El desarrollo evolutivo de la mente y de un sentido de justicia

Steven Mithen[1] asemeja la mente a una catedral que ha ido siendo construida a lo largo del tiempo, durante el periodo en que el individuo se desarrolla de un niño a la edad adulta. La mente se desarrolla de acuerdo a un plano codificado en la constitución genética del individuo, que ha heredado de sus padres, y bajo la influencia del entorno en el que se desarrolla. Por lo tanto tenemos una mente única, pero como miembros de la misma especie, tenemos similitudes sustanciales en los planos arquitectónicos que hemos heredado y en las mentes que desarrollamos.

Hay que tener presente que los planos arquitectónicos que heredamos, han sido constantemente copiados en la replicación genética y, por lo tanto, cambiados, rectificados, por la evolución. Ocurren errores o mutaciones en la trascripción; el entorno también cambia y les afecta; y por eso, teniendo necesidad de hacer frente a desafíos diferentes, problemas que requerían nuevos procesos de pensamiento, nuestros ancestros desarrollaron diversos tipos de construcción del cerebro que son convenientes en diferentes tipos de entornos.

Siguiendo la ilustración de una catedral, Mithen indica que la fase 1 corresponde a mentes dominadas por una nave central de inteligencia general que tiene puertas de entrada de la información. Esta inteligencia general pudiera haber sido constituida por un conjunto de reglas para tomar decisiones y para aprendizaje, de propósito general, que puede producir solamente conducta simple, y la tasa de aprendizaje es baja, produciéndose constantes errores, y con la que no pueden adquirirse pautas de conducta compleja.

La fase 2 es aquella en la que las mentes han construido alrededor capillas de inteligencias especializadas. Son facultades especializadas para diversos campos de la conducta, que se añaden al lado, alrededor de la nave general, la inteligencia general de la fase 1, con caminos de entrada y salida al exterior en cada una de dichas capillas, pero no a la nave general. El aprendizaje ahora es rápido, una nueva experiencia se relaciona con las anteriores de ese mismo u otro campo de la conducta. Hemos dicho anteriormente cómo, en efecto, nuestras mentes modernas tienen módulos que permiten un conocimiento intuitivo de la biología, la física y la psicología, que corresponderían en la metáfora de Mithen a tres capillas especializadas: la psicología intuitiva es la primera capilla que se erige[2], la de la inteligencia social; la biología intuitiva sugiere otra capilla[3], la de la inteligencia histórica natural relacionada con el entendimiento del mundo natural, un entendimiento esencial para los cazadores  recolectores; y la física intuitiva puede ser la pervivencia de una capilla de inteligencia técnica usada en la manufactura y manipulación de artefactos de piedra y de madera[4]. Como todavía no hay acceso entre las capillas el conocimiento de los diversos campos de la conducta no pueden ser combinados. Sí que se pueden desarrollar pensamientos complejos sobre la fabricación de herramientas, historia natural e interacción social, pero la posible relación entre estos campos se hace sólo mediante la inteligencia general, muy limitada. En esta fase se añade una nueva capilla, la de la inteligencia lingüística, que permite el uso del lenguaje y se desarrolla la comunicación más fácilmente.

Finalmente es en la fase 3 en la que las capillas de las inteligencias especializadas se interconectan entre sí directamente y a través de la inteligencia general, lo que resulta en fluidez cognitiva. Ahora el conocimiento puede entrecruzarse, integrarse. Ahora se combinan pensamientos y conocimiento. Según Dan Sperber en esta fase se construye, concéntrica o excéntricamente a la inteligencia general, la nave o módulo de la meta representación.

Los primeros Homo habilis, fabricantes de herramientas de piedra, se beneficiaron del incremento de la inteligencia técnica que les permitía cazar o por la capacidad de alejar a los animales carroñeros recuperar para sí la carroña, convirtiéndose ellos mismos en carroñeros. Las herramientas les permitían trocear las piezas de carne para su distribución entre los miembros de la familia, o entre el grupo familiar extendido, o tribal; pero para hacerlo de modo que no suscitase enfrentamientos entre los miembros era preciso un módulo mental de inteligencia de la historia natural. La evidencia muestra que en el estilo de vida del Homo habilis se usaban campamentos base donde se distribuían alimentos y se cuidaba de los niños. La distribución del alimento tenía una importancia crítica y es la base de la pirámide de inferencias que culminan en la presencia de la dependencia prolongada de los hijos y de la comunicación lingüística. Ciertamente el consumo de carne fue una parte regular de la dieta del Homo habilis pues el cerebro relativamente grande del mismo, implicaba la consunción de grandes cantidades de alimentos de alta calidad, medida en términos de muchas calorías por unidad de alimento, dado que el cerebro es un órgano altamente caro en términos de la gran cantidad de energía que consume. Es por eso que la presión selectiva encaminó al Homo habilis a vivir en grupos cada vez más grandes, a fin de conseguir suficientes alimentos de calidad, lo que implica que tenían la habilidad de desarrollar hipótesis con relación a la localización de las fuentes de alimento y el uso de puntos de referencia inanimados (montañas, lagos, valles) para la localización de dicho alimento.

A partir de aquí se precisa el crecimiento de una inteligencia social necesaria para habérselas con la gente con la que se convive, se comparte el alimento y el sexo, los cuales, a su vez, tienen diversidad de relaciones con otros miembros del grupo. Es impepinable razonar que se llegara a concebir algún sentido de justicia. Se ha observado que las especies que tienden a tener un estilo de vida terrestre en grandes grupos, también tienen unos cerebros más grandes, necesarios para enfrentarse a la frecuencia de la decepción en las estrategias sociales, puesto que cuanto más compleja es la escena social, más necesaria es la necesidad de ganar más amigos sin ganar más enemigos.

Por otra parte, un condicionamiento ecológico favorece a los grupos que viven juntos cuando el alimento proviene de grandes extensiones que lo tienen irregularmente distribuido. Encontrarlo no es fácil, pero una vez encontrado hay exceso, de modo que es beneficioso vivir en un grupo relativamente grande pues de este modo, sea que se persiga al alimento en parejas o por individuos, cuando se encuentra, puede ser distribuido a otros miembros del grupo, en lugar de perderse corrompiéndose o dejado a los carroñeros, para que el próximo día otro miembro que haya tenido suerte comparta con uno el alimento que ha conseguido. La distribución precisa de tener algún sentido de equidad o justicia y también de corresponsabilidad social.

Probablemente a partir de este momento nace un incipiente lenguaje que se localiza en la parte izquierda del hemisferio cerebral, concretamente en las áreas de Broca y Wernicke, que es el mejor medio para intercambio de información social dentro de los grupos, cada vez más grandes y cada vez más complejos; al principio, probablemente, sólo útil para el cortejo y ahora usado ya para el intercambio y transferencia más eficiente de información. Información verbal que se usó para la instrucción de los compañeros y descendientes. Pero para ello también se han tenido que producir cambios en el músculo de la regulación de la respiración.


[1] Mithen, Steven. The prehistory of the Mind, Thames and Hudson, London, 1996, p 65.

[2] Los monos parecen resolver más fácilmente los problemas de su mundo social que los problemas de su mundo no social, aunque la inteligencia de los monos parece menos poderosa y también menos compleja que la de los chimpancés; los monos son incapaces de saber lo que otros monos están pensando o incluso de pensar por sí mismos. Los lémures tienen una interacción social mucho más compleja que la del mundo no social.

[3] Que probablemente sea la segunda pues la reproducción es previa, por necesidad, al desarrollo técnico, independientemente de que la socialización fuera mayor o menor, al menos, grupos familiares más o menos grandes se tuvieron que haber formado. Por otra parte el concepto de familia extendida de los pueblos que mantienen culturas antiguas nos apoya en este punto de vista que sostengo.

[4] Solapada o inmediatamente posterior a la inteligencia histórica natural.

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