La virtud, el sentimiento moral y las emociones que ayudan a la confianza

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

Vistos los diversos artículos añadidos por mí en este blog hasta aquí, queda claro que, parece que el sentimiento moral, la obligación moral, que restringe y encamina a uno al comportamiento moral es, precisamente, una estrategia para adelantar los intereses de los propios genes[1]. Aunque esa restricción se basa en el empleo automático de un elemento cerebral que emplea inferencias especializadas para encontrar violaciones de los acuerdos o contratos[2] de intercambio entre dos partes, pues, como especie, parece que somos la única que es consciente del análisis costo-beneficio de los intercambios. Pero también entran en la discusión las emociones, que son fuerzas profundamente irracionales[3], que no pueden ser explicadas por el propio egoísmo, que tienen que haber evolucionado, como cualquier otra cosa en la naturaleza humana, al existir en ellas alguna utilidad para algún propósito; y los sentimientos que no son, en modo alguno, intangibles, sino claramente relacionados con procesos somáticos y hormonales, y que son prácticamente coincidentes con las emociones[4]. Robert Frank argumenta que los seres humanos que permiten que, en lugar de la racionalidad, sean sus emociones las que gobiernen sus vidas pueden hacer sacrificios inmediatos, pero, a largo plazo deciden escoger lo que les beneficia su bienestar actual. Los sentimientos morales, nombre que Frank da a las emociones, son instrumentos que han resultado ser útiles para resolver problemas, para hacer que las criaturas altamente sociales tengan ventajas a largo plazo para sus genes, derivadas de las relaciones sociales. En ello entra el concepto y el problema del compromiso[5].

La reflexión aquí es sobre el hecho de que, para conseguir recibir a largo plazo el premio de la cooperación, se requiere ir más allá y vencer la tentación del egoísmo a corto plazo, y también convencer a otros de que uno está comprometido[6] a seguir tal curso. Ahí entran las emociones; aunque parezca extraño usamos las emociones para hacer más creíbles nuestras expresiones y compromisos.

En esta vía de razonamiento tenemos que decir que las emociones alteran las recompensas de los problemas de compromiso, trayendo a la consideración presente costes distantes que podrían, quizá, no haber sido tenidos en cuenta en el cálculo racional. Las emociones ayudan, identifican, enfocan la cuestión. Por ejemplo, el furor disuade a los transgresores; el castigo hace penoso el estafar; la envidia representa egoísmo; con el desprecio se gana respeto; la vergüenza castiga; la compasión produce compasión recíproca; y el amor nos compromete a una relación.[7]

Las emociones de la gratitud y de la simpatía son calculadas. Sabemos, por experimentos, que la gente está mucho más agradecida por actos de cortesía que sean realmente un esfuerzo para el que los hace, que aquellos que son fáciles de hacer. También sabemos del resentimiento que provoca un acto de generosidad no solicitado cuya intención no es ser amable sino provocar un sentido de obligación de hacer otro de vuelta.

De modo que el modelo de compromiso toma al altruismo como una inversión, o un stock llamado confianza que paga dividendos mediante la generosidad de otros. Lejos de los seres verdaderamente altruistas, las personas cooperativas meramente miran a su egoísmo a largo plazo, más bien que a corto plazo. En el centro de la idea de Frank está el que los actos de genuina bondad son el precio que pagamos por tener sentimientos morales, sentimientos que tienen valor, porque dan oportunidades en otras circunstancias, en el futuro.

Pero también podemos hablar de genuina bondad en los casos de dar una donación anónima, por ejemplo, para caridad, o el voluntariado, máximo exponente del deseo emocional (aunque en algún caso también tenga propósitos racionales de conseguir poder y trepar) o el ir a trabajar en un campo de refugiados o de huérfanos en Ruanda. Estos actos no son, ni a largo plazo, egoístas o racionales. Son simplemente el resultado de unos sentimientos o emociones diseñados para otro propósito, para conseguir confianza, para conseguir que confíen en uno[8], por medio de demostrar la capacidad de uno para el altruismo, que es lo mismo que decir que uno hace cosas buenas a fin de ganar prestigio, o para conseguir compensación directa o indirecta más tarde mediante la reciprocación.

La cólera, el miedo, la culpa, la sorpresa, el disgusto, el desprecio, la tristeza, la pena, la felicidad son, todos ellos, sentimientos o emociones que se reconocen universalmente, no en alguna cultura, sino en todas. Así, el identificar las emociones beneficia en que permite confiar para trabajar en sociedad, conociendo al socio, amigo o compañero de grupo en tiempo real, en el momento. Vemos su reacción a causa de sus emociones, reconocemos sus sentimientos, y esto nos da seguridad.

Es verdad que hay oportunistas y el serlo es una ventaja para ellos, en tanto en cuanto, no sean identificados como tales, pero también es una ventaja ser identificado como no oportunista, es decir, como ser honesto, como siendo altruista. A pesar de que, en general, en la gente existe un estricto sentido de oportunismo, lo cierto es que, cuando la gente suele ser generosa, lo es por una obsesión de reciprocidad.

Lo que digo significa que la moralidad y otros sentimientos o emociones retribuyen. Cuanto uno más actúa sin egoísmo y con generosidad tanto más recibe los beneficios de la cooperación de otros, de la sociedad. Efectivamente, la honestidad es la mejor política para las emociones. De modo que hay que enseñar a los hijos a ser buenos, pero no porque sea más costoso, difícil o superior[9], sino porque a largo plazo resulta en beneficios. De acuerdo con esto Kagan[10] señala que son las emociones, más bien que la razón, lo que motivan a los humanos. El deseo de escapar al sentimiento de culpa es un deseo humano universal, dice Kagan, común a todos los pueblos y culturas; y, aunque, las clases de asuntos que pueden causar sentimiento de culpabilidad varían de una cultura a otra, la reacción a dicho sentimiento es la misma en todo el mundo. Kagan continúa señalando que la moralidad requiere una capacidad innata para la culpa y la empatía, algo de lo que los niños de dos años de edad adolecen.

Pero, ¡atención!, como la mayor parte de las capacidades innatas (lenguaje o, por ejemplo, buen humor), también la moral de uno puede ser sobrealimentada o suprimida por diferentes clases de educación. Los sentimientos – dice Kagan – no la lógica, son los que sostienen el súper-ego. Las emociones son dispositivos mentales para garantizar el compromiso.[11]

Ridley sostiene[12] que mientras universalmente admiramos y alabamos la falta de egoísmo, no esperamos que esta actitud rija, totalmente, nuestra vida o las de nuestros cercanos. Dice que, simplemente no practicamos aquello que predicamos. Esto – añade – es perfectamente racional, “porque cuanto más practiquen otros el altruismo, mejor para nosotros, pero cuanto más persigamos nosotros o nuestros allegados el egoísmo, mejor para nosotros. Este es el dilema del prisionero. También, cuanto más prediquemos a favor del altruismo, mejor para nosotros.” Algo así como pensar que lo mejor para nosotros es que todos hagan lo que decimos aunque nosotros mismo no lo hagamos.

Otra hipótesis que hay tener en cuenta es la de Hirschleifer[13] y colegas, que proponen lo que denominan ‘cascada informacional’ la cual explican indicando que cada persona que toma una decisión tiene en cuenta dos tipos diferentes de fuentes de información: Una es su propio juicio independiente; y otra es lo que otros han decidido[14], pues si los otros han sido unánimes en su decisión, entonces la persona puede llegar a ignorar su propia opinión en favor de la del rebaño (es decir, la de otros). No hay duda que esto es, como dice el título de su libro, como si un ciego guía a otro ciego.

Podemos decir, pues, que las emociones provocan y generan sentimientos morales; que esos sentimientos morales generan actos y comportamientos que provocan confianza; y que la moral tiene su origen pleno en el egoísmo, porque los virtuosos son virtuosos por la exclusiva razón de que ello les permite juntar fuerzas con otros que son virtuosos para mutuo beneficio. Y una vez los cooperantes se segregan ellos mismos del resto de la sociedad, una fuerza nueva de evolución entra en acción: una que hace medir las fuerzas de un grupo contra otro, en lugar y además de un individuo contra otro.

Los humanos son las criaturas más colaboradoras, pero también las más beligerantes, cosa que es el lado oscuro de ser criaturas sociales. Aunque, también existe el lado brillante, que es el intercambio o comercio. En efecto, los humanos son criaturas que intercambiaron bienes desde que alcanzaron suficiente inteligencia. Pero como, en efecto, el comercio precede al derecho, que nadie se apesadumbre por el castillo de cartas de la moral o ética (en el sentido actual, como elaboración de apoyo al sistema religioso) que amenaza derrumbe. Positivamente, el gobierno, el derecho, la justicia y la política no son solamente más recientes en su desarrollo que el comercio, sino que han seguido al intercambio y al comercio, han ido detrás de él.

Por otra parte, el comercio ha ido detrás de la ecología a la que se la puede mirar como la primera religión, pues el respeto a la tierra se ve no sólo bueno, sino como un tipo de virtud moral, aunque por el egoísmo, por la necesidad de explotar, de aprovecharse, de extraer de la tierra lo necesario (y más), para el sostén de la vida, no sea lo que practiquemos individualmente. Pero sabemos que si contaminamos, si agotamos los recursos, finalmente nos perjudicaremos individualmente. De nuevo el dilema del prisionero. De modo que enseñamos la ética medioambiental a pesar de la naturaleza humana, no en concierto con ella; pensamos que ser bondadosos con la tierra nos beneficiará más.


[1] Nesse, Randolph. “Commentary in Wilson, D.S. and Sober, E. Reintroducing group selection to the human and behavioural sciences”. Behavioral And Brain Sciences 17:585-654, según cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 126.

[2] Otro concepto jurídico a tener en cuenta, pues desde el inicio del intercambio social había que evaluar el equilibrio del mismo, como dijimos, pero también sancionar las violaciones de los acuerdos.

[3] Frank, Robert. Passions within Reason, Norton, New Cork, 1988, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 133.

[4] Damasio, Antonio R. El error de Descartes, Editorial Crítica 2003.

[5] Compromiso: otro concepto jurídico en los albores de la humanidad que condiciona la generación del concepto de justicia.

[6] Compromiso que se puede romper, que se puede no mantener e incumplir parcial o totalmente. Eso está mal, no se tolera, se aplican sanciones. Aquí también interviene el concepto de justicia.

[7] Nótese que yo también uso los términos ‘emoción’ y ‘sentimiento’ con significado intercambiable.

[8] La fides romana, el fideicomiso y muchos otros conceptos jurídicos se desarrollaron de ese deseo de tener una inversión hecha en bondad para conseguir confianza que, sin ninguna duda, compensará en el futuro.

[9] No porque haya que cumplir una norma superior, divina. Ni, tampoco, porque si no lo hacemos tendremos un castigo divino. Sino porque es lo mejor para nuestros hijos y para nosotros. La bondad funciona, es útil, retribuye.

[10] Kagan, Jerome. The Nature of the Child, Basic Books, New York, 1984, Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 142.

[11] Hay una pequeña parte del lóbulo pre-frontal del cerebro humano que en el caso de ser dañado provoca que uno se convierta en un loco racional. Esos individuos no mantienen sus trabajos, pierden sus inhibiciones y llegan a ser paralizadamente indecisos, porque, literalmente, han perdido sus emociones. Es el caso del accidente ocurrido a Phineas P. Gage, citado por Antonio R. Damasio en El error de Descartes, Crítica, en el inicio de su trabajo.

[12] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 145.

[13] Hirschleifer, D. The blind leading the blind: social influence, fads and informational cascades. In: The New Economics of Behaviour (ed. Tommasi and Ierulli), Cambridge University Press, Cambridge, 2004, chapter 12, p 188; Bikhchandani, S., Hirschleifer, D. and Welch, I. 1992 según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 184.

[14] Lo que es común y, por lo tanto, quizá lo que ya ha devenido en costumbre.

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  1. #1 por liver spots el 21 agosto, 2012 - 5:21

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    • #2 por Frederic Rivas el 21 agosto, 2012 - 17:37

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