La costumbre como repetición de actos y comportamientos; la justicia como sanción a los comportamientos o actos desviados de la costumbre del grupo social

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

En lugar de algo espiritual, la moral es la costumbre en su acepción más amplia, que ha llegado a formar parte del patrimonio de la mente humana, del patrimonio cultural humano (pues eso es lo que significa cultura, la información, el conocimiento, que es capaz de pasarse por diversos medios de una generación a otra).

Lo práctico, como es el repetir los movimientos corporales, en realidad las acciones, los comportamientos humanos, establecían, en los albores de la humanidad, sobre los individuos emparejados, posteriormente sobre los diversos grupúsculos y, finalmente, sobre los grupos mayores, pueblos y etnias, una superestructura que condicionaba la realización de nuevos movimientos, acciones y comportamientos, y era, finalmente, asimilada culturalmente como costumbre.

Esa superestructura, con el avance, a lo largo del tiempo, de la capacidad humana, con el aumento de su masa cerebral, de su posibilidad de generar muchas más conexiones sinápticas entre las dendritas de sus neuronas, por tanto de recordar; con el aumento de su capacidad desarrollada[1], no solo para recolectar, sino también para cazar, vivir en grupo, y posteriormente para cultivar; condicionó completamente el desarrollo de los individuos.

La capacidad cerebral de los individuos en aumento, planteaba dudas, preguntas, en cuanto a lo útil de obedecer las costumbres anteriores a la aparición de los propios individuos. Nuevos individuos más brillantes, más poderosos físicamente, más capaces de transmitir sus genes o de conseguir más abundante suministro de alimento y de distribuirlo entre las hembras, se iban presentando a medida que los niños se convertían en adultos.

Las razones, de estos nuevos individuos más brillantes que iban apareciendo, para obedecer las costumbres a las que habían llegado los antepasados, tuvieron que contar con un elemento psicológico. No era suficiente la aceptación sin más del conformismo innato; no era suficiente el poder paternal; ni el poder del macho dominante o jefe tribal. La necesidad de “bajar del burro” precisaba de alguna contrapartida; no puedo aceptar lo que me repugna, pero puedo encontrar alguna razón por la que, para un bien futuro, soporte los ascos actuales. Como parte de una humanidad cerebralizada la puedo encontrar para mí mismo, o para otros a quienes enseño, a fin de que continúen sometidos.

El Número Uno fue esa razón, tanto, particularmente, para el individuo como para el grupo dominante. El individuo llegaba a aceptar la sumisión al Número Uno, a un individuo que era “verdaderamente”[2] superior, no a un igual, con más poder accidentalmente; por otra parte se ahorraba el luchar continuamente contra el más poderoso, el cual le aventajaba y dominaba por la fuerza, con consecuencias adicionales para la integridad física. El que estaba en el poder esgrimía la misma razón del Número Uno, para no tener que imponer, en todo momento, por la fuerza, su propio criterio o sus deseos.

Las costumbres que devinieron de dos tipos: externas e internas, cambiaron y condicionaron el desarrollo humano.

Las costumbres externas son las visibles, las que implican movimientos, cuya adición resulta en acciones, cuya adición se convierte en técnicas o en comportamientos. No puedo pensar en otro tipo de costumbres para la época inicial del hombre, para los albores de los pueblos. Las costumbres externas tenían que ver con las necesidades básicas de la célula familiar, o del grupo tribal. No había tiempo, quizás ni capacidad todavía, para desarrollar sistemáticamente una línea de razonamiento o pensamiento, pues el individuo y el grupo dedicaban la mayor parte, la casi totalidad de su tiempo, a conseguir el alimento necesario para sobrevivir.

Es verdad que, desde muy temprano se observan evidencias arqueológicas y restos culturales artísticos. No sé si la razón para la dedicación a actividades culturales, en definitiva, intelectuales, (en ese momento el grado de cerebralización ya lo permitía) era la imposibilidad de realizar otras actividades más prácticas, cazar y recolectar, porque el tiempo, el clima, las glaciaciones, no lo permitían en toda época del año; pero se sostiene que la búsqueda de abrigos naturales permitió el desarrollo de la cultura, especialmente la pintura.

Con todo, las necesidades prioritarias eran de tipo físico. Las costumbres, por tanto, tuvieron que ser de tipo físico, externo, en definitiva costumbres que principalmente estaban relacionadas con el comportamiento.

El comportarse de acuerdo con esas costumbres era el comportamiento justo, el que estaba ajustado, sin ninguna fisura ni rendija, era el comportamiento recto, que iba directamente a lo que interesaba al grupo. Era correcto (co – recto) hacerlo, junto con otros que también hacía lo recto; era lo apropiado hacerlo, porque es lo que se había aprehendido, tomado profundamente, hecho propio.

Con el paso del tiempo, con la mayor cerebralización, con la capacidad intelectual aumentada, con la consecución de tiempo libre, al derivar parte del dedicado a la consecución de alimentos a otras actividades más intelectuales, las culturales; con el aumento de la complejidad de las explicaciones dadas por uno a sí mismo[3], y por el grupo o individuo dominante a todos; con la llegada de expertos (sacerdotes, profetas, escribas) en el Número Uno, al que éstos no sólo conocían mejor, sino del que también eran sus representantes e, incluso, hablaban y escribían en su nombre; con todo esto algunas de las costumbres se fueron internalizando y apareció lo que hoy denominamos Moral.

Esa internalización era, solamente, el conjunto de explicaciones racionales, psicológicamente aceptadas, de las razones para tener unas u otras costumbres externas, o para hacerlas cambiar.

Esto nos lleva a la consideración de la moral como un fenómeno cultural, acumulativo que, ayudó a la preservación de la especie, pues el hombre moderno es el descendiente de aquellos primeros Homo sapiens sapiens que fueron capaces de hacer este ejercicio. Estas costumbres, esta moral, los tabúes que incluyen y las exigencias que comportan han ayudado a la supervivencia, a la evolución de la especie dominadora de la Tierra. No es, por tanto, algo que no tenga su importancia.

Hemos sido capaces de llegar a donde estamos porque tuvimos suerte (azar) y porque nuestros antecesores fueron capaces de actuar, acostumbrarse, pensar y crear abstracciones, como efectivamente lo hicieron; y también porque sus creaciones fueron buenas para su supervivencia.

Pero siendo críticos tenemos que admitir que el que algo haya sido bueno, o lo continúe siendo, para la supervivencia, no implica que sea exacto o que sea la verdad. A menudo la ignorancia puede llevar a acciones arriesgadas que permitan la supervivencia. Lo que dice Jacques Monod[4] es que hay tanto de azar como de necesidad.

El hecho de que los grupos difieran de moral es una prueba contundente[5] en cuanto a que, la misma, está condicionada por la costumbre y por el Derecho. Si tuviésemos una moral intraconstruida en nuestra propia mente mediante el poder superior, no habría varias vías ‘buenas’ de vivir la vida. No habría los varios caminos que han permitido éxito evolutivo hasta hoy, puesto que el bueno, el mejor, sería el que habría diseñado el Número Uno.

No me vale que se me conteste que el sistema propio (occidental judeocristiano, musulmán u oriental) es el bueno y el otro sistema sólo lo consiente el Número Uno para demostrar que el suyo es el óptimo. El que lo diga dice una tautología, hace un ejercicio de presunción, asume por anticipado que lo que dice es exacto y verdad, lo que le impide investigar un punto de vista diferente, el que planteo en esta tesis.

Aunque reconozco que también es cierto que hay conceptos morales que, parece, coinciden en todas partes. Esta objeción puede ser contestada con el hecho de que en todas partes los humanos, por el hecho de ser humanos, han tenido unas necesidades semejantes y que, en el fondo, han sido satisfechas de modo parecido. La necesidad de alimentación, la familia, los hijos, el grupo, la tribu, la complejidad de mantener la cohesión y la cooperación frente al individualismo y el egoísmo, llevan a ensayar modos parecidos de enfrentarse a los problemas. La comunicación o la incomunicación hacen el resto, tanto en cuanto a semejanza como en cuanto a disparidad.

El establecerse en nuevos entornos, con circunstancias climáticas distintas, hacía cambiar las costumbres en el vestido y en la formación de tabúes respecto de alimentos, animales o cosas. La mayor o menor posibilidad de suministro y conservación de los alimentos, de una u otra característica, la diferencia de animales que cazar o de productos vegetales que recolectar, hicieron variar las costumbres dietéticas. Las conquistas de nuevas tierras, las migraciones, la integración de los llegados o la integración de los conquistados por los conquistadores hacían variar casi todas las costumbres, incluso hasta la lengua.

Hay que hacer un énfasis especial en este asunto. El lenguaje, el conjunto de sonidos con los que nos comunicamos, y posteriormente el conjunto de signos con los que representamos los sonidos con los que formamos palabras, frases, oraciones y conversaciones, es primordial para definir el esquema de pensamiento de los humanos. La lengua materna es básica para el desarrollo intelectual y nuestra capacidad de comunicación; la adquisición de nuevas capacidades de comunicación, el aprender y mantener en uso otro idioma (además del propio) aumenta las posibilidades de éxito individual y de grupo.

Pues bien, idiomas, se perdieron con el desuso, nuevos se aceptaron con el uso, y todos los idiomas variaron a lo largo del tiempo, con el avance de la tecnología y con la necesidad de comunicación respecto de la misma. La especialización continuó haciendo necesario el aumento en la capacidad de comunicación.

Las grandes posibilidades de comunicarse, que fueron aumentando con el paso del tiempo, comunicación verbal primero, por escrito después, y físicamente mediante los viajes, así como el exterminio de pueblos, o el cambio de lenguaje, hicieron, sin ninguna duda, su mejor papel en favorecer el cambio de costumbres, tanto externas (comportamiento) como internas (moral).


[1] Mediante la técnica, la fabricación de herramientas, la agricultura y la ganadería.

[2] Así funcionaba su psique. Véase Goleman, Daniel. El punto ciego. Psicología del autoengaño. Plaza Janés. Barcelona, 2ª edición, 1997.

[3] Con el hacerse consciente, ver y entender su propio yo.

[4] Monod, Jacques. El azar y la necesidad, Orbis, Barcelona, 1985.

[5] Habrá quien no lo aceptará así, respeto otro punto de vista, pero esta es mi tesis.

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