La aparición de la división del trabajo, los deberes y la vida en pareja. Acaparar es tabú, compartir o regalar es un arma

 

En las organizaciones, la autoridad, actualmente, no fluye sólo de arriba hacia abajo, sino también al contrario y lateralmente. Esto es lo que indica Fukuyama[1] al señalar que la especialización y la división del trabajo llevan a los miembros del grupo a someterse, no sólo a los jerárquicamente superiores, sino, incluso mucho más a los que poseen formas especializadas de conocimiento.

Esto es así entre los humanos hoy, en armonía con lo cual, algunos también creen que los chimpancés no cazan por razones nutricionales, sino por razones sociales y reproductivas, porque si una hembra que va en la partida comienza a estar en el estro, entonces los machos comienzan una cacería. Los que de ellos han cazado alguna pieza, preferentemente querrán dar algo de ella a la hembra en celo y, sorpresa, sorpresa, la hembra probablemente querrá tener cópula con los machos que son más generosos con la carne. Así que el alimento se reparte por los machos con las hembras receptivas en intercambio de sexo.[2]

El patrón de seducción por el alimento puede haber sido el origen de compartir el alimento en los seres humanos, pero ha evolucionado en algo mucho más fundamental y crucial, una institución económica que es una parte vital de todas las sociedades humanas: la división sexual del trabajo. Un hombre podía ir a por caza para luego compartir la carne con su esposa, la cual compartía los vegetales, que ella había recolectado, con su marido. Ambos y sus hijos estaban mucho mejor alimentados y la división del trabajo había comenzado. Cada mitad del par de intercambiadores estaba mejor que por sí sola. La mujer podía haber recolectado raíces, frutos y nueces para los dos, mientras él había cazado un cerdo o un conejo, y todo ello daba una mezcla de proteínas y vitaminas, muy rica.

La división sexual del trabajo no es un síntoma de prejuicio. Ocurre en las sociedades más igualitarias. Los antropólogos están virtualmente de acuerdo que los cazadores recolectores eran menos sexistas que los granjeros y agricultores, y las mujeres estaban menos dominadas, pero también están de acuerdo en que existían diferentes papeles para mujeres y para hombres. En efecto, parece que hay un tabú en que las mujeres porten o fabriquen armas, equipo de caza, e incluso que acompañen a los cazadores; pero parece más improbable que el tabú causó la división del trabajo que al contrario. Tampoco es suficientemente convincente decir que la división del trabajo sexual es un reflejo de la biología, con las mujeres confinadas a actividades lentas o menos distantes por su embarazo y por los hijos a los que tenían que cuidar. Más bien, la invención de la división del trabajo fue un avance económico a causa de que los humanos podían explotar dos diferentes especializaciones, y el resultado era mayor que la suma de sus partes. Es exactamente el mismo argumento que para la división del trabajo entre las células del cuerpo.

Es por eso que la aparición, altamente probable, del matrimonio y de la familia nuclear, dentro de la tribu, fue simbiótica con la distribución de alimento. Los hombres hubiesen estado muy mal si sólo se hubiesen podido alimentar de carne, pero pongamos a la mujer recolectando frutos vegetales, añadamos la posibilidad de cocinarlos, que es una forma de digestión previa de dichos vegetales que de otro modo no podríamos digerir ni utilizar y, entonces, hemos encontrado un nicho viable para una gran cantidad de hombres en la sabana. Y esto es mucho más importante en los trópicos donde el almacenamiento de carne es inviable.

En efecto, de acuerdo con el resultado de un cálculo, que cita Matt Ridley[3], los cazadores que juntan las piezas de caza para ser repartidas reducen la variabilidad en su dieta en cuanto a cantidad, en un ochenta por ciento[4] con respecto a los que no la juntan. Esta es la hipótesis de reducción del riesgo como razón para la distribución o compartir[5] el alimento[6].

No hay que descartar el papel de la química en la formación de parejas, pues nos enamoramos o, dicho de otro modo, nos apegamos y adherimos emocionalmente a nuestra pareja cuando actúan la oxitocina y la vasopresina en nuestro cerebro. Ridley indica[7] que los seres humanos son básicamente monógamos, que suelen ejercer un cierto cuidado paternal, que las uniones de pareja suelen ser a largo plazo y exclusivas, y que nos unimos[8] (incluso ciega y automáticamente) a quienquiera que se encuentre más cerca cuando los receptores de oxitocina de la amígdala medial sienten un cosquilleo, cosa que puede ocurrir con una experiencia sexual, incluso casta. En una palabra, naturaleza más entorno; un instinto que se desencadena por medio de un objeto o un suceso externo. No una norma divina.

Por su parte Richard Wrangham[9] a la vista de los hechos que señalan que el control del fuego se remonta a 1,6 millones de años, y que el acortamiento de los dientes de los antepasados humanos y el crecimiento del cuerpo de las mujeres se remonta a 1,9 millones de años, da como explicación para el emparejamiento humano que la comida se cocinaba y se digería con más facilidad; pero cocinar exige recoger alimentos, llevarlos al lugar de cocción y prepararlos, lo que da abundantes oportunidades para el robo. Puesto que los hombres eran más fuertes que las mujeres en aquella época, éstas para evitar los latrocinios tuvieron que adoptar alguna estrategia que los impidieran y la mejor fue, sin duda, crear algún vínculo permanente, cada una de ellas con un solo varón. Los hombres cada vez más monógamos dejarían de competir mutuamente con fiereza para conseguir cópulas, puesto que se le ofrecían las necesarias en la vida de pareja; los hombres pudieron ir reduciendo su tamaño y la diferencia entre los sexos comenzó a recortarse hace, precisamente 1,9 millones de años. El resultado final fue la división sexual del trabajo; los hombres la caza, para la que tienen más habilidades[10] y las mujeres la recolección por la que muestran más interés y habilidad; nicho ecológico que combina lo mejor de ambos y lo mejor del alimento, proteínas de las carnes y seguridad y continuidad del alimento vegetal.

Ya hablamos en otro post del fuerte rechazo hacia el acaparamiento. Dijimos que acaparar es tabú, que, por lo contrario, la distribución, el intercambio y el compartir es mandatario; y que este tabú es como un seguro social. Pero hay muchos más argumentos respecto de las ventajas que resultan de compartir, por parte de los cazadores recolectores, la carne que consiguen. Kim Hill mantiene que es un asunto de reciprocidad en el cual el repartidor recibe un pago directo por su generosidad. Kristen Hawkes considera que este pago es mucho más intangible y que el repartidor busca un reconocimiento general social por su comportamiento.[11] No obstante Hawkes considera que la repartición es poco menos que el robo tolerado. La razón por la que una persona comparte alimento con otra puede ser el cálculo bien hecho en cuanto a reciprocidad, pero también puede ser porque está presionado por la costumbre de la comunidad, que considera tabú el acaparar, o intimidado por el poder de aquel con quien comparte.

En relación con esta última situación nos interesa también considerar el reparto como un regalo, un regalo que se hace, en parte, a fin de ser amable a otros; también se hace para proteger la propia reputación como generoso del compartidor; y finalmente para poner al receptor bajo una obligación de estar a la recíproca, que lleva a tener un seguro para el futuro o un arma para el presente, porque, en efecto, los regalos pueden llegar a convertirse fácilmente en sobornos. De cualquier modo en el pueblo, o en la tribu, era necesario ser bondadosamente exacto al evaluar el regalo pues éste tiene claramente la intención de ser reciprocado en una exacta[12] proporción.


[1] Fukuyama, Francis., La construcción del Estado, traducción de María Alonso, primera edición, Ediciones B, Barcelona, 2004, p 84.

[2] Véase la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 91 sobre C.B. Stanford, J. Wallis, E. Mpongo y J. Goodall, “Hunting decisions in wild chimpanzees”. Behaviour 131:1-18.

[3] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 102.

[4] El cálculo se hizo para seis cazadores.

[5] Aquí está el origen de la bondad, no en las normas morales dadas desde la divinidad. La especie humana aprendió que nos va mejor siendo buenos, compartiendo el alimento.

[6] Winterhalder, B. “Diet choice, risk and Food sharing in a stochastic environment”. Journal of Anthropological Archaeology 5:369-92 según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 102.

[7] Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 59 y siguientes.

[8] En matrimonio monógamo. No norma dada desde la divinidad sino necesidad imperiosa, instinto activado por el sistema de impronta. Eso es lo justo y moralmente aceptable.

[9] Wrangham, R. Según explicación de Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 32.

[10] Incluidas las espacio-temporales.

[11] Hawkes, K. “Why hunter-gatherers work: an ancient version of the problem of public goods”. Current Anthropology 34:341-61, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 109.

[12] Nos hallamos ante la proto-valoración o evaluación jurídica, que hay que hacerla con exactitud, con justeza o justicia.

La estructura del empleo en España

El diario Expansión del 2 de junio de 2011 señalaba en titulares “Los funcionarios lideran ya el empleo en España” y otros como “España ya alberga más funcionarios que comerciantes y hosteleros”.

Decididamente es para preocuparse porque de los datos que se citaban señalaban que el sector público alcanzaba los 3.186.000 de empleos, mientras que los asalariados del comercio, la reparación de vehículos y la hostelería, el grupo más numeroso, alcanzaba los 3.134.000 empleos.

Esto me animó a investigar algún dato más de la EPA del I trimestre de 2011 que me permitió conocer que de una población total en España igual y mayor de 16 años de 38.512.000 personas tenemos…

15.540.000 personas inactivas (6.133.000 hombres y 9.318.000 mujeres) y 23.062.000 personas activas. De estas últimas hay 18.152.000 ocupados (de los que los asalariados totales son 15.121.000 [del sector público son los 3.186.000 antes dichos y del sector privado 11.935.000] y los no asalariados, es decir, autónomos, 3.031.000) y 4.910.00 parados.

Datos básicos:

  • La tasa de población activa es del 59,88 %, que es lo que representan el total de personas activas (23.062.000) respecto del total de población de más de 16 años (38.512.000) de modo que los que desean y pueden trabajar, cada 6 sostienen a otros 4, o lo que es lo mismo cada 1,5 sostiene a 1 (23.0622.000/38.512.000*100)
  • la tasa de empleo es del 47,13 %, lo que quiere decir que los 18.152.000 ocupados sostienen a un total de 38.512.000 personas mayores de 16 años, además de a todos los menores de esa edad (18.152.000/38.512.000*100)
  • la tasa de paro es del 21,29 %, que quiere decir que los 4.910.000 parados representan dicho porcentaje del total de la población activa (4.910.000/23.062.000*100)

Conclusiones que queremos extraer:

  1. De cada 100 personas mayores de 16 años, sólo son activas (pueden y quieren trabajar) 59,88, de las cuales sólo trabajan efectivamente poco menos de 47,13.
  2. Si a lo dicho añadimos que de los 18.152.000 ocupados, 3.186.000 son funcionarios (el 17,55 %), quiere decir que 38,86 personas sostienen a todo el resto hasta el número de 100.
  3. Concluyendo, de cada 100 personas mayores de 16 años, la estructura de la actividad y el empleo es la siguiente:
    1. 38,86 personas trabajan y tienen que sostener a…
    2. 8,27 funcionarios
    3. 12,74 parados
    4. 40,12 personas inactivas

El lector seguro que se formulada la pregunta ¿acaso España puede funcionar así o nos estamos engañando?, pues cada 3 personas que trabajan tienen que sostener a un parado; y además cada 4,69 personas que trabajan tienen que sostener a un funcionario; y por si esto fuera poco, cada 1 de los que trabajan casi tiene que sostener a 1 persona inactiva.

Finalmente, con estas cifras queda claro que cada 1 persona que trabaja tiene que sostener, además de a sí mismo, a más de 1,57 personas (inactivos, parados y funcionarios). Que dicho de otro modo sería cada persona que trabaja, además de sostenerse a sí misma, tiene que sostener a casi una inactiva, y a más de media que corresponde a parados y funcionarios.

La reciprocidad y los primeros moralizadores

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa en ellos que frecuentemente cooperan. La razón que él arguye que se halla detrás, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) con el que se denomina un mecanismo para la generación de cooperación entre individuos no relacionados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

La principal condición que se requiere para el funcionamiento del tit-for-tat es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno. Sí, la reciprocidad puede perder o ganar una batalla pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4] perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Pero el juego de la vida no siempre se lleva a cabo de dos en dos. También de más en más. Pero aun siendo de dos en dos, las parejas de ‘reciprocadores’ no son siempre las mismas. La posible reciprocidad se puede dar con muchos y diferentes compañeros, en diversas ocasiones. Por lo tanto es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Rob Boyd[7] señala que, una estrategia recíproca de esto por aquello (tit-for-tat) es inadecuada, no es suficiente, para explicar la cooperación en grandes grupos. La razón es que, una estrategia de éxito, en un grupo grande, debe ser completamente intolerante, incluso, de pocas defecciones, de otro modo, esos que van por libre vivirían a costa de los mejores ciudadanos[8], por eso hay que hacerles difícil a los “free-riders” estar junto a los que sí actúan con reciprocación en el mismo lugar. La reciprocación, entonces, debe evolucionar de modo que haya un mecanismo de punición[9] para los traidores en su defección. Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos.

Esto nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ningún defección antes, para poderles engañar. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.


[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

[7] Boyd, Rob. The evolution of reciprocity when conditions vary. En: Coalitions and Alliances in Humans and Other Animals, Oxford University Press, Oxford, 1992, Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 183.

[8] En esta necesidad tenemos, probablemente, el origen de las normas que se mantienen en el grupo compulsivamente por la fuerza.

[9] Punición, por el delito cometido, aplicación de la fuerza contra el trasgresor.

El dilema del prisionero y la lógica de la cooperación

Como señala Fukuyama[1] las teorías económicas relacionadas con las organizaciones parten de un premisa: el individualismo metodológico; y lleva a considerar a las organizaciones como grupos de individuos que aprenden a cooperar socialmente por razones de intereses individuales.

Cooperar, hoy, se entiende como un acto bondadoso o benevolente. ¿Pero es verdaderamente eso, o más bien, es todavía un acto egoísta?

 Y nos estamos refiriendo ahora ala cooperación que no depende de tabúes previos, de constricciones morales o imperativos éticos. Y aquí hallamos la respuesta a la pregunta ¿cómo pueden los individuos ser conducidos por interés egoísta a servir a un bien más grande?

El dilema del prisionero nos ayudará a entender cómo conseguir cooperación entre egoístas. Este se suele plantear así: Dos prisioneros se encuentran frente a la situación de escoger entre dar información o evidencia contra el otro y así reducir su propia pena, o no. El dilema se presenta en la forma de que si ninguno de ellos delata al otro, la policía solamente puede acusarles a ambos de un delito con menor pena; de modo que ambos estarán mejor si callan, pero cada uno, individualmente, estará mejor, es decir, con una pena todavía menor, si delata.

Pasemos a verlo del modo como lo hace Ridley[2]. “Olvidemos – dice – a los prisioneros y pensemos en ello como en un simple juego matemático por puntos, que podemos jugar con otro jugador. Si ambos cooperamos (estando en silencio) cada uno gana 3 (a esto se le llama la ‘recompensa’); si ambos nos delatamos cada uno gana 1 (la ‘pena’). Pero si uno delata y otro coopera, el cooperador no gana nada y el delator gana 5 puntos (la ‘tentación’). De modo que si mi compañero me delata, yo estoy mejor delatándole también. Este comportamiento me hace tener 1 punto, en lugar de ninguno. Pero si mi compañero coopera, estoy todavía mejor si delato, puesto que gano 5 en lugar de 3. Sea lo que sea lo que el compañero haga yo estaré mejor delatándole. Sí, aunque él piense del mismo modo, la salida cierta es la defección mutua: 1 punto para cada uno, cuando podríamos haber tenido 3 cada uno.”

No es simplemente una cuestión de moralidad, de hacer lo bueno, de hacer lo correcto, de ser noble. Nos hallamos en un vacío. Se trata de hacer lo mejor, y lo mejor es la defección. Ser egoísta es ser racional. Dadas las condiciones de inicio del juego, ser cooperador es ilógico[3].

A pesar de que el razonamiento en el dilema que hemos expuesto no parece que tenga fallo lógico, en la vida real, contrariamente, vemos que no todos son traidores; en la sociedad humana vemos muy a menudo cooperación. ¿Es irracional?

Entonces, dado que la gente no es, invariablemente, egoísta, entonces es que tiene que ser motivada, no sólo por propio interés sino, por el interés común. Esto parece manifestar que las bases del juego estaban equivocadas.

Dado que lo racional, porque produce mejor resultado, es delatar, uno pudiera sorprenderse si ve el resultado, cuando el juego se juega repetida e infinitamente por una pareja de personas simples, porque la bondad parece prevalecer. Esto parece estar de acuerdo con lo que John Maynard Smith[4] descubrió, un instinto evolucionado que lleva al equilibrio de Nash[5] en una ‘estrategia evolutiva estable’ de modo que ningún animal que la usara pudiera estar peor que otro animal que usara otra estrategia diferente, lo que le llevó a entender por qué los animales generalmente no luchan hasta la muerte. Otros científicos han explorado la lógica de la cooperación, como Robert Axelrod mediante programas informáticos.

Pero un argumento muy lógico para entender el hecho de la cooperación es que hay una clase de aprendizaje cultural que permite inculcar la cooperación: este es el conformismo. Si los niños aprenden, no por ensayo y error sino, mediante copiar lo que otros hacen, lo que es comúnmente tradicional o moda entre los modelos de roles adultos, y éstos siguen lo que pudiera ser un modelo de comportamiento en la sociedad, entonces la cooperación puede copiarse y también mantenerse en grandes grupos. La transmisión conformista de la cultura es un modo de asegurar que uno hace lo que funciona localmente[6], de modo que uno hereda una disposición a copiar a sus vecinos y la imitación todavía es más beneficiosa cuando todo el mundo la practica. Como señala Ridley[7] “en la evolución humana… los hábitos[8] de especialización local, conformismo cultural, fuerte antagonismo entre grupos, defensa cooperativa en los grupos y gregarismo, todos han ido de la mano. Estos grupos en los cuales la cooperación prospera son los que florecen, y, poco a poco, el hábito de la cooperación humana penetra en la psique humana”.

Concluimos que la cooperación no se da para cumplir las normas de un poder superior bajo pena de castigo eterno; no se da para ser bueno y conseguir premio eterno; no se da para asemejarnos al Número Uno, o porque seamos semejantes a Él. La cooperación se da como una utilidad que evolutivamente se ha demostrado beneficiosa para el grupo. Y todo, a pesar de que la lógica y el raciocinio parecía que nos iba a llevar a la traición egoísta. Así que hay otra lógica mejor, la de la cooperación, que los cuerpos, los grupos y también los individuos hemos aprendido; y eso es lo mejor, es lo justo; hacemos justicia cooperando. Detrás de la cooperación está la reciprocidad y la fuente de esta última es el egoísmo.


[1] Fukuyama, Francis., La construcción del Estado, traducción de María Alonso, primera edición, Ediciones B, Barcelona, 2004, p 81.

[2] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books,New York, 1998, p 54.

[3] Insisto en la frase “dadas las condiciones iniciales del juego”.

[4] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 59.

[5] John Nash aportó con su teoría de los juegos el concepto de equilibrio.

[6] A esto se le puede llamar también costumbre.

[7] Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 182-186.

[8] Dicho de otro modo, las costumbres.

El origen de los tabúes

Lo mismo que las abejas sirven al conjunto mayor del que forman parte, la colmena, y su comportamiento parece lo contrario del egoísmo, así las normas sociales, tabúes o costumbres parece que vayan contra el egoísmo. El asesinato, el robo, el rapto y el fraude son considerados crímenes de la máxima importancia porque benefician al actor y van en detrimento de la víctima. Por el contrario, la virtud es, por definición, lo que va en el mejor bien del grupo. Las virtudes como la cooperación, el altruismo, la generosidad, simpatía, cortesía, negación de sí mismo, son claramente concretas y directamente relacionadas con el bienestar de otros[1]. Esto nos lleva a pensar en los humanos como seres sociales.

En el camino por el que discurre, con dirección, nuestro pensamiento vamos a estudiar los tabúes, es decir, las normas o costumbres que persiguen e intentan impedir los vicios, como un esfuerzo evolutivo para conseguir mayor cohesión social; un esfuerzo en beneficio del conjunto.

Tanto Adam Smith como Rousseau y Hobbes, estudiaron la ambición y el interés egoísta. Smith aclaró que la vida no es un juego de suma cero en el que hay un ganador y un perdedor, como en un partido de tenis, sino que puede ser un juego de suma no-cero, de modo que las dos partes ganen o incluso pierdan, en algún caso. Hobbes afirmó que somos viciosos, no virtuosos, y Rousseau que la armonía y el progreso es posible sin gobierno. Y todos ellos sutilmente estaban hablando de algo que actualmente conocemos como la teoría de que pueden venir cosas buenas de malos motivos. Y no debemos ignorarlo.

Pero, por lo dicho hasta aquí, lo que hay que explicar no es la frecuencia de los vicios, sino el ocasional aparecimiento y práctica de las virtudes, en las que los humanos se han obsesionado, caso único entre los animales sociales. ¿Es que, acaso, hemos comenzado a perder nuestra individualidad, para llegar a formar parte de una cosa súper gobernante, en evolución, llamada sociedad? La sociedad humana aporta ventajas con la división del trabajo y con la especialización, de modo que el resultado es mayor que la suma de sus partes.

Considerar el agrupamiento con los que están estrechamente relacionados por lazos familiares o de grupo añade entendimiento a este tema, porque la relación genética estrecha es una fuerte razón para la cooperación. En efecto, los cuerpos de los animales, las colonias de corales y de hormigas son, precisamente grandes familias. Pero la sociedad humana no es, precisamente una gran familia. A diferencia de los grupos animales con los machos dominantes que se arrogan por la fuerza el derecho de transmitir sus genes mediante la cópula con todas las hembras que pueden mantener controladas en su grupo, la sociedad humana es igualitariamente reproductiva; a pesar de la división del trabajo todos insisten individualmente en el derecho de realizar actividades reproductivas para sí mismos.

Por otra parte, excepto en asuntos privados de familia, favorecer a los parientes sobre otros miembros de la comunidad está visto siempre como un signo de corrupción.

Esto es lo mismo que los cromosomas, que pueden no ser altruistas, pero que son algo más que egoístas: son grupales, defienden la integridad del genoma en su conjunto, suprimiendo las egoístas mutaciones de los genes individuales.

Los tabúes, generados por la vida en la práctica, al enfrentarse a las relaciones sociales van en ayuda del conjunto del grupo, de la sociedad. Son la base de los conceptos morales, más tarde mistificados para darles mayor poder de disuasión, que conforman las normas a las que se tiene que atener el grupo. Estamos ante un verdadero Derecho en el sentido de conjunto de normas, que es lo justo, que es justicia obedecer los tabúes.

Hay un instinto claramente expresado en los cazadores-recolectores humanos, todavía presente en la sociedad actual: el fuerte rechazo hacia el acaparamiento. El acaparar es tabú[2], por lo contrario, la distribución, el intercambio y el compartir es mandatario. Este tabú es como un seguro social. Pero, tan pronto como la vida sedentaria se contrapone y un nuevo modo de vida emerge, la propiedad privada es la base de la propia seguridad, más bien que la seguridad social de la distribución.

Del tabú contra el acaparamiento llegamos, en nuestro discurso, a la lógica de la cooperación. Se coopera no acaparando; el acaparamiento está mal visto o prohibido en tanto en cuanto es necesaria la distribución, el reparto o el compartir la caza y lo recolectado, con el grupo, para su supervivencia. Pero llegado el momento en que aumenta la riqueza del grupo, desde el momento en que se tienen medios para sobrevivir sin el apoyo social de la distribución de lo que otro ha cazado o encontrado, desde ese momento cabe la posibilidad de acumular[3]. La acumulación es el inicio de la riqueza individual. Con riqueza individual ya no se precisa de seguro social. ¿Pero qué ocurre con el que no tiene la capacidad o la suerte de acumular? Bueno eso no significa que se le deja solo como veremos en otros artículos.


[1] Salvo las que son oscuras que, por otra parte son pocas, como la abstinencia, que, con todo, puede haber tenido su origen en la experiencia de observar ventaja en la salud para el propio cuerpo.

 

[2] A lo que dedicaré más atención en otro apartado.

[3] Ahora, a partir de este momento histórico, ya no le llamamos acaparar.