La aparición de la división del trabajo, los deberes y la vida en pareja. Acaparar es tabú, compartir o regalar es un arma

 

En las organizaciones, la autoridad, actualmente, no fluye sólo de arriba hacia abajo, sino también al contrario y lateralmente. Esto es lo que indica Fukuyama[1] al señalar que la especialización y la división del trabajo llevan a los miembros del grupo a someterse, no sólo a los jerárquicamente superiores, sino, incluso mucho más a los que poseen formas especializadas de conocimiento.

Esto es así entre los humanos hoy, en armonía con lo cual, algunos también creen que los chimpancés no cazan por razones nutricionales, sino por razones sociales y reproductivas, porque si una hembra que va en la partida comienza a estar en el estro, entonces los machos comienzan una cacería. Los que de ellos han cazado alguna pieza, preferentemente querrán dar algo de ella a la hembra en celo y, sorpresa, sorpresa, la hembra probablemente querrá tener cópula con los machos que son más generosos con la carne. Así que el alimento se reparte por los machos con las hembras receptivas en intercambio de sexo.[2]

El patrón de seducción por el alimento puede haber sido el origen de compartir el alimento en los seres humanos, pero ha evolucionado en algo mucho más fundamental y crucial, una institución económica que es una parte vital de todas las sociedades humanas: la división sexual del trabajo. Un hombre podía ir a por caza para luego compartir la carne con su esposa, la cual compartía los vegetales, que ella había recolectado, con su marido. Ambos y sus hijos estaban mucho mejor alimentados y la división del trabajo había comenzado. Cada mitad del par de intercambiadores estaba mejor que por sí sola. La mujer podía haber recolectado raíces, frutos y nueces para los dos, mientras él había cazado un cerdo o un conejo, y todo ello daba una mezcla de proteínas y vitaminas, muy rica.

La división sexual del trabajo no es un síntoma de prejuicio. Ocurre en las sociedades más igualitarias. Los antropólogos están virtualmente de acuerdo que los cazadores recolectores eran menos sexistas que los granjeros y agricultores, y las mujeres estaban menos dominadas, pero también están de acuerdo en que existían diferentes papeles para mujeres y para hombres. En efecto, parece que hay un tabú en que las mujeres porten o fabriquen armas, equipo de caza, e incluso que acompañen a los cazadores; pero parece más improbable que el tabú causó la división del trabajo que al contrario. Tampoco es suficientemente convincente decir que la división del trabajo sexual es un reflejo de la biología, con las mujeres confinadas a actividades lentas o menos distantes por su embarazo y por los hijos a los que tenían que cuidar. Más bien, la invención de la división del trabajo fue un avance económico a causa de que los humanos podían explotar dos diferentes especializaciones, y el resultado era mayor que la suma de sus partes. Es exactamente el mismo argumento que para la división del trabajo entre las células del cuerpo.

Es por eso que la aparición, altamente probable, del matrimonio y de la familia nuclear, dentro de la tribu, fue simbiótica con la distribución de alimento. Los hombres hubiesen estado muy mal si sólo se hubiesen podido alimentar de carne, pero pongamos a la mujer recolectando frutos vegetales, añadamos la posibilidad de cocinarlos, que es una forma de digestión previa de dichos vegetales que de otro modo no podríamos digerir ni utilizar y, entonces, hemos encontrado un nicho viable para una gran cantidad de hombres en la sabana. Y esto es mucho más importante en los trópicos donde el almacenamiento de carne es inviable.

En efecto, de acuerdo con el resultado de un cálculo, que cita Matt Ridley[3], los cazadores que juntan las piezas de caza para ser repartidas reducen la variabilidad en su dieta en cuanto a cantidad, en un ochenta por ciento[4] con respecto a los que no la juntan. Esta es la hipótesis de reducción del riesgo como razón para la distribución o compartir[5] el alimento[6].

No hay que descartar el papel de la química en la formación de parejas, pues nos enamoramos o, dicho de otro modo, nos apegamos y adherimos emocionalmente a nuestra pareja cuando actúan la oxitocina y la vasopresina en nuestro cerebro. Ridley indica[7] que los seres humanos son básicamente monógamos, que suelen ejercer un cierto cuidado paternal, que las uniones de pareja suelen ser a largo plazo y exclusivas, y que nos unimos[8] (incluso ciega y automáticamente) a quienquiera que se encuentre más cerca cuando los receptores de oxitocina de la amígdala medial sienten un cosquilleo, cosa que puede ocurrir con una experiencia sexual, incluso casta. En una palabra, naturaleza más entorno; un instinto que se desencadena por medio de un objeto o un suceso externo. No una norma divina.

Por su parte Richard Wrangham[9] a la vista de los hechos que señalan que el control del fuego se remonta a 1,6 millones de años, y que el acortamiento de los dientes de los antepasados humanos y el crecimiento del cuerpo de las mujeres se remonta a 1,9 millones de años, da como explicación para el emparejamiento humano que la comida se cocinaba y se digería con más facilidad; pero cocinar exige recoger alimentos, llevarlos al lugar de cocción y prepararlos, lo que da abundantes oportunidades para el robo. Puesto que los hombres eran más fuertes que las mujeres en aquella época, éstas para evitar los latrocinios tuvieron que adoptar alguna estrategia que los impidieran y la mejor fue, sin duda, crear algún vínculo permanente, cada una de ellas con un solo varón. Los hombres cada vez más monógamos dejarían de competir mutuamente con fiereza para conseguir cópulas, puesto que se le ofrecían las necesarias en la vida de pareja; los hombres pudieron ir reduciendo su tamaño y la diferencia entre los sexos comenzó a recortarse hace, precisamente 1,9 millones de años. El resultado final fue la división sexual del trabajo; los hombres la caza, para la que tienen más habilidades[10] y las mujeres la recolección por la que muestran más interés y habilidad; nicho ecológico que combina lo mejor de ambos y lo mejor del alimento, proteínas de las carnes y seguridad y continuidad del alimento vegetal.

Ya hablamos en otro post del fuerte rechazo hacia el acaparamiento. Dijimos que acaparar es tabú, que, por lo contrario, la distribución, el intercambio y el compartir es mandatario; y que este tabú es como un seguro social. Pero hay muchos más argumentos respecto de las ventajas que resultan de compartir, por parte de los cazadores recolectores, la carne que consiguen. Kim Hill mantiene que es un asunto de reciprocidad en el cual el repartidor recibe un pago directo por su generosidad. Kristen Hawkes considera que este pago es mucho más intangible y que el repartidor busca un reconocimiento general social por su comportamiento.[11] No obstante Hawkes considera que la repartición es poco menos que el robo tolerado. La razón por la que una persona comparte alimento con otra puede ser el cálculo bien hecho en cuanto a reciprocidad, pero también puede ser porque está presionado por la costumbre de la comunidad, que considera tabú el acaparar, o intimidado por el poder de aquel con quien comparte.

En relación con esta última situación nos interesa también considerar el reparto como un regalo, un regalo que se hace, en parte, a fin de ser amable a otros; también se hace para proteger la propia reputación como generoso del compartidor; y finalmente para poner al receptor bajo una obligación de estar a la recíproca, que lleva a tener un seguro para el futuro o un arma para el presente, porque, en efecto, los regalos pueden llegar a convertirse fácilmente en sobornos. De cualquier modo en el pueblo, o en la tribu, era necesario ser bondadosamente exacto al evaluar el regalo pues éste tiene claramente la intención de ser reciprocado en una exacta[12] proporción.


[1] Fukuyama, Francis., La construcción del Estado, traducción de María Alonso, primera edición, Ediciones B, Barcelona, 2004, p 84.

[2] Véase la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 91 sobre C.B. Stanford, J. Wallis, E. Mpongo y J. Goodall, “Hunting decisions in wild chimpanzees”. Behaviour 131:1-18.

[3] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 102.

[4] El cálculo se hizo para seis cazadores.

[5] Aquí está el origen de la bondad, no en las normas morales dadas desde la divinidad. La especie humana aprendió que nos va mejor siendo buenos, compartiendo el alimento.

[6] Winterhalder, B. “Diet choice, risk and Food sharing in a stochastic environment”. Journal of Anthropological Archaeology 5:369-92 según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 102.

[7] Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 59 y siguientes.

[8] En matrimonio monógamo. No norma dada desde la divinidad sino necesidad imperiosa, instinto activado por el sistema de impronta. Eso es lo justo y moralmente aceptable.

[9] Wrangham, R. Según explicación de Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 32.

[10] Incluidas las espacio-temporales.

[11] Hawkes, K. “Why hunter-gatherers work: an ancient version of the problem of public goods”. Current Anthropology 34:341-61, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 109.

[12] Nos hallamos ante la proto-valoración o evaluación jurídica, que hay que hacerla con exactitud, con justeza o justicia.

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