Archivos para 26 febrero 2011

El concepto de lo apropiado en el pensamiento ético

Se dice que, lo que hay que tener en cuenta y lo que hace que una decisión moral pudiera ser aceptable al formular un criterio, en un juicio de valor de lo que es apropiado escoger o hacer, bajo las circunstancias, es que, cuando se toman decisiones más allá del contexto usual del pensamiento ético, el mejor criterio para decidir si algo es éticamente apropiado es tener un profundo entendimiento de la tradición a la que uno pertenece y donde uno vive; porque no hay aquí ningún derecho absoluto, según Nancy Holland[1], basado en Dios o en la Razón Universal, ningún relativismo nihilístico, sino, más bien, la esperanza de mejorar las acciones, de hacerlas más apropiadas, porque estén basadas en un profundo conocimiento de la existencia humana en los contextos sociales e históricos particulares. Nada más ni nada menos.

Hacer lo apropiado es hacer lo justo, ser un acto apropiado es ser un acto justo, actuar apropiadamente es actuar justamente.

Hurgando en la etimología de lo “propio”, en castellano, vemos que apropiado es aquello que se hace propio, que se apropia, que pasa a ser propiedad de uno.

Pero yendo más atrás, a la lengua latina, en la formación del concepto, “proprias” significaría … para el primero, para el antiguo o por antaño. Y en efecto uno acepta y hace propios los comportamientos y las costumbres de los antiguos, de antaño. Y de la relación entre nuestro comportamiento y el acostumbrado, concluimos lo apropiado o inapropiado del nuestro.

Si este hurgar lo hacemos en la etimología de algunas palabras de la lengua inglesa con raíces latinas, vemos que “proper” significa justo, correcto, decente, porque lo de antaño, es lo justo y lo correcto, y seguir las costumbres es lo decente. “Appropriateness” es “rightness’ que es justicia.

Y lo propio, lo que es de uno, lo es por apropiación, por expropiación de otros, o por regalo. Aquí ha entrado en juego incluso la economía. Por su parte Derrida está, indudablemente, en lo correcto cuando[2] indica que desde un tiempo no anterior a la época de la filosofía latina hay un encadenamiento que sigue del concepto latino “proprius”, a través de “propre”[3] hasta lo apropiado, que es lo decente, lo que está conforme con lo antiguo, con lo primero[4].

Las costumbres, que son lo apropiado, lo correcto[5], se han impuesto a otros individuos y a otros pueblos mediante la conquista y la colonización, mediante la expropiación económica y lo peor del universalismo colonial pudiera haber sido evitado por los europeos si no hubiésemos tomado nuestras propias costumbres[6] para forzarlas en otros, no sólo como tales costumbres, sino como verdades morales[7] vitales.

Pero ¿no es cierto que, de algún modo, la ética no puede ser separada fácilmente de la metafísica?, por lo que tenemos que preguntarnos respecto de si los seres humanos tienen componentes espirituales y físicos, potencialmente separables; y específicamente si el componente espiritual es el único inmortal. En este caso, deberíamos evaluar esta parte de nosotros mismos por encima de otras de nuestras partes componentes y actuar en conformidad con ello. Con esta línea de razonamiento nos topamos desde Sócrates, pasando por Platón y siguiendo por Jesucristo.

Pero si, por el contrario, los humanos somos meramente animales complejos, entonces lo que motiva a otros animales, es decir, el placer o la satisfacción, es la única base para la moralidad humana. Nos encontramos aquí con Stuart Mill, quien opina que lo que se desea es lo que debe ser deseable y puesto que el placer en general es lo que los humanos desean, se sigue que el placer debe ser lo bueno, el fin último de las acciones humanas[8]. Hay quien critica esta idea, dado que la misma no reconoce la posibilidad de error en lo que aparentemente puede ser bueno y lo que realmente sea bueno respecto de las acciones humanas.

Tanto Platón como Stuart Mill pueden conducirnos a la vida buena y nos pueden aclarar las normas respecto cómo conseguirla, pues ambos tienen una idea clara, la suya, de lo que es la vida buena. Esta idea, para Platón, es que lo esencial de nuestra existencia es el ser almas capaces de aspirar a Dios, lo cual limita severamente el papel del placer en la vida humana, propiamente vivida como humanos; para Mill, somos principalmente motivados por placeres como animales que somos, sin acceso a ninguna realidad trascendente externa, la cual pueda examinar, críticamente, si nuestro placer es bueno. Dos puntos de vista completamente opuestos, pero la certeza de Mill no es tal certeza tampoco, puesto que no solamente hay déficit de certezas metafísicas sino también de cualquier clase, incluso, biológicas, científicas o materiales, lo que nos deja sin poder determinar el fin último de la vida humana, y finalmente sólo podemos asirnos, de acuerdo con Holland[9] de un concepto racionalizado más o menos de lo que es una acción apropiada por los límites de nuestras creencias o ideologías, que conforman nuestra moral[10] colectiva o personal.

Podemos, no obstante, argüir que el placer[11] ha quedado condicionado en el caso de los humanos por la consciencia. Queremos placer, pero nos retenemos de él, en el presente, para disfrutar de él, en el futuro, en mayor medida o para beneficiar nuestros intereses personales o genéticos. Pero, si podemos preguntarnos en cuanto a si la racionalidad es la naturaleza esencial del hombre o más bien el fin último de la vida humana, ¿por qué no preguntarnos si lo es el placer?

O, quizá, el fin último del hombre, como ser vivo, es seguir manteniendo la vida, seguir viviendo y reproduciéndose. Parece que lo apropiado gira entorno a esto; es tributario de estos fines. Es, además, lo lógico. En un estado de enfermedad y ante el desánimo que produce un futuro oscuro en cuanto a salud[12] nos dicen y nos decimos “hay que seguir adelante y tratar de vivir más tiempo y del mejor modo posible”.

Por otra parte, si el concepto de lo apropiado parece que sea, también, aquello que lleva a la solidaridad y a la reducción de la crueldad entre los humanos, no estamos diciendo más que el egoísmo triunfa mediante el altruismo y cómo haciendo el bien a otro me estoy haciendo el bien a mí mismo. Si lo ético es aquello que decido mediante un proceso centrado en el deber, ese deber ha sido puesto por la comunidad mediante las prácticas repetitivas que llevan a costumbres.

De modo que lo justo, lo apropiado, es aquello que hacemos cuando estamos persuadidos que precisamente en este momento, en este lugar[13], para esta clase de gente[14], nuestra acción aparece como moralmente correcta, incluso como moralmente necesaria, aunque no podamos dar ninguna otra justificación. Así lo justo aparece como éticamente apropiado en un momento dado, para una gente dada y en un lugar dado; y no tiene por qué ser así para otros, en otros lugares o en otros tiempos. Es como decir que tenemos normas morales, aplicables en presente, pero no principios morales, bases aplicables en todo tiempo, de generación de normas, pues estamos aquí y ahora.

Puede adquirir el libro en el que se basa este artículo en http://www.tirant.com/editorial/libro/9788498766639


[1] Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, xxxi.

[2] Derrida, Jacques. Writing and Difference, translation Alan Bass, Chicago University Press, p. 183.

[3] Limpio, propio, justo, decente.

[4] Holland, Nancy J.,  The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 19.

[5] Lo recto junto con otros, lo co – recto.

[6] Que en el siglo XV estaban evidentemente condicionadas por la religión cristiana.

[7] Verdades morales, verdades reveladas, absolutas, indicadas por Dios.

[8] Mill, John Stuart. Utilitarianism, p 34, según la cita en Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 31.

Mill, John Stuart. Utilitarianism, chapter  five, last paragraf, http://www.utilitarianism.com/mill1.htm

[9] Holland, Nancy J., The Madwoman’s Reason, The Concept of the Appropriate in Ethical Thought, The Pennsylvania State University Press, University Park, Pennsylvania, 1998, p 33.

[10] Llámese, aquí también, costumbre.

[11] El sentirse bien, disfrutar, gozar.

[12] Cuando, por ejemplo, nos comunican que padecemos una enfermedad grave o incurable.

[13] Coordenadas espacio-temporales, momento y lugar en donde unas determinadas costumbres se practican.

[14] Gente con un lastre histórico, con una cultura, dentro de una determinada civilización, con unas costumbres.

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Las primeras investigaciones sobre la moral en grupos humanos aislados

 

Inicialmente hay que decir que uno de los obstáculos más importantes que se oponían al estudio de la moralidad o de los conceptos morales en los pueblos más atrasados que conservaban o conservan los conceptos más antiguos, estribaba en la dificultad de encontrar equivalentes entre las palabras empleadas por ellos para expresar sus emociones y sentimientos morales y las correspondientes del mundo occidental. No obstante, no hay duda, entre los sociólogos, de que por muy bajo que sea el nivel anímico o emocional, todo hombre puede experimentar siempre determinadas emociones morales y reaccionar contra las infracciones de las normas éticas concretadas en las costumbres.

 

A principios del siglo XX se dudaba en cuanto a si tales emociones han conducido a los que integran las comunidades sociales que ocupaban los primeros peldaños de la evolución social, a aquel estado de generalización y abstracción, que implica la idea del concepto moral. De los estudios realizados por misiones científicas durante el siglo XIX se habían sacado conclusiones de que aunque, entre los Fueguinos o los californianos Karok, había palabras para designar lo “bueno”, éstas, no se utilizaban sin concretar en alguien o algo, de modo que no habían llegado al concepto universal abstracto de “bondad”[1].

También a principios del siglo XX se decía que “de los estudios modernos realizados por la etnología y por la sociología, es preciso deducir que el sentimiento de justicia, base de toda moralidad, se encuentra, aunque en forma rudimentaria, en las razas humanas más atrasadas.”[2]

De un estudio de la cuestión, llegamos a la conclusión de que la moral de los pueblos se concreta en las costumbres. La moralidad se ha manifestado en la historia mediante acciones o comportamientos repetidos colectivamente, y mediante sanciones colectivas contra los que violan las normas de conducta consideradas indispensables para la conservación de la sociedad y de la identidad del grupo, y por sentimientos y conceptos que, relacionados y combinados entre sí, constituyen las doctrinas.

 

La moral comienza con la costumbre, con el uso colectivo, que presenta una sanción interna y está revestida de otra externa representada por la aprobación o desaprobación social; se trata de prácticas que interesan al bienestar de todo el grupo, a su conservación. Aunque, en último extremo (dirán los creyentes) deban referirse a aquellos supremos principios de justicia grabados por Dios en el corazón de todos los hombres. Por lo cual aparecen patentes las relaciones entre la moral y la religión y la sumisión de aquella a ésta[3]. Contrario a este punto de vista de creyente, Montaigne y muchos otros hoy, indican que las leyes de la conciencia en lugar de proceder de la naturaleza interna de los individuos, diseñada por Dios, se originan en la costumbre[4].

El papel de la costumbre en la vida moral de los pueblos, para distinguir lo bueno de lo malo, o lo justo de lo injusto, es importantísimo[5].  En realidad “las costumbres de los pueblos constituyen preceptos verdaderos”[6].


[1] Hyades. Mission scientifique de Cap Horn. Vol. VII p.251. Paris 1891; Mariner. Natives of the Tonga Islands. Vol. II p 147 s. Londres 1817, según las citas de Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana Espasa Calpe. Madrid – Barcelona. Moral, Vol. 36, p. 885.

[2] Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana Espasa Calpe. Madrid – Barcelona. Moral, Vol. 36, p. 885.

[3] Según la lectura de la carta a los Romanos 2:12-15 que según la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. Watchtower Bible and Tract Society, New York, 1987, dice “12 Por ejemplo, todos los que hayan pecado sin ley, también perecerán sin ley; pero todos los que hayan pecado bajo ley serán juzgados por ley. 13 Porque los oidores de ley no son los justos ante Dios, sino que a los hacedores de ley se declarará justos. 14 Porque siempre que los de las naciones que no tienen ley hacen por naturaleza las cosas de la ley, estos, aunque no tienen ley, son una ley para sí mismos. 15 Son los mismísimos que demuestran que la sustancia de la ley está escrita en sus corazones, mientras su conciencia da testimonio con ellos y, entre sus propios pensamientos, están siendo acusados o hasta excusados.”

[4] Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana Espasa Calpe. Madrid – Barcelona. Moral, Vol. 36, p. 886. Montaigne, Vol. 36, p. 337, 338.

[5] Fisson y Howitt. Kamilaroi and Kurnai, p. 256. Melbourne. Cuenta Howitt que en cierta ocasión, hablando con un joven australiano de los alimentos prohibidos durante la iniciación, le dijo lo siguiente: “Pero si estuvieras hambriento, ¿no podrías coger una zorra mochilera (animal tabú) y comértela sin que se enteraran los ancianos de la tribu?” “No” contestó el indígena “eso sería una mala acción”, no dando otras razones que el estar prohibido por la costumbre”, según la cita de Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana Espasa Calpe. Madrid – Barcelona. Moral, Vol. 36, p. 886.

[6] Cicerón. Sobre los deberes (De officis), Alianza Editorial, Madrid, 2001, capítulo I, párrafo 41.

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Desde la reflexión sobre la inmigración a la filosofía, a la metafísica o a la teología

Javier Company  dice en un comentario a temas de inmigración de este Blog que “Luego me planteo un problema que necesito me ayudes a resolver: ¿no puede haber principios “superiores”, ínsitos en el hombre, no creados por él, que informen constantemente esa justicia humana impidiendo que se desvíe del fin último? ¿no es contradictorio exigir la adaptación del extranjero a lo local (principio cada vez más extendido y aceptado socialmente), cuando esa pretensión puede suponer un principio de no aceptación del otro, del diferente, lo que a su vez tampoco está aceptado por nuestra justicia actual?”

Pues me encanta aceptar el reto de responder, aunque esto nos podría llevar desde la inmigración a la filosofía, a la metafísica o incluso a la teología, pero me pongo a ello.

Principios superiores, ínsitos en el hombre, no creados por él. A esta primera cuestión digo que poder haber unos principios ‘superiores’, ínsitos en el hombre, efectivamente, los puede haber. Porque no es contrario a la lógica que los hubiera. Pero de lo que se trata no es de fantasear, de imaginar todas las posibilidades que no repugnen a nuestra lógica o razón, pues se pudieran imaginar muchas más y nos perderíamos en la dialéctica. Lo que se trata es ver si hay algún hecho, alguna prueba, o algún elemento, que nos induzca, al menos, a pensar, finalmente a creer que los hay. Eso sólo sería una creencia, como efectivamente profesan miles de millones de personas, pero a las creencias (y todos tenemos, y nos las formamos; yo también) no llegamos a través del método científico. Pero de la psicología evolutiva, de la neurociencia, del conocimiento actual del hombre, no se deduce que haya nada intraconstruido en el propio hombre proveniente de “arriba” (supongo que por eso los llama superiores), hablando claro, proveniente de Dios, que informe constantemente la justicia humana y que impida que ésta se desvíe del fin último. Fin último (en el sentido, supongo, de cumplimiento del designio de Dios) que también rechazo. El fin último y único fin del hombre es mantener la vida, sobrevivir y dejar descendientes aptos que también tengan éxito en sobrevivir y en dejar, a su vez, descendientes aptos, y así sucesivamente. Y esto se puede conseguir con la bondad, con el altruismo, con la cooperación y no con la confrontación (véase mi libro).

La adaptación del extranjero a lo local, podría suponer un principio de no aceptación del otro, del diferente. No. Si la justicia, como sostengo en mi tesis, es la adaptación con justeza, con exactitud a las costumbres del grupo en el que estoy y el no hacerlo no es justicia, y por lo tanto comporta estar contra las normas del grupo, está claro que es justo no aceptar las costumbre del otro que viene a nuestro grupo, que chirríen y sean causa de fricciones dentro del grupo. Es injusto que el que viene no se adapte, tan injusto como si uno de nosotros dentro del grupo nos apartamos de la costumbre, de la moral y no practicamos lo que justamente se espera de nosotros. Si como pregunta Javier Company eso podría suponer un principio de no aceptación del otro, digo que no es tanto del otro, como de todos, incluidos los del grupo que se apartan de la recta senda: nuestras costumbres, que han funcionado, que nos han permitido sobrevivir y tener éxito en dejar descendientes aptos, que forman un grupo que tiene éxito, y que se convierten en costumbres inveteradas por el tiempo transcurrido, y la costumbre es la moral, y de ambas el derecho y la justicia.

 

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