Archivos para 30 enero 2011

El problema de la inmigración es la integración

Me sorprende agradablemente el interés en este tema, es el más leído del Blog, entre los que navegan por la red, por lo que una reflexión adicional añadirá información.

Las migraciones son el resultado de problemas, pero a su vez los provocan y los que provocan suelen ser más graves cuando se ven desde el punto de vista del país receptor que del país emisor.

La emigración es una solución para la problemática de los países de origen. Estados fallidos, gobiernos incompetentes o corruptos, economías empobrecidas, países subdesarrollados, injusticias inveteradas y políticos que lo único que quieren es asegurarse sus privilegios, resuelven sus problemas permitiendo que los mismos vayan a otros lugares. Los gobiernos no tienen que preocuparse de que las políticas sean las adecuadas para generar una economía que permitiendo trabajo para todos permita la justa redistribución de la renta y la prestación de los servicios estatales necesarios.

Pero si la inmigración es lo suficiente importante en cantidad, se ve por los habitantes autóctonos del país receptor como una invasión, asalto, conquista o colonización. Los autóctonos tienen miedo de que el país cambie, pues lo que forma el país, en realidad, es la geografía humana. Tienen miedo de que el cambio en el país resulte en pérdida para ellos, pues la economía estaba previamente ajustada, quizás, con éxito; las costumbres eran homogéneas, había una personalidad de país, una cultura, una lengua que identificaba, que daba carta de naturaleza a la pertenencia al mismo.

Y está claro que con una inmigración masiva la economía cambia. Aumenta la fuerza laboral, la oferta de solicitantes de empleo, que si es cubierta llevará a una economía más activa, pues, consiguiendo trabajo los inmigrantes se convertirán, casi de inmediato, en un mercado para todo producto que se produzca en el país. De ahí la pujanza de las economías en crecimiento. Pero al mismo tiempo hay que ajustar la prestación de servicios por parte del Estado. Se disparan las necesidades sanitarias, de educación, transporte así como de seguridad.

Es una obviedad decir que en los países que son o han sido dictaduras comunistas los valores del esfuerzo, la honestidad u honradez difícilmente se han practicado allí como tales. El robar a las empresas del estado, la vagancia en el trabajo es el único estímulo posible. ¿Para qué trabajar más si el que trabaja menos gana lo mismo que yo? La igualación que tenía como meta su ideología se produce hacia abajo, y cuanto más abajo mejor se consigue. Se distribuye muy justamente la pobreza.

Muchas de las personas que han crecido y han sido educadas en esas culturas han venido a países como el nuestro. Hay choque, por tanto, de valores, entre mano floja y esfuerzo, entre pagar los impuestos y la economía sumergida o defraudadora, entre cumplir las normas o evadirlas e incumplirlas.

Otros proceden de países con culturas que no han avanzado, en los últimos mil años, desde lo que nosotros conocemos como “edad media”, que les hace muy difícil la adaptación a los países de destino. Los valores de cohesión familiar y social difieren, las vestimentas extrañas, el consumo reducido, las normas de limpieza y la alimentación son diferentes. Es razonable que la solución para ellos, en lugar de mezclarse y adoptar las costumbres, cultura, lengua y formas del grupo humano anfitrión, sean los guetos, juntarse con otros iguales: es la forma de asirse de algo firme.

El viernes de la semana pasada subimos mi esposa y yo a un taxi en Barcelona y el conductor, muy amable, nos escuchó hablar en catalán y, aunque me parecía magrebí (no le veía bien la cara), nos dijo que él sabía “parlar una miqueta en català”. Le pregunté de dónde era y me dijo que era de Pakistán. Se me quejó amargamente de que los gobernantes de su país no consiguen generar un nivel de vida adecuado; que aunque alguna vez va a su tierra, cuando vuelve y oye hablar y ve la tierra de acogida ya se siente como en su casa. Me dijo que su esfuerzo es el integrarse con la sociedad de acogida. Todo lo dijo él, yo sólo escuchaba, aunque sí que le añadí que estaba muy bien lo que decía, pero que, de todos modos, no debería perder u olvidar sus raíces.

Probablemente sería musulmán, no se lo pregunté, pero él, como el apóstol Pablo, se hacía “judío con los judíos y gentil con los gentiles”, es decir se integraba en la sociedad de acogida.

Sí, esa es la solución. Cuantos más idiomas mejor, no hay que perder su propio idioma. Está muy bien volver a su tierra, a sus raíces. Pero la integración en la sociedad de acogida, con su idioma, sus valores y costumbres es la solución.

Los grupos humanos cambian con el tiempo. Aun sin inmigrantes cambiamos como país y como sociedad. Pero el que los inmigrantes formen guetos no funciona y la multiculturalidad tampoco, pues ambas cosas son falta de integración. Que hay que respetar la diferencia y a otros, no hay duda; pero no hay que incentivar ni apoyar la invasión cultural; dicho desde el punto de vista del ciudadano del país de acogida. Y desde el punto de vista del inmigrante, en lugar de intentar obviar, olvidar o negar la cultura de acogida, lo que hay que hacer es integrarse en ella y esperar a que se vayan asimilando las aportaciones propias, de los inmigrantes, en dicha cultura de acogida.

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Interesante tema el del libro publicado por Editorial Tirant Lo Blanch titulado “La Génesis de la Justicia”

El libro intitulado “La Génesis de la Justicia: Entre la naturaleza y la cultura” está editado por la Editorial Tirant Lo Blanch, Valencia, noviembre de 2009.

Esta obra es una mirada a la génesis de la justicia que se produce entre la naturaleza y la cultura y que nos propone la justicia integrada en el género humano, radicalmente, como un producto cultural. Es una mirada, más allá de la filosofía, a través de otras ciencias como la biología, la antropología, la sociología y la psicología. Es una investigación que lleva a su autor a la afirmación de que el concepto de justica y todo otro concepto al que hoy pudiéramos dar un cariz moral, tiene un origen humano.

Es el comportamiento repetido y aceptado por un grupo, como costumbre correcta, exigible para la convivencia, en lugar de algo revelado de origen divino. Es una producción cultural humana.

La repetición de actos simples produce técnica, la repetición de actos complejos produce comportamientos más eficientes, los cuales, repetidos a su vez, producen costumbres y de las costumbres proviene el derecho y la justicia.

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El sentido de justicia como igualdad, equilibrio y estimación de valor

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

Generalmente, cuando se habla de justicia, se trata de significar la idea que debe inspirar al Derecho, una idea perteneciente al campo de la ética. Al menos eso es lo que piensa Emil Brunner al decir que ‘cuando hoy hablamos de lo justo y de lo injusto, pensamos en algo mucho más limitado que cuando simplemente distinguimos entre lo bueno y lo malo. Pensamos en una idea que debe inspirar al Derecho positivo, que debe regir los ordenamientos mundanales o terrenos. Pensamos en la justicia terrena que debe regir las relaciones interhumanas externas, y que quiera dar a cada cual ‘lo suyo’, y no nos referimos a la ‘justicia de la fe cristiana’, la cual es una ‘justicia mejor’, la cual no resiste al mal, no retribuye necesariamente, y según la cual, quien recibe una bofetada en una mejilla presenta la otra mejilla’.

Se trata del hecho de que la misma palabra, justicia, ha sido empleada para designar dos ideas diferentes, aunque ambas pertenezcan al área de la ética. Hemos hablado de ‘dar a cada uno lo suyo’, pero ¿cómo saber qué es lo suyo? Pues lo justo es dar su derecho. Pero definir cuál o qué es, o pueda ser, su derecho ¿quién lo hace? Su ‘derecho’ ¿se consigue con lucha, con el recurso a la violencia, si fuera necesario? O, más bien, ¿se otorga, más o menos, como consecuencia de la presión? También hemos señalado a una medida de equivalencia para valorar lo suyo; porque el sentido de igualdad que destila la justicia no es ‘identidad’, por lo que es preciso valorar lo desigual, para intercambiarlo. Roscoe Pound decía que la justicia es la reglamentación que logre la menor fricción en las relaciones. Esto nos lleva al problema de la valoración, de la Estimativa jurídica, porque la idea formal de la justicia implica medidas materiales de valor, y ésta, es la dificultad más grande.

Efectivamente, la igualdad de valor que proclama la justicia es una idea que nos lleva a pensar en cuáles puedan ser los criterios de medida de dicha valoración, se trata de medir y, si de medir, hacerlo lo más exactamente posible o al menos en estimación. Se trata de medir lo que se da y lo que se recibe, pero dicha medición no puede hacerse con absoluta y plena identidad, pues, no se trata de recibir lo mismo, lo idéntico, sino alguna cosa diferente, que, en algún modo corresponda a lo que se entrega, que lo compense desde algún punto de vista. Es decir, se trata de recibir, no lo mismo, sino algo equivalente, de igual valor.

Pero para medir la magnitud de valor de una cosa, y para dar inteligiblemente la medida de dicho valor, hace falta una unidad de medida, de modo que hace falta una metodología para igualar, homogeneizar, y estimar cosas desiguales. Esto nos lleva a afirmar que el centro de gravedad de la cuestión se desplaza. Tenemos que profundizar no sólo en la justicia, como idea de igualdad, sino como metodología de medida o criterio de estimación. De modo que tenemos que plantearnos cuál deba ser, el criterio para establecer la equivalencia; saber de qué medida nos hemos de servir para determinar la igualdad.

Un camino para encontrar la solución para este problema es aplicar un sistema de medición económica, un sistema monetario o de valor económico; aunque será bueno no olvidar que además del valor económico hay otros criterios de valor tales como el valor social, la estimación ética o política. Pero sólo estamos en el camino, pues ¿qué es lo que hay que valorar? ¿la utilidad objetiva o la subjetiva? Y si la una o la otra ¿la final o la marginal? Si hablamos de trabajo habrá que decidir si es el necesario para la producción actual, en tiempo presente, de otro objeto igual o el que se hubiese precisado para la producción, en su momento, en tiempo pasado, de lo mismo; y aún así, habría que tener presente también la calidad, además de la cantidad.

Así que la cuestión se complica, se hace difícil. Por eso, según Recaséns el punto principal no consiste en descubrir que la justicia exige igualdad o proporcionalidad, sino en averiguar cuáles sean los criterios de valor que deban ser tenidos en cuenta para promover la equivalencia o la armonía entre los términos de una relación jurídica. Con lo que con la idea de justicia se nos abre una puerta a un paisaje filosófico muy amplio, profundo, rico y complicado, mucho más de lo que podríamos habernos imaginado: es el paisaje que se nos ofrece en el campo de la valoración jurídica.

Cuáles sean los valores que importan al derecho, es la tarea que se nos ofrece en primer lugar, pues no todos los valores determinan un deber ser para el Derecho. En efecto, valores como la dignidad ética de la persona individual, la libertad, la seguridad, la paz social, la solidaridad, la utilidad común en sus múltiples formas; valores como son la cultura, la prosperidad económica, la sanidad y otros muchos, constituyen puntos de vista normativos para el Derecho y con ello para hacer justicia.

Está claro que valores como la bondad, la santidad o el amor no son relevantes para el Derecho, pero, ¿y la pureza de intención? Lo cierto es que la mayor parte de las relaciones jurídicas no se ven afectadas por el mismo . ¿Entonces es que los valores éticos, todos ellos, no son suficientemente relevantes para el Derecho? Efectivamente muchos de ellos sí que crean un ‘deber ser’ para las normas jurídicas. Ahora bien, el problema, de nuevo, se traslada a la valoración, pues los valores, redundantemente, también tendrán que valorarse. En efecto, el problema crucial de la Filosofía Política y de la Estimativa Jurídica, no consiste en definir qué es o debe entenderse por justicia, es decir, el valor formal de justicia, sino en averiguar la prelación de los valores según la cual se debe establecer la equivalencia y la proporcionalidad en las relaciones interhumanas y en las relaciones entre la persona individual y el Estado. Algunos de esos valores han sido incorporados en las costumbres, en el derecho y sirven de base al concepto de justicia. Otros se han mantenido en privado, o en grupos pequeños, es decir, no se han generalizado.

Lo primero que deberemos resolver será saber cuáles son los valores que pueden y deben venir a colación para la ordenación jurídica, y en qué caso deberán ser determinantes los unos o los otros. Probablemente tengan que intervenir valores de tipo ético tales como los que tienen que ver con los principios de la dignidad, de la libertad y de la igualdad. Además también se deberán tener en cuenta otros valores intelectuales, técnicos, económicos, utilitarios, estéticos; o la promoción por parte del Estado de la educación, la sanidad, la prosperidad económica; pero tendremos que determinar desde qué punto de vista, y de qué manera puedan ser tomados como criterios inspiradores de las normas jurídicas.

Con lo dicho se podría resumir que hay que hacer una estimación jurídica. Aunque al hacerlo no nos planteamos un panorama distinto de la realidad cultural occidental , lo mismo habría que hacer desde otros puntos de vista culturales o de civilización, por no decir religiosos. Algunas de las determinaciones que nos planteamos a continuación, pudieran no ser aplicables en contextos culturales no occidentales.

  1. Hay que determinar los valores básicos que deben inspirar al Derecho. De esa investigación y reflexión, lo propio es que concluyamos que son los que proceden del derecho romano y de la ideología, religión, o cultura judeocristiana que se condensan en la cultura occidental. Hay que mirar, como si dijéramos, nuestro propio ombligo, para decidir los valores que vayan a dar lugar a normas ideales de carácter general. Entre éstos probablemente concluiremos que deberán figurar la dignidad moral del hombre, la libertad como esfera de autonomía, y el principio de igualdad ante el Derecho.
  2. Habrá que decidir qué otros valores entre los de carácter económico, científico, técnico, pedagógico, estético pueden y deben ser utilizados en inspirar la elaboración del Derecho con respecto a conseguir el mayor grado en el ‘estado del bienestar’.
  3. Hay que determinar qué valores no deben ser incluidos, pues aun siendo importantes no pueden ni deben ser transcritos en normas jurídicas por su grado de generalización o por estar basados en ideologías o creencias subjetivas, o de aplicación y uso completamente individual. Valores como la santidad, o la fe religiosa que deben quedar en el campo subjetivo, personal y de conciencia, pues sólo pueden tener su cumplimiento por libre decisión de la persona como individuo, en el caso de que tuvieran base real cierta.
  4. También habrá que buscar las leyes o reglas de la relación, combinación, inferencia e interferencia de valoraciones que confluyen en las relaciones sociales.
  5. Finalmente deberemos estudiar las leyes de realización, o ejecución en la praxis de los valores jurídicos.

Esta es la tarea –esbozada por Luís Recaséns Siches – que entra de lleno en la Estimativa Jurídica y que está íntimamente relacionada con el concepto o noción en que haya devenido, en un momento histórico, la idea de Justicia, un sentido que ha llegado a abarcar el de igualdad, equilibrio, y su valor o estimación.

Puesto que constantemente está en formación, está encorsetado en el tiempo, el concepto de justicia es temporal, no está cerrado, no está definido. Está abierto, se forma, se gesta día a día, con el devenir social, con el cambio de gustos, de costumbres, con el aparecimiento de necesidades, de nuevos conflictos. El significado del término justicia se amplía, cambia, madura, se complementa con el tiempo.

De modo que partiendo de una equivocada idea de origen divino de la justicia alcanzamos un desarrollo de reflexiones sobre lo justo completamente humano; que deriva de nuestra propia naturaleza y cultura, cosa que probaremos más adelante.

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La deconstrucción del estado descentralizado o la corresponsabilidad fiscal de las administraciones autonómica, provincial y local

He finalizado la lectura de “El desmoronamiento de España. El informe Recarte 2. La salida de la crisis y la política de reformas” de Alberto Recarte.

Aunque hace dos días que se habla en España del adelgazamiento del Estado de las Autonomías, no obstante ninguna de las dos partes (partidos socialista o popular) dice nada de la sugerencia de Recarte de ir al Estado Federal pleno como solución de corresponsabilidad fiscal. Pues no se trata de que haya menos de 17 Autonomías o de que estas sean más reducidas en cuanto a las transferencias y el gasto que (mal) administran, el problema es que mientras sea el Estado central el que recaude (y disguste con ello, por la carga fiscal, al ciudadano) y otra administración la que gaste, no se gastará con eficiencia, no habrá austeridad.

El problema también es que mientras la administración local no tenga suficiente con sus impuestos y tasas (que nunca lo ha tenido) y, al contrario, trate de emular al Estado con políticas sociales, educativas y con actividades que no son de su competencia, pero el dinero le venga del Estado, se gastará y se continuará gastando sin eficiencia. Y esto es válido para Ayuntamientos y Comunidades autónomas gobernadas por ambos partidos mayoritarios.

No sé si se tomarán algunas de las iniciativas (la corresponsabilidad fiscal de las administraciones autonómica y local, es decir el federalismo pleno , por ejemplo) que Recarte indica. No estaría de más que tanto el Gobierno de España como la oposición, en todos los ámbitos de la administración pública, hicieran un esfuerzo para realizar una lectura crítica del libro y un debate de ideas en cuanto a ir en la dirección de un Estado Federal. Y hay un país que es ejemplo en muchas cosas, en el trabajo de sus ciudadanos, en el ahorro, en la seriedad y también en la organización del Estado: Alemania, a la que tenemos mucho que agradecer y de la que tenemos mucho que copiar, pues allí, les funciona.

Francesc Colomer, Alcalde de Benicásim (Castelló, España) en su conferencia “El Castelló que jo veig” usó las políticas y el gasto local de su Ayuntamiento como un ejemplo de “savoir faire”, cuando lo cierto es que él, como todos, cautivan votos tratando de resolver localmente las deficiencias del Estado central o la Administración Autonómica.

Mientras uno no sepa el esfuerzo y los equilibrios que hay que hacer para conseguir dinero (impuestos, políticas de gasto, prioridades, austeridad y eficiencia; pues todo ello se conjuga), pues gaste lo que otro consigue, en lugar de ser su propia responsabilidad conseguirlo, los equipos de gobierno en todas las administraciones no aprenderán a saber gastar bien en la cosa pública.

Este debería ser un tema de seria reflexión.

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¿Es la justicia el dictado de la divinidad?

Cuando un asunto ha sido suficientemente debatido y finalmente se obtienen conclusiones dispares y contrarias, o no se obtienen conclusiones (aunque sean una tras otra) que permitan ir avanzando y edificando, nos hace pensar que, o bien el planteamiento es erróneo, falta información (o investigación), o no tiene resolución.

Si nos centramos en la etimología de las palabras “costumbre” y “moral”, y en los descubrimientos de los últimos años en estudios antropológicos y biológicos, no tenemos otro remedio que reconocer que el “montaje” que nos hemos hecho los humanos interiorizando lo que, meramente, eran repeticiones de actos, de comportamientos, de pensamientos o ideas que devinieron modos de pensar; ha servido para que, después de haberlo hecho todo mucho más complejo, parezca “algo importante”, parezca algo que proviene de una referencia exterior a nosotros mismos, incluso algo sagrado.

A la vista de ello, hay que decir que la Moral, lo que entendemos hoy por Moral, (escala de valores con relación a la bondad del comportamiento según el derecho, según se cree, natural o según las normas dadas, según se cree, por Dios) no ha tenido ningún papel histórico en el Derecho[1], y no es arbitrario el decirlo, pues lo que queremos decir es que, la Moral, en mayúscula, es una construcción posterior. La moral, aquí puesta en minúscula, sí que ha tenido papel, pues ésta la hemos identificado con la costumbre. Por lo dicho queda claro que, al contrario, ha sido el Derecho, entendido aquí como normas establecidas[2] cuyo incumplimiento se sanciona, derivadas inicialmente de la costumbre, el que ha tenido influencia en la Moral[3], es su fuente.

El hecho de que el Derecho sea la fuente de la Moral nos lleva a reconocer el papel preponderante de la Costumbre en los albores de la civilización, como fuente del Derecho. También nos lleva a no despreciar otro hecho importante, el del proceso de abstracción seguido por la costumbre, hasta convertirse en lo que hoy denominamos Moral. Es decir, la Costumbre deviene Derecho[4] por una parte, y por otra, se interioriza, se sacraliza, y deviene Moral. Después de ese proceso de abstracción, de interiorización, la Costumbre, que ya ha devenido Moral, tiene su papel como motivadora de comportamientos, como coartadora de libertades, como controladora de conductas, como factor de cohesión de grupos humanos, y dotada de la autoridad que le da el tiempo, con la lejanía de su principio, los que dominan (patriarcas, padres, sacerdotes, reyes o maestros) la hacen aparecer, intencionada o ignorantemente (pues aparenta algo superior[5]), como dada por Dios; es la mejor explicación que encuentran y la que mejor resultado da para inculcarla en las nuevas generaciones y que la guarden, lo que asegura el statu quo de los dominantes, padres, mayores o poderosos.

Por lo tanto, lo cierto, según el que postula esta Tesis, finalmente, es que, en realidad, no hay dictado de lo espiritual sobre lo práctico, aunque parezca lo contrario. La Moral, en su inicio (sólo moral, o costumbre), no fue nada espiritual, sino algo práctico; hoy la Moral es el resultado de procesos de abstracción y de interiorización de las costumbres, y de las sanciones propuestas para su incumplimiento. La Moral no tiene nada de sagrado, sino que es totalmente profana, pero con el proceso de culturización pesa como una losa sobre la conciencia de los individuos.

Como escribió Wolfe[6] “¿Por qué darle más vueltas al Dios, a la Libertad y a la inmortalidad de Kant cuando es sólo una cuestión de tiempo que la neurociencia, seguramente a través del diagnóstico por la imagen del cerebro[7], revele el mecanismo físico real que crea esas construcciones mentales, esas ilusiones?” para mi construcciones culturales.

Quizás la cuestión podría haberla enfocado desde el punto de vista de un franco planteamiento en cuanto a la existencia de Dios. El “Dios ha muerto” de Nietzsche en boca de Zaratustra, que copiaron y siguieron filósofos más recientes, y que Heidegger explica dándole la importancia que merece, pues, aunque dicha por alguien que se volvió loco, tiene su enjundia; esa afirmación “Dios ha muerto”, es como negar la posibilidad del supuesto de que una noción de justicia pueda provenir de algo o alguien externo a los propios humanos.

En efecto si no hay nadie que nos haya implantado en nuestra mente, espíritu o alma, algo que deba ser nombrado con el término “moral” que incluya el concepto de justicia, no es necesario decir majaderías[8] como las del súper-hombre, o el hombre convertido en Dios, para reconocer que, llanamente, han sido las comunidades humanas las que han ido formando, con sus costumbres que, sencillamente, eran reglas de juego en las relaciones sociales, el concepto de lo que es justo, recto y apropiado. Era imprescindible saber lo que se esperaba de uno, y lo que uno esperaba del otro; era imprescindible para jugar el juego de la reciprocación (reciprocidad), de la colaboración, saber las reglas del juego por las que se regiría el otro (las mismas por las que se debiera regir uno) que permitirían la colaboración y el altruismo para bien mutuo.

Quizás habría que enfocarlo del mismo modo que Isaac Asimov, el cual manifestó: “Soy ateo, y punto. Me tomó mucho tiempo decirlo. He sido ateo por años y años, pero de alguna manera sentía que era intelectualmente poco respetable decir que uno era ateo, porque asumía un conocimiento que no tenía. De alguna manera era mejor decir que uno era humanista o agnóstico. Finalmente decidí que soy una criatura de emoción además de razón. Emocionalmente soy ateo. No tengo evidencia para probar que Dios no existe, pero sospecho tanto que no existe que no quiero perder el tiempo.” [9]

Si alguien no desea perder el tiempo, según él, habrá que profundizar en otro pozo, el de las ciencias más experimentales, para llegar a las conclusiones que he llegado en este trabajo, concluyendo que la idea de justicia no tiene su fuente en la divinidad, no tiene su fuente en la revelación. Esto no quiere decir que los textos sagrados que se postulan revelación de Dios, o la tradición que se postula mantenimiento de la información que originalmente dio Dios, a través de la oralidad, no hayan sido fuente de la idea de justicia, pues, teniendo un origen verdaderamente humano, que se postula divino, aunque realmente sea mítico, esa fuente humana informa su contenido y se convierte en un concepto completamente cultural y variable con el tiempo, aunque haya sido revestido en su origen de todo el sacramental, mistificación[10] y ritualismo, para darle el mayor poder posible.

 


[1] Por lo tanto inexistente, como tal, si no existe tal dación de normas por Dios o ningún derecho natural intraconstruido. El que los legisladores morales dijeran que hablaran en nombre de Dios no nos asegura ni la existencia de ese Dios ni que verdaderamente hablaran en su nombre.

[2] Que incluyen, necesariamente, una escala de valores; al menos, la de sus redactores o promulgadores.

[3] Esa construcción posterior.

[4] Porque el guardarla es lo derecho, lo recto, lo justo, lo que cuadra justamente con lo que el grupo espera del individuo; eso es justeza, es decir, justicia..

[5] Cabría aquí relacionar lo dicho con la invención en el pensamiento humano del Ser Superior, del Creador, como explicación de lo inexplicable y como referente psicológico al que agarrarse ante las imposibilidades humanas. Pero eso es tema que merecería toda una Tesis.

[6] Wolfe, Tom. Hooking Up, Picador, 2000, New York, 2000, p 98. También lo cita Ridley, Matt. Qué nos hace humanos, Taurus, Madrid, 2004, p 340.

[7] Quizás por la magnetoencefalografía u otro sistema futuro de imagen y evaluación de la actividad cerebral. Véanse los trabajos de Ortiz Alonso, Tomás. Experto en neurofisiología del Centro de Magnetoencefalografía Pérez Modrego de la Universidad Complutense de Madrid. Director del Departamento de Psiquiatría y Psicología.

[8] Las de Nietzsche u otros.

[9] Asimov, Isaac. Free Inquiry. Primavera de 1982, vol. 2, nº 2, p. 9.

También en http://www.sullivan-county.com/id3/asimov2.htm

Kurtz: Isaac, how would you describe your own position? Agnostic, atheist, rationalist, humanist?

Asimov: I am an atheist, out and out. It took me a long time to say it. I’ve been an atheist for years and years, but somehow I felt it was intellectually unrespectable to say one was an atheist, because it assumed knowledge that one didn’t have. Somehow it was better to say one was a humanist or an agnostic. I finally decided that I’m a creature of emotion as well as of reason. Emotionally I am an atheist. I don’t have the evidence to prove that God doesn’t exist, but I so strongly suspect he doesn’t that I don’t want to waste my time.

[10] En el sentido de místico u oculto.

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