El problema de la inmigración no controlada

Veo a un joven negro, parece senegalés, que lleva la estructura de un carro de compra sin bolsa, con las ruedas casi cuadradas, sí rotas, en el que arrastra un paquete atado con cuerdas. Son las 14:45 de un sábado. Yo ya he comido. Él ¿acaso lo habrá hecho? y este y otros pensamientos desfilan por mi mente; más tarde me pongo ante el teclado y me pongo a hilvanarlos.

He continuado pensando … va con su negocio a rastras, ¿cuánto habrá sacado hoy? ¿es un mantero? probablemente viva mejor con lo que saca cada día, de lo que viviría en Senegal. Pero, ¿es verdaderamente así? Allí, estaría, a estas horas, a la sombra debajo del “arbol de la palabra”, en uno de los poblados al lado de un camino, hablando (de ahí que sea de la palabra) con sus amigos y mayores. Claro que si estuviera en una de las pocas ciudades ¡a saber qué estaría haciendo!. Me da lástima. Es natural, porque la empatía es un sentimiento que ayuda a la supervivencia y que hemos desarrollado a lo largo del proceso evolutivo.

Y me pongo a pensar en lo “progre” que parece hablar de que todo el mundo tiene derecho a satisfacer sus necesidades y a la búsqueda de la felicidad; a poner las menores trabas a los inmigrantes, aunque lo sean sólo por razones económicas. Y me continúan viniendo a la mente cómo insistieron, plasmaron y defendieron esos derechos los emigrantes salidos del Reino Unido que llegaron a América del Norte. Querían mejorar sus condiciones de vida y salir de un entorno social, político y económico, que les impedía ser lo que ellos querían ser, tener su identidad. Esto era, para ellos un derecho. Cierto.

Pero ¿acaso no era un derecho de la población autóctona de América, los indios, continuar siendo lo que querían ser, continuar teniendo su propia identidad, continuar teniendo sus tierras, sus pastos, su forma de vida, su forma de felicidad? No creo que nadie lo niegue. Pero por el derecho (que hoy pudiera parecer ‘torcido’) de conquista, los ingleses (y los españoles y los holandeses y muchos más) tomaron posesión y expropiaron las tierras, impidieron la libre circulación de personas y cambiaron la forma de vida de las que vivían en un territorio. Visto desde hoy, pienso que la mayor parte considera que aquello no estuvo bien, a pesar de Francisco de Vitoria y todos los escolásticos que buscaron racionalizar el derecho del Imperio español a expropiar y expoliar territorios y personas por la autoridad de Dios dada a la Iglesia que lo permitía en aras a la salvación eterna de las almas.

Y sigo pensando y tirando del hilo que me ha hecho seguir el caminante senegalés venido a Oropesa del Mar a ejercer su actividad comercial.

Si vinieran muchos senegaleses, como en efecto ha ocurrido, pero muchos, muchísimos más ¿qué pasaría? Si vinieran muchos rumanos, como también ha sucedido, de modo que Castellón parece que sea una de las capitales más importantes de Rumanía en sentido humano y no territorial, pero que vinieran muchísimos más, por el efecto llamada (publicidad cierta o falsa); estos por tener el derecho de libre circulación de personas en la Unión Europea, quizás están en una situación algo distinta. Si vinieran y vinieran más y más ciudadanos de Marruecos, muchos más de los que actualmente hay (y son muchos).

Ciertamente si esto sucediera, nuestro territorio estaría lleno no de un grupo humano, sino de grupos humanos abigarrados, bizarros, extraños unos a otros, que se miran con recelo, no integrados, porque si lo estuvieran no existiría problema alguno. La integración es una solución al problema de la inmigración incluso cuando, ésta, por su intensidad podría considerarse como colonización.

Y he usado la palabra colonización porque eso es lo que es según el Diccionario de la RAE “fijar en un terreno la morada de sus cultivadores”. Los inmigrantes vienen y fijan su morada aquí y tratan de cultivar el terreno, o comerciar o trabajar.

Pero ¿debe y puede haber absoluta libertad para que cada uno de los habitantes de la tierra fije su morada donde quiera? Eso es un absurdo. No es “progre”, es torpe pensar así.

Lo que beneficia a uno puede perjudicar a otro. Eso pasó con la fijación de su morada por los colonizadores ingleses y españoles en América. 

Y ahora también la inmigración excesiva o incontrolada produce problemas de vertebración de los grupos humanos del territorio: la identidad de los grupos humanos se desintegra. Los países los forman las personas que viven en un territorio, si éstas cambian los países también, dejan de ser lo que eran, se convierten en otra cosa.

Y no sólo esto sino que los servicios que presta el Estado (seguridad, educación, sanidad, transporte, infraestructuras para las viviendas, las propias viviendas), la organización de la sociedad, la seguridad, todo ello sufre.

O ¿acaso no es un sufrimiento vivir en poblados de chabolas, ocupando territorio o inmuebles propiedad privada, que no tienen los mínimos requisitos de salubridad para residir en ellos? y también es un sufrimiento tener que soportar a quienes expropian ocupando lo que no es suyo, impiden la libre circulación porque da miedo a los que no son miembros pasar por el gueto, o porque hacen de su entorno un muladar, tanto porque no tiene los mínimos requisitos, como por la forma de vida de los que lo ocupan (sea a causa de su falta de integración social, su educación, cultura, o necesidad imperiosa y extrema).

En España y en Francia, a lo largo y ancho, ocurren estas o cosas semejantes.  ¿Permitirán los gobernantes que continúen ocurriendo?

No fue nada “progre” la ocupación del territorio de los nativos por parte de los que venían, salían o, incluso, huían de Europa. No permitamos que ideas estereotipadas erróneas nos confundan. No sé si alguna vez ha habido, a causa de la violencia entre individuos o los ataques tribales, pero creo en estos tiempos a partir de ahora, no podrá haber, ni debe haber, absoluta libertad de cambio de morada para los humanos. Debe haber una libertad relativa, controlada, y ordenada. Esta es la palabra. Vayamos, pues, hacia ella.

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  1. #1 por javier company el 17 octubre, 2010 - 0:01

    No creo que relativizar la cuestión sea justo; y eso es lo que creo que se hace cuando entonamos el verso de Terencio “nada humano me es ajeno”. La inefable Esteban, sin saberlo, dio otra versión mas real cuando espetó el “yo por mi Andreita MA-TO”. Vamos, que si, que si hay que emigrar se emigra, todo por la prole. Pero este planteamiento como digo, no es justo y además se antoja tramposo.

    Estoy con la conclusión de Nuestro webmaster Federico, la evolución nos ha llevado al Estado de Derecho, a la igualdad y no discriminación y a la fraternidad o estado social. Esta es la gran diferencia que permite o que legitima poner puertas al campo, que permite y legitima regular la inmigración. El respeto al estado de derecho conduce a la paz social y por tanto a la libetad del individuo, el “laissez faire” conduce, como se demostró en la Francia revolucionaria y en la Alemania pre-nazi al estado del terror.

    Esto, como principio general, no debe impedir que cada uno, individualmente, se vea llamado a ayudar, se compadezca e incluso luche por derribar las barreras legales contra los inmigrantes, no es ninguna contradicción. Los abogados lo sabemos bien, incluso el más abyecto de los criminales requiere un juicio justo, es decir, con arreglo a lo principios fundamentales de defensa, y su abogado debe emplear todos los esfuerzos posibles en la mejor defensa, lo contrario rompería el necesario equilibrio y, sin embargo eso no supone relativizar la situación, ni supone contradicción alguna. De igual manera el problema de la inmigración requiere a la vez una normativa adecuada a cada momento para evitar mayores problemas sociales, pero a la vez requiere del contrapeso de posturas individuales caritativas y solidarias que vigilen que los limites normativos sean los mínimos imprescindibles. La integración vendrá por añadidura. Eso creo.

  2. #2 por ramon lluis el 15 octubre, 2010 - 22:35

    Les migracions són quasi tant antigues com ho és la vida humana sobre el planeta. Els nostres ancestres europeus, espanyols o catalans/valencians un dia molt llunyà van fugir del cor de l’Àfrica, suposadament a la recerca d’unes millors condicions de vida. Aquests moviments de persones gairebé sempre han ensopegat amb la hostilitat dels locals dels llocs de destí. Tanmateix la història de la humanitat no es pot explicar sense tenir en consideració els moviments migratoris. Sovint, els moviments han estat individuals i els emigrants han hagut d’acceptar les regles i condicions de domini dels territoris de destí; de vegades, els moviments han estat més massius, recolzats en estructures de poder i fins i tot no exempts de violència. Només així els emigrants han pogut dominar els ocupats (és el cas dels pobles colonitzadors). Migracions, fronteres i estructures de poder són elements que expliquen el per què els humans som com som. Es clar que la majoria volem evitar que la immigració es descontroli (d’aquí ve el “de fora vingueren i de casa ens tragueren”). És un desig universal. Ara bé: per més normes que es dictin i per més policia que es dediqui a vigilar fronteres, primer els homes i amb ells les seves cultures es continuaran movent pel món. De tots plegats, dels que emigren i dels que acullen depén que aixó sigui un problema o una oportunitat de progrés. El límit està en el que cada societat sigui capaç d’integrar sense més renúncies que aquélles que voluntàriament estigui disposada a assumir.

  3. #3 por Francisco Álvarez el 12 octubre, 2010 - 10:40

    Estimado Federico,
    Tu reflexión me ha hecho pensar en un artículo que escribí para el Economista en octubre del 2006. Aquí lo tienes:

    EL EMIGRANTE

    Ignoro, respetado lector, si conoce usted, o no, la canción que lleva este título y que hizo popular el cantaor Juanito Valderrama, canción compuesta por él mismo, por Serrapi (más conocido por Niño Ricardo) y por Pitto. En cualquier caso le anticipo que no es mi intención hablar de la canción española en un medio de comunicación económico, aunque estoy convencido de que algunas veces no estaría mal…Muchos de los que la conocen pueden pensar, y he podido constatar que algunos lo piensan, que esta canción la escribió un poeta de segunda fila que una mañana se levantó inspirado y decidió hacer alguna que otra rima a la que se añadió una música que “le pegaba bien” …Sin embargo, le puedo asegurar que era algo así como el himno de centenas de miles de españoles que por razones diversas y variadas, directamente ligadas a la pobreza o a la política, tuvieron que dejar España e ir a buscar, en manadas, su sustento a otra parte
    La última “riada” de españoles que se fueron hacia el norte de los Pirineos para intentar encontrar un trabajo que les permitiese hacer comer a sus familias, acaeció hace poco más de 40 años y lo que me parece curioso (por no decir otra cosa), leyendo, viendo, y escuchando desde hace ya varios años lo que se oye, se ve, y se escribe sobre los emigrantes que llegan a España, es que lo hayamos olvidado. Al parecer nosotros íbamos a otros países con permiso de trabajo, y entonces los que, cómo yo, hemos visto colas de españoles intentando legalizar su situación el la Cité de París, con patadas en el culo, lo hemos soñado. Como hemos soñado ver trenes repletos, donde miles de españoles se hacinaban para ir a buscar a otros países europeos el pan que no tenían en sus casas…no le quepa la menor duda, era algo similar a los cayucos de la época. Al parecer, nosotros alquilábamos casas para vivir como los oriundos de los países a los que habíamos llegado, y entonces los que, como yo, hemos visto compartir una habitación a cinco o seis españoles que se turnaban para reducir gastos y buscar un trabajo legal que les sacase de allí, lo hemos soñado. Al parecer, los españoles que en los años sesenta del siglo pasado se fueron a Francia, a Alemania, a Suiza, y a no sé qué más países europeos, tenían trabajos dignos y bien pagados…y lo que estos defienden no se han enterado de que los trabajos que los españoles encontraban, aunque fuesen dignos, eran los que los autóctonos no querían, y estaban magníficamente bien pagados porque representaban salarios, como mínimo, veinte veces superiores a los que percibían los pocos agraciados que realizaban las mismas tareas en España. Lo curioso, también, es que en los países a los que los españoles fuimos, los medios de comunicación difundieron que la delincuencia había aumentado…¿le hace pensar en algo que usted haya escuchado o leído últimamente?.
    Otro aspecto que me sorprende es el relacionado con las costumbres y los olores…Al parecer los inmigrantes que se están instalando en España huelen mal, tienen hábitos de vida que chocan con los nuestros…exactamente lo mismo que se decía sobre los españoles que habían tenido la suerte de haber encontrado un trabajo y se instalaban en cualquier barrio de cualquier ciudad de cualquier país en los que eran inmigrantes…no se puede imaginar usted lo que se ha podido decir y escribir sobre el olor del aceite de oliva refrito…
    En el aspecto puramente económico es interesante constatar que la mayoría de los países que han recibido inmigrantes en masa han tenido después años de crecimiento económico inusitado. Para demostrar esta afirmación le pido por favor que analice la evolución económica, por ejemplo, de Alemania y de Francia en los años en los que recibían inmigrantes a mansalva…sin olvidar el aun mejor ejemplo de Estados Unidos. ¿Ha tomado usted el tiempo de analizar el origen de los ciudadanos que han hecho que USA sea hoy en día la mayor potencia económica del mundo?. ¿Le suena el nombre de Ana Hidalgo?…es la teniente de alcalde del Ayuntamiento de París, ¿Piensa usted que Sarkozy es un apellido francés?, ¿ha oído usted un apellido más estadounidense que el del gobernador de California, el inimitable Schwarzenegger?.
    No quisiera terminar esta real y contrastada similitud de las vivencias relacionadas con la inmigración, con cualquier inmigración, sin hacer referencia al hecho de que por algo a los españoles nos llaman “gallegos” en muchos países de América Latina (existe hasta un importante banco que lleva ese nombre), y que por algo existen también, en un sinfín de países, las “casas” que se llaman de Andalucía, de Extremadura, de Aragón, de Cataluña, de Valencia…y de “Villagordalaflaca”.
    No tener conciencia de la realidad migratoria de la humanidad, independientemente de las razones que la provoquen, independientemente de que nos desplacemos de una región a otra o de un país a otro, independientemente de que haya buenos y malos en cualquier organización étnica o social, es negarnos a nosotros mismos. Todos somos emigrantes o inmigrantes, depende del lado del espejo en el que queramos mirarnos.

    Francisco Álvarez Molina
    Presidente de ÉTICA Soluciones Financieras

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