Reciprocidad y cooperación. Una estrategia para nuestro éxito

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

En un mural de cerámica ubicado en el almacén de la Cooperativa Agrícola San Isidro de Castellón (España) se lee “Unos por otros y Dios por todos”. Entre mi grupo de amigos, en nuestra juventud (hace 50 años), corría de boca en boca la frase contraria que identificaba lo que se veía, en realidad, en la sociedad: “Cadascú per a d’ell i fot a qui pugues” (Cada uno para sí mismo y fastidia a quien puedas).

Cooperamos, sí, pero en un difícil equilibrio entre nuestra propia utilidad y el valor de favorecer a otros. Y aquí entra la reciprocidad e incluso la moral.

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa en ellos que frecuentemente cooperan. La razón que él arguye que se halla detrás, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) con el que se denomina un mecanismo para la generación de cooperación entre individuos no relacionados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

La principal condición que se requiere para el funcionamiento del tit-for-tat es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno. Sí, la reciprocidad puede perder o ganar una batalla pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4] perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Pero el juego de la vida no siempre se lleva a cabo de dos en dos. También de más en más. Pero aun siendo de dos en dos, las parejas de ‘reciprocadores’ no son siempre las mismas. La posible reciprocidad se puede dar con muchos y diferentes compañeros, en diversas ocasiones. Por lo tanto es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Rob Boyd[7] señala que, una estrategia recíproca de esto por aquello (tit-for-tat) es inadecuada, no es suficiente, para explicar la cooperación en grandes grupos. La razón es que, una estrategia de éxito, en un grupo grande, debe ser completamente intolerante, incluso, de pocas defecciones, de otro modo, esos que van por libre vivirían a costa de los mejores ciudadanos[8], por eso hay que hacerles difícil a los “free-riders” estar junto a los que sí actúan con reciprocación en el mismo lugar. La reciprocación, entonces, debe evolucionar de modo que haya un mecanismo de punición[9] para los traidores en su defección. Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos.

Esto nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ninguna defección antes, para poderles engañar.

Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.

Que quien haya leído esto haga un esfuerzo de reciprocidad y cooperación comentando en qué aspectos de la vida privada y, sobre todo, de la pública puede aplicarse la estrategia de éxito.


[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

[7] Boyd, Rob. The evolution of reciprocity when conditions vary. En: Coalitions and Alliances in Humans and Other Animals, Oxford University Press, Oxford, 1992, Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 183.

[8] En esta necesidad tenemos, probablemente, el origen de las normas que se mantienen en el grupo compulsivamente por la fuerza.

[9] Punición, por el delito cometido, aplicación de la fuerza contra el trasgresor.

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