El dilema del prisionero y la lógica de la cooperación

Como señala Fukuyama[1] las teorías económicas relacionadas con las organizaciones parten de un premisa: el individualismo metodológico; y lleva a considerar a las organizaciones como grupos de individuos que aprenden a cooperar socialmente por razones de intereses individuales.

Cooperar, hoy, se entiende como un acto bondadoso o benevolente. ¿Pero es verdaderamente eso, o más bien, es todavía un acto egoísta?

 Y nos estamos refiriendo ahora ala cooperación que no depende de tabúes previos, de constricciones morales o imperativos éticos. Y aquí hallamos la respuesta a la pregunta ¿cómo pueden los individuos ser conducidos por interés egoísta a servir a un bien más grande?

El dilema del prisionero nos ayudará a entender cómo conseguir cooperación entre egoístas. Este se suele plantear así: Dos prisioneros se encuentran frente a la situación de escoger entre dar información o evidencia contra el otro y así reducir su propia pena, o no. El dilema se presenta en la forma de que si ninguno de ellos delata al otro, la policía solamente puede acusarles a ambos de un delito con menor pena; de modo que ambos estarán mejor si callan, pero cada uno, individualmente, estará mejor, es decir, con una pena todavía menor, si delata.

Pasemos a verlo del modo como lo hace Ridley[2]. “Olvidemos – dice – a los prisioneros y pensemos en ello como en un simple juego matemático por puntos, que podemos jugar con otro jugador. Si ambos cooperamos (estando en silencio) cada uno gana 3 (a esto se le llama la ‘recompensa’); si ambos nos delatamos cada uno gana 1 (la ‘pena’). Pero si uno delata y otro coopera, el cooperador no gana nada y el delator gana 5 puntos (la ‘tentación’). De modo que si mi compañero me delata, yo estoy mejor delatándole también. Este comportamiento me hace tener 1 punto, en lugar de ninguno. Pero si mi compañero coopera, estoy todavía mejor si delato, puesto que gano 5 en lugar de 3. Sea lo que sea lo que el compañero haga yo estaré mejor delatándole. Sí, aunque él piense del mismo modo, la salida cierta es la defección mutua: 1 punto para cada uno, cuando podríamos haber tenido 3 cada uno.”

No es simplemente una cuestión de moralidad, de hacer lo bueno, de hacer lo correcto, de ser noble. Nos hallamos en un vacío. Se trata de hacer lo mejor, y lo mejor es la defección. Ser egoísta es ser racional. Dadas las condiciones de inicio del juego, ser cooperador es ilógico[3].

A pesar de que el razonamiento en el dilema que hemos expuesto no parece que tenga fallo lógico, en la vida real, contrariamente, vemos que no todos son traidores; en la sociedad humana vemos muy a menudo cooperación. ¿Es irracional?

Entonces, dado que la gente no es, invariablemente, egoísta, entonces es que tiene que ser motivada, no sólo por propio interés sino, por el interés común. Esto parece manifestar que las bases del juego estaban equivocadas.

Dado que lo racional, porque produce mejor resultado, es delatar, uno pudiera sorprenderse si ve el resultado, cuando el juego se juega repetida e infinitamente por una pareja de personas simples, porque la bondad parece prevalecer. Esto parece estar de acuerdo con lo que John Maynard Smith[4] descubrió, un instinto evolucionado que lleva al equilibrio de Nash[5] en una ‘estrategia evolutiva estable’ de modo que ningún animal que la usara pudiera estar peor que otro animal que usara otra estrategia diferente, lo que le llevó a entender por qué los animales generalmente no luchan hasta la muerte. Otros científicos han explorado la lógica de la cooperación, como Robert Axelrod mediante programas informáticos.

Pero un argumento muy lógico para entender el hecho de la cooperación es que hay una clase de aprendizaje cultural que permite inculcar la cooperación: este es el conformismo. Si los niños aprenden, no por ensayo y error sino, mediante copiar lo que otros hacen, lo que es comúnmente tradicional o moda entre los modelos de roles adultos, y éstos siguen lo que pudiera ser un modelo de comportamiento en la sociedad, entonces la cooperación puede copiarse y también mantenerse en grandes grupos. La transmisión conformista de la cultura es un modo de asegurar que uno hace lo que funciona localmente[6], de modo que uno hereda una disposición a copiar a sus vecinos y la imitación todavía es más beneficiosa cuando todo el mundo la practica. Como señala Ridley[7] “en la evolución humana… los hábitos[8] de especialización local, conformismo cultural, fuerte antagonismo entre grupos, defensa cooperativa en los grupos y gregarismo, todos han ido de la mano. Estos grupos en los cuales la cooperación prospera son los que florecen, y, poco a poco, el hábito de la cooperación humana penetra en la psique humana”.

Concluimos que la cooperación no se da para cumplir las normas de un poder superior bajo pena de castigo eterno; no se da para ser bueno y conseguir premio eterno; no se da para asemejarnos al Número Uno, o porque seamos semejantes a Él. La cooperación se da como una utilidad que evolutivamente se ha demostrado beneficiosa para el grupo. Y todo, a pesar de que la lógica y el raciocinio parecía que nos iba a llevar a la traición egoísta. Así que hay otra lógica mejor, la de la cooperación, que los cuerpos, los grupos y también los individuos hemos aprendido; y eso es lo mejor, es lo justo; hacemos justicia cooperando. Detrás de la cooperación está la reciprocidad y la fuente de esta última es el egoísmo.


[1] Fukuyama, Francis., La construcción del Estado, traducción de María Alonso, primera edición, Ediciones B, Barcelona, 2004, p 81.

[2] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 54.

[3] Insisto en la frase “dadas las condiciones iniciales del juego”.

[4] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 59.

[5] John Nash aportó con su teoría de los juegos el concepto de equilibrio.

[6] A esto se le puede llamar también costumbre.

[7] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 182-186.

[8] Dicho de otro modo, las costumbres.

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