El origen de los tabúes

Lo mismo que las abejas sirven al conjunto mayor del que forman parte, la colmena, y su comportamiento parece lo contrario del egoísmo, así las normas sociales, tabúes o costumbres parece que vayan contra el egoísmo. El asesinato, el robo, el rapto y el fraude son considerados crímenes de la máxima importancia porque benefician al actor y van en detrimento de la víctima. Por el contrario, la virtud es, por definición, lo que va en el mejor bien del grupo. Las virtudes como la cooperación, el altruismo, la generosidad, simpatía, cortesía, negación de sí mismo, son claramente concretas y directamente relacionadas con el bienestar de otros[1]. Esto nos lleva a pensar en los humanos como seres sociales.

En el camino por el que discurre, con dirección, nuestro pensamiento vamos a estudiar los tabúes, es decir, las normas o costumbres que persiguen e intentan impedir los vicios, como un esfuerzo evolutivo para conseguir mayor cohesión social; un esfuerzo en beneficio del conjunto.

Tanto Adam Smith como Rousseau y Hobbes, estudiaron la ambición y el interés egoísta. Smith aclaró que la vida no es un juego de suma cero en el que hay un ganador y un perdedor, como en un partido de tenis, sino que puede ser un juego de suma no-cero, de modo que las dos partes ganen o incluso pierdan, en algún caso. Hobbes afirmó que somos viciosos, no virtuosos, y Rousseau que la armonía y el progreso es posible sin gobierno. Y todos ellos sutilmente estaban hablando de algo que actualmente conocemos como la teoría de que pueden venir cosas buenas de malos motivos. Y no debemos ignorarlo.

Pero, por lo dicho hasta aquí, lo que hay que explicar no es la frecuencia de los vicios, sino el ocasional aparecimiento y práctica de las virtudes, en las que los humanos se han obsesionado, caso único entre los animales sociales. ¿Es que, acaso, hemos comenzado a perder nuestra individualidad, para llegar a formar parte de una cosa súper gobernante, en evolución, llamada sociedad? La sociedad humana aporta ventajas con la división del trabajo y con la especialización, de modo que el resultado es mayor que la suma de sus partes.

Considerar el agrupamiento con los que están estrechamente relacionados por lazos familiares o de grupo añade entendimiento a este tema, porque la relación genética estrecha es una fuerte razón para la cooperación. En efecto, los cuerpos de los animales, las colonias de corales y de hormigas son, precisamente grandes familias. Pero la sociedad humana no es, precisamente una gran familia. A diferencia de los grupos animales con los machos dominantes que se arrogan por la fuerza el derecho de transmitir sus genes mediante la cópula con todas las hembras que pueden mantener controladas en su grupo, la sociedad humana es igualitariamente reproductiva; a pesar de la división del trabajo todos insisten individualmente en el derecho de realizar actividades reproductivas para sí mismos.

Por otra parte, excepto en asuntos privados de familia, favorecer a los parientes sobre otros miembros de la comunidad está visto siempre como un signo de corrupción.

Esto es lo mismo que los cromosomas, que pueden no ser altruistas, pero que son algo más que egoístas: son grupales, defienden la integridad del genoma en su conjunto, suprimiendo las egoístas mutaciones de los genes individuales.

Los tabúes, generados por la vida en la práctica, al enfrentarse a las relaciones sociales van en ayuda del conjunto del grupo, de la sociedad. Son la base de los conceptos morales, más tarde mistificados para darles mayor poder de disuasión, que conforman las normas a las que se tiene que atener el grupo. Estamos ante un verdadero Derecho en el sentido de conjunto de normas, que es lo justo, que es justicia obedecer los tabúes.

Hay un instinto claramente expresado en los cazadores-recolectores humanos, todavía presente en la sociedad actual: el fuerte rechazo hacia el acaparamiento. El acaparar es tabú[2], por lo contrario, la distribución, el intercambio y el compartir es mandatario. Este tabú es como un seguro social. Pero, tan pronto como la vida sedentaria se contrapone y un nuevo modo de vida emerge, la propiedad privada es la base de la propia seguridad, más bien que la seguridad social de la distribución.

Del tabú contra el acaparamiento llegamos, en nuestro discurso, a la lógica de la cooperación. Se coopera no acaparando; el acaparamiento está mal visto o prohibido en tanto en cuanto es necesaria la distribución, el reparto o el compartir la caza y lo recolectado, con el grupo, para su supervivencia. Pero llegado el momento en que aumenta la riqueza del grupo, desde el momento en que se tienen medios para sobrevivir sin el apoyo social de la distribución de lo que otro ha cazado o encontrado, desde ese momento cabe la posibilidad de acumular[3]. La acumulación es el inicio de la riqueza individual. Con riqueza individual ya no se precisa de seguro social. ¿Pero qué ocurre con el que no tiene la capacidad o la suerte de acumular? Bueno eso no significa que se le deja solo como veremos en otros artículos.


[1] Salvo las que son oscuras que, por otra parte son pocas, como la abstinencia, que, con todo, puede haber tenido su origen en la experiencia de observar ventaja en la salud para el propio cuerpo.

 

[2] A lo que dedicaré más atención en otro apartado.

[3] Ahora, a partir de este momento histórico, ya no le llamamos acaparar.

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