. Los gritos despiadados de aquel cardenal proscrito que no quería que nada cambiase y por lo que fue condenado, junto a las palabras entusiasmadas del nuevo Santo que alentaban y hacían soñar en el cambio, se perdieron en la última reverberación del eco. Ya no llegaron a nuestros días. Todo lo que el Santo abrió, se volvió a cerrar, anulándolo. Y todo lo que aquel díscolo cardenal quería, por lo que sufrió condena, ha vuelto a restablecerse con el beneplácito y la bendición de los mismos que, entre loas al Altísimo, clausuraron el Concilio Vaticano II.

Otro tanto ha sucedido con el espíritu del Mayo del 68. Los pavés dejaron de acompañar las palabras de libertad para ser enterrados de nuevo en las mismas calles parisinas, ésta vez, bajo una capa de asfalto. “Izquierda, izquierda… derecha, derecha… adelante, atrás… y un-dos-tres” Más allá de este movimiento.

Por encima de los deseos, expectativas, ilusiones de los que nos enganchamos al inseguro carro de la vida, la cultura permanece dando sentido pero, para ello, imponiéndose machacona y sin moverse. Da sentido a pesar tuyo. Sin darte opciones ni permitírtelas. Eres como pre-determinado-en-el-único-sentido que te han designado. Podríamos seguir cuestionando esa cultura, necesaria, pero impositiva.

Como ya empezamos a cuestionarnos ayer. Pero ¿qué tiene que ver la cultura con la genética?. Te dejo unas pautas para que, si quieres sigamos hablando más tarde. La genética es “un potencial predeterminado capaz de responder a unos estímulos”. Unos estímulos que al “obtener respuestas y respuestas reiterativas van desarrollando la capacidad de respuesta, creando las redes neuronales”. No todo está “previsto”. No todo es válido. El recién nacido, del género humano, es indefenso. Incapaz de subsistir por si mismo. Incapaz de dar respuesta adecuada a sus necesidades más elementales. Si llega a desarrollarse es por la dedicación que otros le dan y los cuidados que le aportan. Por qué se dedican a cuidarlos? Por qué existe un consenso de tenerlo que hacer? Por genética? Por beneficio personal? Por imposición cultural? (Como ves prefiero ceñirme más a un campo de ir por casa que a la tesis que discutíamos ayer sobre la política). Si el consenso cultural, a la larga puede colorear o modificar las mismas características genéticas –de lo contrario nunca habría posibilidad de avances- ¿puede ser más amplio, que la genética? ¿Puede la cultura darnos unos matices de libertad que no estén, al menos en esbozo, en la genética? ¿Qué es entonces la persona humana? ¿La que cumple las perspectivas pre-dibujadas por la genética, respondiendo a los sucesivos estímulos, cada vez más complejos y con respuestas más elaboradas? ¿La que se adapta a las características culturales, asumiéndolas y desarrollándolas? ¿O el resultado confuso de la interacción de lo genético- lo cultural- y de la trascendencia de estar marcados por el lenguaje?

Bueno, Fede, ya hablaremos. Posiblemente en el sótano de tu casa, rodeados de estímulos alcohólicos y de juegos, a los que no les daremos una respuesta inmediata. Eso sí, saboreando al mismo tiempo, un carajillo de tu especialidad. Ben cremadet. Buenas noches.

1 de diciembre.2008

, ,

  1. Deja un comentario

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: