La herencia y los genes afectan al concepto de justicia

El anuncio de febrero de 2001 de que el genoma humano estaba compuesto de sólo unos treinta mil genes y no de los cien mil o más como se esperaba, llevó a los científicos a pensar que no existen suficientes genes humanos para todos los tipos de diferentes comportamientos, con lo que nuestro carácter, nuestra forma de pensar, debía formarse a partir del entorno o ambiente, pero no de la genética. No obstante Matt Ridley[1] sostiene que el ambiente también depende de los genes y que los genes necesitan de él, ya que absorben experiencias formativas, reaccionan a factores sociales e, incluso, hacen funcionar la memoria.

El papel de la herencia se maximiza cuando las diferencias de influencia ambiental son mínimas. Para probarlo razonadamente echemos una mirada a los alumnos de un colegio. Lo lógico es suponer, realmente comprobar, que los mismos provienen de ambientes sociales similares puesto que están alrededor del mismo, probablemente en un área espacial determinada. Por definición, en el colegio se les habrá dado una enseñanza similar. Así se han minimizado las diferencias de influencias ambientales, con lo que los colegios, sin darse cuenta han maximizado el papel de la herencia: las diferencias de resultados escolares entre los alumnos son el fruto de sus genes, pues en este supuesto, es lo que queda que puede variar.

Hay un aspecto de la naturaleza humana que es posible heredar en parte, es lo que podríamos denominar la religiosidad. Y la religiosidad condiciona la moral y esta la justicia. Según Ridley[2] es fácil probar que esto es así mediante la utilización de cuestionarios sencillos, el análisis de los cuales predice bastante bien quién acabará siendo un creyente fundamentalista en el seno de una sociedad cualquiera[3].

Afirmaciones tales como que: “la personalidad de las personas difiere más si tienen genes diferentes que si se crían en diferentes familias”[4]; “aunque el entorno familiar varíe, no deja huella en la personalidad”, pudieran llevar a pensar que no es necesario prestar atención a los hijos, puesto que su personalidad no se verá afectada, pero lo cierto es que una familia feliz proporciona otras cosas además de personalidad; por ejemplo, la felicidad que es básica para que el niño desarrolle su propia personalidad condicionada por sus genes. Alguien podría pensar que, puesto que las cosas son así el futuro es oscuro. Pero esto no es del todo así, pues lo que también indican los hechos es que una infancia desfavorecida no condena a uno a una cierta personalidad.

Por otra parte, en palabras de Sandra Scarr, de la que dice Ridley es la más antigua defensora de la idea de que la gente elige el entorno que más se adecua a su carácter “la función más importante de los padres es, por lo tanto, proporcionar apoyo y oportunidades, no intentar modelar características permanentes en sus hijos”[5]. Esto nos ayuda a entender que, probablemente, la capacidad de variación en la forma de pensar y de actuar, la capacidad de formar nuevas costumbres y hacer variar la moralidad y, con ella, el concepto de lo justo, de la justicia, es mucho mayor de lo que pudiéramos haber pensado, porque depende de la interacción de los genes, de la herencia y del entorno. No se trata de elegir entre entorno y herencia, “nurture or nature” en términos ingleses sino de “nurture and nature”. Los padres siguen teniendo importancia, pero, aun de padres que no cumplen perfectamente su papel, pueden salir hijos que sí lo cumplan; no hay un determinismo absoluto, sino relativamente afectado por el entorno.

Entremos a hacer algunas consideraciones sobre la criminalidad, pues, según Ridley, también se hereda en gran medida. Los hechos –según él- son que[6] “los niños adoptados acaban teniendo un historial delictivo que se parece mucho más al de sus padres biológicos que al de sus padres adoptivos”. No se trata de que existan genes específicos de la criminalidad, sino que hay personalidades específicas que tienden hacia la criminalidad, que tienen problemas con las normas, con la ley, con la justicia, y eso es lo que es heredable: la personalidad. Eric Turkheimer, investigador que estudia los gemelos, lo explica[7] diciendo que “¿Alguien supone realmente que las personas poco inteligentes, sin atractivo, avaras, impulsivas, emocionalmente inestables o alcohólicas no tienen más probabilidades que cualesquiera otras de ser criminales, o que cualquiera de estas características pudiera ser totalmente independiente de la dotación genética?”.

Por otra parte parece que las preferencias alimentarias no son demasiado heredables, pues se adquieren con la experiencia temprana, en lugar de los genes. Las actitudes sociales y políticas muestran una influencia grande del entorno compartido. La filiación religiosa a una determinada religión es también cultural, aunque no el fervor religioso, como dijimos anteriormente.

Los genes no nos hacen inteligentes dice Ridley[8] pero hacen que las probabilidades de que disfrutemos aprendiendo sean mayores y si esto es así, como disfrutamos, pasamos más tiempo haciéndolo, y tenemos más oportunidades de desarrollar la inteligencia.

Otra forma de ver la heredabilidad se nos explica por el hecho de que gracias a una mejor nutrición cada generación es más alta que la predecesora. En mi caso, mi hija María Lledó es mucho más alta que yo; por mi parte yo soy más alto que mis padres[9] y ellos que mis abuelos. Pero esto no contradice el hecho de que la altura sea genéticamente heredable, sino que, puesto que hay más gente que alcanza la altura potencial por una mejor alimentación, la heredabilidad de la variación de la altura, en realidad sí está aumentando.

El parecido de carácter entre padres e hijos puede ser consecuencia de la herencia, no del ambiente; de padres explotadores probablemente salgan hijos explotadores, de padres neuróticos hijos neuróticos de padres flemáticos hijos flemáticos, de padres intelectuales hijos intelectuales ratones de biblioteca.

Hay que señalar, no obstante, que los padres no son los únicos que afectan a la educación de los hijos, pues los niños no se ven a sí mismos como mayores sino como niños, lo que significa que precisan encontrar su puesto entre los niños, en el mundo de los niños o jóvenes. Judith Rich Harris y la antropóloga Sarah Hrdy –según explica Ridley- creen que nuestros antepasados prehistóricos criaban a sus hijos en grupo, algo así como una cooperativa de crianza, o los actuales jardines de infancia, ludotecas o guarderías infantiles, en donde se mezclaban niños de todas las edades y es ahí y no en la familia nuclear en donde tenemos que buscar las causas ambientales de la personalidad[10]. En efecto el grupo presiona a los jóvenes a la uniformidad, el grupo se burla de los excéntricos, excluye a los no conformistas, los códigos deben ser acatados, pero debajo de todo hay una búsqueda frenética de la diferencia individual. La diferencia genética original aunque sea muy ligera puede ampliarse por la práctica, aunque esta dependa del instinto y se mejore con la repetición que lleva a la técnica y a la costumbre. En realidad la “individualidad es el producto de una aptitud reforzada por la apetencia” pues se “disfruta haciendo lo que […] sale bien; [y uno se aburre] haciendo lo que […] sale mal”[11], de modo que la práctica hace especialistas, la división del trabajo ayuda, la práctica ayuda a la naturaleza.

Queda claro, pues, que es la aptitud, o sea, los genes, pero también el apetito, las ganas, el entorno; y no una u otro. ¡De qué forma tan sencilla se explica la génesis de costumbres, la actitud hacia ellas, hacia las normas del grupo! Y la respuesta del individuo hacia la superestructura social que nos ocupa es el concepto de justicia; sea como herencia de los ancestros, y/o como apetito estimulado por el entorno cultural presente en cada generación a cada individuo.


[1] Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p. 110 y siguientes.

[2] Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 96.

[3] Independientemente de la religión concreta a la que esté adscrito, e independientemente de si está en un contexto musulmán, judeocristiano u oriental.

[4] Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 102 y siguientes.

[5] Scarr, S. How people make their own environments: Implications for parents and policy makers, Psychology, Public Policy, and Law, 2, 1996 p 204-228 según la cita de Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 286.

[6] Ridley, Matt., Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 104.

[7] Turkheimer, Eric, “Heritability and biological explanation.” Psychology Review, 105. 1998, p 782-791 según la cita que hace Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 104.

[8] Ridley, Matt. Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p.110, 113.

[9] Los cuales, mientras escribía originalmente estas líneas, tenían 90 y 92 años, vivían solos y, prácticamente, se valían por sí mismos.

[10] Ridley, Matt. Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 288.

[11] Ridley, Matt. Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 292.

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