La baja calidad de la enseñanza

01/12/07 Nadie se atreve a decir que la baja tasa de éxito académico en la educación en España pudiera ser debida a la baja calidad de la enseñanza de los profesores y maestros. Y esto debido a los salarios bajos de los docentes. En el norte de Europa los mejores estudiantes se dedican a la docencia porque la retribución es muy estimuladora.

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  1. #1 por Frederic Rivas el 3 noviembre, 2010 - 18:54

    Querido profesor Morell no sólo eres un doctor sobre el agua (hidrogeología etc) sino sobre cualquier tema. Te felicito por tu exposición. El que contesta vale mucho más que el que pregunta, pero por eso pregunto para que me ilustres a mí y a quien lo lea. Gracias.

  2. #2 por Ignacio Morell el 2 noviembre, 2010 - 18:25

    Desde hace años, y cada vez de manera más contundente, me siento afligido por el progresivo empeoramiento de lo que se ha dado en llamar calidad de la enseñanza. Como profesional del ramo doy fe de que mi congoja no obedece a una rabieta pasajera ni a una percepción particular nacida del hartazgo, sino que puedo asegurar que se trata de un sentimiento generalizado entre aquellos a los que la experiencia nos permite, con posibles errores de paralaje, comparar situaciones y analizar procesos evolutivos.
    Javier Company señala a Villar Payasín (lo de Palasí era realmente un mote de mal gusto, creo) como el ponedor de la primera piedra del caótico edificio del sistema educativo. El famoso Libro Blanco de la Enseñanza que perpetró sólo sirvió para que la primera mitad del año 1971 fuera convulsa y acelerase un proceso social irreversible. Los estudiantes y “el compañero del metal”, por un lado, y los trabajadores del sindicato y “nuestro camarada de la universidad” por otro, hicieron una intensa labor de zapa de los cimientos del movimiento saltándose a la torera el estado de excepción y la asociación ilegal. Nada memorable nos dejó posteriormente Cruz (gamada, se añadía entonces) Martínez Esteruelas excepto facilitar la sucesión natural en la persona del siguiente ministro de la cosa, Julio Rodríguez, el de Almuñécar que no el otro, quien pasó a la posteridad por ser el inventor de la larga revolera del calendario juliano, que apenas duró un curso.
    Ocurrían estas cosas en España mientras el mundo real se agitaba en una profunda crisis económica que parecía no ir con nosotros. Empieza a resultar sugerente esa rara habilidad, al parecer típicamente española, de ser inmunes a las crisis hasta que no queda más remedio. Pues bien, en los primeros años del tránsito hacia la democracia el mercado de trabajo de cualificación tecnológica se resquebrajó y oleadas de jóvenes universitarios que soñaban con ser buenos profesionales y mejorar su francés si conseguían por fin un pasaporte se encontraron con las puertas de la crisis mundial en las narices. Afortunadamente, al menos desde la perspectiva a corto plazo, el mercado interno de la enseñanza se le abría de par en par sin ningún rubor. Las plazas de profesor de enseñanza secundaria se multiplicaron entre 1975 y 1978 y “hacer oposiciones” se convirtió en una buena salida a la que optaron los profesores vocacionales y los otros, estos últimos en abrumadora mayoría.
    Nada malo habría ocurrido si no hubiera sido por la conjura de los necios (pedagogos de salón y políticos de pacotilla) que se empeñaron (y se siguen empeñando) en destrozar el sistema educativo. Detrás de las siglas (LOGSE, ESO, LOE, PAU) hay consecuencias: desaparición de asignaturas básicas (latín, griego, filosofía,..), disminución de la capacidad de comprensión lectora, rechazo de la relación esfuerzo – recompensa, pérdida de la autoridad académica, excesiva intromisión familiar y social en el proceso educativo, caída del nivel de exigencia, desconcierto y sentimiento de provisionalidad, pérdida de consideración social del profesorado, escasa perspectiva de progresión en la carrera docente y muchas otras disfunciones, sin entrar en desviaciones políticas o territoriales.
    En estas condiciones, el trabajo se hace difícil para los profesores vocacionales y se convierte realmente en un infierno para los que, simplemente, quieren hacer su trabajo. A muchos les invade el desánimo y comienzan a rebajar el esfuerzo cuando no encuentran recompensa, pero la mayoría procuran poner dignidad y tiran p’alante a pesar de los necios.
    Este escenario es aún más sangrante si se cae en la cuenta de que ha coincidido con dos generaciones de la modernidad, con fácil acceso a la información, con las fronteras abiertas y con menores trabas económicas. Academias de idiomas, ordenadores, calculadoras, televisión, Internet, vuelos low-cost, veranos en Irlanda, redes sociales, becas Erasmus, realidad virtual y cientos y cientos de facilidades que van surgiendo no han provocado, sin embargo, que consigamos tener un presidente que se defienda en inglés y que sepa plantear un silogismo sin pasar de lo universal a lo particular. Se trata, probablemente, de las generaciones mejor pertrechadas de medios, mimos y compresiones. Por fortuna, muchos estudiantes no necesitan mayor excelencia para aprovechar las oportunidades que les brinda el sistema y son capaces de compensar con su esfuerzo o con sus innatas habilidades las carencias del mismo. Otros muchos deberán esperar a otros estadios de su vida para aprender lo que necesitan; muy probablemente lo consigan pero eso sólo les valdrá para tener un confortable pequeño mundo y, si se conjuran los astros, para ser presidente de algún gobierno que aplique su comprensión lectora a no entender nada del informe Pisa.
    Como cloenda, no puedo compartir la afirmación de que el problema radica en la mala calidad de los maestros y profesores. La raíz del problema es más profunda, como he intentado justificar en este comentario. Aún más, creo que los profesores son los principales damnificados de esta historia, porque ellos no tienen ya tiempo de rectificar. Finalmente, nadie como el propio colectivo de profesores está facultado para proclamar su aflicción (hoy supongo que se escribirá con una sola c, o vete a saber cómo), como yo lo hago, porque, sin duda, la debilidad del sistema educativo es la principal rémora que tiene la sociedad española para su progreso. Todo lo demás nos viene por añadidura.

  3. #3 por javier company el 16 octubre, 2010 - 19:03

    Primero que nada enhorabuena por el blog y larga y dialéctica vida.
    Cierto lo de la mala calidad de la enseñanza, pésima diría yo. Sin embargo, los grandes maestros y profesores, al igual que los grandes magistrados o los grandes médicos (aquellos que en sus resoluciones perseguían la paz social o practicaban la cura por un tazón de caldo o una gallina para Navidad), lo eran por vocación, rara vez aplicaron el primum vivere, y esa vocación por el servicio, por el trabajo bien hecho y por la fidelidad, como base de la dignidad del hombre, fueron, a mi juicio, la esencia de la excelente educación en España desde Giner de los Rios hasta el lamentable libro blanco de Villar Palasí, antecedente inmediato y comienzo del actual fracaso educativo. No creo que el dinero sea esencial, aunque a nadie le amargue un dulce.

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