El empecinamiento ha dañado la “res publica”

EL EMPECINAMIENTO HA DAÑADO LA “RES PUBLICA”

04.11.2016

Federico M. Rivas Garcia – Doctor en Derecho

 

Referido a España, tiempo después del 20D, como ciudadano, me “mojé” y dije en las redes sociales que la única solución viable era la de un gobierno del PP en minoría.

A pesar de lo que dije y habiendo vivido lo que ha ocurrido, tengo que confesar que no creía yo que el entonces Presidente del Gobierno en funciones fuera tan empecinado. Tampoco creía que lo fuera también el entonces Secretario General del PSOE. Pero lo cierto es que o por uno o por el otro, o mejor, en plural, por unos o por otros, hemos visto que se ha perdido casi UN AÑO, tiempo que no volverá, poniéndonos los ciudadanos nerviosos y produciéndose un daño, veremos cuándo es reparable, a nuestra estimación de la actividad política, de los partidos y a nuestra valoración de las personas que se dedican a ella.

Si no había otra solución que aceptar que uno u otro cediera, para cualquier acuerdo de gobernanza, ¿dónde está el patriotismo de los que se les llena la boca cuando lo pronuncian? O ¿dónde está el poner por encima de todo el bien de los ciudadanos de los otros? O ¿dónde está la humildad, el deseo de trabajar en el gobierno o en la oposición para mejorar la patria, nuestra querida tierra?

Ciertamente los ciudadanos estamos muy dolidos. El curar estas heridas morales va a dilatarse en el tiempo. La “res publica” ha sufrido.

Sólo si, como consecuencia de ese gobierno en minoría, todos, el PP (cuyo presidente no quiso apartarse a un lado), el PSOE (cuyo Secretario General ha tenido que ser apartado), los aprendices de políticos (que no se conforman con que las cosas se queden como están y dicen que “pueden” cambiarlas saliendo a la calle) y los partidos más cercanos, en los territorios con algún sentimiento identitario, se ponen a trabajar y a colaborar, tomando decisiones sobre asuntos que previamente han sido debidamente estudiados por expertos (no por aprendices no competentes [que es lo que son la mayoría de los diputados]), debatidos en profundidad y consensuados, transformando en disposiciones legales ese trabajo, podremos perdonar tamaña vergüenza que hemos tenido que pasar.

Si son nuestros servidores ¿por qué no han servido al país y a sus ciudadanos? Más bien, se han servido a sí mismos en beneficio de los partidos que representan, o a sus propias personas, pensando en su poltrona o en las ventajas que dentro de su partido o en el gobierno de España podrían llegar a obtener.

Si sabemos en esta época de luces que nunca nadie tiene la verdad objetiva y que sólo existen aproximaciones a la verdad, a la expresión de la realidad. ¿Por qué todos han actuado “ex catedra” arrogándose infalibilidad? Por egoísmo. Porque pensaban que para sus intereses partidistas o personales les iba mejor.

¿A estos tenemos que dejar la gobernanza pública?

El privilegio de gobernar un país se debe dejar para los mejores y porque uno tenga las iniciales MRB no asegura que lo haga ni Muy, ni Requetebién, ni Bien.

Y los mejores no son los que “la” ven venir y esperan a que “escampe”, o a que se “pudra”, o a que se cure por sí sola la herida. Los mejores tampoco son los que no quieren pactar con los que más votos han obtenido, porque con ello han permitido una situación insostenible que iba a peor. Ni tampoco son los mejores los que “cuanto peor mejor “, porque así habrá excusa para la revolución de la nueva política y vendrá el cambio; habrá excusa para incitar a salir a la calle a hacer democracia de pancarta y manifestación, tratando hacer ver un poder que las urnas no les confirieron.

Después de la investidura todos debemos estar atentos a cómo se desarrollan las cosas pues la oposición, toda la oposición, tiene el deber de hacerla de modo responsable y razonable.

La solución a los problemas de España no tiene 17, ni 50 o 52 alternativas, sino pocas, pues vivimos en la UE con normas y Directivas que cumplir, en un mundo de libre mercado, con acento social, y para gobernarlo debemos preocuparnos por la economía del bien común y no por la que acentúa las diferencias. Evitando los grandes errores que todos conocemos y que llevan a una desigual distribución de la riqueza y que se resuelven con una acertada política fiscal que la redistribuye, la cual se tiene que desarrollar a nivel de la UE para que sea efectiva, al resto de cosas, de problemas, estoy seguro que todos darán una solución semejante.

Así que lo que hace falta es que no se enzarcen en discusiones peregrinas y se pongan a trabajar como si estuviéramos en una emergencia, colaborando todos, aportando ideas todos, respetando todos, las ideas de los demás. El tiempo perdido se tiene que recuperar. Se tiene que estimular el crecimiento mediante el consumo por medio de poner a disposición financiación adecuada y suficiente.

Hace falta tener confianza en el futuro. Si la hay también hay actividad, hay puestos de trabajo; si hay trabajo la recaudación fiscal crece y se puede dedicar mucha parte del presupuesto a otras cosas necesarias que no sean las prestaciones o ayudas por desempleo. Aunque el gasto público siempre tiene que ser eficiente. Los que lo deciden no pueden ser derrochadores manirrotos como lo han sido unos y otros.

Todos debemos ponernos las pilas, confiar en un cambio de actitud, en que tanto los sinvergüenzas, como los estafermos, así como los egoístas que piensan en su propio partido y sillón; los que mienten al pueblo ofreciendo cosas irrealizables (muchos son), los populistas, y todo el pueblo, nos vamos a poner a trabajar duro confiando en el futuro.

Sólo si los políticos hacen trabajo bien hecho, podremos perdonarles el daño que han hecho a la cosa pública.

Somos buenos, tenemos iniciativa, estamos preparados, somos trabajadores y hemos aprendido la lección y no vamos a consentir que la clase política eche a perder nuestro futuro. Nosotros pondremos todo nuestro corazón en ello, pero si fuera necesario, para eso están una moción de censura, los votos o los tribunales.

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Caminando por la calle

CAMINANDO POR LA CALLE

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

11.10.2016

(Publicado en el Periódico Mediterráneo)

Con el deseo de mantenerme en forma a pesar de la edad, cada vez camino más por la calle; obviamente por las aceras de las calles. Y recuerdo eso que me enseñaron de pequeño en la escuela en la cartilla de “urbanidad” de: llevar a las señoras y a los mayores por el interior, es decir más cerca de las casas; ir siempre por la acera de la derecha según la dirección en la cual yo voy; y si acaso voy un tramo por la acera de la izquierda en el sentido de mi marcha, hacerlo por mi mano derecha, que siempre es la parte de la acera más cercana a la calzada, cuando voy por donde no debo (por la acera de la izquierda).

Y observo que todo ello no se practica. Incluso, haciendo eso, es decir, yendo tú por la acera de la derecha en el sentido de tu marcha, y por la parte de la derecha de la acera, es decir la parte más interior de la misma, más cerca de las casas, te desafían mirándote a la cara, los que vienen por delante, que van por la acera de su izquierda, y, además, por la parte izquierda de la misma, según su marcha, que es por donde tú vas a pasar, que es tu derecha: y… ¿a ver quién se aparta?

No sé si es mala educación, grosería, ganas de fastidiar o desconocimiento de las normas de circulación de peatones en la ciudad.

Bueno, pero, ¿qué hago, me aparto yo y dejo que gane el grosero, o insisto en caminar según las normas? Es necesario ser equilibrado incluso en estas cosas, pues depende de quién venga por delante, y así actúo. Hay que ceder, a veces, tu derecho para poder convivir mejor, haciendo lo bueno para con otros, haciéndoles más cómoda la vida, en lo que de ti dependa. ¿Quién sabe si se acordarán de mi cortesía y cuando yo precise de su ayuda me la darán? Eso no quiere decir que yo no deba caminar por donde toca.

Pero por hacer un poco de docencia y por si el que lee esto no lo sabe, así como también para evitar que esto que digo se confunda con una opinión mía, personal, copio a continuación las normas que aplican a la circulación peatonal por las ciudades y las aceras, extraídas del Reglamento de Circulación, texto consolidado del BOE que incluye la última modificación de 18 de julio de 2015 actualmente en vigor.

Artículo 121. Circulación por zonas peatonales.

Excepciones.

  1. Los peatones están obligados a transitar por la zona peatonal, salvo cuando ésta no exista o no sea practicable; en tal caso, podrán hacerlo por el arcén o, en su defecto, por la calzada, de acuerdo con las normas que se determinan en este capítulo (artículo 49.1 del texto articulado).
  2. Sin embargo, aun cuando haya zona peatonal, siempre que adopte las debidas precauciones, podrá circular por el arcén o, si éste no existe o no es transitable, por la calzada: a) El que lleve algún objeto voluminoso o empuje o arrastre un vehículo de reducidas dimensiones que no sea de motor, si su circulación por la zona peatonal o por el arcén pudiera constituir un estorbo considerable para los demás peatones. b) Todo grupo de peatones dirigido por una persona o que forme cortejo. c) El impedido que transite en silla de ruedas con o sin motor, a velocidad del paso humano.
  3. Todo peatón debe circular por la acera de la derecha con relación al sentido de su marcha, y cuando circule por la acera o paseo izquierdo debe ceder siempre el paso a los que lleven su mano y no debe detenerse de forma que impida el paso por la acera a los demás, a no ser que resulte inevitable para cruzar por un paso de peatones o subir a un vehículo.
  4. Los que utilicen monopatines, patines o aparatos similares no podrán circular por la calzada, salvo que se trate de zonas, vías o partes de éstas que les estén especialmente destinadas, y sólo podrán circular a paso de persona por las aceras o por las calles residenciales debidamente señalizadas con la señal regulada en el artículo 159, sin que en ningún caso se permita que sean arrastrados por otros vehículos.
  5. La circulación de toda clase de vehículos en ningún caso deberá efectuarse por las aceras y demás zonas peatonales.

Resumiendo:

  • El peatón debe circular por la acera de la derecha en el sentido de su marcha y si temporalmente no lo hace, debe ceder el paso a los que lleven su mano derecha.
  • No hay que pararse en las aceras hablando, sin tener en cuenta que se impide el paso y que se hace bajar de la acera.
  • Los que van en monopatines, patines o aparatos similares, como no deben ir por la calzada, pueden circular por las aceras, pero a paso de persona.
  • Las bicicletas no deben circular por las aceras, pues es un vehículo, y la circulación de vehículos por ellas está prohibida.
  • Si llevo bultos o, empujo o arrastro un vehículo de reducidas dimensiones que, si voy por la acera constituye un estorbo importante para los otros peatones, puedo y ‘debo’ ir por la calzada, con las debidas precauciones.
  • Cuando vamos caminando un grupo dirigido por una persona (ejemplo un grupo de turistas conducido por un guía), que también suele molestar al resto de peatones, también pueden ir por la calzada, en lugar de por la acera.
  • Y también un impedido que vaya en silla de ruedas con o sin motor, a velocidad del paso humano, también puede ir por la calzada.

Espero no ver bicicletas por la acera, que nadie me desafíe a que me aparte cuando voy por mi derecha, no tener que bajar de la acera porque haya un grupo hablando en ella e impidiendo el paso, o porque haya un grupo de turismo sénior o júnior, o porque alguien lleve grandes bultos o arrastre alguna bicicleta o similar.

Si es así, me continuará encantando caminar por las aceras de la ciudad, para mi salud y satisfacción.

 

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La solidaridad entre los territorios de una nación

LA SOLIDARIDAD ENTRE LOS TERRITORIOS DE UNA NACIÓN

Frederic M. Rivas Garcia – Doctor en Derecho

Artículo publicado en el Periódico Mediterráneo del 05.09.2016

 

Desde nuestro más lejano pasado hemos precisado de la cooperación y de la reciprocidad como comenté en mi artículo anterior y estoy seguro de que todos podríamos estar de acuerdo en que la solidaridad es buena y necesaria para tener éxito no sólo individualmente sino como pueblo.

Del mismo modo que nuestros antepasados aprendieron a cazar en partidas para poder cobrar piezas grandes (de otro modo, en solitario, sólo lo podían hacer con piezas pequeñas) que distribuían entre los que participaban, lo que contribuyó a desarrollar procedimientos de reparto, dando paso a la justicia (dar a cada uno lo suyo), en tiempos modernos usamos el crédito y la solidaridad como medios para conseguir llevar a cabo proyectos que de no ser por ellos se retrasarían mucho en el tiempo o, incluso sería imposible su realización.

Con el crédito podemos comprar cosas de un precio elevado sin esperar a tener acumulado el importe del mismo. Ciertamente ese poder disfrutar ahora de lo que compras sin tener dinero para ello, te cuesta el tipo de interés pactado, justa retribución para el prestamista por el tiempo de uso de su dinero y el riesgo que asume de que no se le pueda devolver.

Con la solidaridad (ahora aplicada a los territorios, es decir a las personas organizadas en entidades políticas que pueblan dichos territorios; aunque también se podría aplicar a las personas individualmente, si hubiera tal bondad) se ayuda lo mismo que con el crédito, pero gratuitamente, sin pagar tipo de interés, aunque también haya uso de dinero durante un tiempo y riesgo de no compensación.

Y eso es lo que ha pasado a lo largo de unos tres siglos, tantos como desde que el territorio de España fue gobernado, financieramente hablando, de forma centralizada, decidiendo desde un sólo lugar, la Corte, o la Villa y Corte, el destino de los dineros. Y me refiero al destino de los dineros que iban y han ido a las inversiones en infraestructuras y servicios en los territorios.

Algunos territorios han estado aportando a la Hacienda común mucho más dinero que el que el Gobierno ha estado destinando a dichos territorios. Y esos territorios lo han consentido por solidaridad o, peor, porque no tenían otro remedio, salvo la violencia como se dio en las guerras carlistas, origen del cupo vasco y el concierto  navarro.

Territorios como la Comunidad Valenciana, Cataluña e Islas Baleares han estado aguantando que (aún negándoseles la información de las balanzas fiscales para que ellas mismas no lo supieran, hasta hace bien poco), se dispusiera de su aportación a la Hacienda común en beneficio de territorios menos desarrollados.

Ojo, no me olvido de Madrid que también lo ha hecho, aunque la compensación le ha venido por las muchas inversiones y posibilidades que da ser la capital de España.

Aunque la solidaridad intrínsecamente sea buena, no obstante, usar los dineros para favorecer los graneros andaluz y castellano de votos y hacerlo una vez tras otra, es, si no más, completamente injusto, discriminatorio y expropiatorio.

Es cierto, como he dicho al principio, que la solidaridad es necesaria para avanzar más rápidamente, pero la solidaridad no debe provocar falta de esfuerzo, iniciativa y responsabilidad de aquellos que perciben la ayuda. Y además debe tener un límite porcentual. No debe ser que unos vivan, o mejor dicho, que tengan cosas a costa de otros. Y no hablo de Andalucía o las dos Castillas y Galicia, sino también de la Europa del Sur respecto de la del Norte y Centro.

Del mismo modo que la solidaridad de la Unión Europea con España, Irlanda o Portugal se ha acabado o casi, así debe acabarse la ínter territorial en España, al menos, al nivel que la hemos venido teniendo los últimos 300 años.

Los territorios deben tener inversiones y sostener sus servicios en proporción al peso de su economía, ponderada por su población. Los territorios deben aportar como saldo de la balanza fiscal territorial un importe semejante en porcentaje a como lo hace el cupo vasco (6,25%) o el concierto navarro; o más, si a ellos también se les sube (lo contrario es discriminatorio), y ese importe debe dar para sostener las competencias no transferidas a los territorios (defensa, casa real, representación exterior, servicios comunes como congreso y senado, ministerios e infraestructuras tales como puertos, aeropuertos, ferrocarriles, AVE, etcétera)..

Si en algún momento en el futuro cercano se replantea la modificación de la Constitución habrá que estudiar cambiarla también en el sentido de poner un límite al abuso de los partidos gobernantes en el porcentaje de solidaridad para no condenar a territorios como el de la Comunidad Valenciana a una situación de expolio fiscal en aras a una solidaridad entre territorios, mientras se niegan las inversiones y la adecuada financiación a otros.

Una interesante reflexión sobre la infrafinanciación histórica de la Comunidad Valenciana se halla en el blog del historiador valenciano Vicent Baydal Sala, profesor de Historia del Derecho en la Universidad Pompeu Fabra, ventdcabylia.com .

 

 

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Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política

Reciprocidad y cooperación. Una estrategia de éxito, incluso para la política.

Frederic M. Rivas Garcia. Doctor en Derecho

En un mural de cerámica del almacén de la Cooperativa Agrícola San Isidro de Castellón se lee “Unos por otros y Dios por todos”. Entre mis amigos, en nuestra juventud (hace 50 años), corría de boca en boca la frase contraria, que identificaba la realidad en la sociedad: “Cadascú per a d’ell i fot a qui pugues” (Cada uno para sí mismo y fastidia a quien puedas).

Cooperamos. Sí, pero en un difícil equilibrio entre nuestra propia utilidad y el valor de favorecer a otros. Y aquí entra la reciprocidad e incluso la moral.

Robert Trivers escribió un ensayo[1] en el que asume que, a pesar de que los animales y los humanos normalmente están dirigidos por el interés propio, se observa que frecuentemente cooperan. La razón que él da, es la reciprocidad. Un favor, hecho de un animal a otro, puede ser pagado por otro favor en sentido contrario más tarde, para la ventaja de ambos, tan tarde como que el costo de hacer el favor sea más pequeño que el beneficio a recibir.

 

Pero, lejos de ser altruistas, los animales sociales pueden ser meramente recíprocos egoístas de favores deseados. Los niños reciben como garantizado el cuidado de sus madres, los hermanos y hermanas no sienten la necesidad de reciprocar cada acto de bondad entre ellos, pero los individuos no relacionados por lazos de parentesco están especialmente atentos a las deudas sociales.

Trivers[2] predijo virtualmente el “tit-for-tat” (esto por aquello, según una traducción libre) y señaló que la principal condición que se requiere para su funcionamiento es una relación repetitiva y estable. Por ejemplo, en los arrecifes de coral se encuentran las estaciones de limpieza, lugares específicos donde van peces grandes, incluidos predadores, sabiendo que al llegar van a ser limpiados por pequeños peces. Los peces pequeños, obtienen alimento, los grandes, limpieza: hay mutuo beneficio. Y esto es así, aunque los limpiadores son del tamaño de las presas que los grandes comen, y entran y salen de sus bocas limpiando sus partes interiores y exteriores. El rompecabezas se plantea en la cuestión de por qué los clientes no se dejan limpiar y, después, cuando ha acabado el servicio de limpieza, no se comen a los limpiadores: y la respuesta a la cuestión es porque tienen un sentido general de deber hacia futuros clientes, pues una buena limpieza es más valiosa para ellos y para los futuros clientes que una comida en el presente.

Es verdad que el que ocurra un problema en uno de los encuentros puede animar a la defección, pero una frecuente repetición anima a la cooperación, y la lección para los humanos es que nuestro frecuente uso de la reciprocidad en la sociedad puede ser una parte inevitable de nuestra naturaleza, un instinto social[3].

La reciprocidad puede que alguna vez no funcione, por la falta de reciprocidad de alguno y puede perder o ganar una batalla, pero, finalmente, gana la guerra, porque la vida no es un juego de suma cero: en el que mi éxito necesita serlo a tus expensas; sino que los dos, podemos ganar a la vez.

Es cierto que la reciprocidad es vulnerable a los errores. Según los ensayos que se han hecho, se ha demostrado que dos personas cooperan felizmente hasta que alguno deja de cooperar, a partir de ese momento se castigan traicionándose, no compensándose y durante un largo tiempo se penalizan[4]perjudicándose mutuamente hasta que alguno de los dos procede a cooperar y el otro toma confianza para hacerlo también. Pero una defección se puede producir por error. Otra cosa a tener en cuenta es que los generosos [5] pueden optar por olvidar los errores y todo puede continuar bien, si sigue la cooperación. Hemos hablado de castigo [6]y de confianza.

Por lo tanto, es conveniente identificar bien a aquellos en los que no has hallado reciprocidad. Así que firmemente pero amablemente hay que cooperar con los cooperadores, volver a cooperar después de una defección mutua, porque la generosidad del perdón es más conveniente, y penalizar al que continúa con la defección en su comportamiento.

Esto no es más que una estrategia “moral” que puede tener algún costo en el comportamiento individual, un costo que es justicia. La penalización puede ser mediante el poder de la fuerza o de la autoridad, pero también puede ser mediante el poder del ostracismo social, la expulsión del grupo, el no reconocerlo como compañero conveniente. Si la gente reconoce a los “malos”, simplemente rehúsa jugar al juego de la vida con ellos, que se puede aplicar perfectamente a partidos políticos, a sus líderes y a sus miembros. Todo ello nos lleva a identificar cuatro tipos de estrategias: altruistas identificados, que juegan sólo con aquellos que nunca les han fallado; los voluntarios de la defección, que siempre tratan de engañar; solitarios, que siempre tratan de evitar un encuentro; y los que llevan a cabo su defección selectivamente, que están preparados para jugar sólo con aquellos que nunca han producido ninguna defección antes, para poderles engañar. Tengámoslo en cuenta. Pero la clave está en el castigo del ostracismo. Y los humanos, con la capacidad para reconocer y para recordar, son los mejor equipados para exigir, mediante la imposición de la autoridad o por el poder del ostracismo, la reciprocidad. A esa exigencia la podemos denominar moral o deuda, obligación, favor, contrato, intercambio o justicia.

 

Que quien haya leído esto, haga un esfuerzo de reciprocidad y cooperación actuando en consecuencia, por ejemplo, en la próxima investidura de gobierno en España. Haciéndolo tanto en la vida privada como, sobre todo, en la pública estará aplicando una estrategia de éxito.

[1] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 61.

[2] Robert L. Trivers, “The evolution of reciprocal altruism”. Quarterly Review of Biology 46:35-57, según la cita de Ridley, Matt. The Origins of Virtue, Human Instincts and the Evolution of Cooperation, Penguin Books, New York, 1998, p 63.

[3] De modo que el sentido de justicia, de lo correcto, es un instinto práctico, que beneficia a la especie.

[4] Se penalizan, quizá con un sentido de justicia.

[5] Otro concepto o virtud, la generosidad, que puede ser un instinto también práctico que beneficia a la especie.

[6] Castigo, justo castigo, porque no actuó según lo esperado.

Véase en “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura” http://www.tirant.com/editorial/libro/la-genesis-de-la-justicia-9788498766639

 

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PÉREZ REVERTE ANALIZA A “PODEMOS”.

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Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 7.100 veces en 2015. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 6 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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La cultura occidental y la racionalidad práctica de los principios del judeocristianismo

La cultura occidental y la racionalidad práctica de los principios del judeocristianismo

Federico Rivas García. Doctor en Derecho.

Artículo publicado en el Diario LEVANTE EMV

08.11.2015

A las puertas de unas elecciones generales en España, cuando unos u otros, incluso nuevos partidos, todavía no parlamentarios, plantean el debate de sacar de las aulas la religión; cuando la crisis de los refugiados pone delante de nosotros un crudo panorama de guerra y destrucción de vida y haciendas, que hace que los sufrientes se esfuercen, a costa si es necesario de perder su propia vida durante el viaje, en llegar a lugares donde puedan seguir viviendo (sólo eso, vivir)… Digo que cuando eso sucede, hoy, nuestra conciencia se ve sacudida: temores que imprudentemente salen a la luz, como los del Arzobispo Cañizares, o dudas respecto de si con la llegada masiva de refugiados Europa va a dejar de ser lo que es (por no decir, cristiana), nos asustan. Unos reaccionan, como la derecha alemana o húngara; otros nos quedamos pensativos y preocupados (pensamos que los gobiernos de Europa no tienen claro qué quieren); pero menos mal que otros más, la Cruz Roja, las ONGs actúan y nos despiertan.

Aunque unos sean musulmanes y otros seamos cristianos, somos humanos, hermanos en la lucha por la supervivencia que no tiene que ser contra nosotros, sino con todos conjuntamente contra los elementos tales como el hambre, la enfermedad y el odio homicida de las guerras y del terrorismo. Por eso una reflexión sobre lo que somos, pues como seres sociales somos cultura, nos vendrá bien para poner las cosas en su sitio y permitirnos actuar con justicia.

Si somos creyentes, deberíamos entender la justicia como las Sagradas Escrituras la presentan, como la conformidad de nuestro comportamiento a las normas y juicios de Dios; y eso debería afectar a nuestra forma de vivir la vida, a nuestro comportamiento cotidiano, porque no es sincero relegar a la vida interna, al pensamiento, a la conciencia, las cuestiones religiosas o espirituales, excusándose con que son muy íntimas y personales. La alternativa está entre creer en su realidad, es decir, que las normas de Dios son la expresión de su voluntad, hechos reales, o bien que son suposiciones o creencias.

Pero lo cierto es que, en la calle, no se practica ni se ve la justicia del modo que acabamos de expresar, ni siquiera por parte de los creyentes en “el libro”, católicos, protestantes o judíos. Y no se ve así porque no se está seguro (es una forma suave de decirlo) de que, en efecto, haya habido verdaderamente una revelación, y que, en su caso, detrás de ella esté Dios, algo así como Dios interviniendo en la historia; o, más bien, que todo sea una creación cultural humana, como se esboza por otros.

Pero lo que es completamente cierto es que nos movemos en un entorno cultural que ha tenido y tiene en cuenta los principios, las costumbres, las normas y la cultura que se deriva de las Sagradas Escrituras y de la tradición sobre las mismas.

Actualmente, pensamos como lo hacemos, porque hemos nacido en Europa o América, y nos hemos embebido de la cultura judeocristiana occidental. Creencias basadas en suposiciones erróneas (para los creyentes son hechos reales) han programado nuestro pensamiento a través de las costumbres, aunque estas se hayan secularizado. No tenemos más remedio que admitir que la costumbre bíblica es lo que es justicia para nosotros o, dicho más exactamente, algunas de las costumbres y normas bíblicas han conformado nuestra actual forma de ver la justicia.

Pero nos ha ido bien. La cultura occidental ha triunfado sobre otras culturas; nuestros países, por las armas, por los genes o por los gérmenes han invadido, conquistado y dominado a otros países[1]. ¿Es eso justo? ¿Qué justicia superior podría consentir una historia humana en la que sólo el poder, la dominación y la fuerza han tenido acción directa sobre la historia? Todo ello a costa de la muerte de millones y millones de otros seres, los dominados. Pero esos dominados, algunos, tuvieron tiempo de reproducirse y puede llegar la venganza como alguien señala[2] mediante el choque de culturas y civilizaciones[3] aunque Zapatero haya inventado, digo yo, la alianza de civilizaciones.

 

A nivel individual la sabiduría que destilan las Sagradas Escrituras nos beneficia, especialmente, cuando ponemos en vigor en la práctica las normas y las costumbres que se derivan de ellas. Las leyes y los códigos rezuman conceptos, normas e instituciones bíblicas. Una de las 600 normas de La Ley (la Torá) dice “y tendrán que vivir por ellas”[4] como en efecto así sucede cuando se ponen en práctica, porque parece que hacerlo da buenos resultados para el individuo, para su propio éxito individual así como para la vida familiar y para las relaciones con otros. Las normas de justicia, bondad y misericordia retribuyen: Aunque quizás alguien señale que habrá que tener presente la idea de Maimónides que expresó al traducir “que si el hombre los practica vivirá por ellos”, el versículo citado, en su Epístola sobre la conversión forzosa, en el sentido de que deben ser una ayuda para la vida, no la causa que haga que uno muera, lo que permite el renegar de la creencia para salvar la vida.

 

Pero, por otra parte, si no fuera cierto que el concepto de justicia es algo dado desde arriba ¿por qué estamos interesados en mantener la religión?, ¿por qué, por interés o sin él, la religión organizada perdura? Porque la religión es cultura. La religión ha sido el almacén de la cultura y de las costumbres y, además, la práctica de los principios religiosos está de acuerdo a los últimos descubrimientos de la ciencia.

De una profunda investigación (Véase “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”  Federico M. Rivas García, Editorial Tirant Lo Blanch, 2009) se deduce que la cooperación retribuye; que el buen comportamiento produce resultados; que el altruismo nos ayuda a tener éxito; que el compartir nuestros bienes nos proporciona un seguro para cuando no tengamos; que la reciprocidad nos mantiene en el grupo; de modo que la costumbre y la moral de los pueblos puede ser derivada de todo ello, el concepto de justicia se materializa en hacer, dar y comportarse de acuerdo con lo acostumbrado.

Los que vivimos actualmente y nos hemos reproducido tenemos claro que hemos tenido éxito evolutivo, pues aquí estamos, pero ¿cuál ha sido el factor clave? La cultura, que comenzó con las costumbres que practicamos basadas en los principios del judeocristianismo, cuya racionalidad práctica está fuera de toda duda.

Atendiendo pues a esos principios, deberíamos enfrentarnos a los retos que tenemos delante (envejecimiento de la población por la baja tasa de natalidad; inmigración casi descontrolada que entra en Europa por necesidad; terrorismo que somete y destruye culturas con su historia, así como conciencias, vida y haciendas individuales) con la convicción de que gracias a nuestra cultura occidental asimilaremos y saldremos con éxito de este problemático período[5].

Sintámonos contentos, seguros y orgullosos, pues somos los que constituimos la vieja Europa, la que ha dado a luz la cultura que más éxito ha tenido.

[1] Diamond, J. Armas, gérmenes y acero. Primera edición, Debate, Madrid 1998.; Cavalli-Sforza, L. L. Genes, pueblos y lenguas. Crítica, Barcelona, 1997.

[2] Huntington, Samuel. El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, primera edición, Paidós, Barcelona, 1997.

[3] Cosa que hoy después de un 11 de septiembre de 2001 en EE.UU. y un 11 de marzo de 2004 en Madrid, o de lo ocurrido en Londres en 7 de junio de 2005, todavía parece más probable que cuando Huntington escribió su obra, no hace mucho tiempo.

[4] Levítico 18:5.

 

[5] “La génesis de la justicia: entre la naturaleza y la cultura”  Federico M. Rivas García, Editorial Tirant Lo Blanch, 2009

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