Archivos para 31 marzo 2011

Sobre la vacuidad de las redes sociales

!Tonto de mí¡. Lo digo porque, aunque ya entrado en años, me considero una persona que está a la ‘última’, o casi, en el tema de las últimas tecnologías y, por tanto, también en el tema de la comunicación mediante ellas.

De modo que decido darme de alta en Facebook, no sin antes haber hecho algunos escarceos para ver lo que era posible ver al común de los mortales, aunque no a los ‘amigos’ o a los ‘amigos de los amigos’. Bueno, en principio me encanta, me parece que es un medio de llegar a aquellos con los que deseando estar en contacto, las circunstancias personales, familiares, geográficas, de trabajo, o simplemente de horarios, no te lo permitían.

Así que… adelante. Y poco después empiezo a recibir y a ofrecer ese tipo de “amistad” especial que se denomina “ser amigo de Facebook” de/a los conocidos. No crean, no soy como los políticos o los personajes públicos que tienen miles de “amigos”; de momento sólo tengo 45. Pero aún estos me parecen muchos, porque casi estoy cansado de conocer el devenir de la vida, casi minuto a minuto como en un diario personal, de alguno de ellos (políticos o periodistas) y de los demás, los cumpleaños y felicitaciones; las fotos tomadas con el móvil, los álbumes de fotos, los enlaces a Youtube, las frases sabias o los pensamientos famosos. No se trata de que esto sobre, se trata de que faltan otras cosas: ideas, reflexiones, aportaciones propias útiles.

Sinceramente me he quedado muy desilusionado, no con la red social Facebook en sí, ni con la tecnología, sino por lo que esperaba que hubiera en ella. Yo, aquí estoy, aportando pensamientos mediante artículos que me cuesta redactar, corregir, subir y vuelta a corregir, por aquello de aportar al pensamiento humano la capacidad de reflexión, de crítica y de debate.

Pero los demás, nada. “De forment ni un gra”. Los políticos, porque si dicen algo (y de humanos es errar) se les contesta, como yo hice a uno de ellos. Los únicos (algunos) que se salvan, son los periodistas que aprovechan para poner artículos o enlaces a ellos, lo que es una ayuda a la reflexión, pero, claro, es lo suyo, su profesión, y buscan publicidad gratuita para lo suyo.

Lo que digo es que los demás, los comunes, los que tenemos otras profesiones, los que queremos hacer y mantener amigos a través del pensamiento, de la reflexión, del debate; y que queremos aprender, añadir y que se nos añada conocimiento e información; no hacemos casi ningún trabajo por aportar nada digno. Me incluyo para no ofender a nadie, aunque me esfuerzo por no estar entre ellos.

En definitiva, la red social parece otro tipo de televisor o caja tonta, respecto de la que no hacemos ningún esfuerzo por convertir verdaderamente en una Red (entrelazada de sentimientos, pensamientos, conocimientos, ideas y debates) Social (de personas relacionadas por algún tipo de nexo).

¿Seguiremos dejando que así sea, o podemos hacer algo? Ya sé que soy un “plasta” al decir esto, pero yo intento aportar algo que sea útil a otros o, al menos, me gustaría que me lo criticaran para que fuera otro el que aporta lo más útil.

¿Animará mi ejemplo a otros, a hacerlo también, a mejorar en el uso de Facebook mediante la aportación de ideas?

Espero alguna contestación en mi Blog que se enlaza en mi “muro”.

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Una aproximación a la generación del concepto de justicia

 La formación de las nociones de justicia, moral y ética, y el desarrollo de una relación entre esos y otros conceptos abstractos, manifiesta que las relaciones entre los individuos tomadas individualmente, y entre los individuos y los grupos, o entre los propios grupos entre sí, tienen una extensa variedad.

Por una parte está el egoísmo individualista, el deseo de satisfacción propia, de éxito para sí en establecer sus propios descendientes, sus propios genes y también sus ideas o ideologías.

Por otra parte está la cooperación que, efectivamente, paga, pues cooperando las cosas van mejor para la mayoría. En lugar de exterminar a otros para tener más, cooperar con otros para que todos tengamos más. Esa es la lección de la biología y de la historia humana. Una lección que es dura de aprender[1], pero que cuando se aprende[2] resulta en éxito.

Pero quedan siempre las tensiones entre conseguir más a costa de otros o conseguir más junto con otros y ahí entra la biología, la antropología social, la lógica, la ciencia cognitiva y la psicología evolutiva. Quizá todavía más.

Siguiendo la línea de argumento de Matt Ridley[3] y usando en ocasiones sus propias palabras podemos señalar que hace 50.000 años en Europa y 300.000 años en África se produce una explosión tecnológica. La cultura y la tecnología cambian de año en año; se inicia la acumulación de conocimientos, la cultura, como nunca antes. La cultura va por delante de los genes los cuales nunca la han alcanzado. De hecho, apareció tan tarde la cultura progresiva y acumulativa en la evolución humana, que no tuvo probabilidades de modificar la manera de pensar de la gente. El cerebro ya había alcanzado el máximo con escasa ayuda de la cultura. “El cerebro pensante, imaginativo y razonador –dice Ridley- evolucionó a su ritmo para ir resolviendo los problemas prácticos y de tipo sexual de una especie sociable, más que para hacer frente a las exigencias de una cultura transmitida por otros”[4].

Así que, la capacidad humana de inteligencia, imaginación, tanto como empatía y sensatez, aparecieron gradualmente sin recibir ayuda de la cultura. En cambio hicieron posible la cultura. Eso es lo mismo que decir que el cerebro humano aumentó de tamaño para hacer frente a una serie de retos, de complejidades, de problemas sociales de los grupos más grandes. Había que hacer frente eficientemente a la necesidad de cooperación, evitar la traición, tener presente la decepción y usar la empatía; y el cerebro humano –dice Ridley- podría haberlo hecho sin necesidad de generar la capacidad de lenguaje ni acumular cultura como señalan Whiten, A. y Byrne, R. W.[5]

La cultura, evidentemente, explica el éxito ecológico de los seres humanos, pues sin la capacidad de acumular información, mezclar ideas y debatir nunca se hubiera podido inventar la agricultura, las ciudades, ni la medicina. Al aparecer conjuntamente el lenguaje y la tecnología se sentenció el destino de las especies a favor de la humana. La cultura es un producto colectivo, no individual, de modo que debemos nuestro éxito a nuestra capacidad colectiva, no individual. Cuanta más tecnología inventaban más capacidad tenían de producir alimentos mediante la agricultura, lo que conllevaba el aumento de la población y, a su vez, el aumento de la densidad, lo que llevó a la posibilidad de división del trabajo y por lo tanto a aumentar la capacidad de invención tecnológica. Es un círculo virtuoso que se puso en funcionamiento.

De ahí, con la producción aumentada gracias a la tecnología inventada, vino el intercambio, el comercio. El intercambio representó para la evolución cultural lo mismo que el sexo para la evolución biológica. Con el intercambio se iniciaron los juegos en los que todos los participantes ganan. Juegos cada vez más numerosos, más grandes y más elaborados.

En esta época prehistórica ya deberíamos estar bien avanzados en la elaboración de la justicia. Si intercambio servicios y cosas que yo produzco, me interesa no ser defraudado; al otro también. La participación en los juegos también deberá tener sus normas: es la costumbre; es el modo de desarrollar el juego, de jugar. Todos deben atenerse a esas costumbres, y lo deben hacer con exactitud, con justeza, es decir, con justicia.

A la vista de todo lo dicho, ahora, hay que plantear, una investigación de lo que otras ciencias pueden aportar a nuestra tesis (véase “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”, editorial Tirant Lo Blanch, 2009, Valencia), pensando que, incluso, pueden marcar su dirección, y hay que hacerlo desde la prudencia y la modestia. Prudencia, porque en realidad esto es un esfuerzo de investigación y no una lección magistral; no estamos enseñando a otros, estamos escudriñando para dar una respuesta a una cuestión, estamos introduciéndonos en materia que parece fuera de nuestro ámbito intelectual, de la que son otros los especialistas. Modestia, porque es a la actitud que nos lleva el método científico del escepticismo y la duda.


[1] Y el aprendizaje no es más que ser capaz de repetir los actos o el comportamiento.

[2] Aquí ya tenemos la cultura.

[3] Ridley, Matt., Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 254 y siguientes.

[4] Véase Dunbar, R., Knight, C., y Power, C.. The Evolution of Culture, Edinburgh University Press, 1999, según la cita que hace Ridley, Matt, Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p .339.

[5] Whiten, A. y Byrne, R. W, Machiavellian Intelligence II, Cambridge University Press, 1997, según la cita que hace Ridley, Matt. Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 339.

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Aparición y complejidad de las relaciones entre costumbre – moral – ética – justicia – derecho.

Habrá que reconocer que uno de los primeros problemas al que se enfrentaron los humanos en el principio de los tiempos, en su camino a permanecer juntos como grupo, fue el de la justicia. Inicialmente las relaciones entre parejas sexuales, al menos para el apareamiento no presentan problema porque, o se acepta la pareja, o no (dejando de lado la problemática del macho dominante y el control que ejerce sobre el harén de hembras, que, probablemente, como pasó con otros animales ya estaba resuelto con una organización social de parejas más o menos estables). Lógicamente a posteriori surge la necesidad de que el nacido humano sea cuidado, pues de lo contrario no sobrevive, esto lleva a la cooperación, al mantenimiento de la relación de pareja, ahora ya familia o, incluso, del grupo cooperativo, en el que se educan y cuidan en común los hijos[1]. Aquí, ya, los papeles se distribuyen casi totalmente, de modo que el macho cuida al resto de la familia con la protección de su fuerza y con el proveer la mayor parte de la alimentación, especialmente la proveniente de la caza.

La caza tiene más éxito si las parejas humanas se congregan juntas y forman grupos para llevarla a cabo. Algún joven macho o hembra sin pareja forman parte de las familias. La distribución de los papeles hace que los machos salgan a cazar en grupo. Las hembras quedan en el campamento, cuidan de los hijos personalmente o en común; algunos machos también, quizás los más jóvenes o los más viejos. ¿Se mantendrá, en este contexto, la relación de pareja, de familia?

La distribución de los alimentos obtenidos en grupo, las relaciones entre los miembros de distintas familias, especialmente de los machos de una familia respecto de las hembras de otra familia, empiezan a dar problemas, el respeto a las posesiones distribuidas o a las obtenidas individualmente en el cazar o el recolectar, también. Para la resolución de los problemas están los mayores, los más expertos; han vivido más y saben cómo funcionan mejor las relaciones entre los miembros del grupo. La distribución del alimento proporciona más posibilidades de extender los propios genes pues permite conseguir más coitos con hembras. La división del trabajo: cazar para el macho y recolectar para las hembras, permite mayor productividad y mejor eficiencia pues la carne se suele conseguir en grandes cantidades (cuerpos enteros de los grandes animales cazados) que si no se consumen inmediatamente en su totalidad, mediante el reparto o distribución, se corrompe y es necesariamente utilizada por los carroñeros.

Las prácticas, las costumbres y las decisiones de los mayores del grupo son juicio, son equilibrio, y se basan en lo que el grupo espera para todos y cada uno. Son justicia, son lo que, ya mucho después cuando el medio en el que vivía el humano había variado mucho, se definió diciendo: vivir honestamente, dar a cada uno lo suyo, no dañar a nadie[2]. A partir de ahí, la justicia ya se considera que es una disposición de la voluntad; la jurisprudencia, del entendimiento[3]. Y si no es necesario acudir a los que dictan lo que es justicia, a los que dictan lo que es derecho (iuris dictum), mejor, pues la justicia puede ser practicada individual y colectivamente; se ha convertido en un modo de vivir, en una virtud, en un modo superlativo de comportamiento, pues “la justicia es reina y señora de todas las virtudes”[4].

Pero lo justo, lo exacto, lo correcto[5], lo que se ajusta a lo que el grupo espera; lo recto, lo derecho; también tiene que ser equitativo, pues “la equidad acompaña a la justicia”[6] y “mitiga mucho el derecho”[7]. En efecto, “la equidad es la virtud de enderezar aquello en que la ley, a causa de su generalidad, ha fallado”[8] y, en realidad, la “equidad es la misma justicia templada por la misericordia”[9].

De modo que los antiguos, los ancestros, con sus mores maiorum (las costumbres de los mayores) originaron la moral, o lo que es lo mismo, Moral es lo que previamente llegó a ser costumbre. En eso concuerda también el aforismo “todo derecho, o lo creó el consentimiento, o lo constituyó la necesidad, o lo afirmó la costumbre”[10].

No obstante si nos referimos con Moral ‘al estudio sistemático de lo que debemos hacer’, está claro que tanto la Ética como la Moral sólo pudieron venir a la existencia cuando los seres humanos comenzaron a reflexionar sobre el mejor modo de vivir. Pero este estadio de reflexión emergió mucho tiempo después, cuando las sociedades humanas habían podido desarrollar algún tipo de moralidad, usualmente en la forma de costumbres estándar de lo que era conducta correcta e incorrecta. Ese proceso de reflexión tendía a crecer de tales costumbres, incluso si al final se podía haberlas encontrado necesarias. De acuerdo con esto la Moral empezó con la introducción de los primeros códigos morales[11].

Virtualmente cada sociedad humana tiene alguna forma de mito que explica el origen de la moral. En el Louvre de París hay una columna negra babilónica con un relieve mostrando al dios sol Shamash presentando el código de leyes a Hammurabi. El libro del Éxodo de la Biblia, relata el acto de Dios de dar los Diez Mandamientos a Moisés en el Monte Sinaí. En Protágoras de Platón hay un relato mítico de cómo Zeus tiene piedad de los humanos que viven en pequeños grupos y para subsanar sus deficiencias Zeus da a los humanos un sentido moral y la capacidad para la ley y la justicia, así, éstos, podrán vivir en comunidades más grandes y cooperar unos con otros.

Que la moral haya sido investida con todo el misterio y poder del origen divino no es sorprendente. Ninguna otra cosa puede proveer tan fuertes razones para aceptar la ley moral que la mistificación[12] religiosa. Al atribuir un origen divino a las normas morales el sacerdocio llegó a ser su intérprete y guardián, y se aseguró el poder necesario para mantenerlas. Este contacto entre moral y religión ha sido tan firmemente forjado, que algunos todavía aseguran que no puede existir moral sin religión. De conformidad con este punto de vista, la Moral cesa de ser un campo independiente de estudio y se convierte en Teología moral.

¿Pero para poder corroborar esta tesis, podemos encontrar algo mejor que los relatos religiosos, para darnos una idea de este origen de la moral? Por razones obvias no tenemos registro histórico de la sociedad humana en el período antes de que llegaran a existir normas de lo que se consideraba bueno o malo, por lo que la historia no nos puede contar los orígenes de la moral. Tampoco la antropología nos puede ayudar, debido a que todas las sociedades humanas que vayamos a estudiar o que hayan sido estudiadas, habrán tenido ya, excepto quizás durante las más extremas circunstancias, su propia forma de moralidad. Entonces, ¿qué? Afortunadamente hay otro modo de encontrar respuesta. Los seres humanos somos animales sociales. Vivir en un grupo social es una característica que compartimos con otras especies animales, incluyendo nuestros parientes más cercanos, los monos.

La vida social requiere, incluso para los animales no humanos, restricciones en los comportamientos. Ningún grupo puede permanecer unido si sus miembros se hacen frecuentes ataques los unos a los otros. Los animales sociales de un grupo se restringen de atacarse mutuamente o, si hay algún ataque, no tiene consecuencias graves, no llegan a luchar a muerte, sino sólo plantear la sumisión al más fuerte. No es difícil ver analogías aquí, con la conducta y los códigos morales humanos. Los paralelos, no obstante, van mucho más allá de esto.

Como los humanos, los animales sociales se comportan de un modo que beneficia a otros miembros del grupo aun a costa y riesgo para ellos mismos; hablamos del altruismo. Los babuinos machos, luchan con los predadores y cubren con su cuerpo a los débiles. Lobos y perros salvajes traen carne a los miembros de la manada que no han estado presentes en la cacería. Gibones y chimpancés que tienen alimento, en respuesta a un gesto, comparten su alimento con otros del grupo. Como señala The New Encyclopaedia Britannica[13]hay un aparente comportamiento altruista entre los animales no humanos”. Resumiendo hay altruismo y reciprocidad entre los allegados, al menos, en algunos animales no humanos que viven en grupos.

¿Podrían ser estas formas de comportamiento las bases de la moral o ética humana? Hay buenas razones para creer que así es. Una sorprendente proporción de normas morales humanas pueden derivarse de bases iniciales, tales como practicar la reciprocidad y del vínculo de unión como consecuencia de lazos familiares o de cercanía.

Los lazos familiares o de parentela son una fuente de obligaciones en cada sociedad humana, obligaciones que ayudan a la extensión de los propios genes. Los deberes de la madre de velar por sus hijos son tan obvios que su origen no merece ser indagado; lo mismo que los deberes de un hombre casado de proteger a su familia. Los deberes respecto de familiares allegados tienen prioridad sobre deberes respecto de familiares más lejanos, aunque en la mayoría de las sociedades los familiares lejanos son tratados mejor que los extranjeros.

Si los lazos de parentesco son el fundamento de la más básica y universal obligación, la reciprocidad no es menor. Es casi imposible encontrar una sociedad que no reconozca, al menos en algunas circunstancias, una obligación de devolver los favores. En muchas culturas esto es tomado con suma seriedad y se le da mucha importancia y tienen elaborados rituales para dar regalos. A menudo, el devolver el favor o regalo debe ser en cantidad o calidad superior al recibido originalmente, y este escalado puede alcanzar extremos que ponen en peligro la seguridad económica del donante.[14] Muchos aspectos de las normas morales pueden haber tenido su fundamento en simples prácticas de reciprocidad, tales como desparasitarse mutuamente. Supongamos que yo necesite que alguien me despioje el cabello y yo quiero devolver el favor desparasitando de piojos el cabello de cualquier otro. No obstante, yo debo escoger mi socio en el trabajo cuidadosamente, pues si yo lo desparasito y él no está, después, dispuesto a desparasitarme a mí me quedo sin compensación. Para evitar esto, debo aprender a distinguir entre los que están dispuestos a devolver los favores recíprocamente y los que no. Al hacer esta distinción estoy separando a unos de otros, y al hacer esto estoy estrechando los lazos de amistad y lealtad con los reciprocadores, con la consecuencia de tener la obligación de asistirlos. Pero esto no es todo, puesto que los que están dispuestos a estar a la recíproca reaccionan de un modo hostil y airado contra los que no lo están. Ellos ven la reciprocidad como lo bueno y correcto, y el engaño y la trampa (que hacen los que se dejan desparasitar y en cambio no desparasitan a otros) como lo malo e incorrecto. Desde aquí, queda ya sólo un pequeño paso para concluir que lo malo de los que no están a la recíproca debería conducir, en justicia, a sacarlos de la sociedad o a castigarlos de algún modo, a fin de que no se aprovecharan de otros la próxima vez. Así un sistema de castigo y una noción de abandono constituyen el otro lado del altruismo recíproco[15].

No obstante, es verdad que los lazos familiares y la reciprocidad, aunque importantes, no cubren la totalidad de la materia. Hay otras obligaciones para con otros miembros del pueblo, tribu o nación, incluso para con los extranjeros. Se debe ser leal también al grupo como un conjunto, que es algo totalmente distinto de la lealtad individual entre los miembros del grupo. En este punto, queda claro que ya interviene la cultura del grupo; cada sociedad tiene un claro interés en promover la devoción al grupo y puede esperarse que se desarrollen influencias culturales que exalten a aquellos que hacen sacrificios a favor del grupo y que ponen sus propios intereses por detrás de los del grupo. Adicionalmente premios y castigos se convierten en algo más tangible que suplementa la persuasión y el efecto. Esto es simplemente el principio de un proceso de desarrollo cultural de los códigos morales.

A partir de aquí, la ley escrita, el derecho positivo tiene mayor fuerza; en efecto, al que tiene el poder, grupo o individuo, que pretende imponer su “imperium”, no le interesan las costumbres anteriores, salvo que sean las suyas y desea imponer su modo de ver los derechos y obligaciones; eso también se hace costumbre en los diversos sistemas jurídicos[16] pues afirman que “la costumbre no deroga el derecho natural o divino cuya trasgresión importe pecado; ni el positivo, a no ser que aquella sea racional y prescrita.”

Aquí introducimos un elemento adicional. Los grupos o los individuos dominantes pueden cambiar la moral, hacen cambiar las costumbres, pueden hacer que nuevos modos de actuar se conviertan en costumbres, en lo adecuado, y por lo tanto llegan a afectar el derecho.

Cuando la costumbre es la de un individuo o de un pequeño grupo, o la de un grupo mayor aunque sin poder, esta no afecta al grupo más grande, no condiciona el derecho.

Pero la moral no es uniforme, los individuos tienen, porque se les enseñan o porque las desarrollan ellos mismos, costumbres diferentes, de donde se llega a que haya morales diferentes. Esto es plenamente cierto en lo que tiene que ver con las relaciones entre los sexos, en la pareja y en la familia. Lo que es tabú varía de un lugar a otro; variación e igualdad han sido condicionadas por el establecimiento de las costumbres, de la moral, y finalmente del derecho propio de los grupos preponderantes sobre otros grupos a los que asimilaron, por medio de la conquista, el exterminio, el genocidio o la integración.

Una vez la costumbre ha llegado a convertirse en moral, en algo sacralizado, mediante el proceso que hemos explicado, afecta de tal modo a la sociedad, a todos los miembros del grupo, que aquellos sobre los que se impone, se sienten obligados a conformarse a un mismo modo de ver la vida, a la misma forma de responder a los problemas, a un mismo modo de actuar, a unas mismas bases para resolver disputas, y a una misma escala de valores.

Puede haber individuos que contesten esa moral, pero quedan extinguidos, castigados o capados intelectualmente, si quieren continuar viviendo con el grupo y disfrutando de los beneficios de esa sociedad. Sólo con una labor individual, discreta, y con el paso del tiempo, lo que alguno o algunos plantean, su disentimiento de la mayoría, alcanza más adeptos y por la persuasión o por la fuerza puede hacer variar la moral establecida. Mientras no lo consigan, esos que se atreven a disentir, son tratados como parias, y extrañados, si no encerrados o ejecutados. Esos héroes[17] (pues tanto derecho y razón, en pura lógica, tienen como los otros, para tratar de probar e instaurar otra escala de valores, otro modo de hacer, distinto del establecido), mientras no lo consigan, son individuos anónimos de los que no conocemos nada y a los que somos deudores del lento avance de la sociedad respecto de las ideas, de las ideologías, de las costumbres, de la moral y del derecho positivo. Los que sí lo consiguen, cambian la historia.


[1] Ridley, Matt. Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, es un excelente estudio que nos ayudará a reflexionar.

[2] Ildefonso L. García del Corral, Cuerpo del Derecho Civil Romano, tomo 1º. Valladolid, Lex Nova, 2004. p 199. Ulpianus libro I. Regularum 10, § I, “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere.

[3] 5. Iustitia est habitus voluntatis; iurisprudentia, habitus intellectus. Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p 274.

[4] Iustitia omnium est domina et regina virtutum. Cicerón: Sobre los deberes (De Officiis) Alianza Editorial, Madrid, 2001, capítulo 3, párrafo 6.

[5] Correcto, es decir, co – recto, lo recto junto con, lo recto en relación a otros.

[6] 30. Aequitas sequitur legem. Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p 175.

[7] 1. Aequitas est, quae de iure multum remittit. Donato: in Ter. Ad., I, I. . Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p173.

[8] 3. Aequitas est virtus correctrix eius in qua lex propter universalitatem deficit. Grocio: De aequit. Indulg. Et facil., c. I, § ,3. Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p173.

[9] 2. Aequitas est ipsa iustitia misericordia temperata. Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p 173.

[10] 1. Omne ius aut consensus fecit, aut necessitas constituit, aut firmavit consuetudo. Modestino: 1. 40, D., de legibus, I, 3. Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p 113.

[11] Aunque mejor sería decir códigos religiosos.

[12] Tómese en el sentido de místico, o en el de falseamiento, el que se quiera.

[13] Britannica, Ethics, 15th edition Encyclopaedia Britannica, Chicago, 1987, Volume 18, p 628.

[14] Britannica, Ethics, 15th edition Encyclopaedia Britannica, Chicago, 1987, Volume 18, p 628, señala tales prácticas entre algunas tribus de Indios Americanos, así como la gran importancia de los regalos entre muchas sociedades de Melanesia.

[15] Esto no es pasar simplistamente del instinto al deber moral pues, hasta lo que se hace instintivamente por otros es lo exigido.

[16] 4. Consuetudo non derogat iuri naturali seu divino, cuius transgressio peccatum inducit; nec positivo, nisi sit rationabilis et prescripta. C. II, X,  de consuetudine, I, 4. Mans, José María. Los principios generales del derecho, Bosch, Barcelona, 1979, p 113.

[17] Carlyle, Thomas. Los Héroes. Primera edición, Espasa – Calpe, colección Austral, Madrid, 1951. Véase su teoría en la que exalta el carácter como medida del valor humano exponiendo que la historia del género humano se reduce a la de las grandes personalidades que han florecido a través de todas las épocas.

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